Causa de buena muerte

Oscar Brando

HACE MÁS de un siglo y medio Edgar Allan Poe, bajo la influencia de las investigaciones sobre magnetismo y mesmerismo, imaginó la posibilidad de detener la muerte mediante una hipnosis in articulo mortis, es decir aplicada a un enfermo terminal. En el cuento de Poe "La verdad sobre el caso del señor Valdemar", el personaje, a punto de morir, era hipnotizado y se le suspendía el proceso natural de la muerte: el cuerpo no se descomponía aunque afirmara que estaba muerto. Esa situación imposible y desestabilizadora (que un muerto hable y diga que está muerto) desbordaba al equipo científico que controlaba el experimento: el paciente era sacado del estado de hipnosis y se desencadenaba, en segundos, la acción de la muerte detenida durante meses. Poe cruzaba, en este magnífico cuento, sus climas góticos (catalepsias, muertos vivos) con su interés por las investigaciones de la ciencia sobre los procesos hipnóticos.

En su última novela Saramago regresa al viejo deseo humano de la muerte suspendida. Muy lejos de la ficción científica de Poe, el portugués recurre a la fábula, al relato maravilloso, al mundo feérico de sucesos sobrenaturales inexplicados. Resulta que en un reino (¡un reino!), pero no un reino con una corte, algunos campesinos y unos pocos enanitos, sino un reino con diez millones de habitantes, ciudades y aldeas, limítrofe con tres países, un primero de enero la gente deja de morir.

La "huelga de la muerte" crea una felicidad momentánea en los habitantes del país beneficiado. Sin embargo pronto comienzan a verse los problemas. De manera paródica Saramago plantea la situación crítica de las empresas de pompas fúnebres o de seguros. Con especial humor ácido se toma las perplejidades de la Iglesia. Pero también están los enfermos estancados en sus enfermedades que no consiguen terminar sus vidas. Alguien descubre entonces que se puede ir a morir a los países fronterizos hacia donde comenzará un tráfico tanático. El Estado recurre a la protección de las fronteras al tiempo que una maphia (sic) organiza el traslado clandestino de deseosos de morir.

Esta primera "aventura" de la novela se transforma cuando la muerte decide levantar la huelga. Una carta dejada al director general de la Televisión anuncia que se va a volver a la situación anterior y que, de ahí en adelante, la muerte se anunciará a cada persona con siete días de anticipación. La segunda parte cuenta, con tensión, la decisión y los vericuetos para hacer pública la noticia. Sirve de pasaje a una tercera en la que asistimos a un escenario burocrático muy saramaguiano: la muerte, ayudada por su archivo y su fiel guadaña, escribe a mano y envía cientos de anuncios diarios. Un error, una carta que regresa, da origen a la historia del violonchelista solitario con la que la novela se cierra. Poco se puede decir de esta tercera parte sin perjudicar a quienes aún no han leído la novela.

Saramago vuelve a acometer una parábola, ahora a la manera de la fábula o el cuento de hadas, sin que quede claro cuál es el mensaje o moraleja. Se podría argumentar que al fin de cuentas las parábolas de Kafka no tenían doctrina y por lo tanto no era seguro lo que querían decir. Pero muy lejos está Saramago de aquel rastro kafkiano que guiaba Todos los nombres. En Las intermitencias de la muerte se rescata el tono de parodia, la destreza, la exhibición y la manipulación visible de los hilos narrativos, el recurso de fusión de las voces de los personajes con un narrador versátil y diestro. Pero todo sin densidad, todo superficial y menor, o peor aún, mayor, si se sospecha que la novela quiere decir algo acerca de los hombres y de la muerte. El violonchelista de esta novela es la pálida sombra (¡pálida sombra!) del personaje solitario, maduro, que había protagonizado con felicidad Historia del cerco de Lisboa o la citada Todos los nombres. A este nuevo desamparado lo vuelve a salvar el amor, ayudado en esta oportunidad por una muerte que, enamorada de la vida, termina convertida en hada madrina. Por mayor información dirigirse a la novela.

LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago, Buenos Aires, Alfaguara, 2005. Distribuye Santillana. 274 págs.

Espionaje

MOTIVO DE ALARMA, de Eric Ambler. El Aleph, Barcelona, 2005. Distribuye Océano. 364 págs.

AUNQUE siempre hubo espías, la novela de espionaje comenzó a desarrollarse como género literario a principios del siglo XX, cuando los Estados decidieron organizar servicios de inteligencia estables. Inicialmente de escasa calidad literaria, el género alcanzó la madurez en la década que precedió a la Segunda Guerra Mundial con la obra de dos escritores ingleses: Eric Ambler (1909-1998) y Graham Greene (1902-1991). Ambler amplió y definió la estructura esencial del género, pero nunca se salió de él. Greene, en cambio, lo empleó como motivo para explorar vastos problemas de conciencia moral. Las mejores novelas de Ambler se publicaron a fines de los 30; las de Greene se espaciaron desde esos años hasta los 70. En John Le Carré, el último gran exponente del género hasta el momento, se descubren huellas de ambos.

Publicada originalmente en 1938, Motivo de alarma pertenece al mejor período de Ambler. En ella se repite el esquema de las otras novelas de esos años (Epitafio para un espía, 1938; La máscara de Dimitiros, 1939; y Viaje al miedo, 1940): un inglés de clase media, educado, optimista y confiado viaja al extranjero y se involucra sin querer en un peligroso nudo de operativos de espionaje y contraespionaje. En Motivo de alarma, el inglés de clase media se llama Marlow y es ingeniero; el país al que viaja (como representante de una empresa británica que produce maquinaria para fabricar balas) es la Italia de Mussolini; y el nudo de operativos de espionaje y contraespionaje involucra a los servicios de inteligencia alemán, italiano y soviético, los dos primeros empeñados en fortalecer la posición de sus países en el Eje Roma-Berlín y el tercero (encarnado en el simpático, inteligente y valeroso Zaleshoff), en debilitar la alianza.

