La muerte en casa

| Si caen invitados a cenar, comienzan los llamados telefónicos. ¿Quién se murió? les preguntan. Claro, en pueblos chicos, varios autos en casas de funebreros sólo puede significar que alguien conocido quizás ya no esté más entre los pobladores. Las historias de vida de quienes comparten techo con la muerte son tan dramáticas como bizarras.

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El País

CATERINA NOTARGIOVANNI

Los Cerrillos, Canelones. En el hogar de la familia Van Velthoven se celebra un cumpleaños infantil. Mientras los niños esperan turno para romper la piñata suena el teléfono: falleció fulano, informa una voz del otro lado de la línea.

"A trabajar", piensa el padre de familia y mira hacia el patio, donde todo es bullicio, algarabía y reparto de golosinas. Toma su coche y se dirige a la casa del difunto a conversar con la familia y a pedirle la documentación necesaria para el sepelio. "Tenía que ganar tiempo", cuenta Álvaro Van Velthoven (38), dueño de la funeraria homónima.

Minutos más tarde los dolientes ingresan a la casa velatoria y se dirigen a la sala de exhibición de ataúdes. Para ello transitan por el mismo patio donde rato antes se festejaba el aniversario. Los restos de la piñata todavía yacen esparcidos por el suelo.

"Ah mirá, estás de cumpleaños", le comenta un familiar. Estaban sí, "pero qué vas a hacer", responde Álvaro, acostumbrado a ese tipo de contrastes.

En definitiva, así son las cosas cuando el hogar y el trabajo están separados apenas por un patio. Al igual que los Fisher de la serie Six Feet Under (HBO), la familia Van Velthoven no sólo trabaja, sino que convive con la muerte.

convivencia mortal. La anécdota describe sólo una de las tantas situaciones que suceden a diario en las empresas fúnebres del interior, especialmente en aquellas instaladas en pueblos y pequeñas localidades, donde es común que las familias compartan techo con toda la parafernalia mortuoria: ataúdes, salas, flores, urnas, mortajas y carrozas.

Los Van Velthoven, por ejemplo, tienen la oficina donde se recibe a los deudos pegada al cuarto de los dos hijos, Yohann (12) y Nahomi (10). La sala de exhibiciones de ataúdes se encuentra al lado del garaje-galpón donde están estacionados el furgón, la carroza y las bicicletas de los niños. Enfrente, separado por el patio y un parral, se levantan las dos salas velatorias, una de las cuales está en reformas.

Similares son las condiciones en las que vive y trabaja la familia Soria-Rodríguez, propietaria de la funeraria Santa Rosa, en Fray Marcos (Florida). Allí, la oficina comunica por un lado con un pasillo que lleva al comedor-cocina, y por el otro con el cuarto de exhibición de féretros. Es más, hasta las reformas realizadas hace dos años, la barbacoa de la familia (que a su vez conecta con la cocina a través de una puerta y una ventana) daba al patio donde están los baños de una de las salas velatorias.

"Antes la gente pasaba por acá llorando y eso", cuenta Nancy Rodríguez (46). "De repente estábamos almorzando o en el cumpleaños de uno de los niños nomás y teníamos a los deudos al costado. Era un sufrimiento", agrega su marido y dueño de la empresa, Asdrúbal Segundo Soria (47).

Por otro lado, esa proximidad implica reglas especiales para los niños: nada de música alta, de gritos, de correteos y, mucho menos, risotadas. "Los días de servicio nos portamos en silencio y nos portamos bien. Nos ponemos a mirar tele y ta, nos quedamos tranquilos", cuenta Yohann Van Velthoven. Los amiguitos también lo tienen claro: pueden jugar pero con el volumen bajo. Los padres dicen que todos cumplen a rajatabla.

El ir y venir entre ataúdes, llantos y cadáveres produce en las familias un vínculo atípico con la muerte; al menos para lo que sucede con el común de los mortales.

"Los chiquilines lo viven totalmente natural. Puede haber gente acá llorando (señala la oficina) y ellos ya ni se despiertan. Nunca preguntaron nada y tampoco tienen mucha curiosidad de ir a ver al muerto. Los amiguitos vienen y piden para ver la sala de los ataúdes. Pero para mis hijos es como ver cualquier cosa. Un kiosco es lo mismo", cuenta Viviana Fuentes de Van Velthoven.

