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Porque en la novela Elizabeth Finch, de Julian Barnes, el autor lo ha vuelto a hacer: crear una historia superior a partir de una mínima anécdota. La biografía de una profesora y escritora ficticia (no importa en cuántas reales se inspire) a cargo de un ex alumno embelesado se va convirtiendo, por la sensibilidad y pericia de este inglés tanatófobo, en una honda reflexión sobre los proyectos inconclusos del ser humano y la dificultad absoluta de entrar en su alma. Un arco temporal soberbiamente planteado lleva de Elizabeth Finch al emperador romano Juliano “El Apóstata” y transforma el libro en un viaje novelesco y ensayístico de primera clase. (Anagrama)
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