El Personaje

Alfonso Tort: "Lo más difícil fue trabajar la locura"

El actor uruguayo acaba de estrenar dos títulos y uno de ellos, en el que encarna a Eleuterio Fernández Huidobro, representó el mayor desafío en su exitosa carrera artística.

El actor Alfonso Tort en el papel más complejo de su carrera.
El actor Alfonso Tort en el papel más complejo de su carrera. Foto: Fernando Ponzetto

Perdió 18 kilos. Los huesos se le traslucían bajo la piel. Pasó hambre y frío durante el rodaje. Pero lo más difícil fue "trabajar la locura", explica son sencillez. Una preparación que llevó innumerables lecturas, investigación minuciosa para la composición del personaje. Y cuando al fin se paró ante las cámaras, mostró a aquel hombre extremadamente flaco y macilento, algo desorientado, confuso, pero que al fin dice esas líneas que parecen definirlo todo en unas pocas palabras.

—Yo hice lo que hice porque creía en lo que hacía, y ni usted ni nadie va a darme por derrotado.

Lo dice con la voz apagada pero firme, sentado frente al sádico militar que compone con maestría César Troncoso.

Ese es el último papel protagónico que le tocó a Alfonso Tort (35) en la película que se muestra estos días en el prestigioso Festival de Cine de Venecia, La noche de 12 años, que dirige Álvaro Brechner, y que se estrenará el 20 de setiembre en Uruguay.

La noche de 12 años
Vea el video: Trailer oficial de la película La noche de 12 años

En la filme a Tort le toca recrear la figura de Eleuterio Fernández Huidobro, el autor de Memorias del calabozo en que se basa el guion. Bien lejos de aquel juvenil Marmota Chico que le tocó en la ya legendaria 25 Watts, y distinta del cuarentón que compone en Las olas, contemporánea a este último título. Y con ello Tort está confirmando su valía como actor.

Son casi dos décadas de carrera ante las cámaras y sobre las tablas. Pero antes de llegar hasta aquí Alfonso Tort recorrió un camino sinuoso. De hecho, si hubiese seguido sus primeros pasos hoy estaría completando su carrera como futbolista en algún club de primera. Tan alejado del mundo de la actuación estuvo en sus orígenes este joven actor uruguayo.

Montevideano, dice que le tocó vivir en "barrios chetos", aunque por cuestiones meramente circunstanciales. Su padre trabajaba para la empresa Philips y en su tiempo libre compartía con su madre el oficio de artesanos, de hecho fueron fundadores del Mercado de los Artesanos. "Mi viejo llegaba de laburar, se prendía la radio y se ponía a hacer juguetes de madera", recuerda Tort.

Un oficio que Alfonso miraba de reojo mientras crecía y que fue aprendiendo. Pero en tanto fue creciendo su pasión por el fútbol, para cuando llegó a la adolescencia ya era un jugador consumado.

Jugaba en la Cuarta de Huracán Buceo y cuando cumplió los 17 y terminó el liceo se le presentó la primera encrucijada de su vida. "Hasta ahí lo venía manteniendo, tenía jornadas larguísimas, salía de mi casa temprano y llegaba a mi casa a las siete de la tarde", cuenta Alfonso.

Y de pronto se le abren nuevas posibilidades. El club le plantea la chance de ingresar a la plantilla de Tercera, con un contrato formal y ya con vistas a convertirse en un jugador profesional. "Estaba cansado de todo eso", confiesa.

Hasta entonces había disfrutado del fútbol. Solía jugar de puntero, a veces de nueve de área, aunque a fines de la década de 1990 "ya se estaba desvirtuando la idea del delantero", apunta.

Nada más lejos de la actuación. Sus planes inmediatos eran los de estudiar para convertirse en psicomotricista, tenía una compañera del liceo que se estaba preparando para ello y le había contagiado el entusiasmo.

Había terminado el liceo, se acercaba fin de año, era época de hacer planes para el futuro. Hasta contaba con la posibilidad de probar suerte en Francia, donde tenía un tío que le había comentado que podía "bancarlo" si quería experimentar en las canchas galas.

Finalmente se decidió por la carrera, pero con tanta mala suerte que cuando se resolvió las inscripciones ya estaban cerradas. Las perspectivas no eran nada halagüeñas, en cualquier caso implicaban perderse un año.

"Mis viejos me ayudaron, me pagaron un instituto para prepararme para el examen de psicomotricidad, mientras trabajaba en el taller con ellos", cuenta.

Así hasta que un día su madre le comentó que había escuchado en la radio que la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD) abría inscripciones. "Me dijo por qué no aprovechás, así hacés algo", recuerda Alfonso. Y todavía le extraña porque nunca le había comentado a su madre que tuviera la menor intención de probarse como actor. Con el tiempo le encontró una explicación.

"Mi viejo siempre fue muy fanático de Les Luthiers, de chiquito me ponían los discos de pasta y yo creo que me reía de mi padre riéndose", cuenta entre risas.

Estaba en sexto de escuela cuando surgió en la clase la idea de representar alguna obra de los notables humoristas argentinos. "Yo empecé a desgrabar del disco de pasta a un personaje de (Daniel) Rabinovich que representaba un moreno colombiano con el tambor y habla un idioma inventado, lo fui desgrabando y luego lo actué", recuerda ahora.

La actuación infantil fue todo un éxito y tal vez fuera eso lo que su madre tenía en mente cuando hizo el comentario al pasar. Luego de eso, su hermana mayor influyó en cierto modo cuando lo hizo beneficiario de las entradas dos por uno a Cinemateca. De ese modo, por ejemplo, pudo ver buena parte de la producción de Ingmar Bergman, aún antes de saber quién era aquella leyenda del cine. Lo cierto es que Alfonso se anotó en la EMAD y preparó el examen de ingreso con la madre de una compañera que era actriz.

Fue un cambio drástico para él, de los vestuarios de varones y las bromas pesadas a las clases en las instalaciones del Teatro Solís. Para el segundo año en la escuela le surgió la posibilidad que, definitivamente, le cambiaría la vida: el casting para la película 25 watts resultó proverbial.

Hoy, cuando vuelve a ver la película y se ve a sí mismo haciendo de Marmota Chico se muere de risa. "Me río de mí mismo haciendo de un personaje, es muy raro, incluso me desconozco, es una sensación muy rara", apunta.

La trayectoria de Tort en esos primeros años es más parecida a una línea en zig-zag. Durante cierto tiempo, luego de terminar sus estudios en la EMAD, se fue a vivir con su novia a Buenos Aires. "Trabajé, hice cosas, la frustración mía era más porque no me interesaba Buenos Aires, el exitismo que se vive en Buenos Aires, no vivo la profesión actoral como una carrera, nunca me interesó vivirla como una carrera, me interesó más como artista", recuerda ahora.

De todas maneras conoció a una persona que resultaría fundamental para su formación como artista. La representante Zulema Goldenberg, fallecida en 2012, es considerada por Alfonso como una figura clave en su carrera.

Poco antes de regresar a Montevideo Álvaro Brechner lo llamó para participar en uno de sus ambiciosos proyectos, llevar al cine un cuento de Onetti que luego se convertiría en la multipremiada Mal día para pescar. Alfonso tuvo allí un papel mínimo, era el empleado del hotel al que va a alojarse el Príncipe Orsini, el manipulador protagonista de la historia.

Luego siguieron varias apuestas más en cine y en teatro. Lo más importante llegó en forma casi simultánea, su protagónico en el elogiado film Las olas, dirigido por Adrián Biniez, y el coprotagónico en la Noche de 12 años, una de la experiencias más intensas de su carrera.

Le llevó mucho tiempo recuperarse, física y espiritualmente, del que debe haber sido uno de los papeles más sacrificados que le ha tocado. Pero ahora encara con entusiasmo varios proyectos más, mientras ensaya una obra de teatro bajo la dirección de Marianella Morena que estrenará en España.

Colabora en tareas de dirección con su novia Lucía Pérez, conocida con el seudónimo de Malandro en sus producciones. Pero tal vez uno de los proyectos que más lo ilusiona es una película que el director argentino Javier Olivera ya tiene escrita y para la que Alfonso Tort tendría el papel protagónico encarnando nada menos que al notable escritor uruguayo Felisberto Hernández. El cineasta se propone narrar la relación de Felisberto con África de las Heras, una española que fue agente del KGB soviético durante los momentos más críticos de la Guerra Fría.

SUS COSAS.

Carpintería. "Sé de carpintería lo que me eseñó mi padre", dice. Lo cierto es que con eso, por ahora, le basta para hacer cosas por su cuenta. Lo que más le gusta es ser utilero en una obra de cine y lo hace a menudo. "En mi casa arreglo todo, lo que venga, me meto con todo aunque la cague", comenta entre risas el actor.
​Ciencia ficción. La lectura es uno de sus pasatiempos predilectos y aunque lee mucha filosofía ahora le dedica tiempo a la ciencia ficción. Hace relativamente poco descubrió al escritor polaco Stanislaw Lem, autor de la mítica Solaris entre otras obras notables del género, en las que mezcla la filosofía existencial con la especulación y los viajes al espacio.
​Por el aro. Alfonso continúa siendo un deportista, aunque ya no practique fútbol. Hace natación en forma regular, y juega al básquetbol. De hecho, el baloncesto es el deporte que más le atrae en este momento y del que le gusta disfrutar concurriendo a partidos, sobre todo los de Welcome del que es hincha junto a su padre.

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