CUANDO DENTRO de pocas semanas comience en Estados Unidos la quinta temporada de la serie televisiva Breaking Bad (AXN) sus seguidores verán respondidas varias intrigas que quedaron sembradas al final de la anterior. La principal: cómo se las arreglarán los realizadores para superar lo que han logrado hasta entonces. De hecho, el final de la cuarta temporada tuvo una intensidad, un clímax irónico y una excelencia dramática que le otorgaban créditos para ser el final de toda la serie. El simple acercamiento de la cámara a una planta ubicada al lado de una piscina (de por sí, un plano sencillo, "inocente" y atípico en un proyecto que abunda en recursos visuales sofisticados) resolvía uno de los enigmas del capítulo, al tiempo que emitía, por asociación, un explosivo comentario sobre su protagonista, Walter White.
Sí: el mismo Walter White al que, cuatro temporadas antes, veíamos abatido entre su familia, sus trabajos y un diagnóstico de cáncer de pulmón, se ha transformado ahora en un asesino inescrupuloso y (tal lo que revela aquel acercamiento a la planta) capaz de actos monstruosos con tal de lograr su objetivo. Pero como la historia ha seguido cada paso de esa mutación, ha enseñado los motivos de cada elección y ha tejido el proceso con ingeniosa malevolencia, el espectador mantiene -increíblemente- la empatía por el personaje, con lo cual está obligado a asumir una adhesión por lo menos incómoda. De eso se trata Breaking Bad: de un cuento moral sobre la fragilidad de la moral.
sARPADO. En la superficie de su anécdota, la odisea de Walter White lo ha llevado de oscuro profesor de química a fabricante clandestino de metanfetamina. La excusa: obtener los beneficios económicos para financiar un oneroso tratamiento de quimioterapia y, sabiendo que le queda poco tiempo de vida, para dejar una herencia a su esposa embarazada y a su hijo discapacitado. De a poco comienzan a aflorar otros motivos, más subrepticios e indirectos, que también parecerían incidir en la mutación del carácter de White. La inminencia de la muerte ha despertado en él la revelación de que durante 50 años ha forjado una existencia defensiva y opaca ("Siempre he vivido con miedo", confiesa en un momento) y, al mismo tiempo, lo ha dotado de una audacia irresponsable, de cuyas consecuencias sólo le importa resguardar a su familia.
El advenimiento de ese Walter White territorial e inusualmente agresivo es uno de los sentidos para la expresión "breaking bad", una definición utilizada en el medio-sur de los Estados Unidos para el punto en que un individuo pierde los estribos o se "sarpa". Otro sentido puede encontrarse más allá del personaje de White, en una sociedad en crisis que, a su manera, también se ha ido al demonio. Allí encontramos sucesivas muestras de una descomposición contra la cual ya no funciona ninguna coartada liberal, ningún humanismo, ningún intento vinculante. Lo vemos en las conductas bestiales de los cárteles de la droga que operan en Nuevo México; en la insensibilidad de los agentes que deberían combatirlos; en la impotencia que aflora en un grupo terapéutico para ex drogadictos; en un accidente de aviones causado por un operador aéreo en precario estado emocional.
Por su parte, los personajes que orbitan a White tampoco están muy enteros. Su controladora esposa supone (mal) que él la está engañando con otra mujer y, en venganza, se acuesta con su jefe. Su cuñada -y esposa de un agente de la DEA, la fuerza antidrogas- es una cleptómana que se niega a aceptar su condición. Su socio Jesse Pinkman es un alma arruinada por la soledad y el abuso de sustancias, de las que entra y sale sin alcanzar un mínimo equilibrio. Si a eso le sumamos el retrato más despiadado y certero que ha dado una pantalla, grande o chica, sobre el sistema de salud estadounidense (un obsceno negocio cobijado en protocolos de buenos modales y oficinas asépticas), tendremos una aproximación a la caldera del diablo que hierve en Breaking Bad.
LO QUE IMPORTA. Lo que comenzó como una comedia ácida con toques de los hermanos Coen, devino en un oscurísimo estudio de personajes inmersos en situaciones extremas a las que han llegado por sí mismos, por el microclima espeso de esa región fronteriza o por la sordera de un sistema implacable. A diferencia de otras series con las que comparte temática y tono (The Sopranos, Weeds, en menor medida The Wire), Breaking Bad cuenta con una libertad narrativa que permite, por ejemplo, incluir flashbacks donde menos se los espera o continuar un capítulo plagado de acciones decisivas con otro que se desarrolla enteramente entre cuatro paredes ("Fly", de la segunda temporada). Asimismo, la flexibilidad formal permite alternar diálogos extensos con largos silencios o con time lapses (secuencias de video acelerado), e insólitos puntos de vista de la cámara con ralentis que enrarecen el relato.
En un comienzo, la paleta de colores predominante era la de los ocres y amarillos saturados, en consonancia con el desierto que rodea Albuquerque y, además, con el estado febril, enfermizo, que impulsa a los protagonistas. Pero también eso ha ido variando a partir de la tercera temporada, donde prevalecen las tonalidades lúgubres con algunos despuntes rojizos (como en el laboratorio subterráneo en que el trabajan Walt y Jesse), apuntando que la historia no sólo se está volviendo más violenta sino también más contrastada. Todas esas modificaciones rompen con la regla de oro de las series, es decir, la permanencia de una estética y del carácter del protagonista a lo largo de su desarrollo. Después de todo, aquí es central la química, una ciencia que "técnicamente es el estudio de la materia, pero yo prefiero verla como el estudio de los cambios", según explica White a sus alumnos.
Si la odisea sale triunfante de su transgresión, si el espectador soporta ser arrastrado al descenso paranoico de White con creciente fascinación, se debe fundamentalmente a la consistencia dramática (más que estética) de cada episodio y, en especial, a la absoluta entrega del actor Bryan Cranston. Asegurados esos pilares, Breaking Bad es la demostración de que, después de tanta retórica metatextual, de tanta narratología y tanta posmodernidad descartable, lo que importa es la fidelidad a la historia y a los personajes, adonde sea que nos lleven. Para todo lo demás (el currículum de Vince Gilligan, creador de la serie; los problemas con los productores para financiar la quinta temporada; la posibilidad de una sexta, etc.) está Google.
Dos más dos
"HAY UNA VIEJA cita de Billy Wilder, que dice más o menos que si le das al público dos más dos y dejas que ellos sumen cuatro, te amarán por siempre. Me respaldo en eso. El público es inteligente, y me gusta darles lo menos posible y dejar que ellos utilicen las matemáticas. [El final de la cuarta temporada] es un momento chocante en el que descubrimos la completa maldad, por decirlo así, de Walter White, de lo que es verdaderamente capaz: de actos tan monstruosos como envenenar a un niño para asegurar su supervivencia y la de su familia. Para mí, un momento como ese debe tratarse con delicadeza. Es mejor no golpear al espectador en la cabeza con él sino dejarlo que aplique las matemáticas por sí mismo." (Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, en The New York Times).