por Mercedes Estramil
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Esta es una, no la única, autobiografía literaria de Mariana Enriquez. Un recorrido de la memoria por las lecturas que la formaron, que le dieron placer, que, de alguna manera no explícita, recomienda. Tiene la impronta saltarina, nada encasilladora, del andar intuitivo, visitando isla por isla de esto que denomina “archipiélago”. Es el tour de una fan, no está regido por la erudición ni lo académico —se encarga de señalar que no estudió Letras, ni teoría literaria ni manuales de estilo—, sino por los avatares de la atracción y las pasiones. Imposible no ceder a la tentación de señalar los gustos compartidos, las coincidencias, y de buscar lo que no conocemos y ella sí. No se corta para decir que no le interesa Proust ni Austen ni Pynchon.
Ahí figuran su eterno agradecimiento a Stephen King y a Shirley Jackson, su admiración hacia la frialdad erótica de Ballard, su interés por la literatura de ficción que habla de enfermedades, por los autores de lo que llama una América Latina “sin luz” (Onetti, Donoso, Puig), el cálido recuerdo para Hebe Uhart, el deslumbramiento frente a la textura narrativa de Bret Easton Ellis. Habla de los diálogos vulgares de este en Menos que cero, y dice algo absolutamente cierto y difícil de entender para mucho escritor: “Pensaba que diálogos así no eran literarios, porque la literatura debía decir algo y decirlo con belleza. Con Menos que cero entendí que esa flotación inarticulada es bella, porque la verdad es belleza, como decía Keats”.
Archipiélago es un libro para viajarlo de a poco, volver a leer cualquiera de sus fragmentos, entender (si eso es posible) a un escritor y sus andanzas, su modo de mirar, de elegir, sus decisiones (lo que ayer te gustaba y ya no, o al revés). Enriquez transmite la adrenalina de la lectura y por tanto de la escritura, te droga lindo con referencias sentidas, te las hace vivir o revivir.
ARCHIPIÉLAGO, de Mariana Enriquez. Ampersand, 2025. Montevideo, 297 págs.