El misterio Carlos Gardel

Enrique Estrázulas

EL 11 DE diciembre de un año incierto —a fines del siglo XIX— nacía Carlos Gardel en la estancia Santa Blanca del Valle Edén, Tacuarembó, Uruguay. Un número superior a la veintena de documentos probatorios de su nacionalidad oriental, hacen de ese anecdotario un tema prácticamente superado.

Carlos Gardel aventajaba el vuelo lírico de todos sus letristas con la sola sensibilidad de su voz. Esa voz multitonal que fue única tanto para Giuseppe Di Stéfano como para Enrique Cadícamo, hace 70 años que nos cautiva desde grabaciones defectuosas. Gardel murió el 24 de junio de 1935 y tan misterioso fue su paso por la vida, que ignoramos su edad exacta, sus brumosos orígenes y las causas certeras del accidente en el Aeropuerto de Medellín que puso fin a sus días.

En síntesis: lo más literario que tiene el pasaje terrenal de Gardel es el misterio. Los que hurgamos en él, nos conformamos con la suerte de un enigma que nos legó el mayor cantor de Buenos Aires, el más dotado cantor criollo de estas latitudes y el creador absoluto del tango-canción por calidad y por descubrimiento.

Aquel hombre que no conocía la escritura de los signos musicales, compuso con el silbido y la intuición más de un centenar de temas que están para siempre en la mejor historia de la música. Esa faceta extraña —admirada por los músicos cultos y populares— le dio un sesgo universal cuyas raíces están en toda la Cuenca del Plata.

SUPERIOR AL SILENCIO. En el año 2003, la voz de Gardel fue declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, junto a Beethoven, Caruso, María Callas, Mozart y una breve lista labrada por el oído del planeta, cuando se silencia para retener el sonido de los elegidos.

Ante todo, Gardel era un cantor de tangos. Esa condición a menudo despreciada desde sus orígenes, admite un reconocimiento que puede maravillar o indignar a sus enemigos de elite: la certidumbre de que la música culta no está solamente en los archivos de cenáculo y que tiene dos evidencias: el talento o la esterilidad.

La primitiva condición de paria o marginado del cantor, no hace más que redoblar sus méritos. La figura lujosa que él mismo creó, habla de un profesional que puso en la cima la valoración latinoamericana y luego europea del tango rioplatense con ramificaciones en Japón y en China.

Cuando Gardel "era feliz e indocumentado" (habría que dudar posiblemente que haya sido feliz) era un niño que deambulaba por las calles del Abasto con carencias y privaciones. Pero, paralelamente, hacia su juventud, con siete años de ausencia de Buenos Aires —otro misterio que a muchos historiadores argentinos y orientales hace pensar en Tacuarembó— el cantor se fue formando en la calle, en la noche, tal vez en la desesperanza de un hombre al albur entre bohemios y malandras.

Así lo conoció el mitológico Evaristo Carriego, quien asistió una noche al O’Rondeman y le dijo al artista al final de su actuación como solista: "Lo felicito por ser superior al silencio", y se fue, dejando al joven y obeso Gardel de entonces hablando solo, porque nunca había recibido un elogio más profundo. La anécdota fue registrada y narrada por José Razzano en 1959 a quien esto escribe.

Cuando José Razzano perdió la voz (aunque opiniones autorizadas dicen que simplemente dejó de cantar) Gardel comenzó su vertiginosa carrera como solista, y Razzano como representante del cantor, por algunos años. Eduardo Morera convenció al trovador para que filmara sus primeros "cortos" o video clips después de vencer una resistencia motivada por su obesidad. Aquí, justamente, nace el Gardel buen mozo, el de la sonrisa lumínica. Caminaba cuarenta cuadras por día, jugaba a la paleta y, al decir de Morera, llegó a perder treinta kilos en tres meses.

EL NUEVO GARDEL. Estos virajes de imagen fueron sus primeras armas en una carrera cinematográfica tan vertiginosa como breve. No olvidemos que Gardel nunca estudió teatro, ni cine. Su apuesta fue salir a probar suerte marcado por un director, como primera figura. Nadie pudo imaginar a un gran actor en esas condiciones. Y, ciertamente, no lo fue. Pero Gardel logró superar a más de un actor profesional que integraba sus elencos.

El cantor de tangos dejó atrás al gran cantor criollo y logró también más de un éxito con temas ajenos al tango. Pero fueron el tango y el telón de fondo de Buenos Aires quienes armaron su gran escenario. Le cantó a un arrabal mitológico que hoy existe en su voz tan inexplicable como el arte mayor. Ese arrabal que lleva a murmurar versos de Borges: "el tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto/ un recuerdo imposible de haber muerto/ peleando, en una esquina del suburbio".

