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El último baile de María Noel Riccetto

La primera bailarina del Ballet Nacional del Sodre es la mayor figura de la danza uruguaya. Anunció su retiro en abril y ahora se está despidiendo con Manon. Humilde y generosa, así la nombran. 

María Noel Riccetto en una función de Manon
María Noel Riccetto en una función de Manon. Foto: Gerardo Pérez

Diez minutos y 26 segundos. Las luces de la sala Eduardo Fabini del Auditorio Adela Reta se apagaron hasta quedar, de a poco, en una penumbra intensa. Entre el murmullo de más de 1800 personas y la luz de los celulares que empezaba a desaparecer Marcelo Spaccarotella, director musical invitado, ocupó su lugar en el foso, saludó al público y se colocó frente a los músicos. La Orquesta Sinfónica del Sodre empezó a sonar con fuerza hasta llenar cada rincón del espacio. Y se levantó el telón. Diez minutos y 26 segundos. Los bailarines y las bailarinas del Ballet Nacional del Sodre (BNS) transformaron al escenario en una posada francesa en la que convivían la miseria y la ostentación de forma explícita, cruda, hiperbólica. Diez y minutos y 26 segundos, ese fue el tiempo exacto de espera. A las ocho y cuarto de la noche María Noel Riccetto pisó el escenario. Entonces, el aplauso.

Apareció desde el fondo con un vestido y una capelina celestes, con todo el pelo perfectamente recogido en un peinado lleno de rulos y vueltas, con las zapatillas impecables y moldeadas a sus pies de la manera exacta en la que las necesita para el primer acto: ni muy duras ni demasiado blandas para que sostengan todo el peso de su cuerpo mientras baila. Apareció sonriendo. Interrumpió de pronto en un teatro que la esperaba a ella. A todos, pero a ella. Porque esta vez no se trataba solo de verla bailar.

Mientras el público aplaudía frenético los primeros segundos de su presencia, un señor de traje azul sentado en la fila 14 de la platea sacó un par de binoculares y la observó absorto. Después se los pasó a las dos niñas que estaban sentadas al lado. Estaban cerca del escenario, pero no tanto. Querían ver los detalles, estar más próximos, mirar con fuerza, como quien observa para guardar una imagen y lograr que dure en la retina el mayor tiempo posible.

Era jueves 12 de diciembre y María Noel Riccetto, 39 años, primera bailarina del BNS, una de las mejores de la historia y la mayor figura del ballet uruguayo estaba bailando Manon por primera vez en su vida. Esa función, al igual que la del 28 cuando Riccetto baile por última vez, tenía localidades agotadas hace tres meses.

Era el primer día de una despedida que había sido anunciada en abril y para la que Riccetto se preparó como nunca y trabajó en cada detalle durante dos meses, mientras Patricia Ruanne y Karl Burnett, los repositores, le daban indicaciones y la llenaban de información sobre uno de los ballets que deseó con más fuerza en toda su vida.

Era jueves 12 de diciembre y Riccetto bailaba con cada músculo del cuerpo, como si cada molécula sintiera la música, como si cada paso fuese más especial que el anterior. Los pies se estiraban dentro de unas zapatillas que ella misma había cosido antes de empezar la función. Las piernas se levantaban y volaban cada vez que Gustavo Carvalho, su compañero, amigo y partener esta noche la elevaba, la suspendía, la sostenía en el aire. Los brazos, delgados y gráciles en partes iguales, se movían con delicadeza, como acariciando el vacío. Y el cuerpo entero, delicado, pequeño y fuerte, se enamoraba. Y sentía el amor. De eso se trata, ha dicho siempre, de sentir. Y Manon es, ante todo, una historia de amor. Toda ella estaba ahí, entera, presente, consciente, emocionada, tranquila y disfrutando. Porque eso es lo que todos le dicen, que disfrute. Y ella disfruta.

