Andrea Blanqué
EL 28 DE febrero de este 2004 murió en Madrid Carmen Laforet. Aunque nacida en Barcelona en 1921, no puede decirse que haya sido una escritora catalana, sino más bien la revelación de las letras españolas en la segunda mitad del siglo veinte. Su novela Nada, surgida en 1944, cuando su autora sólo contaba veintitrés años y era una total desconocida, se llevó inesperadamente la primera edición del Premio Nadal, un premio que a partir de entonces se caracterizaría por descubrir jóvenes talentos de la narrativa española, como Miguel Delibes y Rafael Sánchez Ferlosio.
En realidad el mérito de Nada no reside sólo en la típica frase de manual que apunta que la ópera prima de Carmen Laforet significó un renacimiento de la narrativa peninsular, junto a La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela. Tampoco puede decirse que su mérito exclusivo está en haber inaugurado un inesperado y prolífico camino de literatura escrita por mujeres, en medio de la más mediocre patriarcalidad del fascismo. (En efecto, a Carmen Laforet la siguieron una retahíla de escritoras españolas jóvenes que usaban voces y personajes femeninos out-siders, como Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, entre unas cuantas más).
El mérito sustancial de Nada consiste en que sigue siendo una novela moderna. Un lector contemporáneo puede leerla y sentir la exacta vibración, el mismo erizamiento en la piel que sintió la España derrotada y famélica que la leyó con asombro en 1945. De hecho, Nada no sólo fue un éxito fulminante cuando su aparición, agotando tres ediciones en un solo año, sino que ha sido continuamente reeditada hasta nuestros días: en la actualidad, sesenta años después de su aparición, sigue vendiendo en España siete mil ejemplares por año.
LA REVELACIÓN. Nada es una novela sencilla, y a la vez extrañísima. Narrada en primera persona, con un tradicional orden cronológico, su protagonista es, al decir de Martín Gaite, "una chica rara", una adolescente de dieciocho años, huérfana, que llega de algún sitio de España (nunca se dice cuál) a estudiar Letras en la Universidad de Barcelona, y que luego de un año turbulento, abandona la ciudad condal para emigrar a Madrid.
En Barcelona la chica toma como residencia la casa de su familia materna: un piso en la calle Aribau, atiborrado de muebles, antigüedades, pianos, relojes, y sobre todo, de locura. La abuela, la tía Angustias, el tío Juan y su mujer Gloria, el tío Román, y la sirvienta, componen un cuadro creíble y a la vez siniestro, y su conjunto representa la otra cara del triunfalismo franquista. La guerra ha terminado hace muy poco tiempo, y ha dejado por todas partes larvas de inmoralidad y de violencia, que se ceban en esta familia.
La protagonista de la novela, Andrea, observa todo y hace poco. Mira, con una distancia que constantemente recuerda el existencialismo que prosperaría en Europa muy poco tiempo más tarde. Nunca se involucra con la locura de sus parientes, con sus insultos soeces y su infamia. Pero no es el ángel bueno que permanece intacto ante el roce de los demonios. No siente fe, ni odio, ni asco, ni pena: es como si en realidad, no estuviera sintiendo nada. Sólo mirando.
AQUELLA ESPAÑA. Sin embargo, esta no es una novela de interiores: hay una polaridad inquietante entre el adentro y el afuera. Los ojos de Andrea recorren constantemente la ciudad: es una vagabunda, lo suyo es callejear. La adolescente solitaria se gana la calle, escapa día a día de la sordidez de la casa de Aribau y recorre la maravilla de Barcelona, la antigua Barcelona de los mercaderes, ahora pauperizada, gris, hambrienta, la ciudad más castigada por la Guerra Civil.
Y ese es uno de los méritos mayores de la novela: no se menciona directamente al fascismo, ni a las bombas caídas hace tan poco tiempo, ni a los miles de presos, ni a los recientes fusilados. Pero la negrura de la posguerra en Barcelona pocas veces ha sido tan bien retratada como a través de los ojos de esa chica delgada, que no se pinta, que se ducha con agua helada en una bañera mugrienta, que le da náuseas el único beso que le roba un muchacho, que no quiere a nadie —con excepción de una amiga—, que a pesar del frío y la ropa gastada insiste en deambular por las calles hasta entrada la noche, sola y libre.
Muchas veces se ha comparado esta novela con Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë, sobre todo por la violencia de un círculo familiar encerrado en una casa cuyos muros parecen exhalar siniestras energías. También Román, el tío de Andrea, un violinista perverso y sádico, contrabandista y traidor, parece recordar a aquel Heathcliff de la literatura inglesa, así como el clima incestuoso y promiscuo de esta novela española se ha comparado con La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe.
