Poéticas de Milán

El yo poético, sobreviviente a la andanada new age que lo puso contra las cuerdas al grito de “¡Ego! ¡Ego!”

Se salvó sorteando olas en la tabla del ensayo

Eduardo Milan
Eduardo Milán
(foto Leonardo Mainé - Archivo El País)

por Eduardo Milán
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El yo romántico ascendió a la superficie y ahora aparece como la última sílaba de la palabra ensayo. De las profundidades a las azarosas mesetas. El ensayo ocupa así el desplazamiento de la lírica que la modernidad ahuyentó con su crítica a esta más que simple partícula para el pensamiento poético, todo un posicionamiento. Es el lugar de la búsqueda, de la pérdida, del encuentro, del abandono y, miedo, de la desaparición. La maqueta del ensayo racionalista con propuesta, coherencia, enseñanza, ordenamiento, mensaje —“la palabra mensaje me suena a masaje”: ¿alguno recuerda a aquel Dylan de “Like a rolling stone” o simplemente ya no hay quién? Casi suena a Por los tiempos de Clemente Colling de Felisberto. O sea, mucho pasó. “Ya no hay quién”, decía Gonzalo Rojas. Lo que hay es una acumulación de pasado, eras de pasado, eones de pasado, capas, estepas, ¡Siberias! Sí, pero no hay quién. Todo ese tanto, ese inconmensurable acoplamiento de hechos que uno no sabe si está ahí para paralizar, pasmar o espantar a los espíritus timoratos. O para irse dejándose corroer por el tiempo, los topos del tiempo y otros roedores, la helada, la lluvia, el verano crudo y derretido y el bochorno. A propósito: “bochorno” se usa para señalar un cierto sofoco de tías abanicadas por su etíope conseguido en la última incursión imperial. Pero también como sinónimo de vergüenza, eso que calienta los pómulos de tías iguales o de otras tías —ya no inglesas de la campiña victoriana—: de acá, de allá y de todas partes que se van calentando la cara al ritmo de su propio tiempo vital que se les va. Pasando de las tías al padre de la criatura, apostado en la más alta cumbre de sí mismo. Montaigne. Durante un siglo entero —el XX—, luego de la asonada de las vanguardias estético-históricas —entre 1919 y 1930—, la poesía era considerada el “territorio de la libertad”. Siempre territorial, claro. Para no olvidar su objetualidad, su materialidad, conseguida en un zigzagueo a partir del verdadero parto de la Revolución Industrial y la transformación objetual del mundo. Pero el territorio de la libertad fue invadido por los jinetes de la censura de la mano de los caballeros del cualquiercosismo. Y aquella materia calificada por la profundidad pasó al carácter amorfo del “antes de”. Toda la forma tirada al mar. El yo, sobreviviente de la andanada new age que lo puso contra las cuerdas al grito de “¡Ego! ¡Ego!”, se salvó sorteando crestas en la tabla del ensayo. Hoy sobrevive allí donde vivo yo y otros uruguayos.

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