Riccetto y Carvalho en Manon
Riccetto y Carvalho en Manon. Foto: G. Pérez

En 1974 Kenneth MacMillan, coreógrafo y bailarín británico, estrenó Manon con el Royal Ballet de Londres. Era el director de la compañía y tenía una trayectoria que hacían de ese estreno un momento lleno de expectativas.

Basado en la novela de Abate Prévost, MacMillan creó uno de los ballets más realistas y crueles de la historia y rompió con las convenciones de un clásico tradicional. El suyo es tan crudo como la historia que cuenta: una historia de amor atravesada por las miserias humanas más profundas en las que Manon es el centro absoluto de la trama.

Por la crudeza y la realidad del ballet —que muestra, que explicita, que no deja lugar a la interpretación—, el estreno de Manon fue mal recibido por la crítica pero alabado por el público. Después de ese día, la obra nunca más dejó de hacerse y ha sido bailada por las mejores compañías del mundo.

Años más tarde del estreno, Manon ya se convirtió en un clásico. Riccetto es una niña que vive en Montevideo y todavía no sueña con bailar. A María Luisa, su mamá, le apasiona el ballet y decide que para pasar el tiempo, María Noel va a ir a clases de danza en la escuela de Graciela Martínez. A veces, también, Riccetto y su madre se sientan juntas en su casa de Requena y Bulevar España a mirar el video del ballet que más le gusta a María Luisa: es la historia de una chica, Manon, que ama hasta morir. Lo miran una, dos, tres, muchas veces. Y lo miran juntas.

Más de 10 años después Riccetto es bailarina del American Ballet Theatre (ABT) de Nueva York. Ensaya Manon pero nunca lo baila. Está, mira y escucha las correcciones que le hacen a otras bailarinas. Y aprende pero no lo baila. Nunca lo baila.

Por eso Manon es tan especial. Por eso Manon para la despedida.

En 2017, inmediatamente después de haber ganado el Benois de la Danse, Riccetto dijo, mientras se preparaba para una función de Don Quijote en su camarín lleno de fotos, flores, zapatillas, cartas, dibujos y globos: “Julio (Bocca) está tramitando traer Manon en 2019, que sería lo último que yo aguantaría para poder bailar. No me puedo ir antes de hacer este ballet. Nunca lo hice. En el American Ballet lo aprendí pero nunca lo llegué a bailar. No sé si aguantaré dos años. Suena feo que diga aguantar. El tema mío es que me cansa más la rutina, pero yo qué sé, es parte de esto. Yo también sé que acá soy un ejemplo, entonces no puedo aflojar”.

Dos años después, al otro día de haber bailado Manon por primera vez, sentada en el mismo camarín, vuelve sobre lo mismo. Y en el medio bosteza. La noche después del estreno durmió cuatro horas.

“A mi mamá le encantaba este ballet entonces de cierta manera que ahora yo lo esté bailando es divino. Creo que ha pasado mucho tiempo desde esa María que miraba el VHS con su mamá hasta esta María que está bailándolo. Entonces es como un círculo que se completa. A nivel artístico  es una obra de arte. Que yo pueda bailarla está buenísimo pero que el Ballet Nacional la tenga en su repertorio es como... wow”.

Esta es la primera vez que Manon se hace en Uruguay. El 28 de diciembre será la última vez que Riccetto lo baile.

“Manon es el sueño de su vida” dice Julio Minetti, bailarín y maestro del BNS.” Y siento que María trabajó todos estos años de su carrera para dejarnos esta maravilla que ahora disfrutamos”.

Manon
Manon, en ensayo. Foto: Amalia Pedreiras

​Llegó a audicionar a la Escuela Nacional de Danza por recomendación de su primera maestra, Graciela Martínez, que le dijo a María Luisa que su hija tenía condiciones, que probara. Y probó. Era 1990.

