la despedida de tom wolfe

Parricidas de la ciencia, desde la literatura

Charles Darwin y Noam Chomsky en la mira de un francotirador.

Tom Wolfe, el excéntrico del traje blanco. Foto Mark Seliger
Tom Wolfe, el excéntrico del traje blanco. Foto Mark Seliger

En el mundo de la ficción literaria actual una institución como el señor Charles Darwin pudo soportar –sin enterarse, claro está- las diatribas del inimitable excéntrico colombiano Fernando Vallejo, dominador del arma del lenguaje que en La tautología darwinista y otros ensayos de biología (Taurus, 2002) impugna la teoría del origen de las especies que el naturalista inglés llevó a libro en 1859.

Según esa teoría todas las especies han evolucionado a partir de un proceso de selección natural. En diversas apariciones públicas Vallejo ha hablado del darwinismo como de una perogrullada, estafa, pseudociencia, etc., afirmando que Darwin ni siquiera supo definir qué es una especie. Ahora bien, si las credenciales científicas de este novelista nacido en Medellín en 1942 no son muchas (Vallejo es Licenciado en Biología, sin embargo) qué queda para las de Tom Wolfe, escritor estadounidense también excéntrico y también inimitable que en su último libro, El reino del lenguaje (2016), deja a Darwin a la altura de un felpudo, y luego pasa a Noam Chomsky, para colocar a este en el mismo lugar.

Thomas Kennerly Wolfe Jr. nació en 1930 y murió el 14 de mayo de 2018. Publicó casi una veintena de libros entre novelas y ensayos. En estos últimos se permitió hablar de casi todo (arquitectura, drogas, movimiento hippie, política, historia del arte moderno, religiones y sectas, capitalismo, etc.) desde el lugar del periodista observador y bien informado. Quizá su libro de no ficción más notorio haya sido El nuevo periodismo (1973), nombre con el que bautizó al movimiento que en los años sesenta del siglo XX inyectó modalidades y estrategias de la literatura de ficción al periodismo tradicional. No fue el único. Truman Capote, Gay Talese, Norman Mailer o Joan Didion estaban también en una lista que incluía latinoamericanos como Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez y un tempranísimo Rodolfo Walsh.

DOS HOMBRES, DOS SOMBRAS.

El reino del lenguaje se divide en seis capítulos que a su vez pertenecen a dos partes bien diferenciadas; en los tres primeros Wolfe arremete contra Darwin y en los otros tres contra Chomsky. Se basa para ello en un torrente de información sobre vida y obra de estos individuos y de dos personas que, respectivamente, les hicieron sombra y al final borraron o empañaron sus éxitos. En el caso de Darwin fue Alfred Russel Wallace, y en el de Chomsky fue Daniel L. Everett, académicos o investigadores con perfil más bajo a los que Wolfe llama “papamoscas”, no para indicar lo que piensa de ellos sino cómo fueron vistos por los otros, los que alcanzaron inmerecida fama.

Los casos son así. Alfred Wallace (1823-1913) era un naturalista, explorador y biólogo británico de formación autodidacta y clase media baja, que trabajaba en la misma línea que Darwin: el concepto de evolución de las especies a través de la selección natural. A comienzos de 1858, enfermo de malaria en una isla del archipiélago malayo, Wallace escribe su teoría y se la manda por correo nada menos que al propio Darwin, rogándole que se la haga llegar al decano de los naturalistas británicos, Sir Charles Lyell, de la Royal Society de Londres. La entregó, por supuesto. Pero Darwin llevaba más de veinte años trabajando en lo mismo y aún no había escrito nada. Lyell, su amigo y Caballero como él, le dio tiempo y ayuda y pergeñaron un plan maestro: la salida conjunta de tres trabajos –dos de Darwin y el de Wallace- a la luz pública. Quedaban “bien” con Wallace, pero Darwin tenía nombre y posición y pasó a la historia. Ese es el comienzo; Wolfe se deleita contando cómo fue el final y cómo la historia se dio vuelta una y otra vez.

El segundo caso tiene que ver con Noam Chomsky (Filadelfia, 1928), un intelectual carismático, activista político y profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, que revolucionó las teorías sobre el lenguaje cuando propuso la suya en 1957: que hay una gramática universal y un órgano del lenguaje que posibilita adquirir este de forma instintiva, con independencia del aprendizaje y las particularidades culturales de los hablantes. Señaló que lo que diferencia al lenguaje humano en todos los casos es su recursividad: la capacidad de insertar un pensamiento/frase dentro de otro y de otro y de otro en una subordinación inteligible. Esa teoría sedujo y funcionó hasta la llegada de Daniel L. Everett, estadounidense nacido en 1951, profesor de fonética, fonología y catedrático de lingüística que un día se fue a vivir al Amazonas para adentrarse en la vida diaria de una tribu singular: los pirahá. En 2005 este hombre, ex colega y admirador de Chomsky, publica en la revista académica Journal of Current Anthropology un artículo afirmando que en la lengua de los pirahá no hay recursividad y que era la propia cultura de esta tribu la que estructuraba su lenguaje y no esa supuesta “gramática universal” que Chomsky aseguraba que era común a todas las lenguas. De esta bomba, de los contraataques chomskianos y de los futuros best sellers de Everett, que no paró ahí, sigue hablando Wolfe, haciendo que rivalidades científicas se conviertan en atrapantes historias novelescas para los lectores.

UN HOMBRE, UN ESTILO.

Entre las particularidades del tono discursivo de Wolfe están la ironía, el cinismo, el humor. Se burla de sus personajes, cuenta intimidades desagradables, se las da de erudito, y marca la cancha con sus constantes preguntas retóricas, sus calificativos en cursiva, sus interjecciones y sus patentadas expresiones onomatopéyicas (brrrr, zzzz, ¡baam!, ¡UUUF!, riiiippp, ploc-ploc). Es el estilo desenfadado y urticante que lo hizo famoso y que por más información que reúna nunca resulta asfixiante, porque sabe manejar los tiempos y porque su léxico es atractivo.

El punto en que convergen las historias de este libro tiene que ver con el lenguaje, “el más grandioso artefacto humano”, “una auténtica arma nuclear”. Y por supuesto Wolfe tiene que aportar alguna definición precisa sobre qué cosa es el lenguaje, aunque sea tautológica, evidente, antes de cerrar este libro divertido y enfático: “La mnemotecnia es el lenguaje. A lo largo de la historia del lenguaje -y no viene al caso mencionar las habituales conjeturas paleontológicas de cuándo fue- el hombre ha convertido objetos, actos, pensamientos, conceptos y emociones en códigos, convencionalmente conocidos como palabras. […] Pero ya hay entre seis y siete mil sistemas diferentes de mnemotecnia, más conocidos como lenguas, que hoy en día abarcan el mundo entero. Las lenguas, y solo ellas, son el lenguaje…, sencilla y claramente”.

Mientras no se descubra algo más, quién podría discutírselo.

EL REINO DEL LENGUAJE, de Tom Wolfe. Ed. Anagrama, 2018. Tr. de Benito Gómez Ibáñez. Barcelona, 176 págs. Distribuye Gussi.

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