Un apólogo

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Joaquim Machado de Assis

HABIA UNA vez una aguja que le dijo a un carretel de hilo:

-¿Por qué tienes ese aire tan soberbio, tan vanidoso? ¿Acaso para fingir que vales algo en este mundo?

-No me moleste, señora.

-¿Que no lo moleste? ¿Que no lo moleste por qué? ¿Porque le digo que se da usted unos aires insoportables? Se lo digo y se lo repito, y diré todo lo que me venga a la cabeza.

-¿Qué cabeza, señora? Usted no es un alfiler, es una aguja. Las agujas no tienen cabeza. ¿Qué le importan mis aires? Cada cual tiene el aire que Dios le dio. Ocúpese de su vida y deje en paz la de los demás.

-Usted es orgulloso.

-Así es.

-¿Pero por qué?

-¿Por qué? ¡Esa sí que es buena! Porque coso. ¿Quién, sino yo, cose los vestidos y adornos de nuestra ama?

-¿Usted? ¡Qué increíble! ¿Así que es usted quien los cose? ¿Acaso usted no sabe que quien los cose soy yo, justamente yo?

-Usted perfora la tela, nada más; quien cose soy yo, hilvano una parte con otra, doy realce a los volados...

-Sí, ¿pero de qué vale eso? Soy yo quien perfora la tela, avanzo, llevándolo a usted de aquí para allá, obligándolo siempre a seguirme, a subordinarse a lo que yo hago y mando...

-También los batidores van delante del emperador.

-¿Usted emperador?

-No digo eso. Pero lo cierto es que usted tiene un papel subalterno, yendo al frente; sólo le corresponde mostrar el camino, tiene que hacer el trabajo oscuro e ínfimo. Soy yo quien uno, prendo, junto...

En eso estaban, cuando la costurera llegó a la casa de la baronesa. No sé si dije que esto ocurría en casa de una baronesa, que tenía a la modista siempre a su lado, para no verse obligada a buscarla cuando la necesitaba. Llegó la costurera, tomó la tela, tomó la aguja, tomó el hilo, introdujo el hilo en la aguja y empezó a coser. Uno y otro iban yendo orondos, tela adentro, que era la mejor de las sedas, entre los dedos de la costurera, ágiles como los galgos de Diana -para darle a esto un color poético. Y decía la aguja:

-¿Y bien, señor hilo, todavía se empeña en sostener lo que decía hace un rato? ¿No se da cuenta que esta distinguida costurera sólo se interesa por mí? Soy yo la que va de aquí para allá entre sus dedos, pegadita a ellos, perforando hacia abajo y hacia arriba...

El hilo no respondía nada; iba andando. Cada orificio que era abierto por la aguja era llenado en seguida por él, silencioso y activo, como quien sabe lo que hace, y no está dispuesto a oír palabras insensatas.

La aguja viendo que él no le respondía, también se calló y prosiguió su camino. Y era todo silencio en la salita de costura; no se oía más que el plicplic-plicplic de la aguja en la tela. Cuando ya caía el sol, la costurera dobló la prenda hasta el otro día; prosiguió en ése su tarea y aún en el siguiente, hasta que el cuarto día terminó su obra, y aguardó la velada del baile.

Llegó esa noche, y la baronesa se preparó. La costurera, que le ayudó a vestirse, llevaba la aguja prendida a su pechera, por si hacía falta dar algún punto. Y mientras terminaba el vestido de la bella dama, tirando de un lado y de otro, recogiendo de aquí o de allá, alisando, abotonando, abrochando, el hilo, para mofarse de la aguja, le preguntó:

-Y bien, dígame ahora quién irá al baile, en el cuerpo de la baronesa, haciendo parte del vestido y de la elegancia. ¿Quién va a bailar con ministros y diplomáticos, mientras usted vuelve al costurero, antes de terminar en la cesta de mimbre de las mucamas? ¿Eh? ¿Por qué no me lo dice?

Parece que la aguja no dijo nada; pero un alfiler, de cabeza grande y de no menor experiencia, susurró a la pobre aguja:

-Espero que hayas aprendido, tonta. Te cansas abriéndole camino a él y es él quien se va a gozar la vida, mientras tú terminas ahí, en el costurero. Haz como yo, que no le abro camino a nadie. Donde me clavan, ahí me quedo.

Le conté esta historia a un profesor de melancolía, que me dijo, sacudiendo la cabeza:

-¡Yo también he servido de aguja a mucho hilo ordinario!

JOAQUIM MACHADO DE ASSIS (1839-1908). Escritor brasilero. Obras: Memorias póstumas de Blas Cubas, Don Casmurro.

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