New York Times I Liesl Schillinger
Una noche oscura de junio, en el pueblo libanés de Zahle, un adolescente abordó a dos viajeros mientras caminaban a lo largo de la ribera del río. En un inglés con acento francés, preguntó con urgencia: "¿Han visto el nuevo libro de Harry Potter?". El chico había leído los otros cinco libros de Potter varias veces, tanto en francés como en inglés, "aunque en este idioma lleva más tiempo, pero es mejor porque son sus palabras". El "sus", incluso para un adolescente del Líbano, refiere a "la-que-debe-ser-leída": J.K. Rowling, autora de las increíbles crónicas del joven mago británico Harry Potter y sus amigos.
Al igual que grandes y chicos de todo el mundo –los cinco libros llevan vendidos 270 millones de ejemplares–, el fan libanés de Potter tuvo que esperar a que pasara un minuto luego de la medianoche del 14 julio para satisfacer su curiosidad por saber qué le había pasado a Harry luego de combatir al malvado Lord Voldemort.
Estas nuevas 652 páginas –mucho más oscuras que las que las precedieron– incluyen humor, romance y diálogos chispeantes, al igual que una gran carga de secretos, lazos que se profundizan, traiciones y lecciones.
Debido a que el don de Rowling está no tanto en el manejo del lenguaje sino más bien en la caracterización y la construcción de la trama, revelar lo que pasa en este libro le arruinaría la experiencia de leerlo a muchos jóvenes. Basta decir que este nuevo volumen culmina con tanta tensión que el lector cierra el libro temblando, sabiendo que de las cenizas y de alguna manera resurgirá el ave fénix de la ficción de Rowling, pero al mismo tiempo preocupado por saber cómo hará Harry para aguantar hasta entonces.
SEGURIDAD ESPECIAL. Los jóvenes lectores en cuyas mentes se están imprimiendo las huellas de las aventuras de Harry, tienen varios autores que compiten por su atención. Pero, ¿por qué sólo los libros de Harry obligan a las librerías a contratar seguridad especial cuando sale un nuevo volumen?. No se puede responder a esta pregunta si no nos referimos al inconsciente colectivo. Parte del poder que ejerce Rowling sobre sus lectores se basa en que su mundo de fantasía se parece mucho a la casa de uno.
La población de magos que inventó la escritora convive en su imaginación con una Inglaterra que se puede buscar en el mapa; de hecho, los empleados de la estación de trenes King Cross, en Londres, pusieron un signo sobre una pared que dice "Plataforma 9 3/4", la que Harry y sus amigos usan para tomarse el tren que los lleva a Hogwart. La mesa de la cena de los Weasley se parece a la que tiene cualquier familia feliz, aunque en ese caso no vuelan cuchillos mágicos que cortan las papas.
Los primeros cuatro volúmenes de la serie, escritos antes de 2000, les proporcionaron a los niños un excitante escape hacia la fantasía. Pero los dos últimos, escritos luego del 11 de setiembre, proveen un escape diferente: uno desde la realidad, que ahora parece ser más aterrorizante que la prisión de Azkaban. Al comienzo de Harry Potter y el Príncipe Mestizo, nos enteramos de que Voldemort está suelto, que sus secuaces están sembrando el caos en el mundo de los magos pero también en la Inglaterra de los "normales" –rompiendo puentes, creando huracanes y llenando el aire de un asqueroso vapor–. El ministro de la Magia visita al primer ministro británico para advertirle que fuerzas oscuras se están extendiendo en su tierra, incluyendo a los dementores, los guardianes de Azkaban que se chupan la vida.
La estación de King Cross fue una de las que sufrió el atentado terrorista en Londres. En un momento en que la vida cotidiana está cada vez más cargada de actos oscuros y malvados, la tentación de creer que un mago bueno a punto de convertirse en hombre puede ser quien haga desaparecer a tantos malvados, es aún mayor. ¡Dales con todo Harry! Y ahora, comienza la espera por el volumen siete.