Fotografía en el Amazonas

Sebastião Salgado y las fotos de una selva que no quiere desaparecer

El gran documentalista y fotógrafo brasileño trabajó 9 años en la selva amazónica, y ahora expone en Los Angeles

© Sebastião SALGADO
Adáo Yawanawá usando una corona de plumas de águila, con su cara pintada con tintas de un árbol de limas. Villa de Nova Esperanca, Río Gregório Yawanawá terriotorio indígena, estado de Acre, 2016.
(foto Sebastião Salgado)

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por Agustín Paullier (desde Los Ángeles)
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La leyenda Asháninka cuenta que en el medio de su comunidad había un pequeño lago de donde salían sonidos raros. Cuando se escuchó el cacareo de una gallina, alguien tomó un anzuelo y la pescó; después vinieron criaturas más extrañas. Un día pescaron a un indio Inca. Desde ese momento las dos comunidades vivieron juntas en el oeste de la selva del Amazonas. De ahí surgió el pueblo Inca, cuenta el chamán Moisés Piyâko.

Los Asháninka son uno de los pueblos indígenas del Amazonas de los que se tiene un registro histórico más antiguo, gracias a su estrecho contacto con el imperio Inca. Los cronistas europeos del siglo XVI describen a los Asháninka como feroces guerreros que sirvieron como protectores de los nobles Incas cuando éstos perdieron el control de Cuzco y se retiraron a Vilcabamba, donde la corte Inca sobrevivió 40 años más. Cuando los españoles capturaron a Tupac Amaru en 1572, se encontraba rodeado de guerreros Asháninka.

De acuerdo con su mitología, luego de la invasión española su dios supremo, Pawa, decidió esconder su conocimiento, sabiduría y poderes al convertir a los sabios en animales. Para acceder a ese conocimiento creó la ayahuasca, una bebida que contacta a los hombres con el mundo espiritual para acceder, a través del ritual llamado kamarampi, a los conocimientos escondidos.

Sebastiâo Salgado, considerado el fotógrafo documentalista más importante y respetado del mundo, viene a develar este mundo misterioso y tan difícil de acceder, cuya riqueza cultural y natural se encuentra en jaque, con su último gran proyecto, “Amazônia”. Ya en el ocaso de su célebre carrera, Salgado vuelve a sus orígenes, a su tierra brasileña, a la selva del Amazonas, en un proyecto que le llevó 9 años —aunque desde hace 40 que toma fotografías ahí—, y que ahora es una gran exposición y un libro fotográfico. “Mi deseo, con todo mi corazón, con toda mi energía y toda la pasión que poseo, es que dentro de 50 años esta colección de imágenes no se parezca al registro de un mundo perdido. La Amazônia debe sobrevivir —y en su corazón, siempre, sus habitantes indígenas.”

Ríos voladores. El río Amazonas y su laberinto de ríos tributarios nace en las montañas de los Andes, en el deshielo del Sajama —la montaña más alta de Bolivia, a 6,500 metros de altura—, en el Apacheta en Perú, a unos 160 kilómetros del Pacífico, y también brota de la arenisca en el medio del continente, en las sabanas más al sur y en los riscos del norte.

Los llamados “ríos voladores” son uno de los fenómenos más sorprendentes del Amazonas. Transportan más agua que el propio río y abastecen a buena parte del continente. Hasta 1970 el consenso en la comunidad científica era que un ecosistema es el producto de determinados parámetros climáticos, hasta que el científico brasileño Eneas Salati probó que la selva del Amazonas genera su propio clima. Sus 400 billones de árboles absorben agua del subsuelo de profundidades de hasta 60 metros, la humedad que llega hasta sus hojas luego se evapora —unos 20 billones de toneladas diarias de agua en forma de vapor— lo que genera nubes de lluvia que producen el 45% del total de la precipitación que recibe. El Amazonas genera buena parte del agua que luego recibirá en forma de lluvia. Es el ciclo natural en toda su perfección, tan complejo como simple, tan eterno como frágil.

Es difícil, sino imposible, abarcar con el pensamiento su magnitud. Es demasiado grande para la pequeña escala humana, por eso solo desde el aire o desde el espacio se puede apreciar su dimensión. Los números son tan solo eso, pero sirven como referencia. La selva del Amazonas ocupa un tercio de América del Sur, un territorio más grande que toda la Unión Europea. Es un ecosistema que abarca nueve países, aunque el 60% se encuentra en Brasil. El río Amazonas mide unos 7 mil kilómetros desde las montañas de Perú hasta el Atlántico, tiene más de 1.100 tributarios, y 17 de ellos se extienden por más de 1.500 kilómetros. Es la fuente del 20% del agua fresca del mundo. El río Amazonas por momentos llega a tener 20 kilómetros de ancho en las planicies, mientras que en otros lugares es apenas un riachuelo.

