El rumano incómodo

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(desde Buenos Aires)

UNA ESCENA digna de Norman Manea (Bucovina, Rumania, 1936) sucede frente a la minúscula mesa donde Norman Manea está sentado para hablar de su vida de niño de campo de concentración nazi, de su juventud y adultez en la Rumania de Ceausescu, del hombre maduro en el exilio voluntario en Nueva York y de su literatura capaz de saltar los decorados de la memoria histórica. Faltan pocas horas para su clase magistral en la Feria del Libro de Buenos Aires. Dos mujeres de aspecto neutro se acercan a la mesa habitada por un florero y un grabador digital. "Somos de la embajada rumana, cualquier cosa que necesiten estaremos acá". Pero acá no es en la sala contigua ni en el bar. Acá es pegadas a la mesa, guardianes de yeso de la entrevista.

Norman Manea mira al entrevistador con picardía, entendiendo la insólita incomodidad. El entrevistador mira a las funcionarias y repiquetea sus dedos sobre la minúscula mesa. Ellas devuelven una mirada de ominosa amabilidad. Diez segundos cotizan horas en esta coreografía inesperada. Como si fuera una jugada de ajedrez, una de las funcionarias decide que el florero no debe mediar entre Manea y el entrevistador y lo desplaza.

Finalmente se van. Manea cruza sus manos pequeñas y entorna la mirada. En su inglés de Cortina de Hierro sugiere: "No hay micrófonos ocultos aquí. Lo sé por experiencia". Provoca la risa. Manea tiene ese humor ácido que parece un antídoto destilado a lo largo de su vida y reflejado con potencia estética en ese gran libro, en extensión y brillo, que es El regreso del húligan, entre otros de una serie donde la cualidad literaria y el valor de la memoria pugnan por no anularse.

HERMETISMO Y MANIPULACIÓN.

-Dado que la materia de su escritura está tan conectada con la historia, ¿cómo hace para no contribuir a la museificación de la historia, a que no se vuelva un parque temático?

-Lo que señala es, en efecto, mi mayor preocupación cuando escribo: no ser recuperado por el sistema. Porque el sistema, y no solo el sistema comunista, tiene una muy buena estrategia que es decir "cometimos esos errores, es el pasado, ahora será mucho mejor". Y cualquiera sea su mirada, hablo de una mirada crítica, puede ser manipulada en esta gran idea del presente. Trato de mantener todo lo que puedo mi integridad artística aunque a veces tenga que irme a los extremos y ser casi totalmente hermético para no ser manipulado. Creo que lo pude hacer o al menos lo intenté. Pero no sé hasta qué punto pueden estar las nuevas generaciones interesadas en estas cosas del pasado.

-¿Diría que esta habilidad suya para el hermetismo fue perfeccionada en la Rumania socialista?

-En aquellos tiempos, por las condiciones en las que vivíamos, tuvimos que aprender a codificar nuestra escritura y había un código implícito entre el escritor y el lector: compartíamos una misma atmósfera. Pero el riesgo es terminar haciendo libros que no se separan nunca de la Historia y que evitan el compromiso estético de la literatura. Es difícil que un intento por imprimirle a la escritura tu propia voz no sea apagado por la posibilidad de que se convierta en un auxilio de lo que se puede leer en los diarios.

-Dijo que las nuevas generaciones podrían no estar interesadas en leer sobre el pasado totalitario. ¿Pero no está Europa ahora mismo en riesgo de ir hacia eso con los países cerrando fronteras y demás?

-Tengo la gran esperanza de que no pase de nuevo. Es posible porque tanto Europa como el resto del mundo capitalista, incluyendo Estados Unidos, están atravesando una crisis profunda en la que el capitalismo se está subvirtiendo a sí mismo. Creo en lo que Marx dijo sobre este escenario, aunque no creo que Marx sea la solución ahora. Los gobiernos capitalistas se han vuelto tan dependientes de las corporaciones financieras que ya no tienen espacio para gobernar. Ciertamente estamos en un momento muy delicado, nadie puede predecir qué dirección tomarán las cosas. En 1989, cuando el comunismo colapsó, escuchamos muchos eslóganes: dulces, optimistas, ingenuos. Era el fin de la historia; el fin de la ideología; el fin del fin del fin. Nada se termina hasta que termina. Pensemos todo lo que pasó desde 1989, desde el supuesto fin de la historia... Solo con nombrar Ruanda, la guerra de Afganistán, el 11/S ya tenemos suficiente historia...

