Ana Larravide
(desde Buenos Aires)
EL QUE CALLA lo que ve lo consiente, cuando puede y sabe hablar. Andrew Graham-Yooll sabe. Y siempre se las ha ingeniado para poder hablar. Su valentía le ha acarreado más dificultades que premios, aunque recibió muchos.
Su trabajo periodístico en el Buenos Aires Herald, en The Independent, The Daily Telegraph, The Guardian, Index on Censorship y en El País Cultural, entre otros diarios y revistas, lo muestran como un responsable espectador de la vida. También sus muchos libros. El último, sobre el Uruguay, acaba de ser editado.
Pocos practican como Andrew el arte de la conversación. La pausa dubitativa -tan inglesa- con que antecede frases contundentes, su generosa cortesía y su buen humor pautaron esta charla en su casa, en Barracas.
MONTEVIDEO INTERNACIONAL.
-A través de casi treinta libros has tendido puentes entre dos culturas.
-Soy anglo-argentino, pertenezco a las dos, eso me enorgullece y es un privilegio.
-A la nueva recopilación de relatos ingleses la has llamado Uruguay, a travel and literary companion.
-La idea del "companion", el camarada de viaje, es bastante frecuente en el Reino Unido, respecto a autores, temas y geografías. Este libro es una colección de unas cuarenta piezas, fechadas entre 1797 y 2005, que fui reuniendo en un par de décadas. Incluye relatos de viajeros, ficción y crónicas periodísticas. El argumento básico de la colección es que a lo largo de dos siglos, Montevideo ha sido la capital más internacional de América del Sur.
-¿Por qué se publica en inglés?
-Porque un editor amigo, Colin Sharp, que tiene 86 años y es dueño de Literature of Latin America (LOLA), me dijo hace un año y medio "yo lo edito". Y eso hizo. Ya habrá tiempo para traducciones. Se lo he dedicado a mis hijos (cuatro), a mis nietos (tres), a mi bienamada Adriana, y a Colin Sharp. Pero la primera línea de la dedicatoria es, "A Uruguay, donde la felicidad fue posible". Viví en Carrasco de los 14 a los 17 años. Fue la época más feliz de mi adolescencia.
-¿En que años?
-En el 59, el 60... Llegué allá a fines del 58. Los baqueteos de la vida para mí empezaron temprano. Mi madre había muerto, mi padre estaba enfermo, y yo ya tenía mi primera detención y paso por el juzgado de menores en La Plata.
-¿Tu primera detención?
-Habría otras entradas, en los 70`, con tres pedidos de captura, un par de detenciones y una causa penal bajo la ley de seguridad de la dictadura argentina, ley que había firmado María Estela Perón en 1975. Pero aquella primera entrada judicial fue a mis trece años... Por "fuga del hogar", una figura judicial que todavía existe. No sé por qué pero está penalizado. Me fui de casa. Fue eso. Mi padre estaba enfermo, madre no tenía; tenía una madrastra. Ella denunció.
--¿Y después?
-A los catorce crucé al Uruguay. Montevideo fue tocar el cielo con las manos. Mis tres grandes amores fueron mi bicicleta (rodado 28), una inglesita de Carrasco, y una canoa que construimos con un tío y un primo. Época maravillosa. En la memoria es como esas películas francesas de los años 60... Para mí, en Uruguay no hubo invierno... siempre era una especie de pre-primavera. Sin calor. Aquel aire liviano, aquella luz.
-¿Te acordás del olor de los eucaliptus y las retamas?
-Era como el jardín de una sola casa.
Donde la felicidad fue posible.
-¿Del Carrasco de entonces, qué más te gustaba?
-Mi libertad. Las casas terminaban en el arroyo. A partir de allí, era bastante descampado, no como ahora. Los uruguayos me parecieron desde entonces mucho más originales en el diseño de sus casas, cada uno hace lo que le da la gana. Eso me encanta. Bueno, mi primo y yo construimos dos canoas, hechas de madera y loneta, loneta pintada, que las impermeabilizaba.
-¿Dónde navegaban?
-Llegábamos lejos; había un reservorio de agua dulce para Montevideo. Habían hecho una represa. El lago ése era bastante grande. Tengo fotos, todavía, de ese lugar.
-De Montevideo tengo un recuerdo tribal: grandes familias reunidas, un poco encerradas en sí mismas. ¿Te parecían así?
-Para mí, no. Los veo más conservadores a los uruguayos que a los porteños, pero con una contradicción: son conservadores en su desarrollo social pero mucho más osados internamente en su legislación: tuvieron el divorcio desde 1907.
-Sí, por causal en 1907, y por sola voluntad de la mujer en 1913.
-Y desde los años 30` las mujeres votaban. Bueno. Por otro lado estaba el hecho de que la cartelera cinematográfica venía con...
-¡Con censura!
-Con clasificación por edades: "¡Ah, no: Bingo no puede ir a ver ésa!" Ese candor, y por otra parte era sabido que los adolescentes varones se iban en patota a debutar a El Cubilete y a los burdeles del puerto.
-Misas de once y educación laica, restricciones, libertades...
-Ajá. Y, lo que dijiste de Buenos Aires, es cierto: el refugio que aquí tenemos todos es la amistad. Yo siento con mucha fuerza que Buenos Aires es mi lugar, por mis amigos. Ahora también los tengo en Pueblo Liebig, en Entre Ríos, donde vamos con frecuencia con Adriana. Hay aquerenciamientos... patrias chicas. Eso fue, para mí, Montevideo. Y este libro sobre Uruguay visto por los ingleses es parte de ese afecto.
-Es una práctica constante de los ingleses. Donde van, escriben: sobre viajes, árboles, pájaros, situaciones.
-Es cierto. En el Río de la Plata fueron autores de buena parte de los primeros relatos. Aparte de La Gaceta de Buenos Aires, previa a la Revolución de Mayo, la escritura y la iconografía del Río de la Plata es principalmente de ingleses.
-¿Y en especial sobre la Banda Oriental?
-Muchos relatos. El primero que guardé es de 1797: alguien describe la penuria de entrar por el Río de la Plata... por los bancos de arena. Eso le dio el nombre al Banco Inglés. Hasta mi abuelo, capitán de barco mercante, encalló ahí. Esos primeros textos describían el cerro, la bahía de Montevideo, cómo los trataba la gente. En los últimos tiempos, descendientes de ingleses, residentes en el Uruguay y en la Argentina han reunido papeles familiares y han hecho sus libros. Tengo dos o tres sobre Patagonia y el Río de la Plata y uno o dos que cruzan la costa del Río Uruguay. Entré en correspondencia con sus autores cuando viví en Inglaterra, a fines de los ochenta. Pasé después un tiempo en los archivos de la Cultural Inglesa, en Montevideo, porque uno de sus ex-jefes, en un arranque de custodia real, compró los archivos que comenzaban a echarse a perder en el Club Inglés, en la Ciudad Vieja. En esos archivos había periódicos de mediados del siglo XIX, como el Montevideo Times, The Montevidean, The British Packet.
Premios Nobel.
-En Montevideo encontraste rastros de O´Neill. ¿Cómo fue eso?
-Fue un placer. Y buena suerte. Casi toda la obra del dramaturgo norteamericano Eugene O`Neill, ganador del Premio Nobel, tiene raíces en su estadía de diez meses en el Río de la Plata en 1911. Una tarde, en la Ciudad Vieja de Montevideo, frente a una agencia marítima (J. R. Williams) encontré que tenía en la vidriera un velero como el que había incluido a O`Neill como joven tripulante. La misma agencia representaba, a comienzos del siglo veinte, a los barcos en que viajó O`Neill. Ahí nació la idea de escribir un artículo sobre O´Neill durante esa estadía. Se publicó en una revista literaria en los Estados Unidos. Hace unos meses recibí un mensaje, y un cheque por 60 dólares, de los editores de las series literarias del crítico Harold Bloom. Querían incluir el texto en una nueva edición del libro sobre O`Neill. Era un reconocimiento importante.
-Entrevistaste a tu tocayo Graham Greene. ¿Cómo lo conociste?
-Gracias a Victoria Ocampo y su revista "Sur"... Doña Victoria hizo una reunión de prensa. Mi primer encuentro con Graham Greene fue en el 66.
-¿Tendrías veinte años?
-Veintidós. La reunión se hizo alrededor de la gran mesa del comedor de la casa de Victoria Ocampo, en San Isidro. Guardo fotos, todavía. En ese primer encuentro Graham Greene expresó su respeto y hasta su admiración por Fidel Castro. Eso salió publicado. Yo lo hice para el Herald. La agencia Reuters no podía enviar gente y me pidieron por favor que al salir de la reunión los llamara por teléfono. No había celulares, había que poner unas monedas en el teléfono del Café Odeón, de Acassuso... y les pasé la nota. Entonces -y más ampliamente que el Herald- Reuters publicó "Graham Greene expresó su simpatía por Fidel Castro". Era plena época de la Exposición Rural, en Palermo. Graham Greene odiaba ser llevado a ver vacas, era lo que menos le interesaba en la vida. Pero como era "el hay que hacer esto" en Buenos Aires, allí lo llevaron. Entonces, todo el paseo estuvo diciendo "¿Dónde podemos tomar un trago?". Al día siguiente una amiga de Doña Victoria se encontró con el director del Herald y le dijo: "Es cierto lo que publicaron ustedes, pero no solamente es comunista, es borracho: ¡pasó toda su visita pidiendo un trago!"
