Por Mariel Varela
La vida de Antonio Garabato ha transcurrido entre tijeras, peines y cepillos desde que es adolescente. Nació hace 89 años en Baxoia, una aldea a 19 kilómetros de Santiago de Compostela (España) donde no había luz eléctrica -se iluminaban con candiles a keroseno-, ni calles -caminaban sobre el barro- y solo comían lo que plantaban en su huerta porque no había dinero para comprar nada extra.
Este hombre que solo cursó hasta tercero de escuela porque sus padres no podían costear sus estudios dejó atrás su patria y su familia hace 65 años para cumplir un sueño. Pidió dinero prestado a su abuela y pagó diez mil pesetas por un pasaje en barco. Cruzó el Océano Atlántico solo y ancló en Montevideo porque era el único rincón en el mundo donde tenía un pariente -su tío- que podía darle un techo y protegerlo. En ese entonces, además, necesitaba ser recibido por alguien para ingresar de forma legal a Uruguay.
“Yo quería encontrar una ciudad para poder trabajar como peluquero, porque ya cortaba el pelo a los vecinos del campo, casa por casa”, relata Antonio a Revista Domingo. Así había aprendido el oficio y en la peluquería del cuartel, cuando le tocó hacer el servicio militar en Zaragoza, se perfeccionó. “No la pasé mal porque hacía lo que me gustaba”, confiesa sobre esos dos años.
Llegó a Uruguay, a los 24 años, con una mano atrás y otra adelante, pero a base de mucho esfuerzo, trabajar de sol a sol y varios préstamos logró comprar, en 1971, la llave de la peluquería El Grillo -donde era empleado-, adquirir una vivienda y ocho autos. Recién cuando terminó de pagar la última cuota de su apartamento decidió volver a España y reencontrarse con su madre y tres de sus cuatro hermanos (el quinto también se instaló en Uruguay). Estiró 20 años esa visita porque no quería viajar teniendo deudas. “Encontré a mi mamá mal cuando volví, le habían dado varios ACV después de enviudar, otro palazo más. Por lo menos la vi y me abrazó”, relata.
Antonio transmitió a sus hijos -Joel y Neil- el amor por este oficio y hoy se hacen cargo del negocio familiar que el 18 de septiembre cumple 54 años. Joel -el primogénito- tomó la posta del local original ubicado en Benito Blanco, y Neil abrió una sucursal de El Grillo en Punta del Este hace dos años. Esta peluquería es un clásico en cortes de hombres, niños, niñas y bebés, pero ante todo es el gran amor de Antonio Garabato.
“Me jubilé por ley a los 82 pero sigo viniendo porque la peluquería me dio todo, nunca había tenido nada, entonces la adoro. Los años te hacen retirar, pero a veces vengo a última hora porque todavía hay clientes que no quieren cortarse con otro que no sea yo”, reconoce sentado en uno de los sillones originales que conserva hace 53 años.
Orígenes
La cabeza de Antonio, mientras cruzaba el océano en barco, no estaba puesta en montar un negocio o hacer plata. Su ambición era muchísimo menor: buscaba salir de la pobreza. “El pan de maíz me partía el estómago y dejar de comerlo era una de las ansias que tenía. Llegué a Uruguay y no existía. Aquí vivía mucho mejor que en mi casa: tenía un baño y calefacción”, relata.
Su tío lo recibió y le dio asilo en su casa. Antonio había traído de España una bolsa de tela con herramientas de peluquería y el primer día salió a buscar empleo por Pocitos, gracias al consejo de un vecino que le dijo ‘es un buen lugar porque hay gente pudiente’, y le mostró un anuncio de una peluquería ubicada en Avenida Brasil y Ellauri que necesitaba personal. Se acercó hasta ahí, resultó que el dueño era un compatriota oriundo de Murcia y lo tomó. Esa misma noche cobró un jornal y dos días después se mudó de la casa de su tío a una pensión por la calle Libertad.
Corría el 1969 y Florentina Recagno, dueña de la fiambrería El Grillo -ubicada en Benito Blanco 1138- había decidido transformar su negocio en una boutique (adelante) y una peluquería (atrás) para evitar cargar cajones, ya que estaba embarazada. Sus dos hermanos sabían del talento de Antonio con las tijeras porque se atendían con él en el salón de Avenida Brasil y los presentó.
