Tres apólogos

Luis Martín Santos

Los fabricantes

de infiernos

UNO DE LOS modos como el hombre ha demostrado el poder de su imaginación ha sido aplicándose a la descripción de infiernos. Algunos escritores de genio y otros menos penetrantes han dedicado su atención al tema. Cuando las penas descriptas se refieren a suplicios o torturas físicas el cuadro puede resultar terrorífico, pero poco instructivo. Por el contrario la descripción de las penas morales apunta hacia aspectos de nosotros mismos que quizás no hubiéramos descubierto de otra manera. Puede pues ser considerada la invención de infiernos como un útil instrumento para conocer al hombre.

Pero hay un escollo en el que tropiezan a menudo estas mentes imaginativas: la idea de eternidad aparece casi inevitablemente en sus infiernos. Al hacer eternos los suplicios resultan un tanto abstractos y hasta inhumanos. No pueden referirse al hombre que conocemos, sino a un cierto ser que se le parece como un hermano gemelo pero que, a fin de cuentas, no es él.

Si la naturaleza del hombre ha sido de tal modo constituida que los placeres más violentos son necesariamente breves, hay una cierta asimetría en suponer que sus más graves sufrimientos hayan de ser eternos. El sufrimiento elevado a la categoría de duración continua, alcanza un carácter sólido de cosa inmovilizada que excluye la vibración de la vida. Dicho de otro modo, hay una grave contradicción en yuxtaponer las nociones de dolor y de aburrimiento.

Por eso, para mi infierno, sugiero un suplicio breve que puede adaptarse mejor a la medida humana.

Supongamos que el condenado es un artista. La escena del suplicio comienza cuando el artista trabaja febrilmente en su obra. Mientras trabaja siente la acostumbrada fe en ella, en su calidad y en su belleza. Conforme va adelantando en su labor, la duda aumenta y, en el momento de acabar, sabe que irremediablemente la obra es fallida. Supone al mismo tiempo, que toda futura obra suya será también fallida.

Aparece entonces otra persona —la persona querida del artista que, tras contemplar la obra, le mira, le sonríe, y exclama: "¡Qué hermosura!"—. Simultáneamente el artista advierte, con súbita intuición directa, que la persona amada es tonta, la besa, e intenta hablar de otra cosa.

No hay ninguna necesidad de que la noción de eternidad sea incluida en este sencillo suplicio. l

Niña paseando

por el monte

VEO UNA NIÑA que pasea sola por el monte. Se inclina sobre el suelo y recoge flores de varios colores. Intento descubrir la ley que rige su cosecha. Pero es difícil. Tan pronto coge tres flores amarillas una tras otra, como interrumpe esta serie dorada con una flor azul. Las flores más escasas en su ramillete son las rojas, pero no sé si esto es debido a su preferencia por los otros colores o más bien al hecho de que, objetivamente, son las flores rojas las que menos a menudo se encuentran en este monte.

Esta última razón no me parece suficiente, pues si la niña advirtiera que son las más escasas, tenderían a parecerle más preciosas y el ramillete acabaría por estar exclusivamente compuesto de flores rojas.

Aunque también es posible que la niña no tenga capacidad suficiente para distinguir la abundancia relativa de flores de los tres colores en la naturaleza que la rodea y que, en definitiva, la única regla que la guíe en su recolección, sea el azar. l

Costumbres extrañas

de algunos pueblos

primitivos

ENTRE LOS caledonios de la Vieja Caledonia se acostumbra a exponer una col al sol hasta que sus rayos agostan las gruesas hojas. Con los restos se hace un pienso para los pollitos recién nacidos que, de este modo, resisten el mal de ojo de las águilas.

Entre los arios era tenido por virtuoso el ciudadano que mutilaba a un enemigo.

Entre los ibéricos contemporáneos se acostumbra matar un toro en una plaza redonda mediante instrumentos punzantes introducidos en el animal con diestro arte, en lugar de recurrir a las armas de fuego que poseen.

Entre los apasionados sirocos de la península meridional la sangre de virgen es tenida por virtud de varón. Esta costumbre lleva consigo diversas complicaciones posteriores.

Finalmente, existe un pueblo, cuyo nombre no se recuerda con precisión, cuyos súbditos se sonríen mutuamente al cruzarse por las calles y —mirándose en los ojos— se fían los unos de los otros. l

El autor

LUIS MARTÍN SANTOS nació en Marruecos en 1924. En 1929 su familia se trasladó a San Sebastián, ciudad donde falleció en 1964. Estudió medicina, se especializó en psiquiatría y dirigió el Sanatorio Psiquiátrico de su ciudad. En su especialidad publicó Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955) y Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial (1964). En literatura, su novela Tiempo de silencio fue considerada desde el año de su publicación (1962) un libro fundamental de la literatura española posterior a la Guerra Civil. Póstumamente se publicó su otra novela, Tiempo de destrucción. Los textos de esta página pertenecen a su libro Apólogos (1970). Otros textos suyos se publicaron en El País Cultural Nros. 213 y 596. l

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