Creo que al poco tiempo, un par de días después, por una de esas casualidades de las reuniones sociales yo, pendejo, coincido con él y le digo: "Disculpe señor si le trajo problemas lo que escribí". "¿Qué?... oh, no leo lo que dicen los diarios; escribo libros". "Claro, pero después de su visita a La Rural -busqué provocarlo- se dijo de usted que es un comunista y un borracho". "Perfecto. Las dos cosas", contestó.
En su último viaje, dos o tres años después, estuvo en el Hotel Lancaster. Dijeron: "No va a ser entrevistado por nadie". Entré al bar, lo encontré con alguien y me dijo: "¡Uh... el amigo de los comunistas y los borrachos!". Enseguida charlamos muy divertidos. Bueno, esos torneos verbales, esas gracias le resultaban más atractivos que la Sociedad Rural. Volví a verlo en Inglaterra y Francia.
Unos años antes de morir, ¿sería el 86?, me regaló un espaldarazo. Mi editor le envió Memoria del miedo, en inglés. Y él respondió diciendo: "Nunca conocí lo que es vivir con miedo hasta leer este libro. Es el mejor libro del año".
-En cuanto a la síntesis británica, nadie economiza palabras como Harold Pinter.
-Sí, sí, sí. Nadie tan sucinto como Pinter, maestro de las entrelíneas. Una vez redujo a una página una entrevista que le hice... ¡pero guardé en alguna parte las cincuenta páginas de esa charla!
-¿Lo visitabas con frecuencia, en Londres?
-Sí; la última vez él acababa de recibir el Nobel como escritor y dramaturgo. Estaba con su tratamiento de cáncer. Fuimos con Adriana. Él no tenía ganas de ver a nadie. Dijo "Gracias por el libro" (que ya había publicado Daniel Divinsky) "pero no estoy para...". Así que casi no lo vimos, esa vez. Con su esposa, Antonia Fraser -biógrafa, otro personaje- se escapan a algo bastante privado, en alguna parte de Francia. Ella es feliz: hace sus libros y su vida pública. Y él hace su vida privada. Harold es interesante. No es un hombre político. Repite siempre que, de no ser actor, querría ser jugador de cricket.
-"El cricket es mejor que hacer el amor".
-Sabe bastante de amor, también. Pero sí, cuando le pregunté "¿Qué hubieras sido si no fueras actor?", dijo: "El bateador inicial por Inglaterra". Es decir, quien da apertura del juego.
-Tenía, desde 1997, tajantes opiniones políticas, opuestas a Tony Blair.
-Sucede que los ingleses en general -sea cual fuere el partido por el que ocuparon un cargo- cuando se retiran pasan a otro plano de observación: ya no ocupan el plano de la crítica, sino el de su evaluación. Pero Harold no coincide con la forma de ver las cosas de la sociedad inglesa; continúa criticando a Blair, a Thatcher : "¡No se olviden de que este hombre fue el que...!" "¡Y ella fue la que...!" En fin, Tony Blair fue el hijo dilecto, si bien no adoptado, de Margaret Thatcher: siguió su política casi más que los conservadores, más que John Major... Blair fue por caminos que ni Thatcher se animó a ir, como en algunas privatizaciones, y logró un boom económico como Inglaterra no conocía desde el siglo XIX en pleno auge imperial (incluso ése, el del siglo XIX, sólo benefició a una minoría). Así que, realmente, uno de los auges económicos más grandes que haya conocido el Reino Unido se le atribuye a Blair. A eso aspiraba llegar Margaret Thatcher. Él llegó. Entonces, la etapa de su evaluación clausuró la etapa de las críticas que se le pudieron hacer.
Criticar y evaluar.
-No conocía esos dos tiempos de los ingleses (crítica, evaluación). En el Río de la Plata no salimos del primero.
