TRILOGÍA DE MOZAMBIQUE

Por qué Mia Couto puso a una mujer entre dos mundos

El personaje femenino de esta novela, Imani, busca exorcizar los demonios de Mozambique. Su autor, Mia Couto, cree que la literatura puede cambiar la realidad.

Mia Couto
Mia Couto. Cuando la literatura puede cambiar la realidad. Foto: Alfredo Cunha.

A fines de 1895 llegaba a sus últimos días el Imperio de Gaza y el reinado del gran Ngungunhane. Con su derrota, Portugal aseguraba para su poder colonial un inmenso territorio limitado por los ríos Zambeze y Limpopo, en el África suroriental. El acontecimiento, un eslabón más en el reparto de territorios entre las grandes potencias europeas, significó también un momento decisivo para la identidad de la futura nación de Mozambique. Recrearlo desde la ficción, concatenando el imaginario y la experiencia histórica de los personajes de los distintos bandos, es la enjundiosa tarea asumida por Mia Couto, hijo de emigrantes portugueses nacido en la ciudad africana de Beira en 1955. Una vez más, como sucedió con Tierra Sonámbula, la más conocida de sus novelas, en un escenario de constante contienda bélica reaparece el universo de magia y leyenda de la cultura tribal, esta vez para ser confrontado al discurso del conquistador. Como en toda epopeya, la guerra y la muerte son los temas predominantes. Los muertos, las ceremonias para mantenerlos presentes y comunicarse con ellos, así como el recuerdo de los antepasados, acompañan el transcurso de la acción.

UNA TRADUCTORA, UN PUENTE

A lo largo de las tres novelas, Mujeres de ceniza (2015), La espada y la azagaya (2016) y El bebedor de horizontes (2017), Imani, la nativa protagonista, es la voz que cuenta la historia recreando su juventud, cuando tenía quince años y era el centro de atención por su perfecto conocimiento de la lengua portuguesa. Su nombre es una pregunta. Quiere decir “¿quién es?”, y la respuesta es que ella no nació para ser persona. “Soy una raza, soy una tribu, soy un sexo, soy todo lo que me impide ser yo misma”, afirma, autoatribuyéndose, quizá de un modo demasiado evidente, un valor simbólico que será determinante para la narración. Los vachopi, la pequeña tribu del litoral a la que pertenece, debieron aliarse con los portugueses para resistir a los vanguni, etnia más poderosa que invade desde el sur. De este modo, Imani y su gente se verán envueltos en el torbellino de la guerra, optando por un imperio para enfrentar a otro. Ella, más que nadie, luchará contra su destino al fluctuar entre dos lenguas, dos culturas, dos modos de interpretar el mundo y la vida. A su vez, interrumpe periódicamente el discurso de Imani la profusa correspondencia del sargento Germano de Melo. La vía epistolar, íntima, confesional, resulta ser la más adecuada para contener los sentimientos de este soldado lusitano, desterrado al África como castigo a un delito y cuyo dolor y desencanto lo convierte en un agudo crítico de los suyos. No importa si sus cartas no son leídas o ni siquiera llegan a destino, escribir es lo único que quiebra su soledad. “Solo cuando escribo me siento vivo y capaz de soñar”, señala.

Todos necesitan de Imani. “Todos, europeos y africanos, me buscan para lamentarse. No sé por qué confían en mí. Más que una traductora, soy un puente. Tal vez sea la araña que vivía en el patio de Dabondi. En mis patas transporto palabras y con ellas tejo una tela que une razas diferentes”, afirma. Y es en ella que se depositan los conocimientos, las dudas, los misterios, las angustias y también los sueños. Muchos son los que intentan someterla o violarla, incluido el propio Ngungunhane, o procuran utilizarla para sus fines como espía o prostituta. No faltan quienes se enamoran sinceramente de ella, desde un marino portugués hasta el soldado Germano, a la postre el único que será aceptado y del que tendrá un hijo. Imani y Germano se corresponden en su singularidad: ambos encarnan la posible simbiosis cultural que sobrevuela a la obra y contagia a la mayoría de los personajes. Por tal motivo, ambos serán también doblemente odiados y despreciados. Ella es la africana que, sin negar a su pueblo, se nutre del conquistador; él, el conquistador que no quiere serlo y sueña con vivir hasta el fin de sus días en África. “Tal vez yo sea un segundo Diocleciano das Neves, ese blanco que se introdujo en el universo de los indígenas y nunca regresó de ese mundo”, escribe, a la vez que admite haber emprendido “un viaje a las profundidades del alma africana”. En ese contexto de negación y reafirmación, de identidad y aculturación, no resulta extraño que se interprete el himno portugués con marimbas africanas o que una remota iglesia católica, en lo profundo de la selva, se convierta en un templo animista.

LA HUMILLACIÓN DEL EMPERADOR

En el segundo libro Imani, en una pequeña canoa, deja atrás para siempre su aldea natal y su pasado. Su laberíntico derrotero la llevará a ser testigo privilegiado del derrumbe definitivo del Imperio de Gaza en manos del temible general Mouzinho de Albuquerque. En el tercer libro, el más cercano a los acontecimientos históricos, se narra el destierro del emperador Ngungunhane, sus siete esposas y otros miembros destacados de su séquito, primero a Lisboa y luego a las islas Azores. La ejemplarizante medida, una señal inequívoca para todo aquél que se atreviera a sublevarse al conquistador, significó la consolidación del imperio de Portugal en Mozambique, un territorio hasta entonces disputado por los ingleses. Ngungunhane es transportado en una jaula y exhibido al público en el Jardín Botánico de Belem, Lisboa. Nada queda de su omnipotencia de antaño, ahora es una víctima de sus enemigos y de su propia ambición. Su última esperanza fue negociar personalmente con Carlos I, rey de Portugal, a quien nunca verá. Murió en el olvido diez años después, bautizado cristiano tras haber adoptado el nombre de Reinaldo Frederico. “Ngungunhane ni siquiera vale ya como recuerdo de lo que fue”, es la última noticia que tenemos de su persona.

Humillado y demonizado en la historia oficial portuguesa, Ngungunhane, tras la independencia, durante el gobierno de Samora Machel y el Frente de Liberación de Mozambique(FRELIMO), fue declarado héroe nacional y en 1985 sus restos fueron repatriados. Varias décadas después, la trilogía de Mia Couto y otras narraciones sobre el tema se inscriben dentro de un proceso de revisión de la historia que intenta comprender y aprehender el legado de los que estuvieron de uno y otro lado. “Este pasado, incluso el más triste, fue siempre hecho con dos manos, no hay solo víctimas de un lado y culpables del otro. Es muy difícil identificar el lado inocente y el lado culpable. Esa idea de que todos estuvimos en ambos bandos puede ayudar a Mozambique a construir un país nuevo donde todos nos reencontremos en el futuro”, ha declarado el autor, alguien que confía en que la literatura pueda contribuir a cambiar la realidad.

TRILOGÍA DE MOZAMBIQUE. Las arenas del emperador, de Mia Couto. Alfaguara, 2018. Barcelona, 774 págs. Distribuye Penguin Random House.

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