por Mercedes Estramil
.
Katharina Volckmer es uno de esos fenómenos que el mundo, sobre todo desde Europa, tira cada tanto: un autor emergente, joven o novel en las letras, que parece que va a sacudir cimientos como algo nunca visto. Pasó no hace tanto con Charlotte Roche, Paolo Giordano, Emma Cline, Joël Dicker. El mundo editorial necesita esos cimbronazos, asumiendo que el público lector comprador también. Naturalmente, todo escritor comienza publicando algo, pero a pocos les cabe el traje de la gran promesa, y cuando ocurre es un traje dudoso, generador de desconfianza inmediata por aquello de que el camino del arte es arduo y no le valen ditirambos. En 2020, La cita se presentó así, como una bomba literaria, y hasta Ian McEwan la consideró tan oscura y brillante como El almuerzo desnudo de William S. Burroughs. Por ahí exageró, pero tampoco fue un debut que pidiera permiso o pasara desapercibido. En la tradición misántropa de Thomas Bernhard, Elfriede Jelinek y sobre todo del Horacio Castellanos Moya de El asco, la voz de la alemana Katharina Volckmer (n. 1987) se acomoda con seguridad, agria y persuasiva.
Herencias malditas. La traducción española de Anagrama no toma el título completo original en inglés (lengua en la que fue escrita la novela): The Appointment (Or, The Story of a Cock), pero compensa la no alusión vulgar al miembro masculino con la insolente portada de un consolador rosado dibujado de esvásticas. Lo que contiene el libro es el alucinante monólogo de 140 páginas de una joven alemana que visita a un médico judío en Londres. La vida no le va muy bien: está sin trabajo, despedida por haber agredido a un colega con una engrampadora; está sola y planea escribir a un fabricante de juguetes sexuales; su terapia con un psicólogo fue un fraude; su relación con K, un amante casado, terminó; toma hormonas; y sueña que es Hitler, pero no el Hitler exterminador sino un personaje triste y corporalmente acomplejado que “nunca conseguiría ser uno de esos rubios y hermosos muchachos alemanes, con esos cuerpos griegos y esa piel que se torna tan maravillosamente dorada con los rayos de sol”.
El lenguaje envolvente de Volckmer hace perder de vista por momentos que la trama está bien ensamblada y clara desde el inicio. La protagonista ataca el pasado y presente nazi de su patria, que detesta, que abandonó y a la que volvió por una muerte y una herencia (igual que el Edgardo Vega de El asco en El Salvador), y odia su propio cuerpo femenino y las representaciones obligadas que por mandato social se le imponen (ser atractiva, tener marido, ser madre). Seligman, el doctor judío que la atiende, no está observando su mente sino sus genitales. Esa mujer, a quien su amante llamaba “mi pequeña Strudel”, está ahí para cambiar su naturaleza y su nombre y adaptarlos a su deseo, y Volckmer tramita ese objetivo a base de elipsis y sobreentendidos. Junto a otros libros que colocan la transexualidad como centro de análisis y ficcionalización —En el cuarto oscuro, de Susan Faludi; Un apartamento en Urano, de Paul B. Preciado; Tapizado corazón de orquídeas negras, de Évolet Aceves—, La cita lleva luz a una realidad cuestionada y polémica y muestra la herida psíquica frente a lo inmanejable de sentir que se nació en el cuerpo equivocado.
La protagonista lo ejemplifica con esta analogía: “Nuestros cerebros están hechos de tal modo que solo podemos amar a un gato en cuanto gato, no en cuanto pájaro o en cuanto elefante. Si queremos amar a un gato, queremos ver un gato, tocar su pelaje, oír cómo ronronea y que nos arañe si nuestras caricias no son de su agrado. No queremos que ladre, y si al animal le empezaran a salir plumas terminaría sacrificado, examinado y exhibido como un monstruo. Yo no sé por qué nuestros cerebros son así, pero K me enseñó que si intentamos que nos crezcan plumas y la gente no espera que volemos, nos barrerán del cielo a tiros y sus perros nos sacudirán para asegurarse de que tenemos el cuello roto antes de meternos en una bolsa y deshacerse de los cuerpos. […] Hasta que conocí a K, doctor Seligman, no me di cuenta de que son límites absolutos, estos de los que hablamos, y de que ningún gato ladrador ha conquistado nunca el cielo. ¿Sabe cuándo echamos un vistazo a nuestra vida y de pronto ya no somos capaces de fingir que no sabíamos algo? En algunos aspectos, yo siempre he sabido que era un gato ladrador, y sentada aquí con usted, intentando comprender mis partes íntimas, me vuelven muchos recuerdos a la cabeza”.
Un bisabuelo nazi. Es interesante el modo en que Volckmer enlaza y desenlaza la historia de su personaje y la de Alemania, ambas atadas por pasados determinantes, pero capaces de reformularlos de modo diferente. El país, hipócritamente negando la herida; la protagonista, asumiendo y buscando el cambio. También, como suele pasar con las diatribas viscerales, el tono de Volckmer destila un humor involuntario al arremeter contra todo y todos. Critica el pan alemán, la feria anual de lavadoras de Núremberg, el turismo, la psicoterapia, el desnudismo familiar, la exigencia mundana de belleza y bienestar, las religiones, la industria de la felicidad, el habla de la gente, etc. Pero debajo de cada crítica hay un pozo de nihilismo y angustia, visible por ejemplo cuando dice que no pide “nada drástico, como sexo digno o emociones reales”, o cuando señala que los únicos actos libres de la vida son la masturbación y el suicidio.
La novela de Volckmer, que dice haber escrito en dos meses, tiene la virtud de no hacer panfletario su conflicto, quizá porque viene cubierta por el tono irreverente, despiadado y doliente del misántropo, que usa la ironía y el sarcasmo a baldes. La sociedad entera queda escrachada en La cita, pero no por intrínsecamente malvada sino por su condición insignificante, monótona y autopercibida grandiosa. Entre los secretos familiares que la novela confiesa, el del bisabuelo jefe de la última estación de tren antes de Auschwitz (cuya herencia termina pagando la operación de cambio de sexo), ejemplifica poéticamente esa ceguera del mundo frente a lo que ocurre ante sus ojos. Cada lector inferirá los alcances de esa ceguera, que posiblemente lo afecta también.
LA CITA, de Katharina Volckmer. Anagrama, 2023. Barcelona, 142 págs. Traducción de Inga Pellisa.