Con el escritor Valentín Trujillo

Territorio de incertidumbre

Sus novelas, el libro sobre Real de Azúa, y otras preocupaciones de un fernandino inquieto.

Valentín Trujillo. Dibujo de Ombú.
Valentín Trujillo. Dibujo de Ombú.

Valentín Trujillo (Maldonado, 1979) es escritor, docente y periodista. Obtuvo su profesorado de Lengua y Literatura en el CERP y desde 2005 a 2015 escribió para varias secciones del diario El Observador. Si su nombre aún no les suena, tal vez suenen los premios con los que su obra ha sido destacada durante este tiempo: Jaula de costillas (2007) ganó el Premio Narradores de Banda Oriental; Entre Jíbaros (2013) obtuvo una mención en los Premios anuales de literatura del MEC; en 2016 obtuvo el Premio Onetti por su novela histórica ¡Cómanse la ropa!, y su investigación Real de Azúa. Una biografía intelectual (2017) ganó el Premio Bartolomé Hidalgo. Finalmente, en 2017 fue elegido como uno de los mejores escritores de Latinoamérica menores de 39 años por el programa Bogotá39 del Hay Festival de Cartagena de Indias, Colombia.

—Tu nombre se escucha seguido pero tus libros son difíciles de encontrar. Por ejemplo el primero, Jaula de costillas (2007), lo tuve que leer en la Biblioteca Nacional.

—Claro. Hiciste algo muy raro, que es hacer periodismo. Mucha gente me conoce por mi nombre y los premios pero no me han leído, incluso colegas o gente del ambiente. No me quejo, ojo, simplemente me parece curioso.

—Es raro que luego no lo reeditara Banda Oriental.

—Nunca lo reeditó. Yo quiero mucho a la gente de Banda. Heber Raviolo fue el abuelo de toda una generación. Canalizó, sin saberlo, un conjunto de gente que no era de Montevideo y que llegaron a publicar gracias a que ganaron el Premio de Banda Oriental. Le pasó a Pedro Peña, a Damián González Bertolino, a Manuel Soriano, a Martín Bentancor y a mí.

—Hay algunos escritores que reniegan de sus primeros libros. A más de 10 años, ¿cómo lo ves a la distancia?

—Tengo la impresión de que fue un libro al que, sin querer, le puse el listón alto. Y te confieso que me ha costado llegar a la calidad de esos cuentos porque es un libro bastante contundente y creo que ahí logré algunas cosas. Fue como un primer disparo.

—En esa primera época se percibe una fuerte presencia de los escritores norteamericanos.

—Sí. Narraba muy atraído por escritores a los que reescribía. Me influyó muchísimo James Ellroy, también Stephen King y Raymond Carver.

—Iría más atrás, hasta la camada de Bret Harte y O. Henry, escritores que sacaban de la prensa sus historias o retroalimentaban su escritura con ellas.

—Totalmente. Incluso en los diarios directamente las inventaban. Esa tradición fue una de mis vetas de formación. Luego abracé la literatura uruguaya: José Monegal, Morosoli, Felisberto, Paco Espínola; en menor medida Quiroga y Onetti.

—Además, venís de familia de artistas.

—Sí, mi padre es artista plástico. Yo vivía en el taller. La educación de mi mirada y percepción sensorial está muy influida por la pintura, principalmente por el óleo sobre tela.

—Transcurren seis años entre tu primer y segundo libros. Cuando volvés lo hacés directo al cuento y reafirmando el realismo narrativo inicial. ¿Qué pasó en el medio? 

—Tiene que ver con mi biografía. Primero: inexperiencia. Era muy amateur en el 2007.

—No parece.

—Pero lo era. Tenía 28 años y era bastante pichón. Escribía mucho para el diario. A su vez, tenía mis energías puestas en mi hija (que hoy tiene 16 años). En ese momento tampoco tuve la guía de una persona que me dijera «che, tenés que mantenerte y volver a publicar». En 2012 llegué a una planicie estable, de esas que son buenas, y en 2013 salieron dos libros, Nacional 88. Historia íntima de una hazaña (en coautoría con Elena Risso) y Entre Jíbaros. Este lo publiqué como para decir «miren que estoy acá».

—En tu caso, ¿el escritor se retroalimenta del periodista? En algún lugar leí que esas historias, según vos, provinieron de estar en contacto con el material periodístico.

