por Darío Jaramillo
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Merecida unanimidad: en noviembre del 2022, Leila Guerriero, Juan Villoro y Martín Caparrós, tres clásicos vivos de la crónica latinoamericana, integraban el jurado que adjudicó el premio de crónica Anagrama/ Universidad Autónoma de Nuevo León al libro Los intrusos del cubano Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989).
Los intrusos relata el viaje que Álvarez, entonces residente en Nueva York, hizo a Cuba para ser testigo —más que testigo, paciente, cuando no víctima— de lo ocurrido en la isla entre el l9 de noviembre de 2020 y el 10 de enero de 2021. Todo había empezado con el encarcelamiento de Carlos Manuel Otero, un notorio activista del Movimiento San Isidro (MSI) con sede en un barrio pobre de La Habana, un movimiento con “la vocación ecuménica y el carácter anfibio que hacían difícil clasificarlo. Reunía raperos del gueto, profesores de diseño, poetas disidentes, especialistas de arte, científicos y ciudadanos en general”.
Todavía sin celebrarse el juicio contra Otero, meses después, la policía la emprendió contra otro miembro del grupo, Denis Solís, “negro y pobre al igual que Otero” relata Álvarez. “Un policía entró en su casa a acosarlo y él lo llamó ‘penco envuelto en uniforme’. Filmó el altercado en su celular y colgó el video en sus redes sociales. Tres días después, cuando salía a comprar yogurt, lo golpearon y detuvieron en plena calle. En un juicio sumario, sin abogado defensor, Solís fue condenado por desacato a ocho meses de privación de la libertad”.
El 16 de noviembre miembros el grupo celebraron el Susurro Poético, un evento donde leían textos en las esquinas, muchos alusivos a la detención de esos dos miembros. Luego cuatro del grupo iniciaron una huelga de hambre para protestar por las detenciones y contra “el estado de pobreza generalizado y la falta sostenida de libertades civiles [...]. Era un espectáculo político en tiempo real”.
El libro de Álvarez se desarrolla en un coherente —y sobrecogedor— contrapunto entre el relato de los hechos provocados por el MSI, las breves biografías de algunos de sus miembros (lo que lleva a mirar el carácter sangriento y excluyente de la Revolución cubana, el antiproletarismo de la revolución proletaria), y el inteligente y devastador análisis de la situación que, para conservar algo de sangre fría, se desarrolla casi siempre por la vía de la paradoja.
Llanto por Fidel. Una primera paradoja, la historia personal de Álvarez con Fidel Castro: “aún podía recordar las manos de Castro. Eran muy blancas y sus dedos muy largos, como de brujo. Sus dientes eran amarillos. Yo tenía diez años y estaba muy nervioso. De pie frene a un micrófono me preguntó, él frente a otro. Su uniforme, sus botas, su zambrán. Me preguntó qué quería estudiar de grande y le dije, por decir algo, que médico. Se alegró, le gustaban los médicos. Era lo que más le gustaba. Su carta de presentación. Estábamos en televisión desde mi escuela primaria, en cadena nacional para todo el país. Hablamos un par de minutos. El resto de los pioneros escuchaba con atención, también los maestros, quienes tenían el mal gusto de reprender si uno decía nada demasiado atrevido. Me abrazó y creo que me besó. Lo quería mucho, tanto”.
El párrafo siguiente salta a 2006 cuando, estando frente al televisor en compañía de su padre, un locutor interrumpió la programación para anunciar que Fidel Castro estaba grave, su vida peligraba. El padre de Carlos Manuel, que “creció en una casa de guano con piso de tierra, se fue a Angola en misión internacionalista, se graduó de medicina”, ahora, ante la noticia, “se hundía en el asiento y lloraba [...]. Intenté imitarlo, hice pucheros, pero no había nada en mí que pudiera ser vertido. Me mojé los dedos con saliva y me embarré los lagrimales con disimulo”.
