Ser siempre Onetti

Carina Blixen

"NO LE ESCRIBO a usted, sino a la Patria (calcule, de aquí a cien años, a los diez de mi muerte, el brillo o punta que pueden sacarle a la frasecita esa los muchachos del Instituto...)". Así iniciaba Juan Carlos Onetti una carta a su amigo Benedetti, registrada como de la segunda mitad de 1952. La frase es demasiado tentadora para dejarla pasar este año que se conmemoran los diez de la muerte de Onetti. A través de ella es posible acercarse a su capacidad de juego, a la cordial ironía que dispensó a sus próximos y a su soberbia congénita. El desafío es claro: quien la retome, será uno de esos "cuervos" que merodean entre los restos de los que están en la gloria. Una vez más el escritor es un dios que crea un futuro, que controla los hilos de la trama de lo que vendrá. Más allá del humor y el desenfado, la frase revela la tranquila confianza de Onetti en la trascendencia de su obra y su figura, por lo menos en nuestra cultura. Supo, sin vanidad, que eso era poco pedir. En una entrevista filmada realizada en su cuarto en Madrid, la entrevistadora le comenta que hay quienes dicen que él es el mejor escritor uruguayo. Onetti le responde preguntándole si le está haciendo un chiste. Lo cierto es que siempre escribió para sí mismo y la "gran literatura", y que esa fue una forma contundente de no entregarse, de permanecer fiel a sus placeres y sus principios. Porque logró la proeza de que ambos —gusto y convicción—coincidieran.

Escribió esa carta a Benedetti desde Buenos Aires, donde hacía dos años había publicado La vida breve, una de las novelas que cambió el rumbo de la narrativa latinoamericana, y que como El pozo (1939), Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) circuló entre poquísimos lectores. No podía ser de otra manera: la originalidad solo puede ser percibida por unos pocos muy preparados. Lleva años ampliar ese pequeño círculo de iniciados. Onetti supo eso y siempre se mostró dispuesto a pagar el precio de la soledad o el reconocimiento insuficiente.

En el 2000 cuando se cumplieron cincuenta años de La vida breve Juan José Saer valoró esta novela como "un texto clásico". Esto, según el narrador argentino, es un lugar al que se llega, no un punto de partida. Un texto se empieza a transformar en un clásico "cuando la aparente arbitrariedad de los medios que emplea toda obra realmente original va imponiendo poco a poco a sus receptores su lógica y su necesidad (...) y llega a serlo enteramente a partir del momento en que, en contra o a favor, ningún juicio estético, crítico o histórico puede ignorar la legitimidad y la permanencia de sus aportes decisivos".

Es la lectura amorosa y cuestionadora la que va desfibrando las claves que la obra brinda. En este inicio del siglo XXI se han acumulado suficientes valoraciones de lectores y estudiosos como para que cualquier interesado en la literatura, dentro y fuera de Uruguay, pueda considerar como fundamentales además de La vida breve, El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964); las nouvelles El pozo (1939), Los adioses (1954), La cara de la desgracia (1960); o los cuentos "Un sueño realizado", "El infierno tan temido", "Jacob y el otro", "Bienvenido Bob".

LA CUNA DEL "PIBE DUCASSE". En la misma carta dirigida a su amigo Benedetti, decía Onetti en seguida: "... ¿Para qué le escribo? Bueno, por charlar, porque extraño la cuna compartida con el pibe Ducasse, la buena gente y la otra. Y, sobre todo, para probar suerte y ver si hay posibilidad de conseguir chismes o recortes o cualquier cosa vinculada a la vida literaria de esos pagos..." Interesa la filiación con Isidoro Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870), conde de Lautréamont, no a partir del trazo de una genealogía de poseídos o endemoniados, sino por su común exilio de Montevideo y del mundo. Onetti dice que extraña Montevideo. Nada más común. Sin embargo se le cruza la imagen del "pibe Ducasse" que es el que no volvió, el que eligió la literatura y escribir en otra lengua, y en la lejanía, proclamar su origen. Montevideo es el refugio imposible. Ambos eligieron la intemperie, la ausencia que impone la escritura, el exilio exterior e interior.