"Lo toman con naturalidad. Cuando empezaron a tener consciencia querían ver, pero al principio no los dejábamos. Después sí, para que se sacaran ese mito", relata Lilian Rodríguez, cuñada de Soria y empleada de la empresa. "Nunca preguntaron directamente qué es la muerte. Sí quieren saber qué pasó, si el fallecido estaba enfermo, si era viejito, a dónde los llevamos, etcétera. No saben el concepto de la muerte, pero toman con naturalidad el paso de la vida a la muerte porque la ven todos los días", agrega.

Del mismo modo que los hijos de un panadero juegan entre bolsas de harina o los de un músico entre instrumentos, los hijos de los funebreros se divierten entre ataúdes vacíos. Meterse en uno para asustar a sus amigos era una broma común en la infancia de Álvaro Van Velthoven y sus ocho hermanos. "Alguna que otra vez pusimos un maniquí en un cajón vacío", recuerda. Uno de sus paseos preferidos de Yohann y Nahomi eran los viajes a Montevideo a comprar cajones con su padre: "Entonces íbamos a la fábrica y después a Mc Donald`s. Una vez fuimos al Shopping en la carroza. Ellos iban sentados atrás, donde va el cuerpo, sobre almohadones. La gente se persignaba cuando nos veía pasar", cuenta Álvaro.

"Cuando era nene chico, cinco o seis años, tenía mis autitos y con ellos jugaba a hacer entierros", cuenta Luis Villamayor (79), segunda generación de la empresa fúnebre de Las Piedras y padre de 10 hijos. Villamayor es el funebrero con más tiempo dedicado al negocio de la muerte en el Uruguay: 59 años. (Ver recuadro).

Cadáveres familiares. Es fácil deducir que en localidades como Los Cerrillos (2.000 habitantes) o Fray Marcos (3.000), casi la totalidad de los servicios que realizan ambas empresas es de personas conocidas, parientes y amigos.

"Me ha tocado enlutar familiares y personas muy queridas", cuenta Asdrúbal Soria. Mientras lo dice se le llenan los ojos de lágrimas y apenas puede seguir hablando. Su cuñada completa la idea: "Lo dice por el caso de su cuñado, que era como un hermano para él y murió hace ocho años". En el caso de Soria, y contrariamente a lo que se puede sospechar, los 25 años de trabajo en la funeraria no lo han fortalecido en la tolerancia del dolor ajeno.

Van Velthoven, en tanto, ha tenido que enlutar a su abuela y a dos amigos de toda la vida, entre otros seres queridos. Sin embargo, se lo ve con otro talante. Mientras Soria confiesa que el trabajo le gusta "más o menos", Van Velthoven admite que ser funebrero es su vocación. "Será porque nací acá, no sé, pero lo hago con ganas, no lo sufro", cuenta. "Él ama esto. Sin esto se muere", acota su esposa.

Ambos son exquisitos a la hora de preparar los cuerpos, tarea que no delegan a menos que sea estrictamente necesario. Además ofrecen servicios que exceden por lejos lo meramente ceremonial, como llevar a los deudos a tramitar partidas, pensiones, jubilaciones o subsidios ante el BPS.

"En el interior, el funebrero es un parte del servicio porque es un referente. Si mandás a un empleado la gente protesta y pide al dueño, quien es el que hace todo: desde ir a buscar el cuerpo a preparalo", explica Cristina Villamayor, presidenta de AEFI, gremial que nuclea a un centenar de empresas del Interior. "Yo entro a una casa y la familia me abraza porque me conoce", ilustra Soria.

Como sucede en todo pueblo chico, la noticia de una muerte corre como reguero de pólvora. Basta que vean un par de coches estacionados en la puerta de la casa de los funebreros para que los teléfonos empiecen a sonar. "¿Quién se murió?", preguntan. De hecho, eso mismo sucedió el día en el que Soria y su mujer se casaron e hicieron la fiesta en su casa. Es más, los teléfonos sonaron la tarde en la que se realizó este reportaje.

Otra particularidad de esos entornos es aquella gente que no falta a ningún velorio (gran parte mujeres mayores), aún cuando ni conocen al fallecido.

Lindo, corto y barato. La empresa Santa Rosa realiza un promedio de 4 servicios por mes en Fray Marcos y otros 6 en las demás sucursales de Casupá, Chamizo; Cerro Colorado y San Ramón. En Van Velthoven e Hijos Ltda. el promedio es de 6 funerales al mes.