-Bueno, no sé si "en el Río de la Plata". En Argentina permanecemos en la crítica hasta el cansancio: todavía nos estamos peleando acerca de si Rosas fue bueno o malo. Cuando yo iba a la escuela se era rosista o sarmientino ¡al comienzo de la segunda mitad del siglo XX! Los dos han muerto hace más de un siglo, y todavía... Pero Uruguay me parece que logra dejar atrás la historia, sin dejar de estudiarla, como los brasileños.
-Tenés razón... en el centro de Montevideo está la estatua a La paz de octubre -fin de la Guerra Grande- "sin vencidos ni vencedores". Renglón y cuenta nueva.
-Aquí el pasado no se resuelve nunca. Y si tienen la oportunidad de hacer reconocimientos públicos, de gente que se ha sacrificado, no los hacen. Clásico caso: Malvinas. Al volver "los chicos de la guerra" (los que volvieron) todos eran Maradona en abril... y en junio ya no los conocía nadie. No se quiso recordar más una guerra perdida.
-No ganaron una guerra pero ganaron la democracia: concluyeron con la dictadura.
-Pero no se habla de eso. Yo creo que el argentino no puede digerir la derrota. Ninguna. Ni de fútbol ni de nada. Nunca.
-¿Ni sacar experiencia?
-No, no puede evaluar la derrota. Ni siquiera puede (en cierta forma) evaluar el triunfo. Los argentinos no se dan tiempo para hacerlo, cuando lo tienen. ¡No tenemos cultura política!
-¿Por no evaluar actuaciones en doscientos años?
-Hubo intentos de evaluación. Es muy interesante -estemos de acuerdo o no- el ensayo de María Sáenz Quesada sobre la Revolución Libertadora. Señala que La Libertadora intentó corregir lo que se había hecho mal o no se había hecho en el período anterior. Mucho de lo que vino después, en la época de Frondizi, se debió en parte a lo que ese período (1956-58) quiso reparar o hacer La Libertadora. En esa época se fundaron nuevas universidades.
Frondizi, después, se llevaría los laureles; pero La Libertadora había empezado a crear posibilidades en un país totalmente estancado por el peronismo. El peronismo tiene sus méritos y sus reivindicaciones sociales... pero lo que tiene en contra es un estancamiento cultural.
Alfonsín, para mí, es un prócer. En 1983 encabezó un gobierno democrático como nunca hubo. Pero... los radicales no han tenido política económica. Con Irigoyen en 1916 el país pudo haber sido mucho más rico. Alfonsín tiene que pasar a la Historia como el hombre que reemplazó a los militares y los enjuició, en paz. ¡Sin antecedentes! Pero fue un fracaso económico. El juicio a las Juntas es un momento histórico-judicial sin precedentes.
-Volvió a nombrar personas, una por una. Como en los `70, cuando llegaban al Buenos Aires Herald a pedirte "Por favor nombre a esta persona, publique que desde tal fecha no la vemos, esta desaparecida".
-El Herald los nombraba. Una vez en los setenta vino un uruguayo al Buenos Aires Herald a pedir información sobre su hija desaparecida y me aclaró de entrada, que no compartía las ideas políticas de ella: "Yo soy uruguayo, diplomático", me dijo. Al despedirse me dio una foto de la chica. Había sido mi compañera de banco en el British School. Era Ana Inés, la muchacha más hermosa. Por suerte apareció, pero pasó largo tiempo en la cárcel.
Ponsombylandia.
-La historia le puso un sobrenombre a Uruguay: Ponsombylandia. En el libro La colonia olvidada exponés la intervención inglesa en la independencia del Uruguay.
-La idea del Estado Tapón (no es muy lindo decirlo así) jugó un papel vital en su momento. El imperio propiciaba esas cosas. Inglaterra tenía que separar de alguna forma a Brasil y Buenos Aires. Porque no quería arriesgar potenciales mercados. Estaba muy cerca la experiencia napoleónica. Políticamente el Reino Unido no podía arriesgar otra vez que se le cerraran los mercados europeos y sin poder entrar a los mercados españoles de América.
-¿Quién fue que dijo "Dejemos que Francia se ocupe de España y nosotros ocupémonos de despejar la navegación en el Río de la Plata"?
-George Canning. Dijo: "Apoyemos la apertura del Nuevo Mundo para revertir los fracasos del Viejo". Era un hombre de Estado, Secretario de Relaciones Exteriores, que inculcó en la política del Reino Unido la necesidad de abrir las colonias de Sudamérica al comercio británico. Inglaterra es una isla; cuando se cierra Europa no le queda más remedio que salir hacia mercados lejanos. Hacia horizontes donde puede evolucionar. Era su forma de defenderse. Fue una política visionaria.
