por Darío Jaramillo
.
Cuando apenas iba por sus 32 años, el escritor londinense Robert Graves (1895-1985) recibió el encargo del propio T.E. Lawrence de que escribiera un libro sobre su quehacer en la guerra, una que juntó todas las tribus árabes en contra del dominio turco en la península arábiga.
Desde la perspectiva de hoy —y tal vez siempre fue así— T.E. Lawrence fue un personaje controvertido. Después de la película Lawrence de Arabia (1962, dir. David Lean), su vida pasó a ser la que allí se narra y su imagen no es distinta al retrato de Peter O’Toole. Pero la historia completa lo muestra unas veces como una especie de héroe de aventura inventado por un periodista norteamericano, otras como un farsante desenmascarado por un cronista inglés, alguna más como un héroe indiscutible y, tal vez la más sensata, que recoge trazas de todas las anteriores, la de un ser muy complejo, contradictorio, lleno de talentos —como escritor, negociador y conocedor de la índole humana—, que es la que muestra el excelente libro de Graves.
Un Estado árabe. La proeza de Lawrence consistió en unir las fuerzas dispersas —a veces enemigas entre sí— de todos los grupos árabes de la península y ayudarles a conquistar para ellos la independencia de los turcos, a los que expulsaron. La dificultad no sólo consistía en controlar unos grupúsculos de guerreros que actuaban sólo sobre el interés de lo que depredaran en cada batalla. También iba contra los intereses franceses que querían apoderarse de Siria, de los ingleses que pensaban en ser dueños de Mesopotamia, de los alemanes que deseaban su tajada. Había tratados secretos entre las potencias anticipándose a repartir el territorio árabe. Y el honrado Lawrence quería que los árabes tuvieran su propio Estado. Así lo escribió: “los árabes se sublevaron contra los turcos durante la guerra no porque el gobierno otomano fuese notablemente malo, sino porque deseaban ser independientes”.
Un testigo de aquello, Buxton, lo ve así: “Lawrence ha promovido esta rebelión. Parece un chiquillo, tranquilo, dueño de sí mismo, de hermosa cabeza y cuerpo insignificante. Todos los árabes admiran su valentía y destrucción de trenes. No sé si lo que atrae más a esta gente es su intrepidez, su desinterés y aire misterioso, o su éxito en encontrar ricos convoyes que él vuela y ellos saquean. Me ha explicado que, destrozado uno, el ejército se convierte en un circo y se desintegra poco a poco. Hay que admirar lo que ha llevado a cabo con medios tan pobres. Tiene una influencia asombrosa no sólo sobre los indisciplinados nativos, sino también sobre los oficiales y jefes británicos. Vive siempre con los beduinos, viste como ellos, come lo que ellos y soporta las mismas fatigas que el más ínfimo de ellos. Viaja siempre con ropa blanca inmaculada, y parece un príncipe de La Meca. Espero que se reunirá con nosotros más adelante, porque su presencia nos estimula y nos hace pensar que no sucederá nada malo mientras se halle presente”.
Casi invulnerable (aunque no tanto, Lawrence fue herido nueve veces en la guerra, aparte de cortes de esquirlas en las caderas y un dedo roto y, luego, de simple motociclista en su isla británica, tuvo siete accidente), estaba lleno de cualidades contradictorias e inesperadas. Por ejemplo “los baños era su dios. Compraba al fogonero civil para que cuidase de la caldera del suyo antes que la de los otros y verle disfrutar uno turco, que se enfriaba gradualmente, era conocer a un individuo dichoso”.
Medía ciento sesenta centímetros. Lawrence, si pudiera, “‘no pensaría agregar un codo a su estatura’ (ni siquiera un par de centímetros). La altura no es útil salvo en los deportes y el gentío (él los evita), y resulta llamativa. Recuerdo haberle oído decir de un oficial: ‘un metro ochenta y siete centímetros y, sin embargo, es inteligente’” escribe Graves.
