Por Guillermo Pellegrino, especial para Domingo
El minibús se estaciona a cinco cuadras del casco histórico de Comillas, un pueblo de 2.141 habitantes situado a 47 kilómetros al oeste de Santander, capital de Cantabria. “Visita a El Capricho, de Gaudí”, reza, sin más, el plan de ruta.
Es el emblema de la localidad. Fascina incluso solo de verlo en fotos. Así, apenas descienden, los visitantes se afanan por descubrirlo, como suele ocurrir con la Torre Eiffel en una primera visita a París. Pero solo alcanzan a divisar extensos parques y majestuosos edificios que parecen trasladados de otro contexto. Avanzan. Recién a pocos pasos del predio, como si se corriera un telón tejido por el frondoso follaje de los árboles, se deja ver la Villa Quijano, tal su nombre oficial.
Ecléctica, la residencia de 720 m² resalta por los azulejos, su principal elemento ornamental.
Existen tres tipos. Dos son verdes: uno liso (preponderante en el mirador, en contraste con el rojo, algo más dominante en el resto de la casa) y otro con un motivo de hoja de girasol.
El toque de amarillo lo aportan unas 6.500 cerámicas que reproducen flores de girasol. La vivienda se distingue, además, por la combinación de materiales -ladrillo y piedra, hierro y madera- y por un sinnúmero de detalles, funcionales y simbólicos. Todo está planeado. Todo tiene un porqué. En la historia de su gestación se encuentran algunas respuestas.
Entre botánica y luz solar.
En 1883, al regresar de Cuba, el abogado Máximo Díaz de Quijano decide construir en Comillas una morada de retiro que reflejara sus vigorosas finanzas. En el marco de la ostentación a través de la arquitectura, práctica muy común entre los indianos -españoles enriquecidos en América- le recomiendan a Antoni Gaudí, entonces de 31 años, un profesional que ya se había dado a conocer en esta comunidad cántabra por el diseño de muebles de la capilla-panteón de Sobrellano y la creación de un quiosco de estilo oriental para recibir, en 1881, al rey Alfonso XII, visita que marcó un vuelco en la historia moderna de Comillas.
A sabiendas de que una de las grandes aficiones de Díaz de Quijano era la botánica, Gaudí imaginó el invernadero como eje central de la casa. A su alrededor, en forma de U, dispuso los demás ambientes para que las estancias se beneficiaran del movimiento del sol. Hacia el este proyectó el dormitorio principal, con una amplia terraza; en el otro extremo ubicó el comedor, de modo que recibiera la luz del mediodía por el sur y la del atardecer por el oeste.
En pos de captar buena iluminación durante la mayor parte del día, situó en el centro -sobresaliendo del plano de la fachada- el salón principal, al que adosó dos pequeños balcones con un diseño funcional característico de su estilo: barandillas de hierro que sirven como bancos. Sobre el ala derecha del frente concibió, como entrada principal, un pórtico con cuatro columnas de piedra rematadas por capiteles decorados con pájaros y hojas de una palmera autóctona de la península ibérica. Encima del pórtico se alza una torre de unos 20 metros, único espacio desde el cual se puede ver el mar Cantábrico, a un kilómetro de distancia.
Metáforas arquitectónicas.
El promotor de la obra, además, tenía un gran interés por la música. Gaudí buscó plasmar ese apego en metáforas arquitectónicas: las cinco líneas de azulejos con motivos de girasol, presentes en todas las paredes exteriores, aluden a un pentagrama; y las corcheas que se adivinan coronando algunas barandas son dos ejemplos perceptibles.
“¡Pero hay más guiños a la música!...”, anuncia, con entusiasmo y un giro de suspenso, el guía Aldo Alonso. “Apreciarán uno en este ventanal”, señala, refiriéndose al de cinco módulos del salón principal. De inmediato llama a dos turistas para que lo comprueben y, a su vez, lo muestren: la primera debe abrir un paño y la segunda, cerrarlo. Estos movimientos, gracias a los contrapesos de barras de hierro usados en este sistema “de guillotina”, producen diferentes notas musicales.
En otros rincones de la casa, las alegorías unen dos mundos: la naturaleza y la música.
En ambas barandas del mirador se combinan armónicamente formas de inspiración vegetal -hojas de parra- con claves de sol; mientras que, en los vitrales del baño, puede observarse a una abeja pulsando una guitarra y, en otro, a un mirlo tocando el órgano.
Durante los dos años que duró la construcción, tanto en el interior como en los jardines -donde, por una cuestión de espacio, no puede adentrarse esta nota-, Gaudí no dejó nada librado al azar, con la idea de satisfacer ciertos antojos, algo extravagantes, de su cliente. Esta es una de las hipótesis sobre por qué la morada se popularizó como El Capricho. La otra remite al Capriccio, composición musical libre y vivaz, que bien podría encajar con el espíritu de esta lujosa vivienda. Sin embargo, el azar, como en la canción de Joan Manuel Serrat, se mostró caprichoso: Díaz de Quijano murió el 7 de julio de 1885, apenas una semana después de haber ocupado su anhelada residencia.
Comillas monumental.
Además de El Capricho, una de las primeras obras de Gaudí y una de las tres que completó fuera de Cataluña, Comillas ofrece mucho más para tentar al visitante. El indiano Antonio López fue el principal artífice de la gran transformación arquitectónica que experimentó esta localidad cantábrica en el último cuarto del siglo XIX. Con estrechos vínculos con la monarquía -que lo reconoció como I Marqués de Comillas- y con la intención de convertir su villa de origen en un lugar de veraneo de la realeza, López financió la construcción del Palacio de Sobrellano, el primer edificio de España en utilizar luz eléctrica; posteriormente, costeó la Capilla-panteón y el conjunto de edificios de la Universidad Pontificia. Los tres llaman la atención: parecen propios de una gran ciudad.
Y para quienes son amantes de Gaudí, Comillas ofrece otras muestras de su arte. En el Palacio de Sobrellano y en la capilla se conservan bancos, reclinatorios, asientos de ceremonias y una chimenea diseñados por él. La Puerta de los Pájaros, entrada de una residencia privada, es la reproducción de la que había bocetado para un chalet en Barcelona. Junto a la Casa de Ocejo, propiedad de López, donde llegó a alojarse Alfonso XII, se encuentra una fotografía del famoso quiosco -fabricado en madera, metal, azulejos y tela- que fue trasladado a Barcelona, donde desapareció años después.
Asimismo, la naturaleza, prodigiosa, se encuentra a solo cinco kilómetros. En la desembocadura de la ría de la Rabia se revela la postal de la playa de Oyambre, una de las más bellas del norte de España: arena fina y clara, acantilados y verdes campos, ganado pastando y, en los días despejados, una vista impresionante de los Picos de Europa.