por Eduardo Milán
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Los tres términos no se relacionan entre sí directamente. Es necesario dar un rodeo. La literatura se relaciona con la forma —disiente por la forma— y luego, a través de este acto que señala su coherencia, logra o no logra una forma de paz, que es la tranquilidad que otorga la coherencia cumplida. Pasar de la literatura a la paz, relacionarlas en forma directa, no es posible. ¿Qué paz trae la literatura de Bolaño? Pero antes: ¿la de Becket, la de Joyce, la de Dostoievski? En busca del tiempo perdido parece arrojarnos al centro del tiempo, al medio del transcurso, a la noción de estar situados en el devenir mismo, habitando ahí la existencia. Mirado así parece una especie de paz establecida. Proust escribe en la época que Stefan Zweig llamó “la era de la seguridad”. Zweig no estaba solo: otros intelectuales, el inglés Carr, estudioso admirado de Rusia y de la Unión Soviética, Karl Kautsky, “el Papa del marxismo” de la época, entre otros, señalaban mediante el aseguramiento del valor que irradiaba el capitalismo de los años locos que iba a terminar allí donde conduce esta reflexión, en la Revolución de Octubre de Lenin y los soviets, que esa época era la época de la gran seguridad. Quiero decir con esto: Proust escribía de una manera que parece crear un oasis de temporalidad mediante su capacidad de detención en cada cosa y en cada acto. Pero y aquí viene la pregunta: ¿se pide paz en medio del ejercicio de la justicia? ¿O es precisamente la justicia un medio para la paz? La guerra es siempre un instrumento de dominio del Poder, la guerra o la amenaza constante de la guerra. Va apareciendo aquí un claro importante: la paz es una meta lejana a la que no se llega directamente. Y se trata de una paz momentánea. Pedir por la aparición de los desaparecidos, por ejemplo, es un acto civil, un acto ciudadano, un acto que cumple con una condición de vida —un contrato social— que permite la existencia conjunta.
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Disentir es no seguir una norma. Es un acto de desobediencia.
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La literatura cumple con el ritual de desobediencia en las épocas en que la norma se vuelve opresiva. La norma social o la norma literaria. Cumplir con el ritual de la desobediencia lleva a la paz interior. La paz social va por un camino más sinuoso, más ciego, el camino de la justicia.
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)
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