De títeres y censuras

Amilcar Nochetti

"EL MUNDO ESTÁ dividido en dos tipos de personas: aquellas que nunca oyeron de Jan Svankmajer y las que conocen su obra y saben que al verla chocan con un genio". La rotunda frase pertenece al crítico Anthony Lane, en The New Yorker, y se refiere a uno de los cineastas menos conocidos de la actualidad. Casualmente, en diciembre de 2005 Cinemateca Uruguaya exhibió un ciclo de cortos de Svankmajer, y en ninguna función la asistencia de público superó la veintena de personas. Los cinéfilos locales perdieron allí la oportunidad de acceder a la valiosa obra de un artista inclasificable: cineasta, dibujante, escultor, diseñador, ensayista y poeta, un verdadero "renacentista" del siglo veinte que debe ser rescatado de un anonimato que no merece.

Las razones para ese desconocimiento popular son múltiples. Svankmajer nunca vivió fuera de Praga, ciudad donde nació el 4 de setiembre de 1934 en un hogar muy humilde. Allí padeció medio siglo de totalitarismo comunista, que censuró y prohibió los fragmentos más revolucionarios de su obra. Incluso la duración de la mayoría de sus films —cortometrajes— conspiró en su contra, porque ese tipo de material no se distribuye por vías comerciales. Su labor en otras áreas también debió desarrollarse a puertas cerradas: un primer libro, El toque y la imaginación, fue publicado en 1983 en una edición "limitada" de cinco ejemplares. En la actual República Checa aún se lo margina, ya que en la última edición de la Enciclopedia de Arte Checo apenas se cita el nombre de Svankmajer en una nota a pie de página. Su talento, empero, no cesa.

MAQUINARIA INFERNAL. Siendo niño Svankmajer asistió por primera vez a una función de títeres: el impacto de esa experiencia determinaría su futuro. En 1950 ingresó al Instituto de Artes Visuales y en 1954 a la Academia de Arte Dramático, en cuyo Departamento de Marionetas se especializó en diseño y dirección de títeres. También estudió el cine y teatro vanguardistas soviéticos (Meyerhold, Eisenstein) y la obra de Buñuel, Ernst, Dalí y Miró, optando por un terreno peligroso: ser surrealista ante los ojos del comunismo. "El surrealismo no es una corriente artística, sino una postura ante la vida y el mundo", dijo alguna vez, recibiendo por ello una primera reprimenda oficial. En 1958 trabajó con el D34 Theater, dirigió el Teatro de Marionetas de Liberec y colaboró como diseñador de títeres para el film Johannes Doktor Faust de Emil Radok, premiado en Venecia: "Le debo a esa película más que a todo lo que hicieron antes Trnka, Zeman y la escuela de animación checa", diría luego de manera un tanto injusta. En 1960 fundó el Teatro de Máscaras, del que se desvinculó en 1962 para organizar el legendario Teatro Linterna Mágica.

Por entonces comenzó su producción de dibujos, collages, artes gráficas y esculturas, y de a poco accedió a los salones de exposición. "Gabinetes" (1971) fue una serie de collages tridimensionales hechos con esqueletos de diversos peces y aves, con los que formó una pequeña fauna de engendros móviles. La serie "El nacimiento del Anticristo" (1972), un gabinete mayor en forma de retablo, provocó encendidas polémicas en público y autoridades. Luego obtuvo un sorprendente éxito con "Arte táctil" (1978), una serie de fotografías superpuestas a conchillas, areniscas y diversos objetos de barro, plasticina y cerámica. Caído el comunismo, realizó la exposición "Alquimias" (1995), donde a su anterior experiencia sumó un tono político de ribetes macabros, construyendo una febril parafernalia digna de Giuseppe Arcimboldo, a quien Svankmajer admira. Por idéntico sendero transita su obra para cine, porque el director no es un titiritero clásico.

