Laura Falcoff
NO COMO GÉNERO musical sino como forma de baile, el tango ha ganado en los últimos quince años una difusión mundial que sin duda supera en mucho a la enloquecida fiebre del mambo de la década del 50. Casi en cualquier ciudad de relativa importancia del hemisferio occidental, no importa si grande o pequeña, —Verona, México DF, San Francisco, Helsinki, Oporto, Amsterdam, Valencia, Montreal— así como también en algunos países de Oriente, es posible encontrar hoy uno o varios grupos de entusiastas cultores de la danza rioplatense, cuya meta es llegar a Buenos Aires, como el peregrino que dirige sus pasos hacia la Meca. Proliferan los círculos, los clubes, las academias y los festivales dedicados al tango; se organizan bailes quincenales, semanales, diarios; se invita a maestros porteños que imparten técnicas y estilos para satisfacer los gustos más variados.
Aunque resulta una expansión sorprendente (e inesperada y jugosamente lucrativa para un buen número de interesados), no es la primera vez, en su errática historia, que este baile tan singular sale de sus fronteras naturales para regresar luego fortalecido de una u otra manera. Muy cerca de sus comienzos, cuando era poco más que un género afincado en prostíbulos y lugares marginales de Buenos Aires y Montevideo, el baile de tango cruzó el océano, recaló en París y se extendió hacia otras ciudades europeas para emprender luego el camino de vuelta investido de una respetabilidad flamante.
Muchos años después, en la década del 80, cuando los bailarines milongueros eran ya una especie en extinción, fue el triunfo colosal —primero en París y después en muchas otras ciudades del mundo— del espectáculo Tango argentino, creado por Claudio Segovia y Héctor Orezzoli, el que impulsó un renacimiento o mejor una recuperación del baile tal como se lo practicaba en la década del 40. Asistimos hoy a las consecuencias de este fenómeno: la dispersión del tango en una escala planetaria.
LOS ORÍGENES. Sobre los orígenes del tango hay algunas hipótesis y pocas certezas. Hay quienes afirman que el baile nace de los movimientos caricaturescos con que los compadritos blancos imitaban las danzas de los negros, los cortes y figuras propias del candombe. Otros sostienen que fue una herencia, una fusión de géneros bailables de origen español, como la habanera y el tango andaluz. Como fuera, esta danza que iba cobrando forma en los perigundines rioplatenses contenía rasgos propios que se conservaron en su evolución posterior. Como principio básico, está la pareja enlazada; luego, la suspensión del desplazamiento para que el hombre o la mujer, solos pero sin separarse de su compañero, ejecutaran sus propias figuras. Cabe agregar una hipótesis: la aparición del baile fue previa a la música que después recibiría este nombre.
La primera etapa de su historia parecía marcarle un destino marginal, pero ya en los primeros años del siglo XX, las jóvenes de familias decentes conseguían discretamente partituras de "El choclo" y de "La morocha" y probaban con primos o hermanos algunos pasos de este baile de proximidad inconveniente. Se supone que fueron precisamente "El choclo" y "La morocha" los primeros tangos que se conocieron en Europa, posiblemente para la misma época en que algunos argentinos viajeros provocaron con sus demostraciones de baile primero la admiración y luego un apasionamiento que desembocó en una auténtica tangomanía.
Hacia 1911 el tango comienza a ocupar visiblemente los salones de moda, los cabarets y los music-halls. Se inventan los tés-tango, las cenas-tango, los vestidos-tango, los concursos-tango. En octubre de 1913 el poeta Jean Richepin asiste a la sesión pública anual de las cinco academias de Francia. El tema de su disertación: Le Tango. El público colma la sala y aplaude ruidosamente a Richepin.
Algunos argentinos, sin embargo, adoptaron una posición muy crítica frente al fenómeno. Un representante diplomático en París, Enrique Rodríguez Larreta, escribió: "El tango es en Buenos Aires una danza privativa de las casas de mala fama y de los bodegones de la peor especie. No se baila nunca en los salones de buen tono ni entre personas distinguidas. Para los oídos argentinos la música del tango despierta ideas realmente desagradables".
Pero este tipo de condenas no logró frenar el contagio. En aquella época un árbitro indiscutible de la moda en todos los aspectos de la vida social, André de Fouquiéres, sancionó inequívoca y elegantemente al tango: "El tango nació en el suburbio y se depuró en los salones", afirmó en una conferencia. "El tango es triste, de ritmo acariciador, insinuante. Nos ha dado una lección de psicología musical y nosotros hemos inventado para la danza argentina una coreografía literaria".
Un cronista británico, por su parte, comentaba: "Es extraordinario el frenesí que el tango argentino ha provocado en Inglaterra. Desde el hotel londinense más aristocrático hasta el humilde cine de provincias con su té-tango de seis peniques los sábados, son millares los que han sido picados por esa ‘tarántula tropical’, como la llamó Jules Claretie en un fulminante anatema".
LA DÉCADA DORADA. En 1935, y no es un sinsentido, comienza lo que en la historia del tango se conoce como la dorada década del 40. Ese es el año en que el director Juan D’Arienzo debuta en el cabaret Chantecler al frente de una orquesta de ritmo marcado y veloz, muy estimulante para la danza. A partir de allí se abre un período de inmensa popularidad para el género. Se multiplican las orquestas de alta calidad que tocan para bailes multitudinarios; proliferan los clubes y los salones con pista; se producen incansablemente nuevas piezas.