EL 11/S Y LA INCOHERENCIA.

-Usted ya vivía en Nueva York entonces. ¿Cómo repercutió en usted el atentado siendo un extranjero?

-Fue la primera vez que pude decir abiertamente "pertenezco a América". Estaba finalmente lejos de mi hogar y podía decir al fin estoy en este mundo loco de América, con cosas de colores, goma de mascar, gente de todo el mundo en la misma ciudad… Están acostumbrados a recibir gente de todo el mundo, es un lugar incoherente... Y esa es su gran virtud: la incoherencia. En el momento que se vuelva un país coherente será su fin. George Bush imaginó un país coherente y el desastre pudo ser aún mayor. La incoherencia es la expresión máxima de la libertad. El 11/S sentí una enorme solidaridad con los americanos y los extranjeros que estaban allí en ese momento porque todo era tan absurdo y fue planeado por una banda que realmente quiere transformar nuestra sociedad en algo que ellos creen mejor. Yo ya pasé por eso. Los comunistas también pretendían eso. Pero al menos en los días comunistas, la retórica, no digo la realidad sino la retórica, era atractiva. Daba ganas de abrazarla. Igualdad, fraternidad, era la Revolución Francesa de nuevo... La retórica que traían estos terroristas era cualquier cosa menos atractiva. Se supone que ellos están en contacto directo con Dios y que Dios les habla por teléfono y les dice qué hacer. Es mucho más peligroso que cualquier ideología totalitaria secular. Aquí, un líder se siente habilitado por una divinidad. Yo tengo alumnos de casi setenta países distintos en Bard, la Universidad donde enseño. Muchos de ellos, obviamente, son de familias musulmanas. Mi mensaje siempre es "no se dejen manipular". Vayan y pregunten: "¿Eso es realmente el mensaje del Islam?"

-¿Qué diría que es ahora: rumano-americano, americano-rumano?

-Vivo en América y considero que es un muy buen hotel, el mejor hotel del mundo en mi opinión. La basura se recoge, el agua corre, hay electricidad. Todo funciona y nada importa. En la vida comunista nada funcionaba y todo era importante. Después de más de diez años en América ya no es tan cierto que todo funcione pero todo sigue sin importar. Es una forma impersonal de vivir. Funciona.

-Es raro que no haya elegido París dado que fue el segundo hogar de tantos intelectuales rumanos, de Tzara a Ionesco, por citar solo algunos.

-Hablando mal y pronto yo no elegí nada. Alguien eligió por mí. En principio no quería dejar Rumania porque allí está mi lengua y si bien no era del todo feliz ese era mi lugar. Mi situación era muy particular. Si yo me iba a Alemania o a Francia como exiliado político dejaba en una situación muy incómoda a mis padres, que ya eran ancianos. Por lo tanto, lo primero que hice fue esperar, quizás el Líder (se refiere a Ceausescu) muriera o quién sabe… Y luego surgió la posibilidad de una beca en los Estados Unidos y esa era una buena solución. Se suponía que debía estar por algunos meses y luego regresar a Europa pero ya pasaron veinte años, quedé atascado en el mundo americano.

HITLER, STALIN Y CEAUSESCU.

-En El regreso del húligan usted utiliza a Kafka y a Marcel Proust como arquetipos para revisar su propia historia. ¿Por qué? ¿Cuáles diría que son los lados proustianos y kafkianos de su vida?