-Y a veces impiadosa.
-Inglaterra mira también al pasado. Su historiografía es una de las más ricas de Europa. Todo el mundo va a investigar Historia a los archivos del Reino Unido. Es muy explicable en el contexto del momento que -aunque Ponsomby no quería venir (hubiera preferido permanecer con las cortesanas de Londres)- les haya advertido a los criollos: "Si ustedes creen que realmente pueden operar a espaldas de Europa están muy equivocados, eso nunca será aceptado por Europa". Es una frase histórica. Inglaterra no podía permitir que Brasil y Argentina pasaran décadas peleando en un campo de batalla que era como Polonia. Se los obliga a perder, a uno la Banda Oriental, otro pierde La Cisplatina: y aquí tenemos un país nuevo.
-La pena fue que, con ese malabarismo, se tragaron a Artigas.
-Ah, bueno. Ése es otro tema. Artigas, Sarmiento, San Martín, Rosas... todos ellos murieron lejos.
LOS PAPELES SALVADOS.
-Encontré en una librería de viejo esta cronología de Federico Trabucco tan concisa como la tuya: años, hechos.
-Es muy hermoso que vengas con este libro. Víctor García Costa -un ex concejal socialista, coleccionista de libros- cuando publiqué mi cronología (Tiempos de Tragedias y Esperanzas, Argentina 1955-2005) hizo una nota sobre ella y me dijo: "Esto sigue a Trabucco, lo suyo es de 1800 a 1946...".
-Quedan nueve años, entre el libro de Trabucco y el tuyo. Casualmente, los del primer peronismo.
-Yo empecé a guardar papelitos a partir de 1955. Me quedó, como una marca para toda la vida, el antiperonismo férreo de la "inglesada" de Quilmes y Ranelagh, donde vivíamos. Mi padre era socialista. También era antiperonista, pero aun siéndolo le resultó incomprensible que una noche sus vecinos -gente educada, arquitectos, médicos- fueran a mi escuela y quemaran los libros. Quemaron todos los ejemplares de La razón de mi vida de Eva Perón, todos los ejemplares del Segundo plan quinquenal. Era la noche del 20 de septiembre de 1955 (Perón había entregado el gobierno, el peronismo lo entendió como un gesto de apaciguamiento y los antiperonistas como rendición.). En aquella noche de primavera, padres, señores, señoras, respetados por sus profesiones, queribles vecinos de un pueblo chico, fueron a una escuela chica e hicieron una cosa así: quemaron libros. Los libros no se queman. Se venden, se debaten, se guardan en cajas, lo que sea... ¡pero no se queman !
Esa noche, en el patio de la escuela sobraron cachitos de los ejemplares de La razón de mi vida. Los guardé durante años. Mi padre también. Cuando él murió yo tenía diecinueve años, entraron mis tíos y barrieron: "¡Qué vas a guardar esto!" y tiraron muchísimas cosas; incluidos esos papeles. Él los había conservado todos esos años, aunque no le gustaba lo que decían. Yo tenía los míos: papelitos sobre los ingleses, papelitos sobre la vida pública argentina. Al cabo de los años tuve que meterlos en un libro.
Los libros
Uruguay, a travel and literary companion (LOLA, 2008, Distribuye Pablo Ameneiros).
Buenos Aires, Otoño 1982 (Marea, 2007).
La Colonia olvidada. (Emecé 2ª ed., Buenos Aires, 2007).
Tiempo de tragedias y esperanzas. Cronología histórica 1955-2005. (Lumiere, 2006).
Ocupación y Reconquista, 1806-1807 (Lumiere, 2006).
Memoria del miedo (Asteroide 3ª ed, Barcelona, 2006).
Arthur Koestler, Periodismo y Política (Belgrano, 1999).
Rosas visto por los ingleses. (Belgrano, Buenos Aires, 1997).
Goodbye Buenos Aires. (De la Flor, Buenos Aires, 1997).
En blanco y negro. Represión, censura y olvido en Sudáfrica. (Tempestad, Barcelona, 1992).
De Perón a Videla. Argentina 1955-1976. (Legasa, Buenos Aires, 1989).
Pequeñas guerras británicas en América Latina. (Legasa, 1985).
En poesía publicó Se habla spanglés. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1972. (Reeditado por Lumiere, 1999). Tradujo del castellano a inglés, y del inglés a castellano poesía de Juan Gelman, Enrique Molina, Idea Vilariño, Pinter, Andrew Motion, entre otros.