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Los últimos sombrereros uruguayos: cuántos son y quiénes son sus clientes

Artesanos que continúan con una tradición familiar y han logrado adaptarse a los tiempos que corren. Famosos que usan sombreros y series de TV que inspiran a hacerlo.

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Sebastián Dominoni está al frente de la Fábrica Nacional de Sombreros, continuadora de la histórica Dominoni y Staricco.

Por: Andrés López Reilly

Los sombreros que inicialmente se utilizaron como protección contra las inclemencias del tiempo (sol, frío o lluvia) también fueron a lo largo de la historia y en todas las culturas una muestra de condición social, empezando por la corona de los reyes o la mitra papal. Y de pertenencia a determinados grupos (militares, religiosos o artísticos), hasta convertirse en un complemento del buen vestir.

En las décadas de 1930 o 1950 cualquier reunión multitudinaria que se hiciera en Uruguay (un encuentro deportivo o un acto callejero por ejemplo) era una postal sombrereril. Si había 60.000 personas en el Estadio, 60.000 llevaban sombrero. Esto incluye tanto a hombres como a mujeres y niños. Pero el tiempo todo lo cambió. Así como se evaporaron las sastrerías a medida (que hoy pueden contarse con los dedos de una mano), también fueron desapareciendo las sombrererías (se pueden contar con los dedos de la otra). Aunque no todo está perdido. Muchas películas o series de TV como La Naranja Mecánica, Peaky Blinders o Breaking Bad han hecho que resurja el amor por los sombreros y las gorras. Y no son pocas las figuras públicas que aportan a esta causa, desde políticos como Julio María Sanguinetti y Constanza Moreira, hasta deportistas como Edinson Cavani (quien ha resignificado la tradicional boina de campo).

En el caso del interior -sobre todo en el medio rural- las tradiciones se mantienen más, en parte por un tema de necesidad, de protección y abrigo durante los trabajos de campo.

En tanto, la invasión de sombreros chinos es una realidad que rompe los ojos. Pero como bien lo dijo Shakira: no es lo mismo un Casio que un Rolex.

Los últimos fabricantes de sombreros de Montevideo, en todos casos herederos de una tradición familiar, hablaron con Domingo y mostraron la intimidad de sus talleres, en los que la manufactura sigue haciéndose con técnicas ancestrales.

La tradición familiar

Livio Bastiani está vinculado a la fabricación de sombreros prácticamente desde que nació. Es una figura conocida de los domingos en la feria de Tristán Narvaja, aunque su pequeño local, ubicado sobre esta calle del barrio Cordón, abre también entre semana, en horas de la tarde. “Mis viejos trabajaron desde los años 40 y se jubilaron en el 80. Yo venía trabajando desde chiquilín, aprendiendo lo que hacían ellos, hasta que me hice cargo del local”, comenta a Domingo.

—Sus padres conocieron entonces la época de gloria para la venta de sombreros.

—Efectivamente, están las fotos del Estadio en la que todo el mundo tenía su cabeza cubierta. Los niños llevaban gorritas y los mayores, sombreros. Y los más ricos tenían cosas importadas, italianas, los borsalinos. Los de medio pelo para abajo usaban las cosas que se fabricaban en Uruguay.

—El gacho gardeliano sería furor...

—Sí, lo usaban los hombres. Y después había otros modelos que ya no se fabrican más. Por ejemplo uno que se llamaba “tipo ministro”, con las alas para arriba. Hoy nadie lo busca, aunque si me lo piden, lo hago. También estaban las galeras; ahora tengo pero son importadas.

Livio comenta que un modelo muy antiguo que sigue fabricando es el bombín, que continúa en vigencia sobre todo por influencia de una recordada película y un reconocido músico. “Lo piden por La Naranja Mecánica y por Sabina. También son buscados por los chicos de las orquestas de jazz”, anota.

El padre de Livio fue un inmigrante italiano que llegó a Uruguay con 15 años. Al poco tiempo comenzó a trabajar en la fábrica de sombreros Dominoni & Staricco, una de las tres que había en el país.

