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Mejor leer antes que desconfiar

Cuando el protagonista es el lector: el detrás de bambalinas en el fenómeno literario Hernán Díaz

Una novela que revela por qué el mundo del dinero no tiene mujeres. Han sido borradas

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Hernán Díaz
(foto Johanna Marghella)

por Nicolás Alberte
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Hernán Díaz es uno de esos fenómenos literarios en los que la mitología biográfica precede al texto. Argentino exiliado en Suecia a los dos años, regresa, con su familia, a Buenos Aires al finalizar la dictadura, llega a ser docente de la UBA en la cátedra de Teoría y análisis literario, se muda a Londres con una beca del King's College y finalmente se doctora en la Universidad de Nueva York, donde vive desde entonces dando clases en Columbia. Decide escribir sus libros en inglés, y pasa años, desde 2010, rellenando cuadernos con la misma pluma, en una salita de la biblioteca del Centro de Historia de Brooklyn, sin obtener ningún reconocimiento. Hasta que una pequeña editorial de Minnesota le ofrece publicar su primera novela, A lo lejos, cuando él ha cumplido ya los 44. Si a esta peripecia se le agrega la grifa Pulitzer (finalista con A lo lejos en 2018, ganador en 2023 con Fortuna), y el condimento HBO Series, con Kate Winslet como protagonista y productora, más las recomendaciones de lectores tan diversos e influyentes como Barack Obama o Dua Lipa, con quien conversó vía streaming hace un par de semanas, es probable que usted corra a su librero de confianza para adquirir una de sus obras, si no ambas. Pero si aún no está convencido, y hace bien en desconfiar de lo biográfico como índice de lo literario (también de las modas y los premios), siga aquí leyendo.

Hacia el origen. La anécdota de A lo lejos es tan poderosa que la lectura se vuelve voraz. En la segunda mitad del siglo XIX, un niño llamado Håkan Söderström es enviado desde Suecia a Estados Unidos con su hermano mayor, porque sus padres ya no pueden mantenerlos, pero se equivoca de barco en una escala y, en vez de llegar a Nueva York con su pariente y tutor, desembarca en San Francisco solo. A partir de ese error, su vida se transformará en un contrasentido: en tiempos de la fiebre del oro y la conquista del oeste, realiza el periplo opuesto al de la civilización occidental, intentando atravesar el continente rumbo al este, sin hablar inglés, para encontrar a su hermano en la ciudad que recibía a la mayoría de los inmigrantes europeos. Pero además de una historia entretenida, el lector encontrará en las páginas de este western (la comparación con Cormac McCarthy es tan insoslayable como exagerada), un estudio profundo de la relación del humano con la naturaleza, de los esfuerzos de los científicos del siglo XIX por comprenderlo todo de acuerdo a un nuevo paradigma, de las relaciones familiares, de la infancia, de la educación, de la culpa y la vergüenza que embarga a un asesino, del amor, del sufrimiento, de la soledad esencial. “Todo naturalista debería contemplar el mundo con un afecto cálido y hasta con un amor ardiente. (...) Observando cualquier partícula con la suficiente atención, y siguiendo la cadena que la une con todo lo demás, podemos llegar hasta el propio universo (...). Las entrañas de la liebre diseccionada son una representación fidedigna del conjunto del mundo. Y, puesto que la liebre lo es todo, también es nosotros. Tras haber comprendido y experimentado esta maravillosa congruencia, el hombre ya no puede seguir examinando su entorno como una mera superficie salpicada de criaturas y objetos extraños, a los que tan solo lo une una relación de utilidad. El carpintero que solo ve mesas mientras pasea por el bosque, el poeta que solo recuerda sus propias tristezas mientras ve caer la nieve, el naturalista que solo tiene una etiqueta para cada hoja y un alfiler para cada insecto; todos ellos corrompen la naturaleza al convertirla en un almacén, en un símbolo o en un hecho”. Así, con una escritura vertiginosa y cargada de acción, pero que no se ahorra momentos poéticos, Díaz construye un Bildungsroman que dura toda la vida, pues el protagonista, una especie de buen salvaje que no se deja socializar del todo, jamás abandona esa permeable inocencia infantil que lo predispone para la curiosidad, y se deja educar por cada evento que lo atraviesa en su odisea (y no son pocos), por cada persona interesante que se cruza, evaluándolo todo sin preconceptos.

Buscando una voz. Fortuna es, desde su concepción, una novela aún más ambiciosa. Díaz ha declarado, en varias entrevistas, que su intención inicial era escribir un libro “sobre el capital en los Estados Unidos”. Nada menos. Y eso hizo. El lector encontrará en sus páginas una genealogía de la acumulación financiera en su centro neurálgico: “Soy un financiero en una ciudad gobernada por financieros. Mi padre era un financiero en una ciudad gobernada por industriales. Su padre era un financiero en una ciudad gobernada por comerciantes. Su padre era un financiero en una ciudad gobernada por una sociedad estrechamente unida, indolente y puritana, como la mayoría de las aristocracias de provincias. Esas cuatro ciudades son todas la misma: Nueva York”, como expresa uno de los protagonistas, Andrew Bevel. Pero Fortuna es mucho más que eso. Mientras investigaba para dar forma a su obra, Díaz fue tomando consciencia de una cuestión incluso más interpelante, para un lector del siglo XXI, que la acumulación capitalista: el mundo del dinero es un mundo sin mujeres. Han sido borradas a un punto tal que ni siquiera les fue concedido, hasta muy recientemente, dejar un registro. A partir de esta constatación, el desvelamiento de esa voz se transformó en la piedra angular de la novela. Díaz presenta cuatro documentos al lector, como veladuras que van cayendo para llegar al corazón de la trama: la palabra perdida de la verdadera protagonista. El primero es una novela titulada Obligaciones, y escrita por el autor ficticio Harold Vanner. El segundo es el borrador de la autobiografía de Andrew Bevel, el magnate de las finanzas que domina la historia, bajo el título Mi vida. El tercero son las memorias de Ida Partenza, la escritora que colaboró con Andrew Bevel para redactar dicha autobiografía, llamado Recuerdos de unas memorias. El cuarto es el diario Íntimo de Mildred Bevel, la esposa del genio financiero. El texto se despliega como un telescopio: primero la ficción, después la autoficción que la discute, luego el recuerdo que pone en relación a las dos primeras partes y finalmente el diario Íntimo.