“La recuerdo como una alumna que a muy corta edad mostraba las condiciones naturales que tenía, que eran sorprendentes. Me parece que todo el mundo lo veía, se sabía que tenía un talento indiscutido y creo que a medida que iba creciendo había mucha expectativa de parte de todos los maestros de la Escuela de Danza de ver hasta dónde iba a llegar María, porque realmente tenía un talento increíble”, dice desde Estados Unidos Javier Pérez, bailarín e integrante del equipo artístico del Carolina Ballet.

Él, Riccetto y Marina Sánchez, que fue bailarina y ahora es coreógrafa y maestra del BNS son de la misma generación de la escuela, compartieron la infancia, la adolescencia y los primeros años de su carrera profesional.

“Nos conocimos el primer año de la escuela, pero en segundo nos hicimos muy compinches y si bien ella siempre estuvo como en un nivel superior, jamás nos vimos con ojos de competencia. Yo sabía que mi objetivo era llegar a sus condiciones. Y ella me ayudaba. Porque María siempre fue muy buena compañera y si algo no me salía ella me ayudaba”, dice Marina.

Marina Sánchez y María Riccetto
Marina Sánchez y María Riccetto. Foto: Instagram

Los dos recuerdan a Riccetto como la mejor alumna de la escuela. Disciplinada, trabajadora y talentosa. También como una compañera que siempre estaba pendiente de los demás. Eso es algo que dirán todos: es una bailarina virtuosa, pero sobre todo es una persona humilde, generosa y llena de un humor que nunca abandonó. Ni siquiera en los momentos más difíciles.

“María es una persona que une. Forma equipos y va adelante. Es de las que va creciendo y va agarrando a la gente para que crezca con ella. No es que va pisando cabezas. Y eso en el mundo del ballet, competitivo, con carreras cortas y con tantos egos, no es nada menor y es muy destacable en ella. La ves en la clase, en los ensayos y siempre está dando consejos y dando aliento. Podría ni siquiera preocuparse, ella ya logró todo. Pero no, es parte de ella ser así”, cuenta Lucía Chilibroste, magister e investigadora, especialista en historia de la danza que desde hace cinco años está trabajando en una biografía de la bailarina.

A los 18 años recibió una beca para estudiar en la North Carolina School of Arts, en Estados Unidos. Lo que vino después es la parte más conocida de esta historia que Riccetto ha contado miles de veces en todas sus formas posibles. Iban a ser doce meses y regresaba a Uruguay. Pero el ballet también se trata de suerte y de saber aceptar las oportunidades. En 1999 audicionó para integrarse al cuerpo de baile del ABT, una de las mejores compañías del mundo. Y quedó. Tres años después la eligieron para ser Olga, la hermana de Tatiana en Onegin, ballet por el que se transformó en solista de la compañía.

El ballet es, por lo menos, un mundo complejo y exigente lleno de egos que trabajan para lograr rozar la perfección. En las grandes compañías del mundo los estándares de esa perfección son demasiado altos y los bailarines y las bailarinas trabajan duro para mantener su lugar. Si no lo cuidan, hay otra persona trabajando para alcanzarlo. En el medio de la exigencia, Riccetto nunca perdió la esencia.

Paloma Herrera, directora del Ballet del Teatro Colón de Buenos Aires fue su compañera durante los 13 años que Riccetto estuvo en ABT.

“María tuvo mucha identidad en la compañía por cómo se relacionaba con todos desde que llegó. Ella fue siempre muy relajada, fresca y descontracturada en espíritu. Ese fue su sello, así como es en el día a día lo fue con su carrera y en cada función del ABT. Con ese talento natural que dejaba fluir, nada en ella parecía esfuerzo”, dice. “Nuestra amistad durante esos años fue hermosa porque compartimos muchísimas experiencias maravillosas y es lo que hace que ahora por más que no nos vemos todos los días como en aquella época, esos vínculos tan intensos queden en el corazón siempre. Me pone feliz ver que su carrera siguió creciendo después de sus divinos años con el ABT”.