Curioso, también, que un hombre que sentía auténtica antipatía por los uniformes, el poder, la fuerza, el mando, un hombre estudioso, recogido, interesado más en el saber que en el poder, se convirtiera en celebridad como ganador de una guerra: “era un hombre decente y sincero. Lawrence expuso la verdad: desde la edad de trece años había conseguido becas que le permitieron pagar la enseñanza secundaria y la universidad; se graduó en historia y le habían elegido como becario de investigación en teoría política. A consecuencia de las dificultades de la posguerra, había tenido que alistarse. Se consideraba demasiado culto para la existencia de entonces”. Adulto, tenía dos pasiones: montar en su motocicleta Brough-Superior, y el concierto en re menor para dos violines de Bach.
Desnudez material. Antimilita-rista asesor del ejército inglés en guerra, en cierto momento un general inglés “lo acusó de ser un entrometido que no tenía motivos para inmiscuirse en asuntos que no le concernían”. Lawrence le contestó en tono golpeado y el general le dijo: “no me hable en ese tono. Usted no es soldado de carrera”, a lo que contestó: “No, tal vez no lo soy. Pero si usted tuviese una división y yo otra, sé cuál de los dos caería prisionero”. El mismo espíritu lo llevó a rechazar todas las condecoraciones que le ofrecieron.
En cierto momento le escribe a un amigo muy cercano: “todo me parece irreal. He renunciado a todo lo anterior, y vivo como ladrón de oportunidades, birlándolas cuándo y dónde las veo. Mi familia te habrá dicho que fomento una rebelión árabe contra los turcos, y por ello debo disfrazar mi aspecto occidental y parecer tan árabe como me sea posible. Se trata, pues, de algo así como un escenario exótico, en que uno actúa día y noche, con traje de fantasía, en lengua extraña, con el peligro de pagar con la cabeza cualquier fallo en la representación. Acertaste al suponer que los árabes encendían mi imaginación. Es una civilización antigua, muy antigua, que se ha refinado hasta librarse de dioses lares y de la mitad de los jaeces que la nuestra se apresura en adoptar. El evangelio de la desnudez material resulta excelente, e implica, en apariencia, una especie de desnudez moral. Los árabes piensan en lo actual, y procuran deslizarse por la vida sin doblar esquinas ni trepar montes. En parte se trata de cansancio moral y mental, de una raza castigada, y para evitar dificultades se desprenden de muchas cosas que nosotros consideramos honorables y meritorias; y aunque no comparto en absoluto su punto de vista, creo que entiendo lo necesario para contemplar desde él tanto a mi como a otros extranjeros sin condenarlo. Soy y seré extranjero para ellos, pero no los creo peores, ni intentaría cambiar su manera de ser. Largo exordio para explicar por qué me dedico constantemente a volar vías férreas y puentes, en vez de buscar el pozo del extremo del mundo”.
Esta es, pues, la historia de un hombre que no quiere un papel, y que, a pesar todo, termina haciéndolo porque es el único capaz de obtener resultados: “correspondió a Lawrence ser el jefe, a lo que se oponía por principio. Los árabes tenían que encargarse del desarrollo de la rebelión, en la cual él era sólo consejero y ayudante técnico. Pero cada vez le incumbía más la dirección, no sólo por su capacidad de luchador y táctico más listo que los otomanos, sino también por estar libre de lazos tribales, su entrega total a la causa, su desprecio del botín y de las distinciones, y su generosidad y tacto”.
Graves se pregunta: “¿qué es lo peor que puede decirse de él? Muchas cosas, quizá, mas casi todas han sido expresadas en diferentes ocasiones por el mismo interesado. Primero, es un romántico incurable, lo que implica dificultad de relaciones con todas las instituciones que aseguran defender la estabilidad pública. Se ha encariñado con la aventura por la aventura misma, y con la parte débil por su misma debilidad, y las causas perdidas, y las desdichas. Ahora bien, la sociedad bendice al romántico incurable sólo si es incompetente y fracasa, acaso envuelto en la gloria, pero de modo evidente, y de tal guisa prueba que acaba siempre por tener la razón la gente estúpida y vulgar que rige la seguridad pública. El romanticismo de Lawrence no sufre de incompetencia ni de esterilidad. Cierto día de 1919 un soberano europeo le acogió con el comentario: ‘es una mala época para nosotros, los reyes. Ayer se proclamaron cinco nuevas repúblicas’, a lo que Lawrence pudo responder: ‘¡ánimo, majestad! Acabo de establecer tres reinos en oriente’”.
“Su mayor don natural” expresa Graves “estriba en oscurecer su personalidad (…), he observado que le molesta que lo toquen (…). Lawrence rehuye cualquier manifestación de sociabilidad. Se siente incómodo con los desconocidos; a eso llaman su ‘timidez’. Piensa que la bebida, la glotonería, el juego, el deporte y la pasión amorosa —el universo entero de un hombre ordinario— son inútiles, o, en el mejor de los casos, recursos estimulantes para los años en que la vida se vuelve aburrida. Evita comer en compañía. No le gusta hacerlo a horas fijas (…). Opina que alimentarse es una actividad muy íntima y que debería efectuarse en un cuartito, a solas y a puerta cerrada (…). Evita cuanto puede todo trato social, todos los acontecimientos públicos. No pertenece a clubes, sociedades o peñas. Sólo responde, y no siempre, las cartas más urgentes (…). Creo que le gusta en especial encontrar a alguien que sepa más que él o que haga las cosas mejor que él. Se unirá a esa persona y aprenderá todo lo que haya que aprender. Y si encuentra a uno capaz de pensar más aprisa, o con más precisión que él, y que se le anticipe en el comportamiento, en apariencia desordenado, pero, en realidad, bien meditado, se alegra de ello. Al mismo tiempo, tiene el convencimiento brutal de su general insuficiencia, por lo que no acepta que se le contradiga en las ocasiones precisas en que ha demostrado superar a los demás. (…) Acaso su rasgo personal más inesperado sea el de que nunca mira a nadie a la cara, y nunca reconoce una (…). Jamás ha sido dogmático en materia religiosa o política: no cree en un Absoluto filosófico. Le disgustan las multitudes o cualquiera que base su autoridad solo en pertenecer a una sociedad o credo dado. Claro, espera que los individuos se encuentren a ellos mismos y sean leales a su modo de ser, y consientan que sus vecinos hagan otro tanto.”
Y concluye: “no se trata de un ‘gran hombre’. La grandeza de sus logros es en cualquier caso retórica. Él, extranjero e infiel, inspiró el más vigoroso y vasto movimiento nacional de los árabes desde los tiempos heroicos de Mahoma y sus inmediatos sucesores y lo llevó a la victoria (…). Puede decirse, cuando menos y cuando más, de Lawrence que es un hombre bueno. Este ‘bueno’ lo entiende incluso un niño o un salvaje o una persona ingenua, algo que se siente al verle, la sensación de ‘he aquí un hombre de grandes facultades, uno que podría conseguir que los más de sus semejantes hicieran por él lo que desease, pero que jamás usará sus facultades por respeto a la libertad personal ajena’”.
LAWRENCE Y LOS ÁRABES, de Robert Graves. Península, 2022. Barcelona, 352 págs. Trad. J. A. Gutiérrez-Larraya.
El biógrafo
.
Robert Graves, autor de esta biografía (Londres, 1895- Deià, Mallorca, 1985) luchó en la Primera Guerra Mundial, donde fue gravemente herido, estudió en Oxford y fue profesor de literatura inglesa en la universidad de El Cairo. Sus novelas más conocidas son Yo, Claudio (1934) y Claudio, el dios, y su esposa Mesalina (1943), que inspiraron una célebre serie de televisión.