Los científicos han sonado las alarmas para alertar que este ecosistema se encuentra cerca de desaparecer, y sus consecuencias serían devastadoras no solo para quienes lo habitan y dependen de él, sino también para el clima de la región y del mundo. La selva del Amazonas cumple un rol fundamental en la lucha contra el cambio climático, y el futuro del planeta depende en buena parte de su salud. Todos los años sus árboles absorben unos 2 billones de toneladas de dióxido de carbono, el 5% de las emisiones de gases de invernadero que calientan el planeta. Produce buena parte del oxígeno que respiramos y de ella también depende la cantidad de lluvia que recibe el continente.

Este ciclo natural que sobrevivió durante millones de años se encuentra amenazado de muerte. Sobre todo en la periferia de la selva, en tierra privada, y una pequeña parte en territorios indígenas y tierras protegidas. Aun así el 17,25% de la biomasa del Amazonas ya ha sido podada. El mayor miedo es que se llegue al “punto de no retorno”, ese cuando el ecosistema ya no pueda recuperarse y la selva se convierta en una sabana tropical.

Por aire, tierra y agua. Para este proyecto, Salgado, quien actualmente tiene 79 años, realizó más de 48 viajes al Amazonas durante los nueve años que estima le tomó formalmente realizar este proyecto —algo habitual en los trabajos de largo aliento del brasileño como en Trabajadores, Éxodos, África y Génesis. En el proceso, una rama de bambú casi le hace perder un ojo, y dos veces se fracturó las rodillas y los hombros. Cuando los indios salen a pescar, sus excursiones duran hasta cinco o seis días, caminando por la selva, lloviendo. Para ellos es fácil, dice Salgado, porque andan descalzos, pero los zapatos generan caídas constantes. Cada viaje duraba entre uno y tres meses, sabía cuándo llegaba, pero no cuando salía. A veces, al arribar a una tribu, ya habían salido a pescar o cazar, y cuando estaba pronto para irse, estaba por comenzar la preparación de una gran ceremonia y se quedaba.

Para acceder a una tribu protegida primero se debe pedir permiso a la FUNAI (Fundación Nacional del Indio), parte del Ministerio de Justicia Brasileño. Un emisario viaja a la tribu que se desea visitar, el jefe del grupo se reúne con los demás miembros y juntos deciden. En caso de ser aceptado se define la fecha en la que se debe arribar. No se puede acceder a un territorio indígena sin autorización. Luego, se debe recibir varias vacunas y realizar una cuarentena de doce días en un puesto de la FUNAI para asegurarse de no portar ningún tipo de enfermedad que pueda contagiar a la comunidad indígena.

Salgado no trabaja solo, este tipo de proyectos requiere mucha planificación y esfuerzo. Siempre va con un asistente de fotografía y con un guía personal, los mismos desde hace años. Para moverse en la selva arma equipos de entre 10 y 12 personas: tres botes con capitanes experimentados en navegar los engañosos ríos, dos “capitanes de la selva” que suelen ser mitad indios-mitad no indio, que conocen bien la selva, pescan, cazan, suben árboles, arman campamentos; y además de un traductor, un antropólogo y varios indios de la FUNAI.

Para acceder a donde viven los Zo’e, en el estado de Pará, cerca de la frontera con las Guayanas, 300 kilómetros al norte del río Amazonas, se debe viajar 25 días en bote y a pie, mientras que en avioneta o helicóptero lleva poco más de una hora. Los Zo’e fueron contactados por primera vez por misioneros evangélicos estadounidenses en 1987, y la FUNAI creó un modelo de protección que luego aplicaría en el resto del Amazonas: una zona de protección etno-ambiental para prevenir la invasión de su territorio. En 2009 el gobierno les otorgó un territorio de 6.240 km2 que pasaría a ser una reserva, protegida además por una banda perimetral de 20 km de ancho que solo puede ser transitada con un permiso especial.

Tras convivir durante dos meses con los Zo’e, Salgado ve aproximarse al helicóptero que lo recogerá. El guía indígena que lo había acompañado durante toda su expedición exclamó, “Es un tukuruhú, un saltamontes. Los aviones cuando tocan el suelo se deslizan, los tukuruhú, aterrizan y ahí se quedan”. Cuando los pilotos descendieron con sus cascos y vísceras oscuras cubriéndoles el rostro, dijo espantado, “no son humanos, son moscas”.

Al ingresar a la exposición de fotografías en el Centro de Ciencias de California en Los Ángeles la oscuridad predomina, como en la selva, y la luz apenas se cuela entre el denso follaje e ilumina las imágenes en blanco y negro de la naturaleza, suspendidas en el aire, formando caminos o ríos, laberintos que conducen a instalaciones que semejan a las “malocas” donde se pueden ver las fotografías de distintas comunidades que habitan la selva. La música especialmente compuesta por Jean-Michel Jarre complementa la experiencia inmersiva.