Esto no quiere decir que Onetti permaneciera inmune a los cambios de lugar y situación que buscó y padeció a lo largo de su vida. Ni mitiga la responsabilidad de los dictadores uruguayos en su partida última. Alicia Migdal escribió en un artículo reciente sobre "la certeza de que no era verdad que le daba lo mismo estar echado en cualquier cuarto de cualquier ciudad". Onetti no fue insensible al entorno en que vivió, pero también es cierto que desde el momento en que hizo de sus ganas de escribir el eje de su vida, todo lo otro, aunque importante, se volvió secundario. El problema es que todo eso secundario es la materia de la escritura. La apuesta del Onetti escritor no es la de anular o sustituir la realidad, sino la de dialogar con ella a partir de las reglas, los principios, los fantasmas que él mismo fue creando. Esa interpelación a una realidad anclada en el Río de la Plata siempre fue crítica y fundamentalmente a partir de La vida breve (1950), metafórica. La lejanía impuesta y elegida en su exilio en Madrid, la preponderancia del mundo ya creado, el ensimismamiento de la vejez parecen haber mitigado el impulso metafórico, aunque no el deseo de seguir insertándose en el mundo a través de la escritura.

Es percibible en los relatos de los años finales —Dejemos hablar al viento (1979), Presencia y otros cuentos (1986), Cuando entonces (1987), Cuando ya no importe (1993)— la voluntad de no quedar clausurado en el mundo ya delineado de Santa María, de abrirlos a una historia que su autor sólo pudo vivir a través de noticias. Montevideo, tan presente y no nombrada en El pozo, es evocada cada vez en forma menos oblicua desde la añoranza del exilio madrileño y la convicción del no retorno: Lavanda (la Banda Oriental en Dejemos hablar al viento) o Monte (Cuando ya no importe). Es simplemente el acto de jugar con las palabras que acercan lo que no está, lo que ya no se va a tener. Montevideo y Uruguay quedaron para Onetti unidos a su pasado transformado en paraíso perdido, en región clausurada, de la que el hombre viejo es sólo un exiliado. Los nombres que se acercan a Montevideo, la búsqueda de la muchacha desaparecida en "Presencia", las calles de la que fuera cuna del "pibe Ducasse" y la figura convocada del pintor Alfredo de Simone en "Los amigos" están signados por una distancia distinta a la impuesta por las ficciones de los cincuenta y sesenta. La mención quiere recuperar lo que no se tiene, por eso importa menos la metáfora.

La "verdadera aventura" de Eladio Linacero, el personaje de El pozo, es lo que siente y no puede transmitir al proletario (Lázaro), al intelectual (Cordes) o a la prostituta (Esther). Es la aventura ante la que el relato siempre calla. Así la "verdadera aventura" final es la del desasimiento. Por eso cuando nombra más directamente trasmite una mayor lejanía.

LA ESTAFA COMO PRINCIPIO. Los personajes masculinos de Onetti además de mentirosos soñadores son en buena parte estafadores, tramposos, contrabandistas, coimeros, pasadores de droga, gigolós, policías corruptos. Casi toda su obra crece en una "legalidad" distinta a la convencional. Una "legalidad" mafiosa que mantiene relaciones íntimas con la que la sociedad acepta públicamente. En la figura de la estafa, en sus manifestaciones concretas y en su proyección como concepto, Onetti sintetiza una idea de la existencia, que surge de su experiencia histórica y alimenta una concepción filosófica.

Ruben Cotelo, crítico y periodista, rastreó el origen "real" de algunos de sus personajes. Filió el mundo de Juntacadáveres, Larsen y su prostíbulo, al Bajo de Montevideo y Buenos Aires en los años treinta, a la "Década Infame" argentina, cuando Onetti vivía en Buenos Aires. Encontró el clima de esa época en varias novelas de Onetti. Enumeró algunos elementos determinantes: "Natalio Botana, Crítica (...), la prostitución clandestina y la trata de blancas, Arlt y los Discépolos, Alberto Barceló y su capanga Ruggierito, ametrallado por el Gallego Julio...". En un reportaje que le hizo a Onetti en Madrid afirmó que "en Juntacadáveres el farmacéutico Barthé y su proyecto de prostíbulo higiénico parece una trasposición del proyecto del senador Serrey y su iniciativa de ley de Profilaxis Social para erradicar la prostitución. En esa novela, Barthé hace negocio con un tal Arcelo, caudillo que ofrece el voto conservador en el concejo municipal para aprobar el proyecto del prostíbulo a cambio de la concesión de changadores ¿Arcelo es Barceló?" Con esa pregunta final aguarda la respuesta del entrevistado. "Peut être. ¿Qué querés? No me acuerdo..." dice Juan Carlos Onetti. Cualquier lector de su obra entiende que su respuesta no es una evasiva; es la única posible, la única justa. Porque a partir de algunos datos que el conocimiento de la realidad puede refrendar, Onetti tranformó la estafa en principio literario, en el orden de su mundo. Entonces Arcelo puede ser Barceló y algo distinto, que se ha despegado de una situación concreta sin negar su existencia.

El protagonista de La cara de la desgracia se siente culpable del suicidio de su hermano. Este estafó en su trabajo y al ser descubierto, se suicidó. El recuerdo de su hermano es ambiguo: está la bondad, pero también su entrega a las normas que otros establecieron. Actitud que el narrador protagonista rechaza: "Despreciaba su aceptación de la vida (...) y desde los 30 años le salía del chaleco olor a viejo...". En la primera escena de El pozo Eladio Linacero camina oliéndose los sobacos: hay hedonismo en ese acto de fastidio y de asco de sí. Hay un cuerpo que se instala en primer plano y que reclama su presencia. En La cara de la desgracia la pasividad del hermano es entendida por el protagonista como una forma de corrupción —la vejez es eso— que también se huele. El protagonista piensa que incitó al hermano a la transgresión, que le ofreció el mundo con sus palabras y que su hermano no estuvo a la altura de las circunstancias.

En este relato la actitud contrapuesta a la de Julián, el estafador fallido, está sintetizada en la expresión de desafío de la muchacha de 15 años. Entre la nada y la reafirmación absoluta del adolescente, la muerte adquiere el sentido que la vida no tiene. En la moral onettiana hay dos maneras de enfrentarse al mundo: realizar bien la estafa o ser adolescente. La "aceptación de la vida" tal como es diluye la posibilidad de ser. "Pero ambos, por tan diversos caminos, coincidían en una deseada aproximación a la muerte, a la defintiva experiencia. Julián, no siendo; ella, la muchacha de la bicicleta, buscando serlo todo y con prisas".

Este hombre que cuenta en La cara de la desgracia se equivoca con respecto a su hermano y sabe poco de la muchacha. El lector acompaña en parte sus errores y descubrimientos. Puede inferir que uno de los elementos que lo llevan a engañarse con respecto a la personalidad de su hermano es la confianza extrema en el poder de sus palabras, en su capacidad de seducción. Los personajes soñadores que pueblan la obra de Onetti son proclives al mismo pecado de exceso. Pero interesa retener su idea de que la estafa es una manera de cambiar la sujeción ante el mundo por el dominio, porque ella es una de las leyes que gobierna esta literatura. Cuando el engaño se realiza en relación a la sociedad o una "institución" como el prostíbulo de Larsen (Juntacadáveres) o el astillero (El astillero) la acción es perpetrada con cierta melancolía, con la distancia de lo inevitable. Cuando quien la sufre es una persona, predomina la violencia. El Eladio Linacero adolescente engaña a Ana María en El pozo: como no puede hacerlo por el amor o la seducción la somete con la fuerza y la mentira.

La estafa es una manera de objetivar la trampa de la existencia. Por eso el narrador onettiano hace una defensa ética de los estafadores que lo son a conciencia. Ataca con furor a los hipócritas, a los que juegan a creerse o se creen la mentira en que viven. En La muerte y la niña (1973) el narrador se ríe de los lugares comunes, de las mentiras compartidas, de los pequeños fraudes respetados que alimentan el sueño de la "Patria". Un descedendiente de Santa María que vive en Alemania, visita el pueblo de sus padres. Escribe una carta en la que describe a los sanmarianos: "...todos tratan de impresionar a uno con su importancia. Los médicos dicen que son tan buenos que fácilmente pueden irse a otros países...todo lo que sea Sanmariano es superior a los demás. Y ni siquiera existen en la América Latina. Dicen que se van a Australia y al Canadá y ‘se dan cuenta de que como Sanmarianos, son culturalmente superiores a sus vecinos’. Pues creo que este país, con toda su presunción, no necesita la ayuda de nadie. Yo me voy la semana próxima. No he hecho nada. ¿Qué se puede hacer en un país en que todos son genios?".

