La política aburre. Los políticos repiten lugares comunes. Los políticos la duermen. En verano se siente eso. Yo qué sé... esas son un montón de frases que andan por la cabeza de la gente. No son necesariamente ciertas, pero tienen algún fundamento. Es un tiempo bisagra. Y el gobierno, digamos la verdad, no se luce con protagonistas estrella. El presidente, embanderando esa barra, marca estilo y tendencia. No lo veo ganando un concurso de oratoria en un club adolescente. Le veo hasta con pánico escénico (¿o inconciencia?)
La política, como el fútbol o la comunicación, ubica en su podio a los que son más representativos en términos de “aptitud” para alcanzarlo. No son imprescindiblemente los mejores; son los más hábiles (aptos) para arribar a la cima. Esta es la idea central de la circulación de las élites de Pareto y Mosca. Inclusive, el lector atento puede rastrear a Wright Mills y desde el mundo norteamericano decía lo mismo. Esta teoría sigue al pie de la letra en la actualidad.
Lo que pasa es que en el presente la política compite como una disciplina más del “espectáculo” y allí se mimetiza con coreografías del entretenimiento porque las redes sociales van por todo. O gusta o aburre. Listo el pollo. Lo viral es potente. Está claro, no todo es viralizable y es como cuando en televisión decíamos que Susana Giménez rompía la pantalla (la traspasaba) porque hay gente con ese ángel. Los humanos-embole pueden meter un gol, pero no ganan una final de la Libertadores. Lo sabemos todos. Hay un milagro por allí que es Mario Pergolini, que trasciende lo visual de la televisión abierta y armó un combo que manda bombas neutrónicas en las redes sociales. Jaque mate doble. Utiliza una plataforma en caída y la repotencia con instrumentos en alza. De tan obvio causa espanto no advertirlo.
La política es igual. Los que convocan hoy en el mundo logran puentes con la gente por lugares que ya no son los previsibles. Los jóvenes ya no tienen fidelización neta. Los jóvenes masculinos menos. Y van como manada produciendo lo que producen. Milei y Trump lo saben bien. Si no hubiese existido un militantismo tan severo de causas sectoriales pero en clave intolerante (asumido por la izquierda): ¿habrían llegado al poder estos muchachos? No, punto. (Es Malamud esto, no es mío). Una vez más la necesidad está allí y quien la satisface bebe agua bendita. Y esto sigue y sigue.
Y no hay manual posible en ningún lado. Noboa no es Kast, Milei no es Bukele, pero todos tienen algo estridente y disruptivo al comunicar. Gente como la alemana Angela Merkl es vino añejo y no hace tanto era la reina de Europa. Hasta Macron ya huele a Luis XVI. Cayó el telón, estamos en otra dimensión. El rey ha muerto, viva el rey.
La política es efímera, no en el sentido de Zygmunt Bauman, sino en el sentido que todo pasa de manera fugaz, pero renace con novedad. Lo sustancial solo se bebe a través de lo insustancial. El meme se tragó los personajes. (Pregúntele a Orsi si no es así). Los personajes ya no se definen por sí mismos y ya nadie tiene modelos de movilidad política ascendente definidos en un disco duro. Eso sí, la política ya no será igual nunca más. Seguirá siendo servicio y entrega, pero va a salir un ojo de la cara convencer a la gente de eso. La sospecha se instaló y desde ese lugar empieza el juego. ¡Pónganse los cinturones! ¡Habrá turbulencia! Feliz año.