Los peligros de la nostalgia

MARTÍN FABLET

Nostalgia (del griego clásico: "regreso" y "dolor") básicamente describe un anhelo del pasado. Quizás el primer nostalgioso no fue Pablo Lecueder sino Ulises, que tras salir muy bien parado de la Guerra de Troya, solo pensaba en regresar a su isla natal, Ítaca, y reunirse con la hermosa Penélope. Durante este periplo que duró diez años, Ulises se la pasó lloriqueando por los rincones y comparando a su amada con cuanta chirusa andaba en la vuelta.

Muchos sufrimos pensando en todo aquello que tuvimos pero ya no. En echar de menos lo que no somos y pudimos haber sido. Hasta añorar situaciones que no hemos vivido. Toda esa horrenda conjunción de sentimientos, que a veces logra oprimirnos el pecho, es lo que modernamente llamamos nostalgia. Esta colección de sentimientos no entiende de edades ni de sexos, y su explicación ha evolucionado mucho a lo largo de toda la historia.

Durante los siglos XVII y XVIII se la consideraba como una enfermedad y sus síntomas más característicos eran los sollozos, la arritmia cardíaca y la anorexia. La nostalgia se atribuía a causas tan variadas como las posesiones demoníacas, a los efectos de la presión atmosférica o al sonido ininterrumpido de campanas.

Hoy por suerte se entiende que este combo de sentimientos mejora la salud, aumenta la autoestima, fortalece los lazos sociales y hace que la vida cobre más sentido. Al parecer todo se ha revertido para bien, pero, ¿qué sucede cuando queremos dar un pasito más, e intentamos revivir todo aquello que nos impresionó o nos hizo feliz?

El Ford Escort 1600 del año 78 (Pamperito) no paraba de acelerar. La Yamaha RDC 125 del papá del Flaco Barrandeguy, volaba. El Aston Martin de Jackie Green era inmanejable. El Audi Quattro de Berges era un infierno. Lindísimos recuerdos y sensaciones de una adolescencia ávida de emociones. Sepa señor mío, que todas son percepciones y vivencias que deben guardarse en esa cajita que vaya uno a saber en qué parte del corazón está; recuerde trancarla con un buen candado y tirar la llave lejos. Si usted se siente tentado de abrir esa cajita e intenta revivir todas esas emociones de antaño, le aseguro que se va a llevar una gran decepción. Se lo digo por experiencia.

El Pamperito se arrastra como una babosa enferma, la RDC es una máquina de hacer ruido, el Aston Martin es un catafalco incomodísimo y cualquier Subaru Impreza anda más que el Audi.

Pero este riesgo no es patrimonio exclusivo de los fierros. Algo parecido sucede con las artes y en especial con el cine. Películas que nos han hecho desternillar de risa o llorar hasta deshidratarnos, hoy no consiguen emocionarnos de ninguna forma. ¿Y dónde esta el piloto?, la película de los hermanos Zucker, resulta lenta. La Sociedad de los poetas muertos, película con el récord de hacer llorar a hombres y mujeres de igual forma, hoy no logra ni un mísero sollozo. De todas maneras hay excepciones. La fiesta inolvidable me sigue haciendo mucha gracia y Love story, si bien no me hace llorar, consigue tocar alguna fibra terraja de mi vapuleado corazón. Pero como dijimos, son excepciones. Los buenos recuerdos hay que venerarlos en su lugar; rescatarlos puede llegar a ser catastrófico. La última vez que vi 2001, Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, con público menudo, despertó carcajadas a granel. Por ello, hágame caso, respételos al igual que a los muertos. Déjelos en su sitio. Ellos lo merecen.

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