Entrevista

Carina Blixen sobre cómo leer buena narrativa: “Hay que respetar la dificultad; la vida no es fácil”

Apasionada de las letras, conoció por ejemplo a Idea Vilariño, "una gran seductora de personas"

Carina Blixen
Carina Blixen, critica literaria y profesora uruguaya
(foto Fernando Ponzetto/Archivo El País)

por Gera Ferreira
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Carina Blixen (Montevideo, 1956) es Doctora en Letras por la Universidad de Lille3 e integra el Departamento de Investigacio-nes de la Biblioteca Nacional de Uruguay. Rodeados de libros y archivos charlamos sobre lo que más la obsesiona: la literatura.
—¿Qué pensaste ante la noticia de la muerte de Carlos Liscano, escritor al que dedicaste varios estudios?
—Una de las cosas que pensé fue si Liscano era leído por los más jóvenes. No tenía ninguna noción de eso. Sé que a nivel académico su obra circula. Sería la imagen del militante lo que puede fastidiar su recepción, quizá.

Puede ser. Pero no fastidiar, tal vez como un preconcepto.
—Él quiso desvincularse de esas referencias. Siempre diferenció el testimonio de la obra literaria, y se dedicó a lo último.

Si le pregunto a un/a joven si conoce a Liscano, va a decir que no.
—¿Ni siquiera El furgón de los locos (2001)? Bueno, es pesado. El que debería ser leído es El camino a Ítaca (1994), porque es realmente estupenda y está más allá de cualquier corrección política. Además de admirar su obra, lo quise como amigo. Era un tipo difícil. En la biblioteca transformó muchas cosas, básicas pero fundamentales, que la pusieron en funcionamiento. Además le dio gran vuelo al Departamento de Investigaciones.

Delmira Agustini.
En el caso de Delmira y de otros (Quiroga, por ejemplo) el mito, a partir de su muerte, se impone a la obra.
—Sí. En 2013 la Biblioteca Nacional planteó la necesidad de hacer un homenaje a Delmira por los 100 años de su muerte. Propuse hacer una plataforma y subir material de su archivo. Había trabajado con Fatiha Idmhand (ITEM, de París) y ella hacía plataformas digitales de escritores mediante un programa llamado Omeka. Lograron algo que parece una pavada: la posibilidad de presentar al lado de la imagen del texto una transcripción. Esa plataforma fue instalada aquí.

¿Tuvo éxito?
—Sí, empezamos a trabajar con el archivo, y en 2016 dije ‘hay que parar y mostrar algo de lo que estamos haciendo’.

—Fue el tema de tu artículo “Archivo digital Delmira Agustini. Pasos de un proyecto: manuscritos y poesía” (2017). Hubo una primera parte, ¿qué pasó con la segunda?
—Está en el debe. No he podido encararlo. Además ahora estamos haciendo lo mismo con el archivo de Felisberto Hernández para la plataforma Omeka. De Delmira subimos cinco cuadernos de manuscritos, que es un material maravilloso, pero siempre pensé ‘¿para quién?’ Habría que ver qué finalidad pública tiene.

Ustedes tienen mediciones de tráfico hacia el sitio de Delmira.
—Sí, y es muchísimo, pero no hay diferencia entre el clic común de entrar a ver y aquel que entra, se queda y usa el material. Creo que hay que tratar de entender para quién uno hace las cosas.

¿Nunca te tentó hacer una biografía de Delmira?
—No, creo que ya no. La biografía es esencialmente una mentira aceptada. Y a mí me gusta, pero no quiero hacerla yo.

Jajaja.
—Lo que me genera enormes dudas son las interpretaciones de los hechos. A mí me gustan las preguntas.

Pese a tener todo el archivo a tu disposición...
—Sí. Con relación al archivo lo que más me ha seducido es la genética y el proceso de creación de los escritores. Poder trazar ese recorrido le da más dinamismo que una biografía.

María Eugenia Vaz Ferreira.
En una entrevista de Jorge Ruffinelli a Juana de Ibarbourou (1979), el crítico le pregunta por Delmira. Pero la poeta melense se concentra en una anécdota sobre María Eugenia Vaz Ferreira: “Con María Eugenia nunca hicimos migas. Era una mujer muy extraña. Cuando publiqué Las lenguas de diamante (1919) se lo envié, y al poco tiempo me lo devolvió con una leyenda que decía: yo no leo indecencias”.
—No la conocía. Siempre se habló de María Eugenia y su postergación, ya que venía con cierto reconocimiento y aparece Delmira como algo fulminante, y después Juana, y creo que ella siente ese desplazamiento.

Al lado de esas dos...
—Sí, era una época horrible además, porque las mujeres sufrían restricciones terribles e inhibiciones sociales. El destino era casarse.

En Mujeres solas. El desván del 900 (2002), a partir de la figura de María Eugenia hacés un buen contrapeso con Delmira.
—Son años oscuros esos de María Eugenia, de locura también. Y tenía esa cosa católica, pacata, que convivía con una cabeza privilegiada y su bohemia, que le permitió romper los moldes. Está llena de contradicciones.

¿Por qué pensás que quedó inédita en su tiempo?
—La figura intelectual de la familia era Carlos Vaz Ferreira, y es probable que la oscureciera. Lo esperable era que si había alguien intelectual fuera el hombre. También porque la interioridad de María Eugenia es muy intrincada.

Condiciones materiales tenía.
—Sí, las inhibiciones son de ella. Hay como una profunda inseguridad, y tal vez un desprecio por la publicación, aunque lo había hecho en prensa. Lo que no pudo fue juntar en libro.

