El Molino del Galgo, a casi 200 años: ruina patrimonial, corazón barrial y símbolo de La Unión

Abandonado pero cargado de memorias, vecinos reclaman su conservación antes de que el tiempo termine de vencerlo.

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Molino del Galgo
Ignacio Sánchez

María Élida Artigas tenía 15 años cuando cruzó las puertas del Molino del Galgo para festejar su cumpleaños. Vestía de rosado, con un vestido de tres vuelos y estilo español, y bailó rodeada de familiares, amigos y vecinos. El viernes 23 de enero cumplió 84 años. Sigue viviendo en La Unión y volvió a celebrar en el mismo predio, mirando ese mismo molino que hoy, sin aspas ni cúpula, resiste —como ella— el paso del tiempo.

El edificio, que fue sede deportiva, vestuario, cantina y hasta depósito para recolectores de residuos, y que hoy convive con un tablado y un centro juvenil en sus inmediaciones, es también uno de los últimos vestigios del pasado industrial de un barrio con casi dos siglos años de historia: un molino de viento construido en 1832 que permanece en pie, pero en estado de abandono, en un predio municipal sin un plan de conservación.

“No hay que abandonarlo, no hay que bajar los brazos”, dice María Élida. “Esto fue parte de la vida de mucha gente. Da pena verlo así”.

Esa idea de no rendirse es la que motoriza a dos organizaciones que buscan devolverle vida. Por un lado, el Instituto de Historia y Urbanismo de La Unión, que ya presentó —sin éxito— un proyecto para restaurarlo y convertirlo en sede de un museo barrial. Por otro, la Asociación Civil Molino del Galgo, que también espera una autorización para ingresar, reacondicionarlo y sumar allí un nuevo punto de encuentro para los vecinos. “Nos encantaría poder usar el molino, pintarlo, acondicionarlo, embellecerlo. Es nuestra insignia; quisiéramos que no se viera tan triste”, dice a Domingo su presidente, Javier Medina.

Ninguna de las dos organizaciones puede intervenir en el interior: el edificio es patrimonial y cualquier acción depende de autorizaciones que no llegan. “Todo es muy burocrático. Todo lleva tiempo y esperar resoluciones”.

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Imagen histórica del Molino del Galgo y un barrio completamente rural

Un molino antes del barrio.

El primer Molino del Galgo fue levantado en 1832 por José Pratt, un inmigrante catalán. Durante 16 años funcionó como uno de los engranajes centrales del sistema harinero que abastecía a Montevideo. En junio de 1848, Pratt puso el molino a la venta a través de un aviso publicado en el diario El Defensor, con el objetivo de saldar deudas. Al año siguiente, en 1849, fue adquirido por Lorenzo Cresio y Tomás Maggi, y tiempo después pasó a manos de Vicente Benvenutto.

Benvenutto construyó un segundo molino contiguo al original. Ambos pasaron a ser conocidos como los Molinos de Benvenutto o, simplemente, “los del Galgo”, y se consolidaron como uno de los polos harineros más activos de la zona. A su alrededor se organizó el trabajo, el poblamiento y la vida cotidiana del incipiente barrio.

“Se molía acá y la producción salía hacia Ciudad Vieja, que era donde estaba la mayor demanda”, señala Fernández a Domingo. El trabajo era intenso pero eficiente: “Con tres personas —una en la tolva, otra en la molienda y otra cosiendo los sacos— se sacaba muchísima producción”.

La estructura que hoy permanece en pie no corresponde al molino original de 1832. Ese había sido levantado a pocos metros y de él solo quedan algunas piedras, hoy semienterradas en jardines de viviendas cercanas. El edificio que hoy se conserva es el molino construido en 1849, el único que sobrevivió cuando los demás comenzaron a desaparecer. “Se salvó porque no molestaba: no interfería con el tránsito ni con nada”, explica Fernández.

A fines del siglo XIX dejó de funcionar como molino. Sus partes —las aspas, la veleta, las piedras de molienda— fueron retiradas y llevadas al campo. El edificio pasó por manos privadas y llegó a pertenecer a la familia Bonavita, que proyectó instalar allí una sala familiar y una biblioteca, impulsada por el interés literario del doctor Luis Bonavita. Sin embargo, por cuestiones legales, la cesión nunca se concretó.

“En 1953 ya estaba totalmente desguazado. Lo único que quedaba era el tubo, la estructura de ladrillo”, relata Fernández. Ese año, durante la intendencia de Germán Barbato, se le construyó un piso, un entrepiso y un techo de hormigón, con la intención de ponerlo en valor y devolverle un aspecto cercano al original, algo que nunca llegó a concretarse.

Las reformas realizadas entonces alteraron de forma significativa la estructura. Se intentó abrir una ventana a menor altura que las originales, una obra que quedó inconclusa y fue posteriormente tapiada. La abertura sellada que hoy se observa sobre el lateral izquierdo, en cambio, sí es original: aún conserva restos de revoque blanco de fines del siglo XIX, una marca que permite identificarlo inequívocamente como el Molino del Galgo.

