Palabra en el tiempo

 20091105 591x382

Álvaro Ojeda

LA HISTORIA SUCEDE en la ciudad de Treinta y Tres en el primer tercio de la década del 30. Son las cinco de la tarde, la hora de salida de la escuela. Revuelos, túnicas, juegos. De pronto, la aparición de la policía quiebra la rutina de los escolares. Los oficiales marchan hacia los suburbios de la ciudad, hacia las chacras. Los niños, que saben a quién busca la partida empiezan a gritar: "Que no lo maten al Prudencio, que no lo maten al Prudencio."

Revuelos, túnicas, juegos. Prudencio es Prudencio Correa y es además, un contrabandista "de a caballo". Ha estado preso y se cuenta que durante la prisión fue minuciosamente humillado. "Hasta el mate le sacaron", comenta todo el pueblo. Correa ha jurado no volver jamás a prisión. Uno de esos niños arremolinados que ve pasar la partida se llama Rubén Lena y tiene ocho años.

Con el paso del tiempo recreará la saga de Prudencio Correa en unos versos memorables: "Y de aquellas soledades/ sabía Prudencio Correa/ por las horas de silencio/ vividas en la frontera./ Una vez que estuvo preso/ por cuestiones de pelea/ le quitaron hasta el mate/ por ser Prudencio Correa/ y dijo cuando salió:/ `Ni a las malas ni a las buenas/ preso no me han de llevar`/ dijo Prudencio Correa."

Al revivir por intermedio de la poesía el persistente recuerdo infantil, cada palabra se transforma -como quería Antonio Machado- en "palabra en el tiempo". Y misteriosa palabra en el tiempo es toda la obra de Rubén Lena.

Un hombre y sus cosas. Transcribiendo anécdotas de este tipo, con un lenguaje directo y una impresionante galería fotográfica, Guillermo Pellegrino (Montevideo, 1968) asume en Rubén Lena. Maestro de la canción, la difícil tarea de escribir la biografía de un poeta oculto que se revela como tal, por una estricta necesidad estética. Maestro de escuela rural, aprendiz de guitarrero, creador de canciones, Lena cargó sobre sus hombros la misión de generar un cancionero uruguayo verosímil. Cuenta el autor que en 1959 y a raíz de una beca para maestros, Lena viaja junto a su esposa a Venezuela y se encuentra con que los uruguayos interpretan un folclore prestado. Cantan zambas, chacareras y otras formas musicales del folclore argentino. Vuelto al Uruguay busca dentro de su propio pasado la canción verdadera.

Entre marzo de 1949 y diciembre de 1951 Lena había sido maestro de la escuela Nº 44 de Sierras del Yerbal, paraje cercano a la Quebrada de los Cuervos. El joven aprendiz de maestro -había nacido en la ciudad de Treinta y Tres en 1925- se transformó de buenas a primeras en maestro rural. Y empezó a aprender.

La escuela rural funcionó como una suerte de centro cultural para él. Allí conoció a un vecino de la zona, el indio Baladán, del que escribió: "Baladán era un hombre que cantaba unas cosas que del punto de vista del texto no tenían gran importancia, sí la tenían en cuanto al estilo de cantar y de tocar la guitarra, que resucitaba de algún modo la tradición antigua." Por eso Lena lo inmortalizó junto al resto de sus amigos de Sierras del Yerbal -sus verdaderos maestros- en la milonga "La ariscona", que los nombra y les da una permanencia que no buscaron.

Este extraño fenómeno de que sucesivas generaciones de uruguayos entonen emocionados los nombres de Lilí, Alpirio Núñez o Ruyín, gente humilde a la que no conocieron, es un fenómeno poético y antropológico. "La ariscona" posee versos de una belleza sencilla emparentados con el Romancero español: "Me parece que la oigo/ en un rosillo pasar/ el jinete va chiflando/ y es el Indio Baladán./ ¡Campos de la Salamanca/ caminos del Batoví!/ Ahí sí la tierra está sola/ al salir a lo `e Ruyín".