En una entrevista de 2010 con Pointe Magazine, Kevin McKenzie, director del ABT, dijo sobre Riccetto: “María tiene una presencia muy activa. Aporta sentido del humor a la compañía y también aporta la capacidad de apoyar genuinamente a sus colegas”.

Riccetto, que lloró en el aeropuerto cada vez que se fue de Uruguay a Estados Unidos, que vivió la enfermedad de su mamá a la distancia y siguió bailando con la misma intensidad cuando María Luisa murió. Riccetto, que extrañó a su familia durante 13 años y quiso estar cerca siempre. Riccetto, que bailó en uno de los mejores escenarios del mundo con los mejores bailarines del mundo, nunca perdió el humor.

En 2012 regresó a Uruguay y se incorporó al BNS, que estaba bajo la dirección de Julio Bocca, bailarín y amigo de Riccetto. Cuatro años después bailó Onegin de nuevo. Esta vez en el rol de Tatiana. Por ese personaje Riccetto ganó el Benois de la Danse. A partir de ese momento todo tomó otra dimensión: estuvo en la portada de los diarios y en los titulares de todos los medios, agradeció más veces que nunca, todos supieron que la mejor bailarina del mundo era uruguaya, empezaron a pedirle fotos y autógrafos en la calle, las niñas soñaron con ser ella, sus funciones comenzaron a agotarse con anticipación y Riccetto se transformó en ídola y referente de todos los uruguayos.

Ella también hizo lo suyo en ese proceso: contesa, siempre, todos los mensajes de todas las redes sociales, da todas las entrevistas que le piden, se saca fotos con todos, manda cada video que le solicitan. A veces se siente cansada pero sonríe, siempre sonríe. 

Después de la clase previa a la primera función de Manon sus compañeros del BNS le entregaron un regalo y le leyeron una carta. ”Era divina y muy sentida y hablaba de la parte humana. Y fue como, bueno, esto es lo que quiero dejar. No solo cómo levantaba la pierna o qué lindos pies que tenía. No. Es esto otro lo que quiero dejar”. 

Ese día Riccetto lloró.

Riccetto firma programas a la salida del Auditorio
Riccetto firma programas a la salida del Auditorio. Foto: Darwin Borrelli

El viernes 13 de diciembre a las siete de la tarde todo en el cuarto piso del Auditorio del Sodre estaba en movimiento. Faltaba una hora para la función de Manon. Esta vez bailaba Mel Oliveira en el rol principal pero Riccetto igual estaba en el teatro. Si llegara a pasar algo con Mel, ella, que es la otra Manon de la temporada, tiene que cambiarse, peinarse y salir al escenario.

Desde el camarín de Riccetto, ese con fotos, cartas, flores, zapatillas y globos, no se escuchaba nada. Con el pelo suelto, ojeras profundas, vestido y campera de cuero negros, se sentó en una silla frente al espejo y puso las piernas arriba de la mesa.

¿Cómo estás ahora, después de que ya pasó el estreno?

-—Bien, estoy muy tranquila. Estoy disfrutando de cada momento. Y estoy consciente de eso, del disfrute, de que siempre puede fallar algo, de que uno es humano y que no todas las funciones van a ser iguales. Es un poco eso, el decir “María aflojate, ¿qué puede salir mal?”. También... no sé... creo que en el último tiempo me han pasado cosas que han sido como cimbronazos que te hacen poner en perspectiva todo. La muerte de mi padre fue un gran empuje para dejar de bailar. La vida es un segundo, ¿viste? Hoy estamos y mañana no. Y bueno, me dije ¿para qué voy a alargar más el hecho de seguir bailando solo por seguir bailando? Ya hice todos los ballets que siempre quise hacer. Y siempre me imaginé retirándome así, a buen nivel, estando bien. También pasó lo de Brian (Waldrep, bailarín que en principio iba a bailar con ella), que se haya accidentado justo antes de bailar, no sé. Fueron varias cosas que me hicieron decir “hoy estás, mañana no. Así que distrutá”. ¿Qué me puede pasar cuando estoy en el escenario? ¿Caerme?. Bueno, me levantaré. Yo supongo que la gente entenderá, uno se cae en la calle, ¿cómo no se va a caer bailando? Obviamente, llegar a este momento me lo dan los años, la experiencia, el que me hayan cuidado tanto, el tener mi lugar, el reconocimiento, yo qué sé, pero son muchos factores que se alinean para que... no sé. Llegar a este momento.