La incidencia de aquella época se percibe hasta hoy. En las milongas porteñas los habitués bailan con grabaciones de las orquestas de Pugliese, Di Sarli, Tanturi, Troilo, Caló, no sólo porque es un tipo de música concebida, en muy distintos registros, para el baile, sino porque después de la declinación de este período prácticamente no volvieron a componerse tangos bailables.
Casi todo lo que puede apreciarse hoy en las pistas y la porción mejor —que excluye al tango acrobático— de lo que se ve en los escenarios proviene de la década del 40. En una entrevista realizada algunos años atrás en el club Sin Rumbo de la calle Tamborini, el milonguero Gerardo Portalea —veterano y admirable bailarín del barrio porteño de Villa Urquiza— habla de sus comienzos en el tango: "Allá por el 40 o el 41 (tendría catorce o quince años), yo venía a este mismo club, que era igual que ahora pero con el patio de cara al cielo. Venía a mirar las prácticas entre hombres. A mirar, porque a los que éramos pibes no nos dejaban participar. Entonces, con quien es el actual presidente de esta institución, nos agarrábamos entre nosotros y practicábamos. También era común que en las casas de familia se hicieran milongas los domingos. Yo tenía una tía que bailaba muy bien, así que lo que veía en las prácticas lo probaba con ella". Más adelante dice: "Pasos nuevos siempre aparecen. Cuando se hacían prácticas entre hombres, siempre, en todos los clubes, estaba el famoso tipo que era el cerebro para inventar figuras. Daba la casualidad de que estos tipos después en las milongas eran tímidos y se quedaban sentados. Eran creadores, bailarines de práctica les decían. Hoy mismo se encuentran bailarines de pista que inventan figuras en el momento y a lo mejor después no pueden repetirlas".
Hacia la década del 50 todavía podía verse en algunas esquinas de barrios de Buenos Aires a muchachos reunidos en la vereda practicando pasos de tango. En realidad eran los epígonos de una tradición que en aquella época comenzaba lentamente a extinguirse. El propio tango iba desapareciendo de la escena empujado por acentuados cambios en la vida social y aquella suerte de iniciación masculina en las claves de un baile complejo y sutil también comenzaba forzosamente a perder sentido.
Las tantas veces comentadas prácticas entre hombres (que datan por lo menos de comienzos del siglo XX, tal como lo atestiguan las fotos publicadas en un número de la revista Caras y Caretas de 1903) suelen ser vistas como uno de los aspectos más pintorescos en la historia del género, al punto de que casi toda recreación de esta historia hecha para un escenario suele incluir algún número con parejas de varones. Lo que no siempre queda suficientemente explícito es que estas prácticas constituyeron un modo fundamental de transmisión y aprendizaje de habilidades y una oportunidad para la creación de nuevos pasos y figuras.
UN MODO DE BAILAR. Uno de los rasgos peculiares del baile de tango es el tipo de comportamiento que impone al hombre y la mujer. Para decirlo con una de las varias maneras posibles: el hombre conduce a su compañera a la vez que elige los pasos con que va configurando su baile; la mujer se deja conducir, atenta a lo que le marca el hombre, si bien su respuesta no es bajo ningún aspecto pasiva. La propuesta improvisada del hombre y la respuesta espontánea de la mujer se producen simultáneamente, con un tipo de entendimiento que puede resultar misterioso para un espectador ocasional. La "marca", el porte, el equilibrio, la manera de caminar y la relación con la música son otros tantos aspectos atinentes al dominio de la técnica del tango. Este conjunto de habilidades y procedimientos era y continúa siendo una responsabilidad exclusivamente —o casi exclusivamente— masculina. Las tradicionales prácticas de décadas hoy lejanas, a las que las muchachas no concurrían porque no lo permitían las costumbres, constituían el irremplazable lugar de aprendizaje de una técnica ni sencilla ni de fácil asimilación.
El problema básico de cómo llevar a una mujer por la pista (en ese recorrido circular que este baile impone y que tanto amedrenta a los principiantes conscientes de la norma), el enigma de cómo hacerle comprender lo que por cierto no había sido convenido de antemano, se resolvía para los muchachos de las prácticas con un método muy sabio: asumir durante el tiempo que fuera necesario el rol femenino: "Lo único que te enseñaban era a bailar la parte de mujer", contaba Pupi, otro milonguero veterano. "¡Te tenían como seis meses haciendo de mujer! Recién entonces te hacían hacer la parte del hombre: la salida, un ochito ¡y después rebuscátelas solo!"
¿Dónde aprendían las mujeres? En sus casas o en las de sus amigas o primas; con sus padres, tíos, hermanos. Es cierto que para ellas, hoy como ayer, las habilidades a dominar están colocadas en un rango de dificultad inferior al de los varones. Sin embargo, para ser una buena bailarina de tango es preciso poseer una cualidad esencial: la capacidad de esperar la "marca" de una manera atenta y concentrada, ni tensa ni relajada. Aunque la respuesta a la indicación del compañero parece ser —y de hecho es— inmediata, hay un tiempo infinitesimal de espera por parte de la mujer. Es ahí donde reside uno de los secretos de la perfecta armonía en el baile.
Los rasgos básicos que identifican esta danza pueden manifestarse bajo múltiples formas. Un campeonato mundial de baile de tango —en dos modalidades, de escenario y de salón— que se realizó en Buenos Aires a comienzos del mes de marzo y que atrajo a muchas parejas locales y a otras que venían de los lugares más distantes del globo, puso de relieve la diversidad que el tango propicia, particularmente entre los bailarines aficionados, formados en las pistas. Un arco de edades que iba desde los 18 años hasta los 85, un abanico de estilos, de personalidades, de respuestas a las sugerencias de la música, en fin, una confirmación de la rara singularidad del género. l