Cuenta Pellegrino que cierta vez que el Maestro había quedado a cargo de sus hijos porque su esposa Justita -también maestra- había concurrido a una reunión escolar, vio pasar por la ventana de su casa a Camundá, un personaje que todo Treinta y Tres conocía. Era un hombre ya viejo y volvía a su casa con una bolsa de bizcochos para tomar mate con su mujer. Camundá había sido un pendenciero. Se contaba en Treinta y Tres que en cierta ocasión, ya avanzada la madrugada y luego de preguntar la hora, se había sorprendido por el extraño hecho de no haberse peleado con nadie. Lena lo vio, tomó la guitarra y payó -literalmente- la primera estrofa de lo que luego sería la polca "De cojinillo": "Cuando venga Camundá sacando pecho/ no hay ambiente pa` dentrar/ tienen miedo las mujeres que haiga lío/ y ya están por disparar."

La letra de la polca agrega al paisaje humano y a su manera natural de pronunciar palabras, un hecho cultural: la sociabilidad de los pueblos del interior del Uruguay. De alguna forma "De cojinillo" anticipa el gran tema de la poética de Lena, la indisoluble relación entre hombre y paisaje. Así lo expresará en su serranera "Nuestra razón": "Recuerdos del Olimar/ con sus cantos y en silencio/ con sus verdes gramillares/ y el hombre con su misterio/ pasan en nuestros cantares."

Cuando se revisan las 50 letras de Rubén Lena que Pellegrino colocó como apéndice del texto, el lector advierte la dimensión del poeta. Acaso su disyuntiva fue la misma que sufrió Homero Manzí, aquella de "ser un hombre de letras o hacer letras para los hombres". Es que en Lena, más allá de la cátedra y de la estricta posición que él mismo mantuvo respecto a la poesía como "palabra desnudita" frente a la letra que siempre se respalda en la música, habitó un inmenso poeta. Un poeta que podía incluir con naturalidad en una estrofa dedicada a un guitarrero desconocido, el tono de los mensajes radiofónicos de las radios del interior. La canción se llama "Comunicación a un guitarrero" y es una pequeña obra maestra: "A don Rocha donde se halle/ -posiblemente en Vergara- / que le dé sol en detalle/ a su guitarra olvidada/ y que me espere con ella/ pero que esté bien templada."

En todo caso el pueblo uruguayo, cada vez que escucha a Los Olimareños, a Alfredo Zitarrosa, a Larbanois y Carrero interpretar al Maestro, eligió para siempre.

RUBÉN LENA MAESTRO DE LA CANCIÓN, de Guillermo Pellegrino. Banda Oriental, Montevideo, 2009. Distribuye Gussi. 246 págs.

Carta desde Canadá

TAMBIÉN DE ESA época es "Isla Patrulla" cuya letra refleja la vida en aquel sitio. "En ella uso un recurso de los payadores cuando se dirigen a un hombre concreto, nombro a personas queridas y respetables del lugar. El cantor, en esta parte, es un orador elemental que convoca la memoria con nombre propio. Es una parte muy importante de la canción, tanto, que es su misma razón", contó Lena años después. Un día de 1968 al pueblo llegó una carta escrita en Canadá por un uruguayo, que la dirigía así: "Hermanos Fuentes, Rico Moreira, Coco Brun, Charquero, Don Gregorio, Chilo, Riaño, Moriño, Negro Bruno, Doña María y Capincho Fernández. Quinta Sección. Isla Patrulla. Treinta y Tres. Uruguay. South America". "La carta la recibió Mario El Capincho Fernández Cruz, que era el agente de correos del pueblo. -contó Lena. Al poco tiempo me invitaron a Isla Patrulla, y nos juntamos todos en el campo, a comer un buen asado. Nos sacamos varias fotos y luego se las enviaron al hombre, quien al poco tiempo, desde Canadá, mandó una carta de agradecimiento."

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar