El Barón von Páramo

Héctor Orestes Aguilar

HACE YA MÁS de quince años, el poeta y traductor Guillermo Fernández me contaba que, durante una cena en casa de Carlos Pellicer, que él solía frecuentar, coincidió a la mesa con Juan Rulfo. Ingenuo, quizá con un dejo de la malicia involuntaria que luego lo volvió imprevisible, mi confidente le preguntó al novelista jalisciense si había leído los libros de Alexander Lernet-Holenia. Muy enfadado, Rulfo sencillamente lo mandó al diablo con una fórmula muy mexicana que no hay necesidad de reproducir aquí.

El poeta Pellicer, quien siempre fue un refinadísimo anfitrión, retomó el curso de la charla y animó a los demás invitados, quienes, no sin desconcierto, se preguntaban a sí mismos por qué el autor de El llano en llamas había respondido de manera tan rotunda a una pregunta que no parecía llevar ninguna doble intención. Nadie, por lo menos en ese momento, pudo explicarse el exabrupto.

Tiempo después supo Guillermo Fernández el motivo de la cólera rulfiana. Desde su aparición hoy hace medio siglo, Pedro Páramo ha corrido, como toda obra emblemática dentro de una literatura y una lengua, con la suerte de ser comparada hasta el exceso. Por las épocas en las que la cena en casa de Pellicer tuvo lugar, la novela de Rulfo era insistentemente leída con el velo de —diría Harold Bloom— la angustia de las influencias. Lo mismo en Harold Laxness que en Charles Ferdinand Ramuz y en María Luisa Bombal, la crítica de la época buscaba antecedentes, tendía vínculos o establecía comparaciones que, a la larga, debían de molestar mucho al propio Rulfo.

Uno de esos tempranos ejercicios de lo que ahora se llama, en la industria académica, literatura comparada (o, más sofisticadamente, comparatística), establecía un vínculo entre Pedro Páramo y "El Barón Bagge", del escritor austriaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976).

ESCRITOR POPULAR. Lernet fue uno de los grandes profesionales de las letras alemanas de entreguerras; vale decir, se entregó de manera absoluta a la escritura, trabajando en repetidas ocasiones a destajo para poder completar novelas de aventuras y obras de teatro que escasa o nula legibilidad tienen en nuestros días. Con toda seguridad, fue uno de los primeros escritores austriacos en beneficiarse de la aparición del libro de bolsillo, pues la mayor parte de sus novelas y colecciones de relatos tuvieron grandes tirajes bajo esa forma.

Poeta, dramaturgo, narrador y ensayista, Lernet fue una personalidad emblemática en la sociedad literaria europea de los años 1950, en especial dentro del ámbito germánico. Aunque no fue un cantor de la-guerra-como-acción-purificadora al estilo de Ernst Jünger ni participó de atentados contra el régimen de la República de Weimar como Ernst von Salomon —otros dos escritores en lengua alemana conocidos en castellano y con quienes cabría atribuirle cierta familiaridad— el hecho de haber vestido el uniforme de la Wehrmacht y de haber alimentado sus obras de una aristocrática nostalgia del pasado real-imperial de Austria, le dieron a su actuación pública y al conjunto de su obra un acento conservador que siempre lo estigmatizó. De hecho, la fundación de la Asamblea de Autores de Graz, el primer organismo pretendidamente democrático de la literatura austriaca de posguerra, tuvo lugar precisamente luego de una serie de acciones en contra de Lernet, quien, en su calidad de Presidente del PEN Club de su país, había desplegado una actitud reacia a la vanguardia y a la literatura "comprometida".

