por Gera Ferreira
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Estuvo en España entre 2009 y 2015, y a su regreso se instaló en La Pedrera, Rocha. Pero la literatura lo sacó de la paz marítima para invitarlo al ruido de la capital y del Café Brasilero, donde charlamos con Nicolás Alberte (Montevideo, 1973).
—Me sorprendió el largo de la novela Te odio, eternidad: 600 páginas.
—Sí, es un libro largo y ambicioso donde me dediqué en serio a escribir. Apliqué al Fondo de Estímulo a la Formación y Creación Artística y gané. Renuncié a mí trabajo para hacerlo. La idea era crear un Museo de accidentes. Fue como Mil de fiebre (2018, de Juan Andrés Ferreira). De hecho, las dos ganaron los premios nacionales, primer y segundo puesto. Para mí fue el momento en que me profesionalicé. Es ridículo porque no gano dinero pero todo lo anterior fue como un hobby.
—Lamento escuchar eso de tu poesía.
—Nah, pero justo la poesía me salvó. Esa necesidad que tengo de escribir, mezclada con la falta de tiempo para hacerlo, siempre funcionó como válvula de escape.
—Mi tesis es que sos más poeta que narrador. Y bastante experimental en ambos rubros, lo cual es bravo en este medio donde no hay casi propuestas que se desmarquen.
—Sí, es verdad.
—Tu obra ligó mal con los lectores uruguayos.
—Ayer justo Martín Fernández de HUM en la charla que mantuvimos en la Feria Internacional del Libro de Montevideo decía algo como que trato mal al lector. Y yo le decía que en realidad es lo contrario, tengo una alta consideración por el lector porque, como tal, me gusta que me exijan. Cuando leo un texto que está todo digerido me parece un embole, me molesta.
—Tu exigencia se plantea desde el uso del lenguaje. Hay que parar para buscar palabras.
—Jaja. Eso te exige. Ahí aparece la poesía, donde las palabras amplían su significado y eso genera un desafío. Si bien es cierto que en Uruguay y en el mercado mundial son más los textos que vienen digeridos. Me interesa la intertextualidad no solo con la literatura, sino en la pintura y la música. Son cosas que si no te das cuenta, no pasa nada, pero si te das cuenta pasa todo. A mí me gusta encontrarme con eso en lo que leo, con una comunicación que vaya más allá de lo que dice. Como en la poesía.
—¿No te cuelga hacer ensayos sobre arte en vez de ficción?
—Tengo un problema: soy tímido. Me pasó con el libro sobre El Príncipe (La fuente de la juventud, 2022, sobre el músico Gustavo Pena Casanova). Me daba pudor hablar de él, pese a que sé bastante de música y fuimos amigos. El disfraz de historia que tiene la novela me permite hacer juicios en la voz de los personajes, que es lo que hacemos todos.
—Sí, excepto los ensayistas que hablan con libertad sobre cada asunto.
—Que se ponen el equipo al hombro. A mí me divierte escribir, y en ese sentido la literatura norteamericana me gusta mucho, David Foster Wallace, John Updike y Salinger me encantan.
Crítica y poesía.
—Justo te iba a preguntar por tus referentes y el proceso de escritura.
—Más allá de la historia, me paso mucho tiempo pensando qué ropa va a tener esa historia, qué personajes. Siento que hay muchos escritores en Uruguay, sobre todo ahora que se sientan y largan así nomás. Para mí antes de empezar hay un trabajo mayor.
—Por ejemplo...
—Con keynotes, planteo de estructuras, detalles. Cuando ingreso en ese universo tengo todo armado, y todo lo que me pasa e interesa va para ahí. La historia te va hablando.
—¿Has intercambiado con editores o has ido con el texto final?
—No acepto muchos cambios. Sí en el estilo. Cuando me dicen “yo sacaría esto...”, les digo “yo no sacaría nada”. Lo que sí atiendo pila es el trabajo del corrector de estilo. Como no estoy preocupado por vender libros, si bien me encantaría, no hago las cosas para eso. No me ha pasado de tener exigencias de las editoriales.
—Si tuvieses que decirme un escritor o escritora uruguayo/a del momento en quién pensás.
—Es difícil esa pregunta.
—Por eso.
—La literatura uruguaya está pasando por un momento que nunca vi, porque hay muchas cosas de calidad en distintos formatos.
—No pienso tan así.
—Tal vez podemos discutirlo. Hay diez personas escribiendo cosas que podrían valer en cualquier lugar del mundo.
—¿Diez? Son los que están en este bar, o sea, nadie.
—¿Y cuántos hay en Argentina?
—Miles.
—Nah.
—Capaz que solo en Buenos Aires incluso. ¿De acá, se podría decir... Gustavo Espinosa?
—Me gusta muchísimo. No me gusta hacer estas cosas tan taxativas pero él es un gran escritor, más allá del contexto uruguayo.
—Hay algunos de otra generación que cumplen con eso: Polleri, Appratto, Milán.
—Sí, no estaba considerando la poesía. Milán es uno de los mejores de habla hispana.
—Sin contar a Peri Rossi.
—A mí ella no me…
—Ok, ok.
—No me gusta armar quilombo, pero hay tendencias que no me gustan, porque hay poco trabajo sobre el texto y eso se nota.
—Por qué pensás entonces que pese a la diversidad de propuestas, como dijiste, hay poco trabajo literario.
