Los bufones de Velázquez

 20130221 459x600

EL MUSEO DEL PRADO de Madrid es un lugar de encuentro único. Las salas parecen calles abarrotadas por los vivos (los visitantes) y los muertos (los retratados).

Pero los muertos no se han ido; el "presente" en el que fueron pintados, el presente inventado por quienes los pintaron, es tan vívido y habitado como el presente vivo del momento. A veces más vívido. Los habitantes de esos momentos pintados se mezclan con los visitantes vespertinos, y juntos, los muertos y los vivos, transforman las salas en algo parecido a las Ramblas.

Voy a última hora de la tarde al museo a ver los bufones y los enanos de Velázquez. Encierran un secreto que me ha llevado años comprender y que, tal vez, todavía se me escapa. Velázquez pintó a estos hombres con la misma técnica y la misma mirada escéptica y carente de crítica con las que pintó a las infantas, los reyes, los cortesanos, las doncellas, los cocineros y los embajadores. Sin embargo, entre él y los bufones había algo diferente, algo cómplice. Y su discreta y tácita complicidad tenía que ver, creo yo, con las apariencias, es decir, en este contexto, con la pinta, la facha de la gente. Ni ellos ni el pintor eran unos inocentones o unos esclavos de las apariencias, más bien jugaban con ellas: Velázquez como un maestro ilusionista; ellos como bufones.

De los siete bufones de corte que retrató Velázquez, tres son enanos, uno es bizco y otros dos están ataviados con unos ropajes ridículos. Sólo uno parece relativamente normal: Pablo de Valladolid.

Su ocupación era distraer de vez en cuando a los miembros de la corte y a quienes llevaban el peso del gobierno. Para ellos los bufones desarrollaban y empleaban sus dotes de payaso. Pero su aspecto normal también jugaba un papel importante en la diversión que ofrecían. Eran una especie de monstruos grotescos que demostraban por contraste la finura y la nobleza de quienes los contemplaban. Sus deformidades confirmaban la elegancia y la talla de sus amos. Sus amos y los hijos de sus amos eran prodigios de la naturaleza; ellos eran los cómicos errores de la naturaleza.

Los bufones eran completamente conscientes de esto. Eran una broma de la naturaleza y se hacían cargo de la risa. Los chistes, las bromas, pueden reírse, a su vez, de la risa que provocan, y entonces quienes se ríen pasan a ser los graciosos: los mejores payasos circenses aprovechan y juegan con este vaivén.

La broma privada de los bufones españoles era que el aspecto de cada cual es algo pasajero. No se trata de una ilusión, sino de algo temporal, tanto en el caso de los prodigios como de los errores. (La fugacidad también es una broma: basta con fijarse en cómo hacen mutis los grandes cómicos.)

El bufón que más me gusta es Juan Calabazas. Calabacillas. Es el que bizquea. Hay dos retratos de él. En uno está de pie y sostiene burlonamente en una mano un medallón con un retrato en miniatura, mientras que en la otra tiene un objeto misterioso, que ningún crítico ha llegado a identificar con exactitud: se cree que es una pieza de una maquinaria de moler y quizá haga alusión al hecho de que es un simplón (por aquello de "le falta un tornillo"). En este lienzo, Velázquez, el maestro ilusionista y retratista, actúa en connivencia con la broma del Calabacillas: ¿cuánto tiempo de verdad crees que dura una apariencia?

En el segundo retrato, que es posterior, Juan Calabazas está sentado en el suelo, de modo que parece tener la estatura de un enano, y parece estar riéndose y hablando; sus manos son muy elocuentes. Lo miro a los ojos.

Están inesperadamente quietos. Toda su cara es un guiño de risa, ya sea la suya o la que está provocando en otros, pero sus ojos no guiñan; permanecen impasibles, quietos. Sin embargo, esto no es una consecuencia de su bizquera, pues la mirada de los otros bufones, me doy cuenta de pronto, es muy similar. Las diferentes expresiones de sus ojos contienen todas una quietud semejante, que es exterior a la duración del resto.

Esta quietud podría sugerir una soledad profunda, pero en el caso de los bufones no sucede así. Los dementes pueden tener una mirada inerte porque están perdidos en el tiempo y no son capaces de reconocer ningún punto de referencia. Géricault, en su compasivo retrato de una perturbada del manicomio parisino de La Salptrière (pintado en 1819 o 1820), mostraba esta mirada consumida, la de alguien desterrado del tiempo.

Los bufones de Velázquez están tan lejos como la mujer de la Salptrière de los retratos clásicos que realzan el rango y la excelencia del retratado, pero son diferentes en cuanto que no parecen ni perdidos ni desterrados. Sencillamente se encuentran, tras la risa, más allá de lo efímero.

Los ojos inertes de Juan Calabazas miran pasar la vida y nos miran a nosotros a través de un agujerito desde la eternidad. Éste es el secreto que me sugirió un encuentro en las Ramblas.

El autor

JOHN BERGER (Londres, 1926) se formó como pintor en la Central School of Arts. Es más conocida su actividad como ensayista y narrador. Entre sus novelas pueden citarse G (1972), la trilogía integrada por Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag; Hacia la boda (1995) y King (1999). En ensayo se destacan Modos de ver (1972), Mirar (1980), El sentido de la vista y otras recopilaciones. Es frecuente colaborador de publicaciones periódicas (La Jornada de México y otras).

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar