Música uruguaya

El gran bardo oriental, también poeta frágil como pájaro: una biografía de Eduardo Darnauchans

"Yo creo que ella me quería", dirá de su madre siendo adulto. La vida y circunstancias de un creador que marcó a varias generaciones.

Eduardo Darnauchans
Eduardo Darnauchans
(Archivo El País)

por Daniel Morena
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Escucha temprano de Atahualpa Yupanqui, de Aníbal Zampayo, de Osiris Rodríquez Castillos, alumno pupilo en un colegio jesuita (llegó a ser monaguillo), el preferido de un núcleo familiar estrecho y ausente, el niño solitario que lee a Horacio Quiroga, a Edgar Allan Poe, que sueña con ser arqueólogo, emprendiendo viajes imaginarios “descubriendo pirámides, tesoros, llenando los cuadernos con batallas entre asirios y egipcios”, un niño cuyo ser adulto recordará (vuelto arqueólogo del alma) aquellos sus primeros años en Tacuarembó, la primer guitarra contrabandeada del Brasil en un cuero de oveja, las primeras clases de música tomadas con un maestro evangelista, las veladas en el círculo de Washington Benavides. El niño que dirá de hombre, tras un doloroso juego de ausencias: “Yo creo que ella me quería”, al hablar de su madre.

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Eduardo Darnauchans en casa de sus abuelos, Trinidad. (Archivo de Chichila Irazábal)
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Al principio. El grado cero de la partitura fue el folklore, y ya en sus presentaciones por ferias y kermeses solía improvisar, dando ocasión a composiciones accidentales. “Cantaba zambas de los Cantores de Salavina. Hacía la primera estrofa y la última, y lo demás lo inventaba”. De la niñez tardía datan también el asma y el tabaco, desde entonces inseparables (en el mismo bolsillo solía llevar la caja de cigarrillos y el inhalador). Compuso las primeras canciones en francés, a imagen y semejanza del baladista Antoine, una lengua que le era íntima por la rama paterna de la familia. Dice el biógrafo: “Para fines de los 60, Tacuarembó contaba con una movida sólida y comprometida con la música. Sus integrantes se dedicaban a componer sus propias canciones o versionar a grandes poetas”. Los primeros integrantes del círculo serían Eduardo Milán, Víctor Cunha y Carlos Da Silveira. Numa Moraes, Eduardo Larbanois y Carlos Benavides lo ensancharían hacia los años setenta, y el mentor de la pléyade fue el poeta Washington Benavides.

Antes de instalarse en Montevideo (1971), versiona las canciones de forma ecléctica, las propias y las ajenas. (“Las milongas perversas”, dice Washington Benavides a propósito del juego de espejos que Darnauchans despliega en sus intervenciones). También la forma de cantarlas, dispensando reverberaciones y énfasis hasta el momento no convencionales y al día de hoy de uso. Desde su arribo a la ciudad y su primer disco, Canción de muchacho, hasta su tercero, Sansueña, Darnauchans musicalizó principalmente la poesía de otros autores, y a partir del tercer disco en adelante habría de priorizar lo suyo hasta el final (El ángel azul, lo último que grabó), con la curiosa excepción de Canciones sefaradíes, un volumen integrado por versiones libres del cancionero ancestral judeoespañol.

Cuarenta años en que Montevideo personificaría su escenario vital, el teatro fijo de su ambular y quintaesencia de su repertorio. Los bares (Girasoles, el Mincho, El Lobizón, Amarcord), que conocía por el revés del día, las salas de teatro, los auditorios, los estudios de grabación y las discográficas (Sondor, Orfeo, Ayuí, grabó con todas), los pubs, donde solía tocar por dos cobres, los excesos, el casamiento por iglesia (“era donde nos cobraban más barato”), la vasta ronda nocturna. Montevideo como fuente de inspiración y de amistad. Montevideo y un público que fue creciendo de forma sostenida y fiel. Un público de culto, no masivo, sobre todo universitario, y de artistas y aficionados al arte. La ciudad donde se fue construyendo un pasado abundante, entre múltiples oficios dispersos: estudiante de letras, de cine, corrector de imprenta, corrector en Jaque, columnista en Posdata, conductor radial. Trovador, performer, bohemio. La ciudad de la que no se movió salvo un breve período en Argentina (trabajó en un taller de cinturones, una fábrica de municiones, una juguetería). La ciudad donde se lo prohibiera en dictadura. La ciudad donde tocara su fin, apenas con 53 años.