-Asumo que tengo algo de los dos: Proust y Kafka. Mi sensibilidad fue y sigue siendo de un temperamento proustiano. ¿Qué quiere decir proustiano aquí? Es una inmersión en la memoria para recrear y ficcionalizar una vida entera. De eso se trata la búsqueda del tiempo perdido. Eso está muy cerca de mi forma de escribir. Pero mi vida, desafortunadamente, fue invadida por lo que llamaría las fuerzas absurdas de la historia. Tengo otro libro que usted habrá visto llamado Proust Tea… Entonces, ¿cuál es la diferencia entre esto que podríamos llamar té en un campo de concentración y el pequeño Marcel esperando a su madre para que lo bese todas las noches y tomando su té con magdalenas? Hay una diferencia. Este chico, que vengo a ser yo, tuvo la oportunidad de entender el horror a una edad muy temprana. Pero yo considero que todos los sufrimientos deben ser respetados y considerados. Y esto lo aprendí especialmente en América. Yo no quiero ser una de esas personas que acusan con el dedo a los demás: ¿Qué sabe usted de dolor? Vives en un mundo libre, tienes todas las posibilidades y tu problema es ser o no ser gay… Uno no puede pedirle a la gente que vaya a un campo de concentración para entender… Pero sí hay una diferencia y eso es lo que trato de conjurar en mi estilo literario entre Proust y Kafka. Siento que tengo una parte proustiana y creo que los absurdos de la vida invadieron mi biografía en una manera muy kafkiana. Son partes complementarias en mí. Proust es acerca de mí y sobre mí y Kafka es acerca de mi biografía y la historia.

-¿Quién diría entonces que es más responsable de que el mundo lo conozca como escritor? ¿Hitler, Stalin o Ceausescu?

-(Se ríe) Se hace difícil elegir entre personalidades tan atractivas. Ya que soy rumano, Ceausescu tiene su importancia para mí pero además, como judío y ser humano… Debo decirle que de adolescente abracé el comunismo con pasión y hasta escribí algunos poemas para Stalin, porque nos había librado de Hitler, después de todo. Yo estaba fascinado con la utopía comunista entonces… No me siento culpable porque tenía solo trece años y era el cumpleaños de Stalin. Era parte de lo que hacíamos en la escuela. Pero sí había gente madura que sabía, que podía entender lo que pasaba y, sin embargo, lo apoyaba. Neruda, por ejemplo; Eluard, Aragon, todos ellos grandes muchachos, le escribieron poemas a Josef Stalin. Con Hitler es más difícil. Hitler fue más honesto, si se puede decir así. Dijo lo que pensaba hacer y lo cumplió. Vea, yo… no sabría a quién elegir entre estos… (mientras, la música de fondo del hotel es una versión de la banda sonora de El Padrino). Está claro que el primero fue el más decisivo porque quizás, sin él, el tercero no hubiera tenido razón de ser.

RUMANIA COMO INFIERNO.

-EnEl regreso del húligan, el lector comprende que Rumania tuvo una manera particular de abrazar el nazismo, primero, y el comunismo después. ¿Hubo también una particular manera rumana de arruinar la utopía socialista distinta a la de los otrospaíses del Este?

-Sí. En Rumania el socialismo fue mucho más artificial que en cualquiera de los demás países. En términos generales, el paisaje político rumano siempre estuvo inclinado hacia la derecha. Cuando el Ejército Rojo entró a Rumania en 1944, el país fue lo suficientemente inteligente para cambiar de bando. Cuando el Ejército Rojo llegó, el Partido Comunista rumano tenía mil miembros. Nada, para una población que entonces llegaba a los 20 millones. En 1989, cuando el sistema colapsó, el Partido Comunista había llegado a casi cuatro millones de afiliados; estos cuatro millones eran oportunistas. Probablemente ni siquiera podrían contarse mil comunistas verdaderos, convencidos, en esta masa. Una vez que Ceausescu fue asesinado, la gran mayoría de estos miembros se volvieron feroces anticomunistas. Los rumanos son hedonistas. Allá decimos: "Tenemos poetas; no santos". Uno debería simpatizar con un país que se piensa a sí mismo de esa manera pero, al mismo tiempo, revela una volatilidad del carácter muy peligrosa. En Rumania el talento nunca ha sido un problema, pero el carácter es nuestro problema y lo sigue siendo. Rumania puede volverse un infierno en las épocas de crisis.

-Por ejemplo…

-Durante la Segunda Guerra Mundial los reportes alemanes acerca del comportamiento de los militares rumanos hacia los judíos, los gitanos, los ucranianos… Los informes alemanes reservados describían a los rumanos como "sádicos, gente bárbara sin ninguna racionalidad". A ver: los alemanes, en su lógica, tenían cierta racionalidad, seguían órdenes.

-¡Y eso era parte del problema!

-Exacto. Si usted les decía "maten", ellos mataban. Si les decía "paren", obedecían. Los rumanos, no. Pero dado que la corrupción es una parte constitutiva de Rumania, mucha gente se salvó. Usted podía salvarse sobornando a un oficial rumano; muy difícilmente a un alemán. Rumania antes de la Segunda Guerra fue una especie de democracia latinoamericana.

