COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Matando a Maradona

“Maradona somos todos nosotros consumiendo sus miserias, ultrajando una vida privada que nunca existió y de la que solo esperamos el final”. Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Es simple. Una vez más Maradona se apodera de nosotros. Lo ha hecho toda la vida, con su fútbol casi de rango mítico, mezcla de picardía barrial, velocidad etíope y deseo de dañar al adversario en términos futbolísticos, todo con una simplicidad que hoy no es posible advertir en un fútbol físico, milimétrico y de “personajes” que son devorados por el sistema. Ninguno pelea contra el sistema.

Maradona siempre quiso ser él en medio de sus delirios. Tarea imposible para un mortal que es devorado por el monstruo, la maquinaria multinacional y las drogas. Lo confieso, al igual que El irlandés no pude terminar de ver el documental Maradona. Debo estar sensible. Ya no soporto lo que me duele en demasía (y es raro porque para otros menesteres tengo frialdad ante la vida. Pero ante la pantalla será que me agarra con la guardia baja y me perfora).

Obvio que el Maradona del presente es un personaje lamentable, mezcla de peronista zombie-militante con terraja superstar, casi en estado de “inconsciencia” eterna, por el daño que los psicotrópicos le han causado a su cerebro mientras su país lo sigue devorando de manera gradual, paulatina y sistemática. Un asesinato casi planeado por todos los que medran con lo poco que queda de él.

Seamos sinceros: ¿cuántos de los personajes de la farándula consumen drogas para sus viajes artísticos y ser lo que son? No quiero arruinar la nota con nombres, pero podría llenar la página con pipetes y damiselas posmodernas que se creen “estupendos” en medio de esa colosal ingesta de basura. Y los admiramos, pagamos por verlos, los amamos y los perdonamos. A Maradona no, por rabioso, por necio, por dogmático y por guaso. Nos cansó.

A mí siempre me ha generado contradicciones Maradona. No porque sea genuflexo ante el peronismo que lo considero un menjunje de excesos y el cerno del curro argentino. No, no es eso. Es que siempre he creído que Maradona es más víctima que victimario. Y eso porque desdobló sus éxitos personales de sus riquezas cuando las tuvo (vaya a saber si hoy le queda algún dólar en medio de la jungla de lobos en la que está) y lo que venía a hacer al mundo aquel pibe superdotado que gastaba a la globa con alegría. Maradona era “el barrio” ganando la partida.

¿Qué quedó de aquel chiquilín ante este ser que ya no hilvana razonamientos, que no tiene dicción normal, que se trasformó en un primate que apenas percibe a medias lo que lo rodea? ¿Cuánto hay de “enfermo crónico” o sea de un inimputable?

Los medios de comunicación no deberían tener derecho a ponerle un micrófono más, no por autoritarismo de nadie sino porque a los enfermos se los debe respetar. Tampoco Maradona podría tener la posibilidad de ser contratado por nadie porque se sabe que el paciente ya no está en su lucidez para ofrecer nada racional (no quiero ponerme en abogado con razonamientos que en un juicio los probaría con tres dictámenes médicos).

Lo que me impresiona es que Maradona somos todos nosotros consumiendo sus miserias, regodeándonos de lo que no corresponde a su existencia, ultrajando una vida privada que nunca existió y solo esperamos el final de la trama como algo inevitable a lo que nadie quiere frenar. Es la “tragedia” en grado superlativo.

Maradona (nosotros) somos el sapiens actual que todo lo habla, todo lo invade, todo lo consume y todo lo aniquila. Ahora, aún más, con redes sociales que perforan el alma de la gente con máquinas fotográficas que nos permiten captar exclusivas, ya no quedan exclusivas: todo es masivo y todo es público.

A diferencia de otros y su autobombo, Maradona ha vivido soportando esa carga demencial en una mente y unos valores que no estaban preparados para eso. Y todos lo vamos matando todos los días. Ya queda poco, es solo cuestión de seguir un poco más y se logrará el objetivo.

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