Ma. de Los Ángeles González
UNA REVOLUCIÓN excede en sus consecuencias las que se derivan del cambio político y conmociona otras esferas de la vida social. El bicentenario de la Revolución de Mayo ha suscitado nuevas miradas al pasado y la investigación se abre a territorios poco explorados de sus alcances y circunstancias. Es el caso del análisis de la cultura científica en el Río de la Plata hacia 1810, que lleva a cabo Miguel de Asúa, partiendo de la idea de que la ciencia moderna ha estado, desde el siglo XVII, muy vinculada al modo de organización política de la sociedad. El autor concibe la investigación desde una doble perspectiva privilegiada: el hombre de ciencia y el historiador (es Doctor en Medicina y en Historia y Profesor de Historia de la Ciencia). Con rigor y exhaustiva documentación -especialmente de la prensa, tanto general como científica- logra un cotejo permanente de la situación rioplatense con el estado de los conocimientos técnicos y científicos de Europa y Estados Unidos. La abundancia de información no impide la fluidez del ensayo, que logra captar aun el interés del lector no especializado y revela mucho más de lo que en principio se propone: la circulación de información, que permite reconocer una incipiente comunidad científica, la avidez de conocimientos y la necesidad fundacional que rigieron la construcción simbólica de las nuevas naciones del Plata al inicio de la Independencia.
LOS SABIOS Y LA REVOLUCIÓN. El avance de las ciencias tuvo gran importancia para las mentes ilustradas, que arrastraban la seducción romántica por develar los misterios de la naturaleza y a la que sumaban la conciencia de la importancia de la técnica para el desarrollo de las naciones. Aunque la Revolución Francesa condenó a muerte a varios científicos, entre ellos a Lavoisier -a uno de cuyos jueces se atribuye la célebre frase: "La Revolución no necesita sabios"-, y arrasó con instituciones educativas, dio un impulso general a los nuevos conocimientos. Los jacobinos desconfiaron de la física y las matemáticas, a las que atribuían el privilegio arrogante de la abstracción, y promovieron las ciencias naturales, consideradas más democráticas, así como la popularización rigurosa del discurso científico en general. Los "padres fundadores" de los Estados Unidos fueron científicos además de políticos, en especial Franklin y Jefferson, y representaron el espíritu de la época, que cifraba el progreso en la autonomía técnica y científica de los pueblos. Un economista francés aplicó a Franklin la antigua frase latina: "Arrancó el rayo al cielo y el cetro a los tiranos", que sintetiza la alianza entre ciencia y revolución.
El cambio político en el Río de la Plata trajo consigo ese entusiasmo por la ciencia de las revoluciones precedentes. Pero en Hispanoamérica la Ilustración convivió con la Iglesia Católica y aun dentro de sus filas el dinamismo de la investigación fue mayor en las misiones jesuíticas que en la anquilosada Universidad de Córdoba, dirigida también por la Compañía de Jesús hasta su expulsión en 1767.
CÁLCULOS PARA LA GUERRA. En la España borbónica, el desarrollo científico estuvo ligado a la economía y a la militarización, y ese esquema se reprodujo en las colonias, aunque supeditado a la centralización metropolitana. Un artículo bonaerense de 1817 acusa al gobierno español de impedir el avance científico: "Decía la Corte de Madrid que bastaba a los americanos el saber leer y escribir. No es pues de extrañar que no quisiera que supiesen fundir cañones". De hecho, la fabricación de armas y la búsqueda de materiales para las mismas fue un problema central del gobierno independentista. Juan María Gutiérrez (1809-1878), quien fuera matemático además de escritor, afirmó que "en los albores de la revolución no se necesitaba el auxilio de las ciencias para construir puentes, trazar caminos, o adelantar en el conocimiento de la geografía patria; solicitábase sí, para proveer a las necesidades de la defensa y para formar militares inteligentes". Eso explica que la matemática aplicada, después de la medicina, fuera la base de la formación científica en el Río de la Plata. Su gran promotor fue Manuel Belgrano, quien participaba de la devoción iluminista por las ciencias exactas, y concebía las maravillas de la Revolución Industrial como un resultado de las matemáticas. En setiembre de 1810 se creó la Academia de Matemática, obligatoria para oficiales y cadetes. Los textos eran franceses, así como muchos de sus profesores. Otros fueron emigrados españoles antiborbónicos. Según Belgrano, era indispensable que los futuros militares contaran con "todos los auxilios que puede suministrar la ciencia matemática, aplicada al arte mortífero, bien que necesario de la guerra". En esos días recrudecía la acción: Belgrano era nombrado comandante de las fuerzas de la Banda Oriental, y a continuación del litoral y el Paraguay.