-¿Cómo leyeronEl regreso del húliganen Rumania? ¿La gente enfureció con sus descripciones?

-Le doy dos ejemplos para entender lo que pasó con el libro. Recibió una nominación para el premio de la Unión de Escritores. Solo recibió un voto y fue de la mujer que lo propuso. Luego fue nominado al premio de la Academia rumana. El presidente de la Academia dijo que este libro insultaba a los rumanos y que no podía ni siquiera aceptarse como candidato. Mientras, una vez más, como Rumania estaba en la Comunidad Europea, tuvieron esa enorme habilidad para adaptarse, como sabemos. Ahora las cosas han cambiado y tienen que respetar algunas de las reglas de la Comunidad, tratando de negociar mejor con su pasado. Tratando de no explicar sus desgracias bajo la culpa de otros: rusos, judíos, alemanes. Los rumanos creen no haber hecho nada, pero hicieron montones de cosas como yo sé y ellos mismos saben. Las cosas van mejor, en Transilvania y Bucovina se vive de una manera más apegada a lo jurídico y legal.

-¿Pero cómo querrían respetar el dictum de la Comunidad Europea cuando los rumanos son rechazados en muchas partes de Europa?

-Los rumanos tienen que aprender ahora de eso que les hacen a ellos, que es lo que ellos le hicieron en el pasado a tantas minorías que habitaban Rumania. Por otra parte, hace unos años escribí un artículo para el Corriere della Sera. Un gitano rumano había asesinado salvajemente a una mujer italiana. Y se desató una caza de brujas. Mi idea es que es un error transferir la culpa de un individuo a una sociedad o a un grupo étnico. Esto les ha pasado a los gitanos, los judíos...

-Los musulmanes.

-También... No hay nada tan homogéneo. No se puede juzgar a una comunidad entera por un individuo. El castigo debe ser individual también. Lamentablemente esto les está pasando a muchos rumanos que trabajan en otros países, igual que a los argentinos, los rusos... Por supuesto que no me agrada ver que estigmaticen a los rumanos, o que inflamen de odio contra los gitanos o lo que sea. Todo el mundo está tratando de protegerse en una especie de muro de Berlín individual.

MONUMENTOS A LA VERGUENZA.

-¿Cómo juzgó las revelaciones tardías de Günter Grass y Milan Kundera acerca de sus participaciones respectivas en el nazismo y la máquina de delación checa? ¿Puede que conocer el pasado privado de los escritores altere nuestra forma de leerlos?

-Acerca de la situación de Kundera escribí un artículo y dije que aún si lo que dijera fuese verdad (porque no estoy seguro), pero si fuera… dije que no lo creería tan culpable por algo que hizo a los 24 años, cuando era un joven del Partido Comunista. Lo que sí los hace culpables es no reconocerlo y no querer debatirlo. Por cuarenta años, Günter Grass hizo el papel de fiscal de la gente alemana, de su culpa. ¿Por qué nunca dijo "yo también soy parte de esa culpa"? Thomas Mann tiene un texto hermoso al respecto que se llama "Brother Hitler". Mann se opuso a Hitler en su momento y aún así escribió: "yo tengo que asumir también la parte mala de mi nación". Esto es lo que Günter Grass nunca hizo. Ese es el punto. No voy a juzgar culpable al Grass de 18 años ni al joven Kundera. Pero esas cosas deben ser dichas, debieron ser dichas antes. Hace un par de años di una charla en Barcelona a propósito del 20 aniversario de la caída del muro de Berlín. Y sugerí que, cada país, no solo Alemania, no solo Rusia, no solo Argentina, sino todos tuvieran sus propios monumentos a la vergüenza nacional. No solo monumentos al heroísmo sino aquellos que me muestren cuáles fueron las cosas horribles que los países le hicieron a su gente o a otro país vecino. Es tan importante eso como mostrar las huellas de las conquistas y demás. Ese es mi punto de vista sobre el caso de Grass y también sobre el de Kundera.

-Usted suele hablar de la lengua como su casa. ¿Es el lenguaje lo único que un Estado totalitario no puede arrebatarle a un ciudadano?