En los dos casos, los servicios económicos ($12.000) son los más pedidos. "Antes la gente gastaba más, pero ahora no les interesa tener tremendo ataúd lustrado... si vamos todos al mismo lugar", comenta la esposa de Van Velthoven. "Antiguamente los más pedidos eran los servicios buenos, ahora la gente cambió mucho la mentalidad y quieren uno sencillo, prefieren vivir la vida y está bien", cuenta Soria. Un funeral bueno puede alcanzar un costo de $40.000.

Otro cambio que se registra en el Interior es la duración de los velorios (cada vez más cortos) y la intensidad de los mismos: "Antes los eran bravos, trágicos. Cuando sacábamos el cuerpo había llantos y gritos. Hoy las escenas de angustia son muy esporádicas", afirma Soria. "A veces cuando estamos cerrando el ataúd hay tal murmullo en las salas que tenemos que hacerlos callar", cuenta Cristina Villamayor, hija de Luis y actual directora de la empresa fundada por su abuelo en 1930. "Se perdió la cultura fúnebre en Uruguay... Acá y ahora no les importa nada el muerto", señala Luis Villamayor.

El historiador José Pedro Barrán ensaya una explicación para ese fenómeno: "Cada vez es más impropio demostrar el dolor. En ese sentido hay como una especie de incremento de la esfera del pudor. Se siente más la necesidad de no demostrar el dolor. Antes se podía y se debía hacer".

Además, como diferencias con el pasado reciente, señala el aumento de la opción por la cremación "... lo que implica terminar con la podredumbre, negarla, evitarla...", el traspaso de la figura del cura a la del médico al lado del moribundo y la tendencia a evitar el velorio.

"Es todo lo mismo: todo conduce a la negación; y en el fondo, a no querer enfrentar la muerte como fin y a la transformación de ésta en un episodio más de la vida. Episodio que incluso se puede embellecer, como es el caso de los cementerios convertidos en parques que ni siquiera recuerden a la muerte", reflexiona el historiador.

De paso comenta que los rituales mortuorios uruguayos provienen de la Edad Media española.

Preocupados por los mencionados cambios culturales, la gremial que reúne a las empresas fúnebres del Interior trabaja en lanzar al mercado un nuevo ritual. "El actual está obsoleto", indica la presidenta. La idea es que se acerquen al estilo americano. (Ver servicio).

Epitafio. Tanto Soria como Van Velthoven han pensado alguna vez en su propio funeral. El primero quiere que lo cremen y tiren sus cenizas en el Río Santa Lucía.

El segundo tiene otras pretensiones: "El otro día vi un trabajo en mármol negro y le dije a mi señora: `ves, eso me gusta para mi`", cuenta y se ríe. "Otra cosa que pido -a partir de ver las reducciones- es me pongan medias en los pies y las manos para que los huesitos estén todos juntos", agrega.

La famosa deformación profesional: el hombre no puede evitar meter mano en la muerte, incluso si se trata de la suya propia.

El ritual mortuorio actual "está obsoleto"

La Asociación de Empresas Fúnebres del Interior (AEFI) fue creada hace 22 años con el objetivo de profesionalizar a las 100 empresas integrantes. "Algunas no tienen un fax", dice la presidenta, Cristina Villamayor. Es más, el 25% tampoco tiene computadora.

Además de AEFI, existe CETI (www.ceti.com.uy), brazo comercial de la anterior que colabora en la facturación y en la captación de clientes. Desde AEFI se trabaja en la elaboración de un nuevo ritual porque "el actual está obsoleto", dice Villamayor. Vale consignar que lo que hoy es la norma -salas velatorias que sustituyeron el velorio en las casas y la posibilidad de pagar en cuotas y por adelanto el funeral- son costumbres de apenas 20 años de antigüedad.

Los cambios propuestos intentan llevar las ceremonias al estilo estadounidense: velatorios acotados a cuatro horas con la participación de una persona que hable del fallecido, incorporación de ataúdes temáticos como existen en Argentina y Brasil (ya sea de cuadros de fútbol, de estrellas del rock o de partidos políticos), proyección de fotos o películas con la historia de vida del difunto, colocación de cámaras que permitan a los familiares del exterior seguir el rito a través de Internet y baños con duchas ("en el interior es muy común que los familiares que llegan de lejos pasen más de un día en la sala"); y la creación de un banco de ADN que estará bajo custodia de CETI. "Por ejemplo, alguien fallece de cáncer de útero y una hija quiere saber si es propensa a padecerlo", explica Villamayor.