En el Facundo, Sarmiento elogia la actuación de José María Paz, quien había sido alumno de la Academia de Matemática de Tucumán, diciendo que, para él, "una batalla es un problema que resolverá por ecuaciones, hasta daros la incógnita, que es la victoria". A su vez, Juan Crisóstomo Lafinur -muchos años después personaje de "El Aleph", de Borges-, dedica unos versos a la muerte de Belgrano, y se refiere a la Academia fundada por el prócer, de la que fue alumno, como "el germen de las glorias".
LIBROS Y CIENCIA EN EL PLATA. También en setiembre de 1810, se creó la Biblioteca Pública de Buenos Aires, bajo la protección de Mariano Moreno y gracias a donaciones particulares. El estudio de Asúa cuenta con un apéndice que releva la existencia de libros científicos en los primeros años, así como en las más importantes colecciones privadas. El análisis de obras y autores permite reconocer lo que llama "autores testigo", referentes que sirven para medir el estado del conocimiento y las fuentes que nutrieron a los intelectuales de mayo: la Historia Natural de Buffon, la Óptica y los Principia de Newton, los tratados de Lavoisier, el Systema vegetabilium, de Linneo.
Durante los primeros años, la Biblioteca estuvo a cargo de clérigos, lo que indica la importancia de su participación en la cultura de mayo. Uno de ellos fue Dámaso Antonio Larrañaga, quien la dirigió desde 1914 y a su vez tendría tanta relevancia, unos años después, en la fundación de la Biblioteca Pública de Montevideo. La correspondencia conservada y las polémicas que registra la prensa del período evidencian la soledad de los científicos rioplatenses y la necesidad de contacto y cotejo con sus pares europeos. Respecto a los Virreinatos más antiguos, el Río de la Plata mostraba gran atraso en la difusión del conocimiento y los hombres de mayo bregaron con afán por ponerse al día, conscientes de su desventaja. El núcleo más destacado de acción correspondió a los naturalistas, en especial a un grupo de clérigos en cuyo centro estaba Larrañaga. Este concibió el saber como empresa colectiva, porque "es adagio común entre los botánicos que unus homo, nullus homo"; leía en inglés, intentaba actualizarse y mantuvo correspondencia con científicos extranjeros que visitaron el país, como Auguste de Saint-Hilaire y Aimé Bonpland. Se interesó por la botánica, basándose en Linneo y por la paleontología, materias en las que, en la región, todo estaba por hacer. Como Manuel Pérez Castellanos, veía un nuevo mundo, "virgen y feracísimo", por nombrar, describir y catalogar.
El estudio de Asúa abarca otros aspectos, como las polémicas en torno al ingreso de las primeras vacunas, la enseñanza de la ciencia en la región, las hipótesis europeas sobre un misterioso "mesón de fierro" aparecido en el Chaco austral y el acierto de Manuel Moreno, quien postuló por primera vez su origen meteórico.
LA CIENCIA DE MAYO. LA CULTURA CIENTÍFICA EN EL RÍO DE LA PLATA, 1800-1820, de Miguel de Asúa. Fondo de Cultura Económica, 2010, Buenos Aires/ México, 256 págs. Distribuye Gussi.