A despecho de su filiación ideológica, Lernet fue responsable de una copiosa cantidad de libros (más de 70) que hizo publicar a un ritmo febril, y entre los que se cuentan obras curiosas, heterodoxas y lamentablemente olvidadas, como los dos volúmenes que dedicó a celebrar emotiva, apasionada e incondicionalmente a Greta Garbo: el álbum Greta Garbo. Una maravilla en imágenes (1938) y la semblanza Greta Garbo. Ideal del siglo (1956), que ahora son prácticamente inconseguibles. Sólo entre 1931 y 38 dio a la luz diez obras de teatro, un volumen de poemas, varios relatos y once novelas, entre las que cuentan algunos best-sellers como Aventuras de un joven caballero en Polonia (1931), Yo fui Jack Mortimer (1933) y El estandarte (1934). Muchos de aquellos títulos fueron en su oportunidad traducidos al castellano, sobre todo sus novelas y colecciones de relatos, gracias al estímulo de la traductora Anna Renée Lifczis, amiga del escritor, que fundó una agencia editorial internacional con sede en Buenos Aires, y emprendió la venta de los derechos de una gran cantidad de escritores alemanes y austriacos durante los años cuarenta y cincuenta. Lifczis se encargó personalmente de la traducción de obras tan importantes como la ya mencionada El estandarte, El conde de Saint-Germain, El hombre del sombrero y los relatos reunidos en La cita. Se sabe que el propio Jorge Luis Borges alentó en 1956 la edición de "El Barón Bagge", en versión de Luis Alberto Bixio, para las diminutas y entrañables ediciones de la revista Sur. Entre los años 1930 y 60, al lado de Stefan Zweig —quien, por cierto, escudado en el pseudónimo Clemens Neydisser escribió junto a él la obra teatral La oportunidad hace al amor, de 1928— Lernet-Holenia fue uno de los escritores de lengua alemana más populares en Occidente.

Los temas de sus obras pueden concentrarse en dos grandes rubros. Al primero pertenece, ejemplarmente, la novela Marte en Aries, donde se relatan las acciones de campaña en el frente de guerra polaco de septiembre de 1939. En este libro, prohibido durante el III Reich, se recobran muchos elementos autobiográficos, pues Lernet fue oficial de caballería del ejército y participó en la Segunda Guerra. El estandarte es otra novela, bastante conocida, traducida y filmada para la televisión en una coproducción austrohispana de 1976, que aborda la vida militar y teje su trama con los elementos del relato de cortejo tradicional: encuentros amorosos, escapadas nocturnas, duelos verbales en los que se ponen a prueba las reglas de cortesía. Quizá lo más vivaz de este libro sea, en nuestros días, el complejo fetichismo que se desprende de sus páginas. El estandarte de un regimiento de dragones se convierte, para el protagonista de la novela, en una especie de doncella, el verdadero objeto de su pasión y de su deseo. De alguna manera lo mismo sucede, en otras obras de Lernet, con símbolos de la vida militar y con los objetos que representan el estilo de vida de la monarquía austrohúngara. Este ciclo de escritos tiene en Las dos Sicilias —traducido por el mismo Luis Alberto Bixio para ediciones La Isla de Buenos Aires en 1955 y republicado recientemente en Madrid por Espasa Calpe en 2003— otro ejemplo memorable.

Un segundo rubro, sobrepuesto al primero o filtrado en alguno de sus niveles, es de veta fantástica. Amigo y pupilo del escritor praguense en lengua alemana Leo Perutz (1882-1957), a quien incluso le atribuía la autoría real de su novela Jound der Herr zu Pferde, Lernet aprendió con él a manejar ciertos procedimientos narrativos que le permitieron desarrollar argumentos "realistas" que escondían un delicado mecanismo a través del cual el curso de los acontecimientos se dispara hacia zonas del subconsciente de los personajes, hacia los intersticios entre el sueño y la vigilia, entre la existencia diurna y una zona desconocida donde se permanece después de la muerte. Las novelas mejor acabadas en este sentido son Un sueño en rojo y El conde Luna (traducida por primera vez a nuestra lengua por el ubicuo, multifacético y políglota hombre de letras argentino-italiano Juan Rodolfo Wilcock en 1956 para las ya mencionadas Ediciones La Isla), y la narración "El Barón Bagge".

