por Ionatan Was
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El fin de una dictadura y la consecuente democracia traen consigo un montón de cambios. Cambios que a su vez tejen una cierta forma, una trama particular, que muchos años después los escritores y las escritoras se encargan de contar y maquillar. Como es el caso de Diego Recoba a través de su libro Antártida y sus Galaxias.
Recoba se crio en el oeste montevideano, barrio Nuevo París. Para la novela no resulta un dato menor, siendo Montevideo un lugar de nostalgia, del que se podrá huir en un momento, criticar en otro, pero al que siempre se regresa. Esa misma Montevideo que sirve de escenario para una búsqueda doble y trepidante: la máquina haciendo mover Antártida y sus Galaxias.
En entrevistas recientes el autor mencionó su obsesión por derribar mitos y verdades, con la literatura (y el cine) operando como puente. La historia cruda como disparador, para que luego el lector arme su mirada, su propia película. Por supuesto que en Antártida también aparece el disparador. Es una revista. Una foto. Un tiempo pasado.
Mujeres narradoras. A veces resulta raro, inasumible: que un hombre escriba en primera persona como mujer. Esto queda patente desde el principio —que es mujer—, después vendrá el nombre, y aun después, el apellido; aunque ninguno importe mucho. La osadía incluso se duplica, pues no solo está Irene, sino que luego vendrá la propia Antártida, en una forma menos convencional.
Pero antes el lector deberá descifrar otras pistas. Primero, el alma de Irene, con todas esas inquietudes repentinas, cuando todavía está en el Montevideo actual. Esa revista y esa foto y ese tiempo pasado le harán plantearse un montón de interrogantes; la harán dar vueltas por media ciudad, entre disquerías, productoras, gente que lo vivió en carne propia. Entonces se irá colando esa Montevideo ochentosa. Con ese rock inclasificable, tan en pañales como amateur, primerizo, contradictorio; y por sobre todo, rebelde. Con alguna banda que todavía resuena, como Los Estómagos, y otras de vuelo fugaz y nombres exóticos (Vómito Negro, Pegamento, por nombrar un par).
Irene es una uruguaya promedio, y genera un cierto gancho, empatía. En parte por su rebeldía innata, y también, por ese ímpetu de crecer, aun sin saber cómo. Su puesto de empleada en la ferretería, se intuye, es apenas un paso hacia un desafío mayor. Porque Irene no tiene vergüenza de nada, ni siquiera de colarse o inventar ser una que no es. Así vendrá el modelaje, el casting, el viaje a Madrid, con esos barrios de la periferia llenos de latinos. Y el descubrimiento mayor: los cuadernos de Antártida.
Antártida y sus Galaxias puede ser muchas cosas. Uno de estos tantos grupos de rock de los ochenta. También la estrella de la banda, Antártida a secas. Irene la va descubriendo en su periplo europeo, en diferentes cuadernos, que en formato diario, y alternadamente, cuentan de puño y letra esa otra historia transcurrida entre los ochenta y los noventa. Que testimonia y se confiesa, que un poco grita. Pero que en absoluto abruma.
Ambas narradoras no son muy distintas, a pesar de los años que las separan. Empezando por el parecido físico, eso que cataliza todo. Porque Antártida también es clase media, con su laburito discreto como puente a un futuro mejor, con ese otro aparato social suyo, destinatario natural de toda crítica. Por encima de todo Antártida tiene un sueño por cumplir: ser estrella del pop. Sí, de pop y no de rock, que son muy distintos, como se aclara. Empezando por la propia Antártida, en esa búsqueda por desmarcarse: “Y las letras no eran solo de rabia, no era todo contra la policía o sobre la ciudad o sobre cosas inentendibles, había canciones de amor y también historias, como de crímenes, o de cosas raras. Sabía que tenía que hacer una banda así. Y que tenía que hacerla ya mismo”.
El camino al estrellato tiene un faro tangible, y se llama Alaska. Luego el lector podrá averiguar quién es de carne y hueso y quién no, aunque para captar la novela, poco importe el detalle. Importa sí captar ese fenómeno raro y nuevo mezclándose en la cumbia y el carnaval, aun pidiendo permiso, aun aflorando en pociones mínimas.
Cacho Bochinche. La misión suena casi imposible. Ser una estrella mujer en el Uruguay de los ochenta; y todavía estrella de pop. Por las dudas, por si se da, Antártida hace de todo cuanto puede. Incluso meterse de incógnito en un programa infantil de Cacho de la Cruz, casi cayendo al estudio de TV: “Así que dejé un billete para el café, agarré mis cosas y me tiré en la caja del camión. Me tapé con una tela llena de lentejuelas y ahí me quedé”.
Luego Cacho la tomará a Antártida como una especie de amuleto, haciéndole de tutor, y así el periplo que inicia en un programa de televisión terminará en una fiesta temática en Punta del Este, en la que no faltarán las extravagancias ni las drogas. Es una de las escenas mejor logradas y que mejor conectarán con el lector.
La novela también transita sus claroscuros. Por ejemplo con unos parlamentos tan largos como insípidos y ajenos. O como cuando mucho después, las vueltas de Antártida, ya por Europa, la llevarán por ámbitos demasiado imprevisibles, como una red espionaje mundial con mira en las figuras musicales. De todos modos, ya para entonces habrá pasado el fervor por Alaska. Habrá pasado una buena parte de Europa con sus muchos personajes, con los cuales la narradora de los cuadernos no tendrá empacho en pasarse sus ratos, bajo el influjo de las drogas y el sexo. Es el tono que utiliza Alaska el que la diferencia de Irene: más hosco, más soez, corazonadas que se vivencian y enseguida se van mechando.
Aun con alguna falta de ortografía evidente, Antártida y sus Galaxias resulta un testimonio fundamental, un hito con el que entender ese extraño fenómeno en el que el rock (y el pop) tuvieron una primera vez.
ANTÁRTIDA Y SUS GALAXIAS, de Diego Recoba. Estuario, 2025. Montevideo, 297 págs.