Tanto la exposición como el libro contienen secciones, capítulos dedicados a cada tribu, a las imágenes aéreas, a las montañas, a los “ríos voladores”, a la lluvia, a las Anavilhanas —un gran archipiélago de unas 400 islas rodeadas de agua dulce. Salgado registra la rutina de los habitantes de la selva, cuando salen a pescar o cazar, bañándose en un río, descansando en una hamaca a la sombra, aplicándose pinturas, construyendo malocas o realizando rituales chamánicos. Salgado lleva consigo un estudio fotográfico, un fondo neutro de seis metros de ancho y nueve de largo, que instala en cada comunidad que visita. Lo arma de mañana a la sombra de los árboles, sin luces artificiales, y se sienta a esperar a que algún curioso quiera posar para su cámara. Su intención es crear imágenes con un fondo neutro, sin distracciones.

Salgado evita mostrar la destrucción de su querida selva del Amazonas, aunque sí la menciona constantemente por escrito en sus textos. Apela a encantar y a convencer al espectador y al lector con la majestuosidad, la belleza y el exotismo de sus fotografías, elige mostrar lo que se puede perder, lo que todavía se puede salvar.

Guardianes de la selva. Desde hace más de diez mil años hay humanos viviendo en la selva del Amazonas. Muchas tribus han desaparecido a causa de enfermedades importadas que trajeron los misioneros, leñadores, soldados, mineros, constructores de rutas y buscadores de riquezas. Algunas pocas, hasta hoy en día, permanecen totalmente aisladas, mientras otras, como las que viven en el parque Xingú, tienen un estrecho contacto con el mundo moderno aun preservando sus tradiciones. Son los guardianes de la selva tropical más grande del mundo.

Los Korubo llegaron a ser tan solo 21. Así de cerca estuvieron de desaparecer. Asediados por la malaria se vieron obligados a salir del aislamiento luego de que todos los ancianos del grupo fallecieron. En 1996 una mujer llamada Mayá asumió el liderazgo y se acercó a hombres blancos en busca de ayuda. Hoy son unos 120 viviendo a orillas del río Ituí en el territorio indígena del Valle de Javari (uno de los más grandes de Brasil con 8,5 millones de hectáreas), en el oeste del Amazonas. Al menos hay otro grupo de korubos que no han tenido contacto con los blancos. Cuando Salgado los visitó en octubre de 2017 fue la primera vez que un grupo de documentalistas convivió con ellos.

Los Yanomami, en cambio, son la etnia indígena de bajo contacto más numerosa del mundo, con una población de 40 mil personas, 28 mil viven en Brasil y el resto en Venezuela. Desde hace unos meses su nombre se puede leer en los titulares de muchos medios. El novel Ministerio de los Pueblos Indígenas creado por el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, declaró una emergencia sanitaria en el territorio Yanomami tras el fallecimiento de 570 niños desde 2018, debido a la “contaminación por mercurio (usado en la minería ilegal), desnutrición y hambre”. El Ministerio presentó una denuncia ante Fiscalía para determinar si se cometió un genocidio contra los yanomamis tras constatar que se ignoraron varios pedidos de ayuda durante el gobierno anterior de Jair Bolsonaro.

La comunidad Awá-Guajá, a su vez, es considerada por muchas ONG como “la tribu más amenazada del mundo”. En la década de 1970 tuvieron la mala fortuna de que se descubrieran grandes yacimientos de hierro en sus tierras y de que la dictadura brasileña construyera la autopista transamazónica y vías de tren atravesando sus tierras, para poder transportar el hierro desde las montañas Carajás hasta la costa atlántica. Miles de invasores ilegales ocuparon sus tierras y muchas familias fueron masacradas. Los Awá-Guajá son considerados como una tribu indígena de poco contacto, casi aislada, a pesar de vivir en el estado de Maranhão que en las últimas décadas ha sufrido de intensa tala ilegal. Esa tala hace que les sea cada vez más difícil encontrar presas para cazar, e incluso dejan la caza por temor a encontrarse con invasores violentos que se encuentran a tan solo 3 kilómetros de su comunidad.

© Sebastião SALGADO
El río Juruá se extiende por unos 2.400 kilómetros, es uno de los tributarios más largos del Amazonas, desde las altitudes de Ucalayi en Perú hasta unirse con el río Solimoes, y es navegable por 1.800 kilómetros. En tierras bajas, al oeste de Manaos, se retuerce como un gusano de un lado para otro. Incluso navegando agua abajo requiere mucha paciencia de los navegantes. Amazonas, Brasil, entre Agosto y Setiembre de 2009.
(foto Sebastião Salgado)
© Sebastião SALGADO
Paisaje de un igapó, un tipo de bosque selvático que suele inundarse, con palmeras jauari (Astrocaryum jauari). Río Jaú, Parque Nacional Jaú, estado de Amazonas, 2019.
(foto Sebastião Salgado)
© Sebastião SALGADO
Vista aérea del río Jurá, estado de Amazonas, 2017.
(foto Sebastião Salgado)
© Sebastião SALGADO
Yara Asháninka es la hija mayor de Wewito Piyáko y Auzelina. Los símbolos pintados en su cara significan que la niña todavía no está comprometida. Kampa do Río Amônea territorio indígena, estado de Acre, 2016.
(foto Sebastião Salgado)

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