por Ramiro Sanchiz
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Hasta hace no muchos años, la posibilidad de pensar la especificidad de la ciencia ficción latinoamericana —es decir, qué la diferencia de otras tradiciones nacionales o regionales bien establecidas— encontraba una barrera insalvable en la escasa o nula circulación de los textos por la región.
En efecto, más allá de un par de antologías que circularon entre España y Latinoamérica —Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana, de 1980, y Latinoamérica fantástica, de 1989—, hasta hace no tanto era muy difícil que un lector uruguayo conociera la escritura de ciencia ficción más reciente en, pongamos, México o Perú. En ese sentido, además, si los autores de distintos países no se leían entre sí, era en extremo dudoso que pudiera emerger alguna tendencia vinculante más allá de generalidades relacionadas con el pasado colonial, la relación entre el sur global, la producción de tecnología y el peso concebible de modelos devenidos hegemónicos como la ciencia ficción anglosajona y sus múltiples tradiciones.
Esto comenzó a cambiar hacia 2018, en gran medida debido a cambios en el sistema más vasto de la literatura. Las editoriales independientes o alternativas apostaron por la estrategia de vincularse en redes y alianzas que facilitaron la reedición en Bolivia, por dar un ejemplo cualquiera, de un libro publicado originalmente en Argentina, Uruguay, Chile o México. Esto afectó también a la ciencia ficción, y pronto los libros del género más recientes empezaron a circular de manera más fluida.
Si este fenómeno fuera un terremoto el epicentro estaría en Bogotá: allí, la editorial Vestigio comenzó un proyecto de edición que, por un lado, apostaba por la edición de autores de toda Latinoamérica y, por otro, privilegiaba cierta variante específica de la ciencia ficción, la llamada weird, influida por autores como M. John Harrison, China Miéville y Jeff VanderMeer. El éxito de esa maniobra, y el desplazamiento de ese weird hacia el modelo central a seguir por la ciencia ficción latinoamericana, generó cambios en las escenas locales; en el Río de la Plata, por ejemplo, otros autores y autoras tomaron la posta y una suerte de “escuela rioplatense” del weird emergió hacia 2022, con libros como Materiales para una pesadilla, de Juan Mattio, La segunda lengua materna, de Flor Canosa, y Las series infinitas, de Pablo Farrés.
Cabe añadir que la ciencia ficción, el horror y la literatura “especulativa” han atraído también a escritores y escritoras que no necesariamente se identifican con el modelo de autor que “pertenece” a un género; así, en la obra de Fernanda Trías, Samanta Schweblin, Liliana Colanzi, Emiliano Monge y Jorge Carrión, por nombrar unos pocos, han comparecido en los últimos años temas que cabe vincular a estos géneros, en algunos casos además a las formas más recientes exploradas por la ciencia ficción o el horror en Latinoamérica, aludidas en el párrafo anterior bajo la etiqueta de weird.
La gran mayoría de estas narrativas sigue pautas de escritura relativamente amigables con el lector: novelas o cuentos con un énfasis notorio en la construcción hábil de la trama, que hacen uso de un lenguaje accesible, con una apuesta comunicativa fluida y sencilla en términos de estructuras o texturas verbales. El gusano, de Luis Carlos Barragán, es un buen ejemplo: más allá de lo extraño de sus especulaciones (seres humanos que se fusionan para crear una gigantesca entidad vermiforme), la novela es ante todo lineal y su lenguaje trabajado minuciosamente para lograr una elegancia y una sencillez efectivas. Hay por supuesto excepciones —cabría pensar en Miles de ojos y El horizonte del grito, del boliviano Maximiliano Barrientos—, pero la tendencia general es a este tipo de prosa ante todo comunicativa o incluso “pop”, dada en estructuras narrativas relativamente simples, en especial si se las considera desde series literarias inauguradas por el alto modernismo y las sucesivas olas de experimentación vanguardista a lo largo del siglo XX.
Premio Clarín. La reciente Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit Roganovich (Córdoba, Argentina, 1992), publicada por Alfaguara y ganadora en 2024 del premio Clarín de novela, podría considerarse una señal de que esa pauta está empezando a cambiar. Cabe pensar incluso que esto resuena a su vez con otras tendencias en la literatura global, entre ellas el nuevo auge de la narrativa maximalista (aquella que apuesta por lo enciclopédico, la heterogeneidad de estilos y formas de escritura, la imaginación desbordada y las tramas complejas y proliferantes, además de por una extensión considerable) rastreable al interés creciente por autores como Mircea Cãrtãrescu, László Krasznahorkai, Lucy Ellman y Michael Lentz.
En cualquier caso, puede tomarse por una apuesta segura pensar que la novela de Roberto Chuit está llamada a convertirse en un libro de referencia para la ciencia ficción weird latinoamericana, y que la complejidad de su estructura y sus múltiples voces narrativas son tan importantes para esa cualidad como lo “extraño” de los sucesos que narra.