—Claro. Estuve 10 años dentro de una redacción y llegó un momento en que, sea por asco o empache, recibía un caudal grande de información y constantemente tenía que mirar un río que pasaba. En el río hay mojarritas, algún pejerrey, y alguna vez te encontrás con un pez espada enorme. Es un yacimiento muy grande de historias. Además, gracias al trabajo en el diario he conocido los 19 departamentos, las capitales y pueblos chicos. Y casi que tengo una buena anécdota en cada uno. El Uruguay no es solo 18 y Ejido, por más que Montevideo tiene, por su tamaño y cantidad de gente, un montón de historias formidables y desconocidas para contar.

—Además, el hecho de no ser de Montevideo te habilita una zona de interpelación, justamente, a Montevideo.

—Sí. Nunca termino de cuajar en Montevideo, es una ciudad en la que en muchos sentidos no me hallo.

—La escritura se favorece de esa sensación.

—Es probable, porque si hubiese nacido en Montevideo habría escrito sobre Montevideo. Y eso creo que les corresponde a los montevideanos.

LO HISTÓRICO Y LO ÉPICO

—Hablando de tradición y tiempo, tu obra se apoya mucho en lo histórico, no solo desde el punto de vista ficcional sino también vivencial.

—Me interesa mucho la historia y además considero que la gente de nuestra generación la desconoce absolutamente. No te digo que desconozca el siglo XVIII, sino que desconoce qué pasó en la década del treinta, del cuarenta o mismo en los sesenta o setenta del siglo XX.

—Capaz que ese conocimiento está fragmentado.

—El problema es que el sistema educativo acá no es bueno. Mis novelas y muchos cuentos se basan en lo histórico, pero no solo por el gusto por la historia sino porque es reconocer que ahí hay un elemento narrativo y un disparador para contar una historia.

—Me hiciste acordar a algo que dice el narrador de tu cuento “Comadrejas”: “La educación no es negocio”.

—Sí. Debería ser negocio porque nos estamos jugando demasiado en eso.

—En ¡Cómanse la ropa! (2017), hay conexiones con varios géneros literarios: por un lado la presencia de la novela bizantina o de caballería, y por otro las crónicas de la conquista, al mejor estilo de Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. El tema del hambre, de los caballos y su importancia.

—Sí, tuve muy presentes las crónicas de la conquista. La principal fuente fueron las crónicas de campaña y diarios de varios militares que pelearon en estas guerras. Leí a muchos historiadores peruanos y bolivianos y a algunos chilenos.

—Es una novela arriesgada porque trabaja sobre un personaje histórico del que conocemos su historia real (con lo problemático de ese término). Hablamos del Coronel Carlos Federico Brandsen.

—Claro. Para hacerlo estuve cuatro años, entre lectura y escritura (2011 a 2015). No solo es una novela histórica, sino que es una novela sobre cosas que la gente no ha explorado en el Uruguay, por más que transcurra en Perú. La épica es importante para mí y acá todo lo pensamos en chiquito. La literatura uruguaya, y sobre todo la literatura montevideana, es la literatura de la miseria, es muy onettiana, muy levreriana, y no lo digo como crítica, pero ha generado una estela de lo chiquito, de lo pobre, de lo desgraciado, de lo gris.

—También persiste esa cuestión de celebrar mucho lo de afuera y desconocer o infravalorar lo de adentro.

—Lo que tuve que investigar para esta novela, por ejemplo, es cien veces mejor que Game of Thrones. Si investigás la historia de América en el siglo XIX, te encontrás con maravillas absolutas. Pero de nuevo, nadie se entera porque la formación acá es muy mala, y si no tenés una familia que te indique o te tire por la cabeza algunos libros, lo que te gana es ver la televisión o te formás con los gustos de tus amigos, que en verdad son todos más o menos parecidos. Salvo que conozcas a alguien que te influya o que aparezca una novia que te diga que tenés que escuchar a Schubert, es muy difícil.

—A diferencia del realismo que trabajás en tus cuentos, en esta novela te corrés hacia una zona difusa entre la realidad y el sueño. De hecho, los que en la novela defienden a la corona, al poder de lo práctico, son los “realistas”; mientras que los que luchan por los ideales y la libertad son los “patriotas”.

—Sí. Es muy interesante lo que decís. Hay un juego ahí. Unos persiguen la utopía y otros defienden lo que está y en esa pugna todo se confunde. Quise trabajar sobre el territorio de esa incertidumbre.

BIOGRAFÍA INTELECTUAL

—Para vos el 2017 será un año muy recordable.

—Lo tengo claro. Fue EL año. Premio Bartolomé Hidalgo y el nombramiento de Bogotá39. Impresionante. También fue muy particular porque operaron a mi hija, una delicada intervención en el cerebro de la que salió bien. Un año muy cargado en todo sentido.