También quieren facilitar la cremación, que actualmente sólo se hace en el Cementerio del Norte (Montevideo). "Compramos un horno para instalar en Las Piedras, pero como la ordenanza de Canelones exige que el pedido se debe hacer en vida, cosa que casi nadie hace, estamos tratando de cambiarla para que la solicitud la puedan hacer los familiares, como en Montevideo", cuenta.

La idea es implementar los cambios a la brevedad, pero para eso deben terminar de convencer a los asociados. "El funebrero es muy clásico, le cuesta hacer cambios", dice.

"Se perdió la cultura fúnebre en el Uruguay"

Luis Villamayor es el empresario fúnebre con más tiempo de trabajo en el negocio: 59 años. Aunque hoy está jubilado, sigue concurriendo a diario a la empresa fundada por su padre en 1930.

Empezó como ayudante de furgonero a los 17 años y circuló por todas las áreas de la firma hasta que su progenitor decidió retirarse. "Aunque sabía todo me dio un miedo terrible", cuenta. "Lo que hice fue innovar, porque mi padre era muy antiguo", agrega.

Compró una flota nueva de autos e hizo salas velatorias nuevas. Además fundó Visión, una sociedad por cuotas y por socios. "Le copié a El Ocaso. Los demás decían que no podía ser y hoy todo el mundo paga su cuota por mes. Visión es la que nos proporciona la mayor cantidad de servicios fúnebres", señala.

Las instalaciones de su empresa, ubicada frente por frente a plaza de Las Piedras, están llenas de reliquias: una carroza fúnebre Plymouth del año 70 que aún funciona y que ha sido alquilada para comerciales, tres ataúdes de bronce importados de EE.UU cuyo valor es de US$ 25.000 y varias fotos del funeral de Julio Sosa, el "varón", del tango, realizado por su empresa.

Pero a juzgar por su entusiasmo, una sala velatoria VIP inaugurada hace cinco años es su mayor orgullo. O más concretamente, el vitreaux importado de Europa instalado detrás del lagarto (así se le llama a la base donde se apoya el ataúd).

"Como mi padre se llamaba Luis, yo me llamo Luis y tengo tíos y nietos que se llaman Luis, pusimos la imagen de San Luis Gonzaga, el que fuera Rey de Francia", cuenta.

Al igual que sus colegas, Villamayor también considera que el negocio cambió mucho en los últimos años. Es más, dice que "se perdió la cultura fúnebre en Uruguay. Acá no les importa el muerto ahora. Que se lo lleven rápido al cementerio, no quieren ni velorio", afirma. También coincide en que en la actualidad los familiares no quieren gastar en la ceremonia. Por ejemplo, del modelo de ataúdes "Torpedo" (valor US$ 11.400) ya no vende ninguno, cuando hace 20 años se pedían seis por año. "Se acabó eso, la gente no gasta más".

Tres de sus hijas (tiene 10) y dos de sus nietos continúan la tradición y trabajan en la empresa.

"Cuando era niño tenía mis autitos y con ellos jugaba a hacer entierros", dice funebrero.

El último deseo del difunto

El bien más preciado en el negocio fúnebre es el respeto para con la familia y el difunto. Por eso evitan contar detalles de las ceremonias. Sin embargo, brindaron algunos ejemplos de los pedidos más curiosos que les han hecho.

Un clásico de los fumadores: ser enterrados con una cajilla de cigarrillos. O de los bebedores, a los que muchas veces se les pone una petaca dentro del ataúd. Otros más radicales pidieron rociar con vino el cadáver de un familiar. Y lo hicieron. Colocar la bandera del equipo de fútbol de sus amores es otra de las solicitudes más frecuentes.

Los amantes de la música a veces quieren despedir a los suyos escuchando una canción. "Me han pedido hasta cumbia villera, pero nunca llegamos a poner porque siempre aparece otro familiar que tira la idea para atrás", cuenta uno de los entrevistados. La vestimenta del fallecido también es importante, mayoritariamente los trajes o vestidos de colores. Pero si de curiosidades se trata, nada como una familia que pidió una frazada alegando que el difunto sentía frío.

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