Ya en la sede del MSI, Álvarez recapitula los varios Fidel Castro: “fue, sucesiva y a veces simultáneamente, el guerrillero romántico, el nacionalista revolucionario, el campeón del pueblo, el líder carismático y mesiánico, el estadista audaz, el marxista convencido, el caudillo latinoamericano de futa y espuela, el estalinista feroz, el dictador megalómano [...]. Cada cual enterró entonces al Fidel Castro que debía y deseaba enterrar, pero el único que fallecía, muertas ya todas las figuras anteriores, era el anciano consumido y encorvado, con los ojos hundidos, la mirada vidriosa y el peso insoportable de sus cadáveres encima”.
Lo que los cubanos viven con nombre de Revolución es una dictadura paranoica que no tolera disenso, armada de agentes que persiguen cualquier cosa que no se parezca a lo que ellos se parecen. Y con unas técnicas, aparte de la explícita fuerza bruta, que consisten en “instalarse en la conciencia colectiva; hacer creer que están en más sitios de los que están, porque así, justamente, se aseguran su presencia multiplicada, que cada quien sospeche del otro a las primeras de cambio y que nos merecemos incesantemente acusaciones de soplones sin evidencia alguna. Es particularmente eficiente la manera en que esa lógica de control alcanza el éxito a través de su pésima reputación y construye su capital sobre la base de su propio desprestigio. El poder sabe que mancha y que destruye la reserva civil de alguien si llega a convencer a los demás de que ese alguien les pertenece”.
Al describir a los integrantes del MSI, Álvarez señala lo que la revolución proletaria dejó por fuera: “negros, pobres, desplazados, vivían en casas precarias rodeadas de hoteles lujosos para turistas de pantorrillas blancas. Representaban todo lo que la revolución prometió reivindicar y terminó persiguiendo, cazándolos para ocultarlos. [Los del MSI] no sólo ponían sobre la mesa la pelea por la liberación de un rapero, sino que abrían el abanico de posibilidades para la forma de una república nacional negra”.
Además, una revolución completamente burocratizada, pintada de gris, lo que no le quita, todo lo contrario, aumenta el terror. “El miedo político paralizaba y se volvía un asunto introspectivo, la gente mascaba el miedo hasta casi convertir esa amarga pulpa social en un tema metafísico. Naturalizado, olvidado dentro de uno, ya no se sabía bien qué se temía no por qué. No era raro ver que las personas que más temían eran justamente quienes más alababan eso que todavía se empeñaban en llamar ‘revolución’”.
Mediocridad. El MSI encabezó una manifestación de “entre trescientos y quinientos jóvenes [que] terminaron reunidos en las afueras del Ministerio de Cultura para pedir el reconocimiento pleno de los espacios independientes, el cese de la censura ideológica en el arte y la liberación de los presos políticos”. Era el 27 de noviembre. El gobierno actuaba de manera reactiva, había perdido la iniciativa. Convocaron a “un acto de reafirmación revolucionaria organizado por la juventud comunista y presidido por el presidente Miguel Díaz-Canel”.
Ya no había Castros a la cabeza. Estaba Díaz-Canel, y “aquel hombre traducía la esencia misma del sistema. [...] representaba al típico concejal de municipio, un burócrata entre miles que no se diferenciaba sustancialmente de ninguno de sus subordinados y que uno podía entrarse en cualquier lugar de la isla, otro funcionario más al frente de cualquier oficina de trámites inútiles. La tarea no excedía sus competencias. Cuba tenía ya el tamaño histórico de un cubículo de administración pública. Un año antes, Díaz-Canel se tomaba una foto en Dublín al lado de una estatua de Joyce. Díaz-Canel no sabe realmente quién es Joyce, pero alguien le dijo que una foto así podía hacerlo parecer un hombre culto sin tener que leer. No desaprovechó la oportunidad. El sistema se definía por querer prosperidad sin producir, democracia sin derechos y estatuas de escritores, no escritores. Ahora se trataba hasta dónde alargaban una dictadura sin dictador. Su hoja de vida era de una insultante mediocridad”.
Álvarez relata los encuentros con interrogadores de la policía: “como hijo de una familia comunista que era, veía el arco que se trazaba entre el pionero de la escuela primaria que conoció a Fidel Castro y se convirtió en el orgullo de la familia y el sujeto que ahora los aparatos de propaganda del régimen nacional consideraban un mercenario. (...) en el interrogatorio, llegaba a un examen último, porque si allí podía utilizar el lenguaje en su grado de tensión extrema, eso quería decir que lo podía utilizar así, y que de hecho ya lo había utilizado así, en cualquier otra parte. De tal manera, el interrogatorio también debía leerse como una involuntaria prueba de liberación. La liberación no consistía solo en atrever a llamar las cosas de determinado modo y vencer ciertas reglas, ciertos procedimientos disciplinares y cierta policía del habla, porque el lenguaje siempre es una trampa doble y el acto de nombrar nunca es algo que se gana por completo, que es lo que lamentablemente creía casi todo aquel que había escapado de manera formal de las estructuras de poder del totalitarismo o de algún tipo de control autoritario. En el espacio público cubano encontrábamos una zona discursiva en la que no podía pronunciar la palabra dictadura y hallaba también otra zona en la que, sea cual fuere el asunto al que te estuvieras refiriendo, tenías que pronunciar la palabra dictadura”.
En todo caso, “Cuba [...] se trataba de una isla en la que mucha gente de muchas partes depositó tantas posibilidades y ninguna finalmente sucedió, pero aun había un peaje sentimental que se pagaba a un costo muy alto”.
Entonces, “el castrismo se las arregló para que a la mayoría de la gente, durante décadas, no le sucediera nada. Todo aquel que aprendió a usar la lengua, y la utilizó para decir lo que fuera, o todo aquel al que se la cortaron, y usó esa mutilación como evidencia, había logrado escapar [...]. Lo que definía a la gente que habitaba dentro del totalitarismo era que tenían una lengua colgándole de la boca y no sólo no sabían para qué servía, sino que actuaban sin que les hiciera falta emplearla. [...] El totalitarismo no era compulsivamente sangriento y cuando reprimía o abusaba, o mataba, lo hacía detrás de una apariencia técnica. No psicótico sino impersonal. Una suerte de bestia dormida que entendía el bienestar como sopor y que se preguntaba, de verdad se preguntaba, por qué alguien quería desperezarse”.
El 10 de enero Álvarez regresó a Miami. Un semestre después, “el 11 de julio de 2021, ocho meses después de los sucesos de San Isidro, decenas de miles de manifestantes a lo largo de la isla se lanzaron a la calle y reclamaron sus derechos de modo inédito. Nunca en la historia del castrismo la gente había volcado patrullas de policía, insultado al presidente, roto fotografías el líder supremo y rodeado las sedes municipales del Partido Comunista… En medio de las revueltas, una anciana negra de la Habana Vieja gritó a la cámara, como guillotinando la obediencia: ‘nos quitamos el ropaje del silencio”’.
LOS INTRUSOS, de Carlos Manuel Álvarez. Anagrama, 2023. Barcelona, 272 págs.
Ahí está Cuba
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Carlos Manuel Álvarez estudió periodismo en la Universidad de La Habana, fundó la revista independiente El Estornudo, y ha publicado en The New York Times, The Washington Post, la BBC, Al Jazeera y El País Cultural, entre otros. Su forma especial de leer a Cuba, que ha sido elogiada por colegas como Martín Caparrós, está en libros como La tribu, Retratos de Cuba (crónicas, Seix Barral, 2017), Los caídos (novela, Sexto Piso, 2018), o La tarde de los sucesos definitivos (cuentos, Criatura, 2015). Los intrusos es su libro más reciente.