Paredón y después. Las desgracias familiares son la columna vertebral de su vida, desde la muerte súbita del padre hasta el claustro senil de la madre, pasando por el abuelo, que después de darse un tiro “caminó herido hasta la seccional, entregó el revólver, aclaró que se había disparado él mismo y murió”. También la hermana se suicidó, y el mismo Darnauchans lo intentaría, hasta diferirse en una muerte lenta por tabaco y alcohol. El día que murió —cuenta el libro—, salió a dar el último paseo, a despedirse de la ciudad. Estuvo tomando algo en un bar. Quince días antes había fallecido su esposa. Esa tarde, en el residencial donde vivió al último, apareció un perro que nadie conocía y pasó la noche final con él, metido debajo de la cama. Tenía un libro de Borges en la mesa de luz. Había empezado a leer La memoria de Shakespeare. Lo sepultaron envuelto en la bandera del Partido Comunista, bajo una cruz y una réplica de La Piedad de Miguel Ángel.

 

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Eduardo Darnauchans y Fernando Cabrera, ca. 1980 (Archivo de Víctor Cunha)

Amistad y coincidencias. De la amistad, quedan varios testimonios artísticos. Uno de los más recordados sea quizá el recital Ámbitos, un dueto con Fernando Cabrera que fue teniendo segundas y terceras partes en el Teatro Solís, hasta materializarse en un disco póstumo el año 2008. (“Con Cabrera funcionamos muy bien. Vamos como ciclistas en la carretera, tapándonos el viento”). Queda el testimonio plástico de algunos discos, el arte de tapa concebido por su amigo Fidel Sclavo, siempre minimalista y con secretas alusiones. Queda un disco de textos recobrados, El ángel azul, en colaboración con el guitarrista Alejandro Ferradás. Quedan notas críticas, casi siempre generosas. Queda la militancia comunista. Queda el recuerdo íntimo para los escuchas que lo siguieron. Queda la amistad devocional del público, incondicional.

 

Eduardo Darnauchans

Esteta decadente. Cuando Italo Calvino habló de Felisberto Hernández, lo definió como un inclasificable. Esa fuga de la taxonomía (al menos parcial) funciona con Darnauchans. Son tantas las variables a nivel conceptual (letrificación de melodías y musicalización de textos), las vertientes musicales que maneja, desde el rock y los aires celtas a la milonga campera y el fado, los recursos técnicos de la exacerbación vocálica y aún consonántica (singularmente melismático; practica una especie de gongorismo musical), el clima íntimo y a la vez obsesivo de las performances (solía llevar un libro de poesía y ponerse a leer). O el artificio del lenguaje en las canciones, interpolando conceptos filosóficos y términos en jerga o lunfárdicos, la puesta en escena (según Rodríguez Barilari, fue el primero de los músicos uruguayos en concebir un personaje en escena), la vida vivida al borde, poblada de fantasmas en los que a veces se transformaba, y ese otro mundo de la pesadilla profunda, entrando y saliendo de clínicas psiquiátricas, con autoflagelaciones a cuchillo, sobrellevando el sino de las desgracias familiares, personificado en su madre, de quien se grabó la M a yilé en el pecho, y que “también es la M de Muerte” (p. 395).

Lo de esteta decadente (un acierto conceptual) procede de una inscripción grabada en nombre de la Brigada Tristan Tzara con la intención de injuriarlo. El grafiti podía leerse hacia los años 90 en la esquina de 18 y Gaboto. El texto completo del grafiti: “Cabrera, cabra encabritada. Darnauchans, esteta decadente”. Para Darnauchans, errático frecuente de esas calles, resultó mucho menos un agravio que un elogio, y quizá (secretamente) una afirmación pública de su afán anti consagratorio.