“Yo hoy más bien lo que hago es armar, porque el material ya no se fabrica en Uruguay. La cloche (campana en francés) es importada. La fabricación de este cono de fieltro es muy cara, se hacía con aquellas calderas de vapor que eran del tiempo del ñaupa. Y eso se acabó para siempre”, dice el sombrerero al frente del local familiar que se encuentra en Tristán Narvaja desde 1948. Y agrega: “Antiguamente se hacían con lana y pelo de liebre. El fieltro de sombrero no se fabrica más en Uruguay por lo menos desde hace 30 años, aunque sí se consigue para otras cosas. Hoy los conos se traen de Argentina, de Brasil, Ecuador y de otros lados. También se importa el sombrero pronto”.

—¿El mercado chino lo invadió todo?

—Sí, pero con cosas que no duran. Un fieltro te duraba toda la vida, lo heredaban los nietos. Y además los que vienen de China por lo general son de un solo talle.

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Livio Bastiani es una figura conocida de los domingos en la feria de Tristán Narvaja

Livio comenta que hoy lo que vende más son las gorras, que son más prácticas y económicas. “Para el diario vivir el sombrero no es tan cómodo. Antes uno viajaba en tranvía y podía usarlo, ahora en el ómnibus va todo el mundo apelotonado y es imposible llevarlo. Además, los autos de ahora son bajitos y el sombrero te pega en el techo. Antes la gente usaba sombrero hasta para ir a la playa”, apunta.

No obstante, comenta que todavía hay “hombres clásicos y fanáticos de Gardel a los que siempre les gusta el gacho”. Y que el hombre de campo es, fundamentalmente, el que mantiene las tradiciones. “Lo usa sí o sí porque tiene que ir cubierto, haya frío o lluvia. Es un tema de tradición pero también de necesidad. Y está el jovencito que lleva boina, esa preciosa como la que usa Cavani. Pero el que está mucho tiempo a caballo o a la intemperie necesita ala para cubrirse del agua o la llovizna. Cuando estás en el monte una rama te puede pegar y lastimar, pero un sombrero te cubre bastante”, dice.

Según este descendiente de italianos al que no le gusta revelar su edad (“tengo muchos años”, declara), el sombrero ya no forma parte del buen vestir, sino que responde a una necesidad. “Acá no nieva por suerte, pero si nevara sería como obligatorio. Si sos pelado, tenés que usar sí o sí. En cuanto a la elegancia, hoy día vas a un velorio, a un cumpleaños y a un casamiento de vaquero y championes. El buen vestir va en otras cosas”, opina.

Sus clientes son personas de todas las edades. También acuden a él “muchos artistas y rockeros” que buscan algo específico. “Te traen la foto y te dicen: quiero algo como esto. Y bueno, lo hacemos. Pero se hace uno o dos, no 50 para tener de stock, eso no existe más”, señala. En su caso, hacer un sombrero le lleva tres o cuatro días.

La última sombrerera

Mariela Aquistapacie está al frente de la histórica sombrerería Tricotti, en la cual su padre comenzó trabajando como cadete a los 14 años. Ella atiende y confecciona los sombreros con técnicas artesanales y maquinarias que son parte de la historia (incluso ha pensado en hacer un museo con ellas). Mariela admite que una vez que se retire, nadie continuará con el legado familiar: sus hijos son profesionales y no están interesados en el negocio.

“Don Tricotti llegó a Montevideo desde Italia y se instaló en el rubro sombrerería, que en aquel entonces incluía sastrería. Corría la década de 1930, no había quien saliera sin ponerse un sombrero, así que el resuelto migrante abrió una sucursal para cada uno de sus hijos”, comenta a Domingo.

Una de esas fábricas estaba en Ejido 1424 y era regenteada por Augusto Tricotti, también conocido como Pacha o Pachaqueta, una figura por entonces destacada del ciclismo y el fútbol nacional. En la parte de arriba vendía sombreros y en la de abajo tenía una sastrería. Otro de sus hijos poseía una sombrerería en Ejido y La Paz. La garantía del local de Pachaqueta era Juan Alberto Schiaffino, uno de los cracks del Maracanazo. “Venía él, Alcides Ghiggia y Atilio François, entre otros”, anota Mariela.

Fue en aquella sucursal de la calle Ejido que terminó siendo socio y más adelante único dueño Juan Adolfo Aquistapacie. Desde 1991 su hija está al frente y mudó en el año 2000 el negocio a su actual emplazamiento de Mercedes 1321.