-Vea, hay un texto hermoso de un intelectual alemán llamado Victor Klemperer. El escribió un muy buen libro sobre la época nazi pero también tiene un gran libro sobre el lenguaje. Era un lingüista. Escribió acerca de cómo el pensamiento totalitario destruye también el lenguaje. Los clisés y eslóganes se imponen en la lengua. Sí, creo que el lenguaje es la casa de la especie humana, y es el corazón de nuestra historia. Poner límites a eso puede provocar un daño muy fuerte.

-Pero usted pudo superarlo…

-Hay que intentarlo, si no estaría muerto, especialmente como escritor. Porque el lenguaje es tu herramienta y tu lugar para pensar y sentir. Si usted obedece al canon se muere la escritura. Y ahora vemos cómo montañas de libros escritos en ese momento, bajo esa vigilancia, carecen de absoluto valor.

Esconderse del caos

NACIDO EN 1936 en Bukovina, Rumania, Norman Manea es hoy considerado uno de los escritores europeos de mayor relevancia, a pesar de que hace casi veinte años que está radicado en Nueva York. Su extensa obra se abrió en 1969, cuando publicó el libro de cuentos La noche en el lado largo, y ha continuado desde entonces con casi una veintena de títulos entre los que también figuran novelas y ensayos, traducidos a varios idiomas.

En una reciente entrevista realizada por Mónica Zgutova para la Revista de Occidente, Manea, de origen judío, contó que cuando tenía cinco años "la dictadura nacionalista-militar del mariscal Antonescu me deportó con mi familia a un campo de concentración. Ese fue mi primer exilio. En una extraña pero significativa simetría, a los cincuenta años me vi forzado a abandonar otra vez Rumania, esta vez gobernada por el dictador Ceausescu, que afirmaba ser lo opuesto al anterior. En medio de estas dos situaciones extremas experimenté algo así como un exilio interno para poder soportar la vida cotidiana en una sociedad tiranizada". Y de eso suelen tratar sus libros.

En La guarida, una de sus última novelas publicadas, un puñado de exilados en Estados Unidos trata de rehacer sus vidas con suerte dispar. La historia se centra, a modo de testigo privilegiado, en Augustin Gora, un profesor universitario -una suerte de alter ego del propio autor-, que llega a mediados de los 80 y observa cómo poco a poco se van acercando otros compatriotas, entre ellos su ex esposa Ludmila y la nueva pareja de ésta, Peter Gaspar. Peter está particularmente interesado en la figura de Cosmin Dima, un intelectual también rumano, establecido desde muchos años antes en aquel país, una suerte de profeta de la nacionalidad de la patria abandonada, con una peligrosa inclinación hacia el fascismo.

Manea ya había publicado hace unos años en el Partisan Review un artículo titulado "Felix culpa" que provocó escándalo, acusando de antisemita y nazi al rumano Mircea Eliade, uno de los fundadores de la historia moderna de las religiones, tarea desarrollada desde su cátedra en la Universidad de Chicago. Es obvio que en su figura está inspirado Dima, y de algún modo en Mihnea Palade, otro intelectual que quiere seguir los pasos del maestro y es asesinado sin dilucidarse si el victimario pertenecía a grupos de extrema derecha o a viejos comunistas rumanos.

Entre estos intríngulis se desplaza lenta, muy lentamente la novela. Su lenguaje es perseverante y verborrágico, y todo parece transcurrir entre intrincados diálogos donde los protagonistas se hacen y repiten infinidad de preguntas de hondo contenido filosófico y nulo valor narrativo. El lector se ve sometido permanentemente al viaje interior que realizan estos confundidos personajes, plagado de laberintos vacuos y en los que la mayoría de las veces solo se llega al propio punto de partida.

"El lector se esconde del caos en un libro, es una buena guarida", sostuvo Manea justificando el título de su novela. En este caso, la guarida es inhóspita y el lector queda desprotegido.

LA GUARIDA, de Norman Manea. Tusquets, 2012. Barcelona, 337 págs. Distribuye Urano.

En español

EL SELLO Tusquets concentra la mayoría de los libros de Norman Manea traducidos al castellano:

El sobre negro (novela, 1986)

Payasos. El dictador y el artista (ensayos, 1997)

Felicidad obligatoria (cuentos, 1999)

El regreso del húligan (novela, 2003)

El té de Proust. Cuentos reunidos (2010)

La guarida (novela, 2012)

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