—A su vez, tu libro Real de Azúa. Una biografía intelectual (2017) fue otro proyecto arriesgado. Es una figura fuerte y bastante compleja la de Real.

—Sí, el mejor adjetivo me lo dijo Lisa Block de Behar, que me ayudó muchísimo con el libro en distintos sentidos: “Carlitos era un personaje oceánico”. Sucedió que de un océano no podés escribir un libro y encima que lo abarque. Podés escribir sobre una pequeña parte de ese océano.

—Siempre se dice que sus clases eran magistrales, con una oratoria pintoresca.

—Sí, igual esas generaciones que lo idolatraban, lo admiraban y le demostraban cariño: ¿cómo nadie se animó a entrarle a Real de Azúa?

—Respeto desmedido, quizás.

—Pero de nuevo, volvemos al problema del Uruguay: nadie se anima a dedicarle el tiempo necesario a ese tipo de trabajos. Intenté leer todo lo que encontré de Real, y como obviamente no pude, el libro tiene algunas gaffes inevitables. Pero el camino de escritura fue otra cosa, y ahí me ayudó Carlos María Domínguez. Acá faltan biografías. Y la ingratitud del intelectual uruguayo para con sus autores faros es grande. ¿Conocés alguna biografía de Zum Felde, de Rodríguez Monegal, de Rodó o de Vaz Ferreira?

—No. ¿Será que somos vagos a la hora de recuperar y organizar nuestro pensamiento cultural?

—Somos vagos, punto.

—Pero ¿por qué Real de Azúa y no alguno de los que me nombrás?

—Porque Real tiene algo que me interesa muchísimo y es que va a contrapelo de buena parte del statu quo intelectual uruguayo. Es un tipo que era católico en el país menos católico de América Latina. Era antibatllista y representaba lo conservador, lo ultramontano, de alguna manera lo retrógrado frente al progresismo. Era antimoderno, a la vez muy culto y brillante. La visión crítica de la posmodernidad es algo que comparto con él. A los dos nos interesa el pasado, la historia como basamento. Y el Uruguay batllista despreció el pasado, le dio la espalda.

—No hay mucha tecnología en tu literatura.

—No todavía. Después de leer Sumisión de Houellebecq, entendí que podía encarar el presente con otra espalda y me lancé a eso. Uno tiene su ego y comete el error de creer que “uh, estoy haciendo algo que nadie está haciendo”. Tuve un poco esta actitud en ¡Cómanse la ropa!, porque no es muy común la novela histórica dentro de la tradición de la literatura uruguaya, a pesar de que hay precedentes, Tomás de Mattos sobre todo, y algo de Alejandro Paternain y Carlos María Domínguez.

—¿Qué estás escribiendo ahora?

—Una novela ambientada en la década del 60 en Montevideo y Buenos Aires. El título que estoy trabajando es “Revolución en sepia” y trata de una banda de rock al estilo The Beatles con la guerrilla de trasfondo. El grupo se llama The Shepards (un guiño a The Shakers, pero no son). Tiene que ver con la crisis del 2002 y el nacimiento del “nuevo uruguayo”.

—Ese período... falta una zona cubierta por la escritura ahí, ¿no?

—Totalmente, hay un bache. Hay algunas novelas que lo han abordado pero no desde el punto de vista de la novela realista clásica, donde un personaje es capaz de representar una épica, al estilo de Balzac o Flaubert. Hubo un fenómeno extraño que tuvo lugar entre 2009 y 2014, casi que coincide con la presidencia de Mujica y con su stardom en el mundo. Ahí pasó algo desde la publicidad y el consumo. Hay una historia que estoy desarrollando para un futuro libro. Apareció un tipo que se fundió en el 2002 pero que en 2010 estaba gritando los goles de Uruguay en el Mundial de Sudáfrica tras pagar un vuelo chárter. Fue el mismo tipo que tocó fondo y rebotó rápidamente. La historia de lo que le pasó a su vida es lo que más me interesa contar ahora.

¡Cómanse la ropa!

Valentín Trujillo es, además de escritor y docente, un enérgico gestor cultural. Como Director de Programación Cultural de la Intendencia de Maldonado ha sido responsable de actividades como los “Encuentros de escrituras”. En 2018 dicho encuentro estuvo dedicado a la Crónica latinoamericana, fue organizado en colaboración con Ediciones Olímpica, y tuvo la participación de periodistas de todo el continente.

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