EL BARÓN. Publicada originalmente en 1936, esta obra da cuenta de la expedición de un regimiento de Dragones del ejército real e imperial a través de Hungría hasta los Cárpatos, donde ocurre una masacre. A pesar de ser liquidados, los jinetes entran en un estado de suspensión vital que aparentemente les permite continuar su trayecto. Al Barón Bagge, único sobreviviente "real" de la aventura, le será dado recordar aquel tránsito por el limbo con una desencajada, mortecina y alucinante crónica.

No resultaba tan descabellado entonces —me refiero al momento de aquella cena en casa de Pellicer evocada al principio—, como tampoco lo es ahora, suponer una familiaridad entre el relato de Lernet-Holenia y la novela de Rulfo. "El Barón Bagge" es casi de la misma extensión que el texto del mexicano, sólo que para las convenciones editoriales germánicas, que consideran a una novela como tal apenas cuando tiene las dimensiones de La montaña mágica o, por lo menos, La marcha Radetzky, no pasa de un relato (en la edición alemana de consumo estudiantil más popular, de la Universal-Bibliothek de Reclam, 1978, tiene, impresa en Petit Garamond-Antiqua a seis puntos, 74 páginas. La última reimpresión de la traducción castellana, aparecida bajo el sello de Ediciones Siruela en 1990 es de 116). Quizá lo más enojoso para Rulfo era que, en lo que cabe, la comparación tuviera pertinencia, aunque la intención de su obra y su personalidad como escritor eran totalmente opuestas a las de Lernet: el jalisciense dio a la imprenta, como tales, sólo dos libros, y aunque posteriormente se hayan ido rescatando escritos dispersos, como sus guiones (reunidos en El gallo de oro) y el volumen misceláneo Los cuadernos de Juan Rulfo, muy lejos estuvo de ser lo que llamamos un escritor "profesional" en el sentido antes aludido. Con toda seguridad, lo más irritante para el novelista era que ya se hubiera vuelto un tema de sobremesa algo que podría prestarse a suspicacias o a insidias, a las que suele ser proclive, por principio, cierta crítica literaria.

En el posible juego de espejos que puede establecerse provechosamente, no resulta ocioso consultar la traducción alemana de Pedro Páramo y la castellana de "El Barón Bagge", confrontándolas contra sus originales. El resultado es muy curioso. Desconocía la versión alemana de Pedro Páramo, llevada a cabo por Doña Marianna Frenk-Westheim y publicada en 1958. Para facilitarles la tarea a los lectores, la editorial Carl Hanser puso una lista de personajes al principio de la novela. Luego, a medida que el relato avanza, subtítulos en cursivas que dicen Narra Juan Preciado, Pedro Páramo, Fulgor Sedano, etc.

El curso de la lectura es, pretendidamente, más claro y las voces narrativas pueden ser identificadas con precisión y celeridad, pero se pierde parte de la intención novelística de Rulfo, o, mejor dicho, la intención con que el azar dio orden a las páginas de su novela de acuerdo a una anécdota contada por muchos (y que yo repito a partir de Juan Villoro): en una mesa de ping-pong hecha por Juan José Arreola, barnizada con una laca china que garantizaba un rebote de más de 15 centímetros, Juan Rulfo desplegó en desorden los folios que había escrito. Su idea original consistía en escribir una trama lineal pero tras las discusiones con Arreola decidió, finalmente, integrar un todo fragmentario, urdido con yuxtaposiciones y escenas contrastadas como los vidrios de un calidoscopio.