La mujer protagonista de Tan triste como ella (1963) "recordaba, aún ahora y con mayor fuerza, la sensación de estafa iniciada al final de la infancia, atenuada en la adolescencia gracias a deseos y esperanzas...". Tal vez esta sea una de las razones por las que la infancia no está en la obra de Onetti. El dijo en más de una oportunidad que la infancia en su plenitud es otra vida, otro tiempo, y que no se sintió capaz de contar eso sin tergiversarlo. En realidad no creyó que pudiera hacerse. La infancia no se nombra, porque no es posible acercarse a ella sin ensuciarla pues los ojos del niño ya no existen.

Esa conciencia de la estafa que es la vida convive con la idea de la existencia como un exilio permanente: "Primer exilio, tantas veces estudiado, el abandono de la felicidad tal vez inconsciente, que supone ser expulsado de la protección del hogar; el abrigo, la alimentación que suponen los nueve meses de estancia en un útero que se ensancha para asegurarnos comodidad (...) El joven es exiliado poco a poco por el niño y el adolescente hará lo mismo con el hombre (...) Pero el exilio más aterrador es el del que descubre —enfermedad, guerra, pena de muerte— con horror y descreimiento, que su tiempo, que permitía abarcarlo todo, que era eterno y sin fin previsible, no era sino una mentira más...".

Expulsados de la infancia, los personajes de Onetti transitan con distintos grados de conciencia, con furia, locura o languidez, por ese mundo sin verdades últimas. Muchas veces se ha hablado de la piedad como el sostén básico de su literatura. Ella surge del entender la vida como una cadena de pérdidas, como un camino sin salida en el que los personajes no tienen otro destino que la derrota. Algunos lo saben y otros no: la compasión del narrador, ese dios escéptico, los envuelve a todos por igual.

"NO HABERME ESTAFADO". Este hombre inmune a la grandilocuencia y los fervores cívicos, dispendió en su obra el sarcasmo hacia la noción de "Patria". Desde los famosos "treinta y tres gauchos" con los que Linacero en El pozo resume la ausencia de una tradición nacional, hasta la larga trayectoria de Juan María Brausen, el hombre que en La vida breve al escribir un guión de cine hace que la ficción invada a la "realidad" en la narración. Brausen se vuelve el dios prescindente y burlonamente misericordioso que preside la saga de Santa María. Es Dios y fundador de la "Patria", el Creador y el héroe: se le reza y se le construyen estatuas. Es la concentración máxima y en ese sentido, ridícula, del poder. La obra de Onetti está siempre rondando los abusos y las humillaciones que los hombres fascinados por la voluntad de poder no pueden dejar de infringir e infringirse.

Onetti autor realizó el gesto de rebeldía, de radical honestidad que no consintió a sus personajes masculinos. Que resguardó sólo para algunos adolescentes y unas mujeres locas. Le dijo a Juan Gelman en una entrevista: "Lo más importante que tengo sobre mis libros es una sensación de sinceridad. De haber sido siempre Onetti. De no haber usado nunca ningún truco, como hacen los porteños, o hacían cuando había plata y se lustraban los zapatos dos veces al día. O esa manía de grandeza de los porteños, que siempre hablan de millones ¿no? Tengo la sensación de no haberme estafado a mí mismo ni a nadie, nunca. Todas las debilidades que podés encontrar en mis libros son debilidades mías y son auténticas debilidades". Haber sido "siempre Onetti" es el resultado de una experiencia en la que hombre y autor vivieron de acuerdo a sus sus propias reglas. Algo que ni el mismo dios brausen estuvo seguro de poder realizar en su literatura.

Trabajos citados

- "Los archivos de la literatura uruguaya. Juan Carlos Onetti/Mario Benedetti". Ed. notas y cronol. Pablo Rocca (internet)

- Juan José Saer, "La rebeldía del derrotado", Bs.As., Suplemento Clarín, Domingo, 26.11.2000

- Alicia Migdal, "El sueño de la muchacha en el tiempo", Brecha, 11.6.04

- Ruben Cotelo, "Juan Carlos Onetti al borde los ochenta años" en Lecturas de Alternativa, 17.11.88.

- Juan Carlos Onetti, "Reflexiones de un exiliado" en Miradas sobre Onetti, Alfaguara, 1995.

- Fragmento de entrevista de Juan Gelman: Internet, "Onetti por Onetti", Servicio de prensa y comunicación IMM.

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