La década de 1930 marcó el inicio de la demolición sistemática de los molinos de la zona. En 1932, cuando comenzaron las obras del complejo de viviendas entre las calles Timoteo Aparicio, Pan de Azúcar y Silvestre Pérez, los ladrillos de los molinos demolidos fueron reutilizados para esas construcciones.

Ese mismo año, el lugar tuvo usos tan inesperados como efímeros. Allí se instaló una pista de speedway, en la que los molinos funcionaban como obstáculos: las motos trazaban un circuito en forma de ocho, rodeándolos. “Puede parecer bizarro hoy, pero pasó”, señala Fernández.

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Molino del Galgo
Ignacio Sánchez

Con el correr de las décadas, el edificio fue acumulando resignificaciones. Funcionó durante años como fábrica de alpargatas y, más tarde, fue incorporado al Club Atlético Unión, que instaló allí su cancha de básquetbol. El molino pasó a cumplir funciones de vestuario y de soporte del tanteador.

“El molino estaba prácticamente adherido a una de las tribunas”, recuerda Carlos Poggi, referente del Instituto de Historia y Urbanismo. “Ahí se cambiaban los jugadores, no había duchas, y alguien del club iba moviendo las chapas del marcador según el tanteador”.

Para Poggi, el molino siempre ejerció una atracción particular. “Quizás por su vetustez, quizás por el imaginario popular, pero siempre fue un punto de referencia”, dice.

El edificio también dejó huella en la literatura. El escritor y político Eduardo Acevedo Díaz, nacido a pocas cuadras, lo menciona en una de sus crónicas. Describe al molino como “un gran cilindro de material”, coronado por un cono de madera, con aspas forradas en tela negra, y lo llama “molondro”, en alusión a su giro lento. En ese relato, el molino impresiona a los transeúntes y forma parte del paisaje de quintas y caminos de tierra que caracterizaban a la zona.

Hoy, lo que queda auténtico del Molino del Galgo es su estructura original y las pequeñas ventanas superiores. “Esas aberturas de 20 por 20 centímetros eran las que permitían captar el viento. El molinero sabía hacia dónde orientar las aspas”, explica Fernández. Todo lo demás fue modificado o se perdió.

El edificio es considerado un bien patrimonial y pertenece a la Intendencia de Montevideo. “Nunca se autorizó ni siquiera una plaqueta”, señala Fernández. “Se propuso ponerle cúpula, aspas, restaurarlo respetando lo original, y tampoco se aceptó”. El Instituto de Historia y Urbanismo llegó a solicitarlo formalmente para instalar allí un museo barrial, sin éxito.

“Estamos a pocos años de que se cumplan 200 años del Molino del Galgo”, resume Fernández. “Y lo único que pedimos es conservación. Es lo más antiguo que queda de la historia industrial de La Unión”.

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Molino del Galgo
Ignacio Sánchez
DE LA CANCHA AL TABLADO: PASADO Y FUTURO

Para Carlos Poggi, el Molino del Galgo nunca fue un edificio aislado ni un objeto extraño dentro del barrio. Fue, desde que tiene memoria, parte del Club Atlético Unión y de la vida cotidiana de quienes crecieron alrededor de su cancha. Recuerda el molino prácticamente adherido a una de las tribunas, integrado sin solemnidad al paisaje deportivo. Allí funcionaban los vestuarios: no había duchas y el espacio era rudimentario, pero cumplía su función. Desde su estructura, alguien del club movía manualmente las chapas del tanteador, actualizando el marcador partido a partido.

Poggi asocia esos años a una época en la que el club era el gran centro de reunión barrial. Ir al Unión no era solo ver básquet: era encontrarse con vecinos, pasar la tarde entera, habitar el lugar. Entre sus recuerdos aparece también haber visto jugar allí a una de las grandes figuras del club, un jugador emblemático que marcó a generaciones de hinchas. El molino, testigo silencioso, estaba ahí: viejo, imponente, naturalizado.

Esa presencia constante explica, para Poggi, por qué el molino siempre ejerció una atracción particular. No tanto por su valor arquitectónico —que entonces nadie discutía— sino porque estaba ligado a experiencias compartidas. Antes de ser patrimonio, fue espacio usado. Antes de ser ruina, fue parte de la vida.

Javier Medina, presidente de la Asociación Civil Molino del Galgo, habla desde un registro similar, aunque desplazado hacia el carnaval. Su infancia también transcurrió entre el Club Unión y las actividades culturales del barrio. Los ensayos de Los Saltimbanquis, el Carnaval de las Promesas, los festivales y desfiles que recorrían La Unión y terminaban en el predio del molino forman parte de su memoria personal. El molino y el club concentraban la vida social del barrio.

Esa continuidad es la que hoy intenta recuperar la asociación que preside. Aunque el molino permanece cerrado, el entorno volvió a activarse a partir del tablado. En los últimos años, la organización impulsó no solo carnaval, sino también ferias de emprendedores y actividades culturales con la idea de atraer nuevamente a los vecinos.