—Pasa con la poesía, ahí es peor. La poesía uruguaya es un lamento constante. Son lamentos sobre boludeces además: estoy en mi casa, riego las plantas, etc. Para que eso sea interesante tenés que ser Knausgård... y Knausgård hay uno solo.
—Entonces para vos en este momento hay producción pero no de calidad.
—En la poesía uruguaya no, pero es una impresión subjetiva. En otros rubros sí. Yo soy un poeta ignorado, por ejemplo.
—Ignorado no, desconocido, tal vez.
—Está bien. Porque nunca me he preocupado de ir, de estar.
—La calidad de lo literario aquí en Uruguay no ha subido porque no tiene contra qué darse.
—No estoy tan de acuerdo con eso.
—Me refiero a la ausencia casi total de crítica y autocrítica.
—Hay obras que se han producido en los últimos años que tienen una calidad fuera de lo común.
—Decime cuáles.
—Volvamos a Espinosa, La galaxia Góngora (2021).
—Claro, porque sigue tu corte.
—Capaz, pero nadie le dio bola. Sin embargo Mil de fiebre, que es una gran novela, tuvo más reconocimiento. También se edita como chorizo, salen muchos libros.
—Claro, no hay ni tiempo ni ganas para leer una obra y discutirla cuando ya tenés veinte haciendo cola. No es que hayas sido ignorado sino que entrás dentro de esa lógica.
—Sí, y me empezaron a editar de viejo. Hay mucho material que tenía y que recién está saliendo ahora.
—Todavía no me dijiste alguien más que Espinosa.
—Amir Hamed, Carlos Rehermann, Leandro Delgado, Martín Bentancor.
Imaginando buenas.
—Cómo te llevas con las redes y la literatura.
—Me deprime el tema de Instagram y Facebook para lo literario. Todo el mundo publica sus poemas y queda en una nebulosa donde parecen tener la misma calidad.
—Sabés a dónde nos lleva ese pensamiento, al tema que hablamos recién.
—A eso voy. Igual hablo de narrativa.
—Se está salvando la narrativa, en especial el cuento.
—Puede ser. A mí como autor me da vergüenza darme manija en las redes. Me parece horrible pero lo hace todo el mundo.
—Te quedaste en el paradigma anterior.
—Sí, parece. Lo que pasa es que es un circo donde la valoración es imposible.
—¿Quiénes validan?
—Prácticamente no hay prensa escrita, ni casi reseñas.
—Hoy manda el mercado y el mercado tiene herramientas, una de ellas son las redes sociales.
—Claro, es muy deprimente esa mecánica para quien produce.
—Es así, pero en otro orden, le presentaste un proyecto a Gustavo Verdesio y aceptó.
—Sí, siempre quise escribir sobre El Príncipe, porque fue un amigo.
—Además a esa colección le fue muy bien. ¿Cuánto te llevó?
—Un año, entre las entrevistas y que me puse a escribir. Fue difícil porque no es mi campo y me cuesta mucho hablar de gente real.
—¿Qué leía El Príncipe? Por allí mencionás a García Lorca.
—No hablábamos de lecturas, no creo que haya sido un gran lector.
—Uno pensaría que sí por sus letras.
—Soy un defensor de los poetas músicos, como Spinetta.
—Pero Spinetta era un tipo culto, leído.
—Muy leído. El Príncipe era autodidacta y leía lo que le caía en las manos.
—¿Le conociste biblioteca?
—No. Tenía lecturas random y algunas cosas que yo escribía, incluido un artículo sobre él. Quedó impresionado cuando se lo mostré.
—¿Tuvieron correspondencia?
—No. Dejé de verlo luego de un tiempo. Era muy intenso, si estabas alrededor de él era para hablar de su música. No era un tipo fácil. Con muchos demonios. Para mí igual era un maestro.
—Estaba deteriorado.
—Por no decir hecho mierda. Tuvo parálisis facial y mil cosas más. Creo que se autosaboteaba, como digo allí: Gustavo le pegaba al príncipe y el príncipe a Gustavo.
—Me gusta la diversidad de estrategias formales que presentás en los cuentos de Una empresa llamada La Humanidad.
—Eso es lo que más me gusta, que cada uno tiene su lógica y dinámica propias. Son cuentos que muestran la forma de escribir que tenía en esa época, son de mi etapa en México (2006-2009).
—Ese dato suma. Te diste el gusto de homenajear a tu industria (la publicitaria) en el cuento homónimo.
—Sí, es una parodia. Cuando lo escribí estaba en Barcelona. Hasta las manijas con las reuniones de publicistas me parecían insufribles.
—¿Qué se viene?
—Se supone que sale una novela que está pronta hace dos años. Se trata de un grupo de rock religioso compuesto por mujeres montevideanas. Se van de gira por América en 2005.
—¿Tiene seiscientas páginas?
—Es larga, creo que sí. Los sacrificios. La escribí durante la pandemia.
—Darte tiempo a vos…
—Sí, es un peligro.
Obra extensa
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En poesía publicó El cuidado que ponemos diariamente en no morirnos (2004), Vacío en partes iguales (2005), unapalabramáslargaquelanoche (2006), Montevideanas (2008), Escritos a la luz de las cosas que no se ven (2009) y Área de Broca (2020). En narrativa, Ópera prima (2007), Te odio, eternidad (2018) y Amantísima (2021), luego el ensayo La fuente de la juventud. El príncipe (2022) y los cuentos de Una empresa llamada La Humanidad (2023).