Empecemos por estos últimos. Dividida en cuatro relatos intercalados, cada uno de ellos en una época distinta (1504, 1888, 1945 y 2036 en adelante), la novela tiene como eje la aparición en la Patagonia de una forma de vida (se la llama el “bionte”) anómala para el horizonte de los saberes en las épocas en cuestión. Para empezar, no queda claro si se trata de una planta o un hongo (recordemos que recién hacia la década de 1960 la comunidad científica alcanzó un consenso con respecto a que los hongos integran un “reino” específico, llamado fungi), si es capaz de fotosíntesis o necesita alimentarse de materia orgánica (o si puede hacer ambas cosas, como las plantas carnívoras), si es “una” cosa individual o más bien una multiplicidad o red simbiótica de seres vivos, si vive en estado latente y “florece” periódicamente, y si es “inteligente”. Finalmente, como no podía ser de otra manera, el punto al que tienden los relatos de estas cuatro épocas y su contacto con el bionte es la relación posible entre esta(s) criatura(s) y los seres humanos: algunos querrán instrumentalizarla(s), utilizarla(s) para lograr determinados objetivos; otros, más bien, se perderán a sí mismos fundiéndose con ella(s).
Por supuesto, dentro del vasto panorama de lo weird, hay textos que convocan entidades todavía más raras; el bionte, con toda su extrañeza, no deja de ser un ser vivo producto de la evolución de la vida en la Tierra, por más misterioso que resulte a los personajes. En ese sentido la novela de Chuit no propone un weird radical (como cabría encontrarlo en los ya mencionados textos de Maximiliano Barrientos, por ejemplo), a la vez que se suma a la tendencia de presentar lo weird dentro de la naturaleza como en la obra del boliviano G. Munckel y del chileno Simón López Trujillo. Sin embargo, como quedó sugerido más arriba, es en la estructura misma de la novela donde aparece su aporte más fascinante.
Para empezar, las cuatro zonas temporales de la trama quedan a cargo de narradores muy diferentes. Los sucesos que transcurren en 1945 —e involucran a un científico japonés que investiga una aparición o florecimiento del bionte en la Patagonia— están narrados en tercera persona, con una escritura que cabría pensar como el grado cero del libro en términos de complejidad estilística; son estas secciones, de hecho, las que lidian de manera más explícita con el bionte y su relación con los humanos.
Los hechos ambientados en 1888 y en Londres, en cambio, quedan ofrecidos como un diario, y además de la inmediatez o frescura que podemos asociar a la forma elegida, opera un pliegue extra de complejidad por el que esta sección de la novela se vuelve la más densa en intertextualidades. Aparecen así referencias a distintos tópicos de la ciencia ficción, la fantasía y el horror finiseculares y de comienzos del siglo XX, entre ellos Jack el Destripador, el Rey de Amarillo (tomado de ficciones de Robert W. Chambers), La isla del doctor Moreau de H. G. Wells, y el personaje histórico Nicola Tesla, tan revisitado por la ficción steampunk. Esta densidad intertextual, en sus mejores momentos, recuerda obras maestras de la literatura especulativa como la extraordinaria serie de novelas gráficas La liga de caballeros extraordinarios y Providence, de Alan Moore, y también Contraluz, de Thomas Pynchon.
Las zonas más extrañas de la novela, finalmente, están en sus extremos cronológicos: los hechos que transcurren en 1504 quedan ofrecidos en una segunda persona en tiempo condicional simple (“Escucharías un ruido tan enorme que creerías que el mundo está por abrirse al medio”, pág. 9) cuyo sujeto de la enunciación es tan enigmático como espectral (no así el destinatario del mensaje en la ficción, que se llama Isabel y más adelante en el libro identificamos como la moribunda reina de Castilla y Aragón); aquí la escritura llama la atención una y otra vez sobre su régimen de representación de los hechos y la extrañeza de sus imágenes. De manera similar, las secciones ambientadas desde 2036 hacia el futuro remoto, narradas en una primera persona casi minimalista por una mujer que ha sobrevivido al cáncer gracias a la intervención del bionte, construyen el ápice de extrañeza weird de la novela. Aquí la escritura se puebla de enigmas y vacíos, y elude toda explicación directa para construir página tras página el panorama posthumano de un mundo en el que el bionte ha cambiado drásticamente el ámbito planetario y la humanidad quizá ha desaparecido (o ha sido asimilada).
El eje que conecta más notoriamente estas cuatro zonas o secciones intercaladas es por supuesto el bionte, pero hay más: de una manera que evoca el clásico pop El atlas de las nubes, de David Mitchell, la sección de 1888 alude a elementos de la de 1504, del mismo modo que la de 1945 cita documentos vinculados a los personajes de 1888 y está protagonizada por un antepasado de la narradora de la sección de 2036 y el futuro remoto: esto pauta una estructura “subterránea” rizomática y compleja, de la que los hechos narrados por las secciones diferenciadas parecen emerger en analogía con los florecimientos periódicos del bionte, y aporta a la novela una complejidad tan interesante como bien lograda.
Si una tendencia concebible para el weird latinoamericano es estandarizarse a medida que sus ficciones se desplazan hacia el mainstream y el centro de la escena literaria (volviéndose por tanto más legibles para el público masivo, y vale la pena aclarar que esto no comporta necesariamente un juicio de valor), es de celebrar que aparezcan también —y todavía más con la visibilidad otorgada por un premio prestigioso— libros más arriesgados, que no dan por sentados regímenes de comunicación en la narrativa y apuestan por la construcción de una complejidad más rica y sugerente. La novela de Chuit Roganovich es una señal de que ese otro camino también es posible.
SI SINTIERAS BAJO LOS PIES LAS ESTRUCTURAS MAYORES, de Roberto Chuit Roganovich. Alfaguara, 2025. Buenos Aires, 428 págs.