Sin embargo, la traducción de Frenk-Westheim fluye y alcanza momentos de mucha inspiración. Fue un acierto no lastrar el tránsito de estas páginas con excesivas notas al pie. Las que aparecen son, hoy, entrañables más que imprescindibles: explican lo que "tortilla", "chile", "villista" y "cristero" significan. La pausa poética de la prosa rulfiana se mantiene; pero esto mismo, que es sin duda un gran acierto, revela que se trata de una traducción. En alemán la puntuación de Rulfo adquiere un staccato peculiar. Sus periodos, breves en promedio, parecen acortarse más. Haciendo un parangón muy libre, podría pensarse que se trata de un prosista como Ödön von Horváth, Robert Walser o, sorpresivamente, Thomas Bernhard, maestros todos —igual que Rulfo— del fraseo elíptico. Como Pedro Páramo, finalmente, es una cifra alucinada de la atmósfera rural, en alemán la novela tiene una leve impronta de obras que provienen de Europa centro oriental, donde es posible encontrar fantasmagóricas reconstrucciones de ambientes y paisajes. Baste pensar en autores polacos (Bruno Schulz), bohemios (Paul Leppin, Leo Perutz) o húngaros (Mor Jokái), para percatarse de que Rulfo podría interpelar a los lectores germanos de manera especial.

La traducción castellana de "El Barón Bagge", en contraparte, es igual de pulcra, pero tiene la enorme ventaja de atenerse a la reproducción del vigoroso impulso épico de los relatos de Lernet. "El escuadrón —se lee en "El Barón Bagge"—, dando de pronto rienda suelta a las cabalgaduras, se precipitó inmediatamente hacia delante y casi en el mismo momento oímos al frente algunos disparos de armas de fuego ahogados por la tormenta de nieve [.] En pocos instantes llegamos al terraplén que nos condujo al puente. Vi que tres o cuatro dragones desaparecían de sus sillas como evaporados o esfumados en el aire, y también algunos caballos que se desplomaban. En torno a mí remolineaban la nieve, trozos de hielo y guijarros, dos de los cuales me alcanzaron", relata el Barón.

Más adelante, cuando Bagge asume que ha estado preso de una insólita ensoñación, puede apreciarse por qué la afinidad con el universo rulfiano no resulta un exceso: "Me desperté por segunda vez muchos días más tarde. Me hallaba en un hospital militar de Hungría. Pero necesité aún muchas semanas, meses y hasta años para persuadirme de que todo lo que había soñado en unos pocos segundos, mientras estaba tendido en el puente, no era sino un sueño; es más, aún hoy pienso que si la muerte es un sueño, también la vida no sería más que un sueño. Los sueños están unidos aquí y allá por los puentes [.] Mientras soñaba no vi en verdad a ningún vivo. De ahí la soledad del campo durante nuestra cabalgata [.] De ahí la presencia de todo el escuadrón, que había muerto mientras yo soñaba con él. Y Semler no había dejado ni un instante de buscar al enemigo, pues pensaba que si lo encontraba, aquello sería una prueba de que no estaba muerto. Pero no encontró a ninguno [.] yo fui aún capaz de apartarme y conseguí volver; según se dice, el que logra volver atrás en el camino de la muerte regresa a la vida".

Bagge es un personaje entrevisto en las profundidades del limbo. Sin embargo, como sucede con Juan Preciado, las circunstancias que rodean a su aventura pueden fecharse sin obstáculo, tienen referentes en los libros de la Gran Historia. Durante el transcurso de la narración, es factible encontrar abundantes referencias a las batallas de la Primera Guerra libradas en el territorio de los Cárpatos orientales, al norte de Hungría, concretamente a una serie de acciones ocurridas en el año 1915. El protagonista rulfiano, por su parte, experimenta sucesos aparentemente atemporales de los que un examen avezado puede sustraer datos muy precisos, como son el escenario (un lugar fronterizo, como en "El Barón Bagge": los límites entre los estados mexicanos de Jalisco y Colima) y la época (los años que van del fin de la Revolución Mexicana al inicio de la Guerra de los Cristeros, 1920-1926). Acciones y espacios que quedaron marginados de las páginas céntricas de los manuales de historia patria de Austria y México, pero que pervivieron en la memoria de ambas culturas como "zonas" fantasmales. En secreto, acaso Juan Rulfo no estaba tan desencantado con el hecho de que sus territorios hubieran sido surcados también por Alexander Lernet-Holenia, con quien habría pactado la imaginación de los periplos del Barón von Páramo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar