OSCAR BRANDO
ENTRE LAS muchas cosas envidiables de la cultura mexicana está Carlos Monsiváis (1938). La lectura de Monsiváis es confortable por distintos motivos. El primero y más destacado es el placer que produce su inteligencia sin alardes que se expresa en una escritura impecable, llena de matices, severa y flexible al mismo tiempo. La lectura de Monsiváis se beneficia también de un recurso que usa con rigor y gracia: internarse en el túnel del tiempo de su cultura, transitar los hechos históricos, las leyendas y las construcciones imaginarias y desmontarlas para poner las piezas en nuevas relaciones. Monsiváis considera la cultura del México actual heredera de un proceso iberoamericano en el que podríamos reconocernos todos los países del subcontinente. Hay rasgos, sin embargo, exclusivamente mexicanos, nutridos por una tradición potente de las civilizaciones prehispánicas, por una portentosa memoria poética, por una revolución agraria, por un cine popular con mayúscula, en fin, por la larga y conflictiva frontera con los Estados Unidos. Esas singularidades no obstaculizan el disfrute de la lectura de Monsiváis y despiertan, más bien, el deseo de conquistar una mirada similar para la realidad de cada región o país.
AIRES DE FAMILIA. El escritor despliega una capacidad o sensibilidad para recoger hechos o influencias que integran su experiencia. En esa medida propone la cultura como un ávido vivir, como un registro autobiográfico de los cambios. Busca en el pasado, con erudición inaudita, los nudos y las inflexiones que le permitan comprender las encrucijadas del presente. Es un cronista, se ha repetido con irreflexiva asiduidad. Octavio Paz reconoció, más que eso, una conjunción de géneros. De allí que haya acuñado la feliz fórmula: "Monsiváis, un nuevo género literario". La clave de Monsiváis como cronista o como lo que sea es sentirse, él, una hechura de su cultura y, a esta, verla con todos los estratos que forman su espesor. No se postula como el cronista algo aéreo que se autodesigna testigo de su tiempo a la manera de un elegido. Tampoco se propone ser cronista entrañable que recorre su cultura como un minero, reconociendo en los corredores escondidos vetas y tesoros a exhibir. Monsiváis ve los segmentos de la cultura como partes de sí mismo: la violencia pre y poshispánica, que alcanza su presente, las luchas siempre inconclusas entre liberalismo y clericalismo, la sonoridad formadora de la poesía modernista, el cine de Cantinflas y la vecindad del Chavo, sin esfuerzo visible, le pertenecen y se le presentan con una familiaridad íntima y arropadora.
LA CULTURA POPULAR Y DE MASAS. Muchas veces, debe reconocerse, es el trabajo incesante, la insistencia en temas que le resultan cruciales los que van iluminando sus juicios. Una mutación notable sucede en sus estudios sobre el modernismo. Monsiváis asegura haberse criado memorizando la poesía modernista: Darío, Gutiérrez Nájera, José Martí. La experiencia infantil le permitió conservar el interés por ese modo de versificar, aun cuando este cayera en desgracia. Aunque escribió acerca de la importancia que la educación de los ritmos poéticos tuvo sobre generaciones de lectores y escuchas, ello no obligó su gusto de lector maduro. Mucho modernismo, y en particular el de Amado Nervo, pudo superar el interés más ilustrado. Una cuidadosa tarea de reunir el culto a la musicalidad modernista con otras formas popularizadas de la poesía (el melodramático romanticismo, el prosaísmo de López Velarde), cuyo estudio le permitía comprender su continuidad en las formas populares del arte (bolero, cine, telenovela), lo llevó a una revaloración de Amado Nervo. El esfuerzo por explicar la veneración de que fue objeto ese poeta anacrónico (su velorio se prolongó seis meses: partió de Montevideo, donde había muerto, y fue de puerto en puerto hasta reunir en ciudad de México 300 mil personas) dispuso una nueva lectura de su poesía. La mirada desde lo popular volvió a centrar a un poeta que, con el tiempo, se había vuelto excéntrico a los lectores del siglo XX.