—¿Estás tranquila de estar despidiéndote como querías, entonces?

—Sí, eso seguro. Que tengo tristeza también, sí, no sería normal si no la tuviera. La verdad es que si bien sé que no voy a extrañar el levantarme temprano, agarrarme de la barra y hacer la clase, sé que sí voy a extrañar mi día a día con todos ellos. Me pregunto de repente todos los días cómo hacer. Pero también tengo tantas cosas en mi plato, proyectos y cosas que me hacen sentir súper útil, siento que hay una continuidad con lo que he venido haciendo, siento que esos caminos me pueden llevar también a una plenitud artística muy buena. Cuando yo estaba con todo esto de dejar de bailar o no hubo oportunidades en las que charlando con mi hermana le decía ‘estoy triste y no paro de llorar y estoy emocionada’. Yo a mi hermana la considero muy sabia. Y una de las cosas que me dijo una vez fue que este momento iba a llegar algún día, que qué más lindo que llegue de la manera que yo me imaginaba y habiéndolo elegido yo. Y eso fue algo que se quedó conmigo muy pegado. Este mismo sentimiento y este mismo dolor en algún momento lo iba a sentir. Pero ahora soy yo la que está eligiéndolo. Todo el mundo me pregunta por qué me voy. Y me gusta más escuchar eso a tener que escuchar o leer un comentario que diga María Riccetto ya no puede ni con su pelo. Entonces en ese sentido estoy como liberada de cierta manera. Capaz que te escribo en marzo y te digo ¿viste todo lo que te conté? Era mentira. Seguramente me pase eso. Pero siento que es una etapa. Obvio que voy a extrañar mucho el escenario, las luces, la sensación.

El camarín de Riccetto está lleno de fotos, cartas y dibujos
El camarín de Riccetto está lleno de fotos, cartas y dibujos

“María no solo es el puntal de la compañía sino el ejemplo a seguir en todos los aspectos. Pero por sobre todas las cosas en lo humano y artístico dejará una profunda huella que seguirán otros jóvenes bailarines. Ella ha sido y seguirá siendo una líder indiscutida y respetada por nuestra compañía y en cada lugar que mostró su arte”, dice Julio Minnetti.

“Es la máxima estrella que ha tenido la historia de Uruguay en la danza. Por un lado, viendo en perspectiva y con una visión global, María posiciona a Uruguay en un lugar en la danza internacional. Y a nivel local, creo que sobre todo ella desde que decide instalarse acá aporta una nueva forma de bailar y de relacionarse con la danza. Cuando vuelve a bailar acá todos destacan que no solamente bailaba divino, sino que con ella viene una nueva forma de trabajo, una conducta, una disciplina, una forma de tomar las correcciones, una forma de relacionarse con los maestros, de tratar a los colegas, otra calidad de movimiento, otra calidad interpretativa. Por cómo ella trabaja creo que hace que la compañía haya crecido mucho más, porque ella, queriéndolo o sin quererlo porque María no vino a enseñar, enseña”, cuenta Lucía Chilibroste.

A las ocho y media de la noche del viernes 13 Riccetto recorre sola los pasillos silenciosos del Auditorio hasta llegar a la cabina para ver la función. La cabina es una pieza vacía en el cuarto piso de la sala con un vidrio que permite ver nítido el escenario. Siempre mira las funciones que no baila desde ahí. A veces alguien del público la ve por el reflejo y la saluda. A Riccetto todos la conocen. Y la quieren. Incluso quienes nunca la vieron bailar. Entra a la cabina a oscuras y se sienta en una silla. En el escenario Mel Oliveira y Gustavo Carvalho bailan el pax de deux del primer acto de Manon. Ella mira y se queda así, con los ojos pegados al vidrio, inmóvil. Cada tanto tararea por lo bajo la melodía. Dice “me encanta”, como si fuese un mantra que se repite a sí misma. Dentro de quince días todo se termina.