IMAGEN PERTURBADORA. Svankmajer debutó en cine en 1964, y hasta el momento ha realizado 26 cortos y 5 largos. Uruguay accedió a un sector muy representativo de su trabajo, a partir de la inicial El último truco (1964), un claro homenaje a Méliès con el aporte del Teatro Negro de Praga, en el cual dos magos compiten arriba de un escenario en sombras. Fantasía de Bach (1965), un collage de muros agujereados, puertas y ventanas con música de Bach, fue su película más naturalista y pagó tributo al cine del canadiense Norman McLaren, pero Punch y Judy (1966) marcó un cambio al mostrar dos violentas marionetas luchando hasta la muerte por la posesión de un cobayo, y El apartamento (1968) resultó un kafkiano ejercicio en el que un hombre permanece atrapado en una habitación sin motivo aparente. En Jabberwocky (1971) asomó por primera vez el imaginario infantil, con una niña que lee un poema de Lewis Carroll mientras sus juguetes cobran vida y acosan a un gato real; en El sótano (1983) otra niña intenta sobreponerse a diversas formas de pánico, en medio de un clima de tensión; y Juegos viriles (1988) tomó contacto con el mundo real, el de la violencia en el fútbol, volcando fuertes dosis de humor negro.

A estos logrados cortos hay que sumar otro de notable nivel. El osario (1970) es una visita al célebre osario Sedlec, levantado sobre los esqueletos de 50.000 víctimas de la peste negra: el horror y la ironía se dan la mano mediante el contraste del montaje de imágenes con una banda sonora alimentada de abundante jazz, lo que motivó un primer desencuentro con las autoridades. El diario de Leonardo (1972), en cambio, es una animación inspirada en dibujos de Leonardo Da Vinci (máquinas voladoras en lucha, jinetes, cabezas gritando) vinculados a imágenes reales extrañamente similares (bombarderos en picada, motociclistas, caras distorsionadas de espectadores de fútbol). Rodar el corto sin permiso oficial le costó al director la interdicción, sólo levantada en 1979. Dimensiones de diálogo (1982) marcó una nueva desobediencia: son tres episodios con cabezas que conviven y se transforman mediante la fagocitación. Svankmajer aplicó aquí sus técnicas de arte táctil, pero fue calificado como "artista degenerado" por el gobierno, que volvió a prohibirlo. Caído el comunismo, con La muerte del stalinismo en Bohemia (1990) ajustó las cuentas al sistema: un busto de Stalin es diseccionado, y de él surgen imágenes animadas y documentales que cuentan la historia checa desde 1948 a 1989, logrando un film enteramente visual, un collage en el que antiguos líderes soviéticos conviven con gimnastas, junto a dibujos de crueles y sádicas orgías del siglo dieciocho.

También se conocen dos largometrajes del director. Conspiradores del placer (1996) es una notable extravagancia con varios obsesos sexuales, un par de marionetas gigantes y escenarios praguenses "románticos" (ruinas, corredores, catedrales góticas) en torno a la búsqueda de la mayor fantasía erótica posible, con toques surrealistas, ningún diálogo y una implacable lógica en su tramo final. Por su parte, El pequeño Otik (2000) es una vieja leyenda checa modernizada, en la que una raíz de árbol en forma de niño es cuidada por una pareja sin hijos, hasta que la "criatura" adquiere vida propia y se revela poseedora de un apetito voraz.

Otras culminaciones permanecen inéditas en Uruguay: un célebre Don Juan (1970) filmado con marionetas gigantes por las calles de Praga; El castillo de Otranto (1979), un falso documental basado en relato de Horace Walpole, que habría inspirado a Woody Allen para su Zelig; y dos breves adaptaciones de Poe, La caída de la Casa Usher (1981), filmada en blanco y negro con actores y efectos especiales, y El pozo y el péndulo (1983), una lucha entre hombre y máquina definida como "una 2001 medieval". A esa lista hay que sumar tres ambiciosos largos: Alicia (1988), Fausto (1994) y Locos (2005), basados en sendos textos de Carroll, Goethe y Sade.

En el universo de Svankmajer el grotesco y el terror gótico conviven con la magia, las leyendas infantiles y el psicoanálisis. "En mis films no quiero presentar un estilo artístico, sino que el espectador descubra que los objetos existen más allá de mí. Por eso, prefiero una mano de madera sangrando a una real, ya que expresa mejor la idea de la crueldad de las metamorfosis. De ahí que sean más violentas las expresiones de mis muñecos que las de mis actores". Gracias a ese postulado, su cine es siempre un terreno virgen, donde se realiza lo irrealizable: cajones devoran personas y viceversa, ojos caminan por las calles, objetos diversos cobran vida y alternan de manera amenazante con los humanos, personajes infantiles terminan convertidos en delincuentes juveniles. Svankmajer combina animación, personas y trucos, algunos muy sencillos y efectivos como la oruga de Alicia, representada por un calcetín con un par de botones como ojos y unos dientes postizos. De ese tipo de alquimia se genera un arte que merece un mayor reconocimiento que el obtenido hasta hoy.

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