“Mi madre trabajó durante toda su vida y falleció en 1988. Cuando muere mi padre, en 1991, mi hermano era médico y yo estudiaba otra cosa que nada que ver. No sabíamos qué hacer, íbamos a cerrar porque nadie iba a comprar una sombrerería, pero de todos lados nos decían que no lo hiciéramos, que era una pena, porque trabajábamos mucho con carnaval y con teatro, por ejemplo. Fue entonces que decidimos seguir, aunque después mi hermano no tenía tiempo para encargarse y quedé sola”, comenta la dueña de Tricotti.

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Mariela Aquistapacie está al frente de la histórica sombrerería Tricotti,

Adaptarse a los cambios

La Fábrica Nacional de Sombreros (ubicada en Juan Rosas 4123) es la continuación de la histórica Dominoni & Staricco. Se trata de la más grande que existe en el país, aunque tampoco se puede hablar de una industria: emplea a 10 personas que hacen un proceso algo más estandarizado pero que no deja de ser artesanal.

“Abastecemos talabarterías y tiendas, más que nada en el interior”, explica a Domingo Sebastián Emilio Dominoni, director de la empresa.

La fábrica comenzó a funcionar en 1889 en Argentina cuando el tatarabuelo de Sebastián, Pedro Dominoni, llegó desde Italia para radicarse. Tuvo tres hijos varones y en 1912 uno de ellos, Emilio Dominoni, viajó a Uruguay, donde se casó y puso una sucursal. “Se asoció con unos y con otros. Después vino mi abuelo, mi padre y ahora estoy yo. Todos nos llamamos Emilio”, comenta.

Con la historia de los sombreros en su ADN, Sebastián ha sido testigo de muchos de los cambios en la industria. “Si uno toma una foto del Estadio de los años 50, todos tenían sombrero. Obviamente eso ya no se ve. En esa época teníamos una fábrica de 150 personas aproximadamente que hacían todo el proceso, desde tomar la lana sucia, lavarla y prepararla hasta sacar el sombrero. El público de ciudad se pierde entrada la década del 80, porque deja de ser un accesorio dentro de la vestimenta. Antes, si uno tenía tres trajes, tenía tres sombreros que combinaran con cada uno”, explica.

Según Sebastián Dominoni, “el único que mantiene la tradición al firme y no ha bajado” es el campo. “Hoy capaz que el 85% de los sombreros que se fabrican son para el campo. Esto fue lo que mantuvo la fábrica”, asegura.

Con respecto a la invasión de productos chinos, admite que “afecta el mercado” (sobre todo en lo que tiene que ver con boinas), pero dice que el que busca un sombrero bueno debe apuntar hacia otro lado. “Hace algunas décadas, cuando comenzó la globalización, se pensó en bajar la calidad del producto para competir, pero después se vio que eso no servía, porque nunca íbamos a llegar a los precios de China. Entonces lo que hicimos fue mejorar la calidad, dar algo diferente: agregamos mejores cajas (empaques), buscamos una lana de mayor calidad y les pusimos forro a los sombreros”, comenta.

Pero para el dueño de la Fábrica Nacional de Sombreros, la principal amenaza no es el gigante asiático, sino el contrabando: “Los brasileros saben hacer buenos sombreros y los argentinos también. El contrabando está destrozando el mercado”.

Trabajo artesanal

Con máquinas que podrían estar en un museo

Muchas de las herramientas y utensilios utilizados para la fabricación en el taller de Tricotti tienen un siglo de existencia: desde las medidas y hormas de madera maciza, la pesada plancha a resistencias, el escritorio y la tabla redonda de planchar, hasta aparatos más sofisticados como el conformador, que reposa en una vitrina al frente del local como una verdadera joya histórica. En el año 1843 dos sombrereros franceses M. Allié y M. Maillard patentaron este artilugio para tomar la forma precisa de la cabeza (incluso si la persona tenía alguna deformidad, bulto o cavidad), el cual permitía realizar con toda precisión el sombrero y hacer que éste quedase ajustado. Al principio el conformador se quería destinar a la frenología (estudio de la personalidad en función de la forma y medida del cráneo), pero pronto olvidaron ese propósito y pasó al mundo de la sombrerería.