El espíritu tremendista de Nada no arrebata la lucidez del estilo: la novela fluye, deja enganchado al lector hasta límites electrizantes, pero con un lenguaje nada grandilocuente. Se ha visto esta obra como el gran paso de la narrativa española en la novela moderna. Y es que Laforet, una mujer joven, fuera de todo círculo intelectual, es signo de la profunda escisión que se produce en España a raíz de la Guerra Civil.
VOLVER A NARRAR. La narrativa española de la primera mitad del siglo XX tiene nombres célebres, grandes escritores, pero no buenas novelas. Unamuno, con sus toneladas de filosofía, Azorín y Gabriel Miró, con su minimalismo poético, Max Aub y Francisco Ayala, con su "álgebra superior de las metáforas", Baroja, casi un verdadero pintor expresionista, significan una suspensión en la tradición de contar historias. Con la novela de posguerra, desde Camilo José Cela hasta Carmen Laforet, parece que la narrativa española se saltara sus últimos cincuenta años y volviera a caminar en línea con el realismo del siglo XIX de Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas "Clarín". Prosa clara, historias netas, realismo social, novelas que no dejan sosiego al lector. Fue sano y fructífero.
VIDA Y MISTERIO. Carmen Laforet nació en Barcelona en 1921, pero a los dos años se trasladó a las Islas Canarias, donde vivió toda su infancia y adolescencia. A los dieciocho años volvió a su ciudad natal a estudiar Letras y Derecho, pero no llegó a terminar ninguna de las dos carreras. Poco después se trasladaría a Madrid, donde escribió la novela Nada, se casó y permaneció allí el resto de su vida.
Uno de los elementos más sorprendentes de Laforet no es sólo su condición de deslumbrante revelación con una novela oscura y perversa, sino también su silencio literario. En efecto, a pesar del éxito fulminante de su primera novela, no produjo otra obra en mucho tiempo. Sólo en 1952 volvería a la imprenta un libro suyo, La isla y los demonios, que narra la infancia y primera adolescencia de Marta, otra "chica rara" inserta en otra familia disfuncional, esta vez en las Islas Canarias, con el marco del impactante paisaje del archipiélago. La novela está muy bien escrita y tiene un ritmo sostenido, pero no posee ese soplo de "obra maestra" que perturba tanto en Nada.
Las roscas literarias tuvieron su hueso para roer cuando Laforet publicó en 1955 una novela que, a pesar de los premios que obtuvo, no convencía: La mujer nueva, que testimonia la propia conversión al catolicismo de la autora. Siete años más tarde, apareció otra novela, La insolación, que prometía ser la primera de una trilogía. Comenzó a rodar la opinión de que la autora de Nada estaba perdiendo su "don literario". Mucho se habló de la imposibilidad de superar la primera gran obra.
La autora se replegó en sí misma y dejó de dar entrevistas, de publicar y de volcarse al mundo. En los últimos veinte años de su vida sufrió la terrible enfermedad de Alzheimer, con lo que su exilio del mundo se consolidó. La Editorial Destino, que ya antes de la muerte de la autora se había propuesto reeditar sus obras completas, incluyendo sus cuentos y libros de viajes, inaugura estas publicaciones con el volumen epistolar Puedo contar contigo, un libro que contiene las numerosas cartas que intercambiaron durante años Carmen Laforet y el famoso escritor español exiliado Ramón J. Sender. La escritora había conocido a Sender durante un viaje a Estados Unidos en 1965. La amistad fue prolífica, no sólo en cartas, sino en el cruce de expectativas, ideas y concepciones literarias.
La escritora, tan resistente durante años a la vida pública y a la promoción, explica en estas conmovedoras cartas su actitud. Está harta del clima político y social de la España de los sesenta y comienzos de los setenta, harta de las preguntas sexistas de las entrevistas donde debe responder si quiere más a sus hijos o a sus libros. Confiesa a Sender que el mundillo literario está lleno de "envidias, enemistades y rencillas" y que no quiere pertenecer a ninguno de estos "reinos belicosos". "Yo no soy luchadora", agrega. Sender le contesta con palabras de ánimo, incitándola a que continúe escribiendo: "Robe tiempo al tiempo y escóndase y siga trabajando en (...) lo que nadie puede hacer sino usted. Tiene un gran talento que no es ya propiedad suya sino de todos nosotros".
Próximamente la Editorial Destino publicará también de Laforet una novela inédita de la que no se tenía noticias —Al volver la esquina— escrita probablemente en los setenta y descubierta hace poco tiempo por sus hijos. l