Un punto de inflexión fue el trabajo conjunto con el centro juvenil que funciona en el predio. Durante la última temporada, los chicos participaron activamente en la creación de la escenografía del tablado, en articulación con educadores y con el Museo del Carnaval. Todo el diseño, la construcción y la pintura fueron realizados por ellos. Para Medina, ese proceso fue tan importante como el resultado final: buscó generar pertenencia, mostrar que los jóvenes no solo están en el barrio, sino que son parte activa de su presente.

El tablado, que la asociación logró pintar y acondicionar con trabajo voluntario, funciona hoy como un espacio de reencuentro. Durante estas semanas, el predio se llena de gente y de circulación. El molino, en cambio, permanece cerrado: se lo rodea, se lo mira, se lo nombra, pero no se lo puede usar.

El desafío, según Medina, es que esa activación no quede limitada al carnaval. Entre los proyectos a futuro aparece el trabajo con adultos mayores del barrio, muchos de los cuales se alejaron del predio por cuestiones de seguridad, clima o falta de propuestas. La idea es generar actividades que los vuelvan a acercar, que el espacio también sea de ellos.

Para Poggi, esa acumulación de usos —la cancha, el carnaval, el trabajo con jóvenes— demuestra que el Molino del Galgo nunca fue un resto inerte. Cada etapa le dio un sentido distinto, siempre ligado a lo colectivo. Hoy, cuando su conservación depende de decisiones administrativas que no llegan, esas memorias funcionan como argumento: el molino no solo pertenece al pasado industrial de La Unión, sino a su historia social y afectiva.

Entre el vestuario y el tablado, entre la infancia y los proyectos a futuro, el Molino del Galgo sigue esperando volver a ser habitado.

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Molino del Galgo en tiempos del Club Unión; atrás, el tablero sobre el molino

Puertas adentro.

El estado del interior del Molino del Galgo quedó documentado durante una inspección ocular realizada en plena pandemia, cuando el edificio llevaba años sin uso estable ni mantenimiento regular. No existen registros posteriores que permitan determinar con precisión cómo se encuentra hoy.

En ese relevamiento, el interior del molino mostraba con crudeza las marcas del abandono. El edificio no contaba con luz ni con agua, y su interior había sido utilizado durante años como depósito, sin tareas sistemáticas de conservación.

“El molino estaba vacío. No quedaba ningún mobiliario original”, explica Alberto Fernández. En ambas plantas se registraban desprendimientos de revoque provocados por la humedad persistente. En algunos sectores, el daño había alcanzado la planchada: el recubrimiento cedió y dejó los hierros de la estructura a la vista, con el consiguiente riesgo de corrosión.

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Vista interior; esa era una de las puertas originales
Alberto Fernández
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Vista interior del Molino del Galgo
Alberto Fernández

Las ventanas, colocadas en 1953, no tenían vidrios ni ningún tipo de protección. “Eso permite que entre lluvia y viento de forma permanente, acelerando el deterioro interno, sobre todo de los pisos calcáreos”, señala Fernández. En los gruesos muros de ladrillo se observaba humedad ascendente desde la base, mientras que en la cornisa superior ya había desprendimientos de ladrillos, además de nidificaciones de palomas.

En el interior quedaban rastros de usos anteriores: restos de metales de cuando el molino sostenía el contador de tantos del Club Atlético Unión, cableados colgando a lo largo de la estructura y la antigua caja de tapones empotrada en una pared. La baranda original de la planta alta había sido robada, al igual que las luminarias que alguna vez tuvo.

El edificio también acumulaba episodios menos visibles de su historia. Durante los festejos por el ascenso del Club Unión a primera división, cuando el molino funcionaba como cantina, se produjo un incendio intencional: los jugadores encendieron una fogata en la planta baja. “No dañó la estructura original”, aclara Fernández, pero forma parte de esa sucesión de usos improvisados que marcaron al edificio.

Durante la pandemia, Fernández participó de esa inspección junto a una licenciada en Arquitectura especializada en patrimonio y la arqueóloga Ana Gamas. El diagnóstico fue claro: el deterioro observado no respondía a un único evento, sino a décadas de abandono, falta de control y ausencia de un plan de conservación. “Estamos hablando de un edificio con más de 190 años de historia”, subraya. “Y cada año sin intervención lo deja un poco más cerca del colapso”.

Para Fernández, el rescate del molino no empieza con grandes obras ni presupuestos millonarios. Empieza por lo básico. “Me ofrezco a hacer una limpieza cuidada: sacar los yuyos, limpiar la parte de adentro, sin dañar la estructura”, explica.

Mantenerlo, insiste, es una cuestión de constancia más que de recursos. “Con un poco de esfuerzo se puede. Una limpieza profunda, un lavado de cara. Con donaciones se puede conseguir pintura. Los voluntarios siempre aparecen”.

El Molino del Galgo sigue en pie. Para los vecinos de La Unión, todavía no es tarde: alcanza con que alguien habilite el primer gesto.

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