Motivo de alarma podría haber sido escrita ayer y, como todas las novelas de Ambler, no defrauda las expectativas del lector (tanto da que sea ingenuo o sofisticado) que sólo se propone pasar unas horas entretenido. Ambler es de amplio espectro. Su prosa clara, precisa y fluida tiene encanto, construye personajes y ambientes nítidos y creíbles y sus complejas intrigas son consistentes y se desarrollan sin inverosimilitudes ni chocantes casualidades. Puede decirse que tuvo un control absoluto de su material e intereses literarios y que no se propuso explorar la interioridad de sus personajes ni proyectarse metafísicamente al dilema del bien y el mal, aunque ambas posibilidades flotan todo el tiempo en la superficie de sus narraciones. Nunca dio ese paso que Greene se atrevió a dar. Su propósito principal fue escribir historias sólidas, inteligentes y entretenidas que mostraran los oscuros movimientos de las potencias europeas en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, de cuyo próximo estallido no tenía la menor duda. En Motivo de alarma fue un poco más allá y encarnó en Marlow al individuo anónimo que, al adoptar ciertas líneas de conducta (continuar siendo un eficiente empleado de los fabricantes de armamentos o, por el contrario, infiltrar pequeñas informaciones falsas que siembren desconfianza entre alemanes e italianos), puede contribuir a mejorar las condiciones necesarias para la paz o aquellas necesarias para "una guerra que dejará al mundo intacto en todos sus aspectos menos en uno: la humanidad".

J. G.

Narrativa

EL LAGO DE LAS NUBES, de Sara Donati, Salamandra, Barcelona, 2005. Distribuye Océano. 601 págs.

UN TÍTULO que no dice nada, una tapa que dice menos, un seudónimo donde faltó la creatividad, y sin embargo, en el interior, una novela espléndida. Como siempre, la escritora norteamericana Sara Donati, cuyo verdadero nombre es Rosina Lippi-Green, escribe un libro que una vez empezado no puede abandonarse, una novela compleja, con abundantes personajes, ambientada en el 1800 —en los bosques cercanos a Nueva York—construida con un rigor histórico y social admirable.

Se trata del tercer libro de la saga de la familia Bonner: el primero narraba la peripecia de Elizabeth, una inglesa de ideas iluministas que en el siglo XVIII viaja a América a fundar una escuela. Luego la intelectual se verá arrastrada por un mundo mestizo, de blancos, indios y negros, por el sexo con Natahaniel Bonner, su amante blanco criado entre los mohicanos y, por supuesto, por la naturaleza impactante del nuevo mundo.

El segundo libro mostraba a la familia Bonner haciendo las travesías inverosímiles que miles de europeos se lanzaban a hacer en el vientre de naves vulnerables rodeadas de piratas, tormentas y pestes acechantes.

El tercer libro muestra el paso de las generaciones: en 1800, la familia Bonner ha visto crecer a sus hijos, convertidos a su vez en personajes muy diferentes con destinos imprevisibles. El gran personaje de esta novela (titulada sin ningún criterio El lago de las nubes) es Hanna, una joven mestiza, hija de Nathaniel Bonner y de una esposa fallecida, anterior a Elizabeth, una india. Hanna es descendiente por vía matrilineal de una estirpe de curanderas, y desde muy jovencita inspira confianza en Richard Todd, el atormentado y neurótico médico del pueblo, que le transmite sus conocimientos y la contacta para ir al hospital de Nueva York a luchar contra la viruela.

Asimismo, los Bonner están vinculados con los grupos clandestinos que ayudaban a los esclavos negros a huir hacia el Canadá. Hollywood siempre ha mostrado un mundo dicotomizado entre blancos e indios, o entre blancos y negros. Sara Donati recrea un mundo enredado y complejo, donde los blancos ayudan a los negros, los negros a los indios, los indios a los negros, y aunque el racismo acecha, no se muestra como algo monolítico y abarcador de la sociedad. Junto a los cazanegros que perseguían con sus perros —por los bosques y la nieve— a las esclavas embarazadas con los pies destrozados, en la novela surgen ex aristócratas liderando sociedades secretas en un doble juego cuyo origen es la devoción por la libertad.

Un pasaje intenso es aquel en que los indios y los mestizos discuten si deben o no incorporar elementos de la cultura del hombre blanco. Mientras algunos rechazan de plano la nueva cultura, otros se adaptan a las nuevas técnicas, como los cuchillos de metal para despellejar un oso, y aprovechan sus ventajas.

La autora también dosifica muy bien las escenas de sexo: en las 601 páginas hay dos muy bien descritas. Una es el descubrimiento por parte de una criada, desde un escondrijo, de la relación sexual apasionada entre un joven amo y el capataz de sus esclavos negros. Otra es la escena de iniciación entre la joven Hanna, (que está indecisa sobre a qué mundo pertenecer, si al de los blancos o al de los indios), con un guerrero indio.

En una suerte de epílogo, Donati explica que es descendiente en parte de fundadores de Nueva York, y en parte de huérfanos italianos abandonados en un hospicio de la gran ciudad. Para escribir sus novelas estudia muchísimo y pide ayuda a los especialistas, pero es también su talento para crear historias llenas de imprevistos, y su capacidad para recrear mundos pretéritos, lo que hace a sus libros tan disfrutables.

A. B.

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