Con ese enfoque Monsiváis ha podido estudiar, sin ser complaciente ni caer en lo apocalíptico, las formas masivas de comunicación y cultura. Su fecha de nacimiento hizo que entre estas fuera el cine el que influyó de manera más determinante en su formación. Monsiváis vivió, como espectador, la resistencia que las cinematografías nacionales: mexicana, argentina, brasileña, le hicieron a Hollywood durante dos décadas y media (1930-1955). En los últimos tiempos debió asistir a la desesperación de los cines latinoamericanos por triunfar en los Estados Unidos. El doble encandilamiento que producían en el público, por un lado, la ficción fílmica dramatizando los gestos de las clases altas y, por otro, el glamour de las estrellas que conseguían conservar su identidad a lo largo de los papeles que representaban, se ha ido perdiendo junto con la ingenuidad y una fe invisible en la educación sentimental.
"Se han perdido" -pensó en voz alta Monsiváis al recibir el premio de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara del 2006- junto con una lista de lecturas clásicas, junto al prístino sonido de la poesía, junto al desplome de la enseñanza. "El mayor enemigo de la lectura -afirmó- no es el culto de las imágenes, ni el desdén por lo que envía a desenterrar un diccionario, ni siquiera la incomunicación entre los seres humanos (…) sino las catástrofes en la enseñanza pública y, quién lo dijera, en la privada, una demolición que vigorizan el desplome de las economías y el sopor ante la idea de las humanidades".
ÉLITES O MERCADO. En el discurso y en unas "Notas agregadas" a la edición en libro, Monsiváis apenas telegrafió los que consideró problemas centrales del cambio actual de la cultura. La idea de "alusiones perdidas", que tomó de José Emilio Pacheco y con la que tituló sus palabras, condensó el planteo: "Los puntos de acuerdo y recuerdo se van desvaneciendo". Avanzó el analfabetismo funcional, desapareció la idea de "escribir bien", los bestsellers se escriben para los que no leen. Monsiváis le hace eco a la pregunta del cineasta argentino Edgardo Cozarinsky: "¿En qué momento la literatura dejó de ser el centro inapelable de nuestra cultura?". Y le agrega esta otra: "¿En qué momento y por qué motivo la lectura y la cultura definidas clásicamente (artes, música, teatro, cine de calidad) pasan a ser algo que se envía a las regiones del tiempo libre, mientras que los medios y la industria del entretenimiento son para demasiados `la realidad`?" (el "tiempo libre" de la sociedad viene a ser lo que resta luego de ver partidos de fútbol, telenovelas, reality shows, series televisivas, películas, que ya no son "tiempo libre" sino "obligación urbana"). Y suma, todavía, una gran interrogante: "¿cuándo se pierde, en definitiva, la causa de las humanidades como formación central?".
Monsiváis no ignora, y lo dice a texto expreso, que lo que Cozarinsky llama "nuestra cultura" es la de las minorías ilustradas y el circuito de la sociedad que, influida por esta minoría, cree en la complejidad estética por fe, no por ejercicio de la demostración, y se emociona con algunos poemas, algo de la música clásica y exhibe su pasmo admirativo ante el lenguaje. Entonces, el problema se cierra sobre sí mismo y vuelve a interrogar: ¿seguir con una cultura de élites o resignarse a los imperativos del mercado?
El imperio de las imágenes expulsó al humanismo del curriculum educativo en la década del 70. Pero Monsiváis prueba dos argumentos esperanzadores: de la literatura siguen desprendiéndose las grandes atmósferas formativas (El señor de los anillos, Harry Potter) aunque el influjo mítico de los libros se haya evaporado; y es difícil que este prestigio sea proporcionado, en una sociedad narcisista, por la televisión: "Si en el mismo espejo se contemplan todos mis vecinos, mis parientes, ya no puedo ser Narciso".
LAS ALUSIONES PERDIDAS. Discurso en la FIL presentado por José Emilio Pacheco, de Carlos Monsiváis, Barcelona, Anagrama, 2007. Distribuye Gussi. 95 págs.
(Para la confección del artículo fueron consultados Aires de familia, Barcelona, Anagrama, 2000 y Las tradiciones de la imagen, México, FCE, 2001).