Cuatro registros diferentes. Es destacable la forma en que Díaz concreta esos cuatro escalones, cada uno con una voz completamente distinta, en los que el texto se va despojando sucesivamente de artificios. La primera parte se lee como una novela de finales del siglo XIX, al estilo Henry James o Edith Wharton (de hecho, el ambiente opresivo de la alta sociedad neoyorquina en el que transcurre La casa de la alegría, y su protagonista Lily Bart, podrían considerarse una inspiración). La escritura, justa sin dejar de ser suntuosa, compleja y ágil al mismo tiempo, demorada en la introspección de los personajes, en la exploración profunda de sus pensamientos, sobresale como algo impropio de nuestra época, tan vertiginosa, en que parece no haber tiempo para releer o corregir. El segundo libro cambia completamente de registro. Son apuntes inacabados de un ser todopoderoso y enojado, en los que se pueden rastrear las huellas de las biografías excesivas de los prohombres de la época (Carnegie, Ford, Roosevelt, Coolidge...), una escritura segura de sí misma, taxativa, imponente: “creía haber podado su discurso hasta reducirlo a frases duras e incisivas. Me parecía un texto viril”, recuerda Ida Partenza en el tercer documento, allí donde, con la aparición de la voz femenina, la prosa de Díaz cambia nuevamente. Su autora es la hija de un inmigrante italiano anarquista que, en contraste con la seguridad que demostraban los narradores de los libros precedentes, se pregunta, cinco décadas después de los hechos que rememora, sobre la pertinencia y la honestidad de su trabajo: “La cuestión de quién debió de ser Mildred nunca ha dejado de perseguirme. No pudo ser la mujer desesperada de los capítulos finales de Vanner. Y siempre supe que no era la sombra insustancial de las memorias inacabadas de Bevel. Pero después de examinar sus papeles y descubrir lo profundamente distinta que era del personaje ‹accesible› que su marido me pidió que creara, me cuesta perdonarme por haberlo ayudado a perpetrar aquella ficción, por mucho que quedara incompleta y sin publicar”. La última parte de la novela es el diario de Mildred Bevel. Llegamos con ella a la escritura más “honesta”, sin pretensión alguna y a la vez poética, la de la mujer enferma que trata de encontrar en lo cotidiano un sustento para matizar el dolor, físico y espiritual, de sus Últimos días, sin rehuir el recurso aforístico que el lector subraya con el afán de no olvidar: “Ahora que estamos aislados aquí, me doy cuenta de lo solos que hemos estado él y yo. No es que esté cansada de él. Estoy cansada de la persona en que me convierto cuando estoy con él”.

Monopolio o confianza. En medio de todas esas voces, el verdadero protagonista de la novela es el lector. Es a él a quien se presentan estos documentos para que termine de armar el puzzle con sus propias conclusiones, como si fuera un investigador que recorre las evidencias para ver si encajan en una noción de verdad. Al final, el tema central de esta novela es la relación entre la ficción y la realidad, el poder de la literatura para dar testimonio de algo que se escapa todo el tiempo: “pese a ser una obra de ficción, el libro me había convencido de estar en posesión de una verdad esencial sobre su vida. Todavía no alcanzaba a ver cuál podía ser aquella verdad, pero eso no me impedía creer que de alguna manera ahora le llevaba ventaja”, comenta Ida Partenza sobre la novela de Harold Vanner. O las múltiples formas que existen de narrar un hecho. O, incluso, la constatación de que ni siquiera se le puede adjudicar el adjetivo de verdadero a lo que contamos de nosotros mismos. También es un libro sobre la creación de personajes, sobre la elaboración de un estilo, sobre lo que significa ser escritor. El título de la novela en inglés, Trust, alude, evidentemente, al término económico que define el esfuerzo de un conglomerado de empresas por monopolizar el mercado y controlar los precios. Sin embargo, trust también significa confianza, y eso es lo que trabaja Díaz en el mecanismo de su escritura: una serie de engranajes que sólo usted puede hacer encajar y que dependerán, en definitiva, de cada lectura para activarse y quedar resonando. “El silencio entre 2 siempre es compartido. Pero 1 de los 2 es su dueño y lo comparte con el otro”.
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A LO LEJOS, de Hernán Díaz. Impedimenta, 2020. Madrid, 344 págs.
FORTUNA, de Hernán Díaz. Anagrama, 2023. Barcelona, 440 págs.

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