Los bailarines 
Iñaki Urlezaga y María Riccetto en el Teatro Solís en 2004.

La primera vez que Riccetto volvió a bailar a Uruguay después de haberse ido a Estados Unidos fue con Julio Bocca a Punta del Este.

Cuatro años más tarde, el bailarín y coreógrafo argentino Iñaki Urlezaga la invitó a bailar con él Don Quijote al Teatro Solís de Montevideo. Riccetto tenía por entonces 24 años y una experiencia internacional importante. Iñaki todavía recuerda ese momento: “Yo ya venía siguiendo el trabajo profesional de María Noel. Por eso creí que era hora de que se diera a conocer en Montevideo todo su recorrido. Me dio mucha alegría poder ser parte de su reencuentro con el público, familia y tanta gente que hasta ese momento aún no había podido disfrutar de todos sus logros”.

De nuevo en Uruguay, incorporada al Ballet Nacional del Sodre, Riccetto compartió escenario con varios bailarines pero sobre todo fueron dos los que más la acompañaron. Ciro Tamayo en sus primeros años en la compañía y Gustavo Carvalho desde 2015.

Sobre ella, Gustavo dice: “Yo empecé a bailar con María muy joven, tenía 19 años. Ella ya había estado en ABT, y ya era primera bailarina en el Sodre y súperreconocida. Tuve que madurar muy rápido como artista, lo que me ayudó mucho en mi carrera. Después que bailamos la primera vez juntos que fue en Giselle (2015), sentimos que teníamos una conexión especial, que nos ayudábamos mucho uno al otro, ella con toda esta experiencia, y yo con las ganas de ensayar y aprender cada día más con ella. Compartimos muchos momentos lindos, tuve la suerte de acompañarla del Benois de la Danse hasta un curso de cocina que hicimos juntos. Es una amiga y compañera muy especial, que seguro me va hacer falta no solo adentro como afuera del escenario”.

Gustavo fue el partner de Riccetto en las primeras funciones de Manon. El 27 y 28, que son las oportunidades que quedan para verla, por un compromiso que él ya tenía en el exterior Riccetto bailará con Sebastián Vinet, bailarín chileno que ha hecho ese ballet varias veces y fue invitado por el BNS.

BENOIS DE LA DANSE

Un premio que celebramos todos

En 2017 Riccetto ganó el Benois de la Danse, el premio más importante del mundo -el “Oscar de la danza”- por su interpretación de Tatiana, en el ballet Onegin. Es la primera uruguaya en ganarlo. A partir de ese momento tanto ella como la danza nacional tuvieron otra dimensión.

Recibió el galardón en el teatro Bolshói de Moscú, donde además bailó una parte de Romeo y Julieta (uno de sus ballets preferidos) junto a Gustavo Carvalho.

Desde Uruguay, Diego García le comunicaba a todos que Riccetto era la ganadora. “Me tocó ser el puente entre Rusia y Montevideo. Cuando Nacho, el novio de María, me mandó desde allá que había ganado, yo estaba almorzando con un compañero y pegué un grito. Nadie lo podía creer. Fue un momento de mucha exposición para María. Creo que el uruguayo valora mucho más la personalidad y los grandes talentos que tiene Uruguay cuando ganan o son valorados en el exterior. María no solo venía de una carrera en el exterior, volvió a Uruguay y brilló con el ballet, sino que ganó un premio importante. Que Uruguay tuviera esa mención ayudó mucho a que ella se transformara en la figura que es hoy. Creo que María se ganó un lugarcito en el corazón de todos los uruguayos”.

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