Sin embargo, Gardel no era el típico compadrito ni el guarango orillero. Actuaba sus personajes; hacía de la música ciudadana o suburbana una dicha o una tristeza sublimes; lograba transformar las letras más sensibles en poemas. Cualquier tema que pasara por la garganta de Gardel estaba destinado a no morir. Algunos temas, muy elementales, multiplican sin embargo una magia inédita.

No era un arrabalero típico. Interpretaba a los compadres y a los líricos desde una naturaleza a menudo refinada. Y ese señorío no provenía de su cuna sino que simplemente estaba en la actitud de un varón sagaz y sensible, sin más apellido que un seudónimo. Así se fue convirtiendo en un referente de grandeza para todo el Plata. No existió un solo cantor de tangos que no se apoyara en Gardel.

PRIMER INSTRUMENTO. A los tangos que humillaban a las mujeres, el cantor los transformaba a menudo en piedad (Margot, Pobre Paica, Callejera, Pompas, Che papusa, oí, Traicionera, Una lágrima, etc.). Esa suerte de dicotomía no fue entendida por los interérpretes recios y despectivos. Del mismo modo interpretó la decadencia de los malevos: Ventarrón, Langosta, El Ciruja. Gardel narraba cada historia sangrienta sin personalizarse en un cuchillero.

No menos admirables son las versiones gardelianas de los tangos de Discépolo, tanto en las composiciones de color humorístico (Chorra), como en las profundas tragedias de Secreto y Yira-yira. Se le atribuye a Discepolín declarar en Radio El Mundo: "Los temas míos que grabó Gardel son definitivos. Los comprendió como si él mismo los hubiera escrito".

A muy pocos cronistas se les ocurre pensar que Gardel entendía hondamente la literatura que musicalizaba. También son muy pocos los que se animan a afirmar que entendía la poesía tal como la emitía. Si observamos la elección de los temas de Cadícamo, Manzi o Lepera y su interpretación, encontramos que Gardel —como dijo Eladia Blázquez—fue un extraordinario cantor lírico. Muy pocos mencionan a Alfredo Lepera como un versificador de vuelo notable y de infrecuente profundidad. Si oímos y analizamos el tango Cuesta abajo, descubrimos que su último letrista, igual que los mencionados, anula a muchos poetas mal llamados cultos. En el agregado de la voz de Gardel puede estar el secreto, el soplo poético. ¿Entender la poesía es solamente una superstición libresca? Tiendo a creer que no; que la poesía está dentro y fuera de los libros.

En los silencios, en los giros de Gardel, en su constante sobriedad, están su talento y su sabiduría. El color de su voz también linda con el misterio. Acaso el cantor no lo sabía. Somos nosotros, los vivientes, quienes nos vamos enterando sin fatiga, poco a poco, de algunos detalles que nos dicta un enigma.

EXPLICAR AL CANTOR. A Gardel nadie le hizo un reportaje en profundidad, nadie hurgó sobre la evidencia de una sensibilidad poco común, de una inteligencia que se oye. Es una gran laguna del periodismo de su época, mucho más interesado en lugares comunes que en la tarea más trabajosa, más meditada y más intelectual que implica develar, aunque más no sea, una parte del misterio que nos ocupa. Nos obliga a pensar en un hombre ausente que dijo algo más de lo que grabó y aún no lo podemos explicar los que formamos parte del vasto mundo auditivo. En cada canción quedaba latiendo algo más que la música y la letra. Y en cada silencio, en cada giro, su voz le ganaba a la exageración para dar con la expresión más sobria y elocuente.

Intentar una introspección en la hondura del personaje que ya no está —y que muerto ya sobrevivió siete décadas—nos conduce solamente a una posible aproximación. A más de un señor culto, limitado por ausencia de calle, de suburbio y de noche, le llamará la atención este análisis. Son los que ignoran que Gardel influyó notoriamente en la literatura de Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Gelman y Osvaldo Soriano, en Raúl González Tuñón y Pedro Orgambide, en Mauricio Rosencof, Alejandro Dolina y tantos otros.

Esa influencia emocional que genera, hace que un cantor de intención popular —un verdadero ejemplo solitario— se eleve a la altura de un Erik Satie y nos recuerde la máxima de Anthony Quinn: "Al que le gusta Bach y no le gusta Gardel, a ese, no le gusta Bach".

Estas citas son la prueba de que nos vamos quedando sin indicios para dar con alguna clave sobre el arte enigmático de aquel hombre que Onetti conoció en Montevideo en 1933 y le pareció tan tímido como él mismo; aquel cantor de la sonrisa lumínica que al cumplir 70 años de ausencia sigue ayudándonos desde el disco, a vivir, a morir un poco, a comprender la historia del silencio. Esa historia que inventó la música.

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