“Me reuní con ellos en un bar en la calle Canelones, les dije que quería ganar más de lo que estaba ganando, y vine contratado por dos años”, relata Antonio, que eligió conservar el nombre del comercio (El Grillo) y nunca supo cuál había sido su origen.
Florentina inauguró el negocio el 18 de septiembre de 1969 y la familia Garabato decidió mantener esa fecha como aniversario de El Grillo. Ella, además, tuvo la original idea de abrir en Pocitos una peluquería dirigida a niños y emular la especialidad de El Circo, que era un clásico del Centro.
Antonio conserva varios clientes de cuando llegó a Uruguay, 65 años atrás, y según su hijo Joel el secreto está en el trato que reciben y que, además, ya no quedan peluquerías que se especialicen en el trabajo con recién nacidos, niños y niñas. Es imposible hacer el cálculo de la cantidad de cortes que han hecho, pero desde 2002 Joel saca una foto a cada “debutante” y las coloca en una cartelera que está dentro de la peluquería. Al presente, abren de 8:00 a 20:00 y reciben unos 50 clientes por día. En las primeras épocas, asegura Antonio, él solía hacer 20 cortes diarios y otros cinco peluqueros hacían la misma cantidad.
El amor por El Grillo se transmite de generación en generación: los clientes llevan a sus hijos y nietos a cortarse el pelo a esta peluquería. Hay cajas llenas de juguetes para entretener a los niños y cinco consolas de PlayStation para los adolescentes. Muchos padres y madres llevan a sus hijos desde lejos (Paso Molino o Atlántida) porque en El Grillo no lloran.
Varios políticos se cortan en la actualidad, o se han cortado en El Grillo: Danilo Astori, el fallecido Carlos Julio Pereyra, Lucio Cáceres, Santiago González, el canciller Francisco Bustillo y Rodolfo Nin Novoa.
Cuotas
Una vez que finalizó el contrato de dos años, Florentina le ofreció a Antonio comprar la llave de El Grillo y él aceptó. La pagó en 28 cuotas gracias a un préstamo que le otorgó el gerente de un banco amigo suyo, que también era cliente de la peluquería. Al poco tiempo pidió otro préstamo para comprar el local de Benito Blanco donde funciona el comercio hasta hoy. Para poder afrontar esas cuotas, la peluquería se transformó también en el hogar de los Garabato, hasta que en 1977 nació Neil y tuvieron que mudarse a otro sitio porque no cabían.
Algunos años después, una vecina le avisó a Antonio que uno de los apartamentos de arriba de la peluquería quedaba vacío: allí vivía elbrasileño “Manga”, legendario golero de Nacional, y se iba. “Me lo ofrecieron a un precio bueno y lo compré en cuotas. Me cansé de pagar cuotas y cuotas”, cuenta entre risas. Y así terminó de armar su vida alrededor de la peluquería.
-¿Qué significa El Grillo en su vida?
-La quiero mucho porque me dio todo. Llegué en 1958 al Uruguay y dentro de este oficio pobre siempre me fue bien. Peluquero de mujeres puede ser qie haga más dinero porque la mujer gasta más. Yo vi que no iba a ser rico con la peluquería pero no pretendía eso, sino vivir mejor.
Museo
Entrar a El Grillo es un viaje al pasado: hay una caja registradora de las que ya no se ven en los comercios, enorme sillones de peluquería y bancos con caballitos para los más pequeños con más de 50 años de historia porque son los mismos que colocó Florentina, la primera dueña de la peluquería, aunque restaurados. También está el cartel original que antaño se colocaba en la vereda y servía de publicidad en tiempos donde no existían las redes sociales.
Hay diversas herramientas antiguas de peluquería, como las que trajo Antonio de Europa en su bolsa de tela: brochas de afeitar, navajas obsoletas o secadores. Muchos de estos elementos son regalos que les hacen los clientes en su afán por dejar algo suyo en esta peluqueríaque es como su casa, y colaborar con el lindo proyecto que tiene Joel de armar un “mini museo”.