Belleza triste. No es (como se ha dicho) que en Darnauchans falte la intención luminosa (no ha lugar el mote depre) sino que las palabras de la canción están siempre sostenidas por melodías al borde, y siempre a punto de caer. Se palpita ese riesgo, la tácita amenaza de la mirada al abismo y no al arriba; se cuentan los sesenta latidos de un minuto (como quería Blake), y la inicial epifanía del salto hacia la luz se va eclipsando, decolorándose en un crepusculario de tendencia a la penumbra, como en el Neruda que tanto admiró y cantó, como en Marinero en tierra, Tributo a Neruda (Warner, 1999). Lo diáfano potencial se borronea entonces en íntimo aullido, convirtiéndose en trance y diezmo del espectador en la butaca. Constituye un solaz catártico muy montevideano, un pasivo elixir muy original para una minoría, un mantra que Cabrera compartió con él y hoy cultiva en su minifundio. Es el talismán del cantor, y así también la hibridez poética que rige la canción. En una misma letra, Darnauchans puede tentar un verso terapéutico como “Conocerse claro está que necesita su tiempo”, el asombroso neologismo edilicio de los “años que albañilean…” pasando por el espejo crudo de “un cantor de boliche: me conocí en el ejemplo”, hasta la cumbre de la delicadeza interior al escribir “es tu voz la que te dice, si la promesa es lo cierto”. Es una amalgama que ensaya y concreta también en el plano musical, y aún en la misma pieza. En “Final”, las guitarras cristalizan resonancias armónicas a la manera de Bach, mientras la voz discurre en una melodía muy siglo XX, con mucho del primer Antoine y del Mateo de “Canción para renacer”. La mixtura de estilos, de escuelas literarias, de compositores, la musicalización de poetas de muy variada altura (Borges/Neruda/Benavides) es lo que distingue a Darnauchans. “Parecen pájaros las canciones de este hermano” dice Silvio Rodríguez. “Son de una fragilidad y una belleza muy peculiares.

La biografía. Este libro es un acto de amor, un acercamiento sincero y admirativo a Eduardo Darnauchans. Se trata de un parte documental exhaustivo y didáctico, sin pretensiones literarias, basado en entrevistas con el biografiado y su entorno, y no sólo en el campo del testimonio oral sino también genealógico. Al principio se remonta hasta fines del siglo XIX, cuando inmigrantes franceses y catalanes recalaron en el Brasil dando origen al linaje del cantor. El libro abunda en datos sobre ensayos y presentaciones, conjetura sobre el origen emocional de las composiciones, repasa las disputas y los arreglos discográficos, el recambio de los músicos, la crítica de la hora, y recopila una miríada de versiones que no ocultan nada, y a veces nada revelan. La compilación frondosa de información sobre una canción no asegura haberla descifrado en su génesis, si es que algo así fuera posible. Cada capítulo se encabeza con un epígrafe de Darnauchans. El relativo a una enfermedad que lo alejara de la música, reza: Cuando me vean pasar, no me dejen ir. Pídanme que cante.
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En el epílogo del libro, músicos jóvenes hablan de la huella de Darnauchans, de su incidencia tutelar entre la nueva camada.
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EDUARDO DARNAUCHANS, Entre el cuervo y el ángel, de Marcelo Rodríguez Arcidiaco. Perro Andaluz/Intendencia de Montevideo, 2023. Montevideo, 430 págs.

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La biografía de Marcelo Rodríguez Arcidiaco. Foto de tapa Víctor Cunha.

Los discos que dejó el Darno
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Canción de muchacho (Sondor, 1973)
Las quemas (Sondor, 1974)
Sansueña (Sondor, 1978)
Zurcidor (Sondor, 1980)
Nieblas & neblinas (Orfeo, 1985)
El trigo de la luna (Orfeo, 1989)
Noches blancas (Orfeo, 1992)
Entre el micrófono y la penumbra (Ayuí, 2001)
Darnauchans 8 ½ . Raras & casuales (Ayuí, 2002)
Canciones sefaradíes (Ayuí, 2004)
El ángel azul (Ayuí, 2005)

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