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Opinión | ¿El límite del humor existe?

“Lo hacen para salvar nuestra diversidad, para incentivar nuestra libertad”

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Washington Abdala
Cabeza de Turco.<br/>

El límite del humor me parece un asunto serio. Tremendamente serio. Más en sociedades como las actuales en las que el proceso de autoritarismo global aumenta.

No hay que ser un genio para advertir que la tensión planetaria es inquietante, que la guerra fría -de antes- era un lujo que ya no tenemos (no es humor esto) y que el planeta volvió a tener focos bélicos explícitos con capacidad expansiva.

No sé cómo aconteció todo esto, pero algo sucedió que en un rato la cosa se puso intensa. Invasión a Ucrania, terrorismo en Israel y amenazas nucleares (y su debate en boca de presidenciables y poderosos del mundo) más los eternos conflictos “institucionalizados” que todos conocen.

¿Cómo hace entonces un simple comediante en medio de este mundo hirviente para reírse de lo que lo rodea sin ofender a nadie? Sencillamente, no las tiene sencillas.

Hay dos casos de individuos que vienen dictando cátedra de como aniquilar la realidad, ponerla de rodillas ante lo mordaz y (con ironía y sarcasmo) hacernos reír, sin vergüenza, haciendo añicos la autocensura que pulula por allí como resultado del miedo a las cancelaciones y bribonadas de minorías que se sienten investidas de mesianismo.

Lo de Ricky Gervais linda con la genialidad pura, no solo es un artista completo, sino que posee la capacidad de desnudar el relato castrador de los Savonarola del presente con sentido cultural y punzante. Su último unipersonal Armageddon es una máquina de destrozar lugares comunes y aniquilar lo absurdo. Sin enconos, riéndose primero de si mismo (o sea, de todos nosotros) logra llevar al paroxismo los absurdos y los elimina con ese aire inglés luminoso ante todo lo burdo. El espectador tiene que estar muy atento porque las claves de su mensaje no son siempre explícitas, no se puede, señor lector, en esta época, pero se sugiere y casi de manera intuitiva, por interpretación se dice todo. Esta magia que ya en After life se mostró como un pensador de temas profundos con mirada de barrio. Ni que hablar sus actuaciones en The Office. El tipo rompió el molde. (¿Se acuerdan cuando incendió la pradera entregando aquellos benditos premios? “Está jugado”, dijera un amigo).

El otro, norteamericano, afrodescendiente es Dave Chappelle. Este individuo también camina por los pretiles, también llega al cerno de la impostura filosófica, para destrozarla y anunciarnos que nada es improcedente en el mundo. Tiene consagrados universos a los que castiga (¿o los absuelve?) y juega con lo que de veras piensa el espectador, lo que hace y dice. Chappelle es intimista con su público, ejerce algo más de complicidad y trabaja en la zona de identidad y pensamiento anticipatorio con su espectador.

Uno es más cómplice, el otro más inquisidor. En los hechos, los dos incendian la pradera para salvar a Roma. Esa es la clave, todo lo hacen para salvar nuestra diversidad, para incentivar nuestra libertad y para no quedar eunucos ante el protocolo insoportable del presente dogmático. Se trabaja por la libertad adentro de ella, molestando, no construyendo un discurso autómata, publicitario y totalitario. Fin del debate.

Es curioso que tengamos que estar en estas en el 2024. El humor se bloqueó ante los derechos declamados, no ante la realidad. Si no estuvieran estos individuos haciendo esta contra batalla cultural creo que no nos podríamos ni reír de las tortugas marinas porque un grupo de conservacionistas nos haría un juicio por deprimirlas. Tendríamos que pagar la terapia, de las tortugas.

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