“Yo trabajo de forma artesanal, a medida. Los hago a mano y no utilizo una prensa”, anota Mariela Aquistapacie. Dice que armar un sombrero le lleva unos cuatro días, no porque esté trabajando todo el tiempo en él, sino porque depende de distintos factores para su culminación, entre ellos el estado del tiempo. “La cloche se pone a vapor a altas temperaturas. Cuando esa campana se ablanda y queda muy maleable, se pone en la horma adecuada según el sombrero que se quiera hacer, se va estirando y se tiene que dejar secar. El problema es que si hay días de humedad, demora más. No es algo que se pueda hacer enseguida. Cuando está listo, al otro día se trabaja el fieltro virgen. Hay que plancharlo a mano y marcar o abrir el ala. Después se vuelve a dejar secar, se retira del molde y se trabaja a nivel de costura”, explica a Domingo.

Mariela dice que además de trabajar con el teatro y el carnaval, hace sombreros para distintas religiones como la umbanda y el judaísmo. Aunque en este último caso, en general son los clientes los que le proporcionan la materia prima, porque acostumbran a utilizar marcas costosas e importadas. También hace reparaciones. “Algunos vienen con sombreros que estaban en la familia o que usan ellos y se les rompen. Los Panamá por ejemplo son muy delicados, porque se pensaron para el verano”, anota.

Sebastián Dominoni, director de la Fábrica Nacional de Sombreros que hace un proceso algo más industrializado, agrega: “No hay grandes cambios en la sombrerería ni en la maquinaria para efectuar las tareas que se hacían a mano; quizá hemos estandarizado la cadena de producción o automatizado algunos pasos, pero el alma de un sombrero sigue siendo la misma que hace un siglo. Hemos aprendido que el trabajo manual y el cuidado de cada pieza es sinónimo de calidad y a eso apuntamos. Queremos tomar lo que nuestros mayores nos dejaron, una fábrica que tiene como meta un producto que se reconozca por su calidad y durabilidad”.

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Antiguas máquinas que todavía utiliza la casa Tricotti.

Hombres y mujeres de la política

Seguramente las figuras de “Pepe” Batlle y Luis Alberto de Herrera sean las primeras que se vienen a la memoria de quienes piensan en políticos uruguayos que usaban sombreros. En el caso del caudillo blanco, este ha sido inmortalizado con un sombrero en la mano en el monumento que se encuentra en la avenida que lleva su nombre y General Flores. Pero los sombreros no son solo cosa de los políticos de antes. Ni de los “de derecha”.

Tricotti ha fabricado sombreros a media para conocidas figuras contemporáneas como Julio María Sanguinetti, Tabaré Vázquez (desde que era intendente de Montevideo), Jaime Trobo, Martín Lema, Constanza Moreira y Daisy Tourné.

Monumento a Luis Alberto de Herrera
Monumento a Luis Alberto de Herrera
Cuando los cracks de fútbol usaban boinas

En los años 20 del siglo pasado, muchos jugadores de fútbol usaban boina no por coquetería, sino como medida de protección contra el tiento de cuero que cerraba la pelota y escondía la válvula para inflarla. Cuando cabeceaban, corrían el riesgo de hacerse un tajo en la frente, porque con el sol y la humedad, este cordón se afilaba como una navaja. También hubo excepciones: Severino Varela (1913-1995), el máximo goleador uruguayo por copas América, jugaba con una boina blanca como resultado de un convenio publicitario, realizado mucho antes de que estos acuerdos de merchandising se hicieran tan populares.

Testimonios de esa época hablan de los problemas que presentaban los balones, cuyo principal defecto radicaba en una deformación que les restaba equilibrio y esfericidad, haciendo que rebotaran mal y se tornaran prácticamente inasibles e indominables a los pies.

Después de muchos ensayos y experimentos para solucionar los inconvenientes de la pelota con tiento, Luis Polo, Antonio Tossolini y Juan Valbonesi, crearon en la ciudad de Bell Ville, en el sudeste de la Provincia de Córdoba (Argentina), la nueva pelota sin lazo o de costura “invisible”, que originalmente recibió el nombre de Superball y que podría considerarse la base de la pelota moderna.

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