Crítica literaria.
—¿Cómo fue tu recorrido en prensa?
—En Brecha empecé en el 88-89, cuando Ana Inés Larre Borges dirigía la página literaria, y unos años después empecé en El País Cultural, con requerimientos distintos. Ahí aprendí mucho, con ese ejercicio.

—¿Cómo observás la crítica literaria en nuestro medio?
—Estamos en un salto, pero no sé analizarlo. Percibo el descentramiento de la literatura, su disminución, y me da mucha pena. No quiero quedar en un lugar retrógrado, pero se pierde mucho disminuyendo los espacios literarios en las páginas de cultura.

Tal vez la crítica no ha sabido adaptarse.
—Percibo cierto decaimiento del espacio de la literatura, dando paso a otros espacios, más visuales tal vez. La función orientadora de la crítica literaria se ha desvanecido, no por incapacidad de los críticos.

¿Hay menos literatura?
—Tiene menos importancia, se la escucha menos. Hay muchos creadores y pocos espacios.

Un embudo entre el conocimiento que se genera y el tiempo para procesarlo.
—Sí, y lo que la sociedad espera de la literatura. Acordate que lo que decían y pensaban los de la Generación del 45 tenía un impacto a distintos niveles. Marcha tenía una voluntad didáctica que se ha perdido.

¿Por qué?
—Porque había un público interesado en saber y entender, y ese es el lugar de la literatura.

En Idea: la vida escrita, en el que participás con un texto, hay una carta de Emir Rodríguez Monegal a Idea donde le dice que cualquier otra revista literaria puede fallar, pero Número “no puede no salir”.
—[Se ríe en silencio, como si Monegal la viese]. Claro, porque la literatura era la punta de lanza del pensamiento, de la estética y de la sensibilidad. Estaban a la altura del mundo.

Ante la ausencia de revistas literarias, perdimos algo más que lectores.
—También había un respeto por la dificultad, porque a veces la literatura era difícil, pero eso no la hacía intransmisible.

¿El rigor?
—Sí, esa incomprensión que pueden generar algunos textos, me parece que antes rechazaban menos al lector: Ulysses, de James Joyce (1922) es sintomático; Gran Sertón: Veredas (1956) es impresionante pero muy difícil; Juan José Saer en El limonero real (1974), maravillosa pero difícil de entender. Hay cosas que tienen que ser difíciles porque la vida no es fácil.

¿Ahora hay menos pericia para escribir?
—No, lo que pasa es que ahora no sé si se plantea afrontar esa dificultad desde la realidad del mundo y que pueda traducirse en un lenguaje. Felisberto es enorme y es bastante leído pero no todo el mundo lee, y no porque su lenguaje sea complicado.

También están las redes sociales.
—Claro, generan algo público pero a la vez muy casero.

¿Qué pasa con esa producción?
—Si no tratás de incidir poniendo orientación y pensamiento, si no se entra en una discusión donde lo que importa es el conocimiento, el gusto y la reflexión, es una declinación, porque cuando no funciona un criterio, funciona el mercado.

Idea Vilariño.
Contame sobre Idea Vilariño.
—Era una gran seductora de las personas en general. La conocí ya mayor, me contó muchísimas cosas de su enfermedad, porque tenía la salud muy frágil. Ella no quería que eso se relacionara con su visión negativa del mundo. Era brava.

—En La vida escrita, escribís un texto que se llama La sobreviviente y planteás la pregunta ¿por qué la poesía de Vilariño seduce tanto cuando es tan escéptica?
—Idea se ponía en ese lugar, al filo de la muerte. Tenía una mirada absoluta sobre la realidad, tajante, como alguien que ha pasado raya al salir de una experiencia extrema. Trató de entender al mundo desde ahí.

La “poesía de la insatisfacción”.
—Sí, logra seducir gracias a un gran trabajo con la forma, que parece sencilla pero tiene una elaboración increíble. Ella decía que tenía oído absoluto para crear ese ritmo de letanías.

Lo que logra trasmitir esa forma es carácter.
—Claro. Ella tenía una gran intransigencia ante la vida.

Una vez le preguntaron cuál es el rasgo principal de su carácter y dije “el rigor”.
—Sí, no fue nada complaciente.

Idea Vilariño es de las poetas uruguayas más populares.
—Porque están los Poemas de amor. Igual su reconocimiento fue inmediato. Enseguida Emir Rodríguez Monegal, Benedetti, Ángel Rama, la admiraron mucho y la consideración la poeta de esa generación.

Si bien no defendió causas feministas, sí lo hizo con la actividad literaria. Lo prueba su carta de renuncia (1963) al premio que obtuvo por Poemas de amor.
—Sí, porque no estaba de acuerdo con la constitución del jurado.

Exacto. Lo hace con un decoro tal que hay que sacarse el sombrero.
—Ella no quería la protección del Estado y era desafiante en este sentido. Como figura literaria tenía un sentido político. Y esos gestos tenían repercusión.

En una época como la actual, donde no se ve a nadie renunciando a nada, ese tipo de gestos valen.
—Exacto. El ejercicio del criterio es algo que también trabajaron ellos: no aceptar cualquier cosa de cualquier manera.
—Esa generación lo tuvo muy claro.
—Lo crearon.

En el desván del 900 tapa.jpg

NOTA: La obra publicada de Carina Blixen es extensa. Sobre Carlos Liscano, Cuando la literatura es el surco (2016) y Palabras rigurosamente vigiladas (2006). Sobre Delmira Agustini, Mujeres solas. El desván del 900 (2002, 2014), Delmira Agustini en sus papeles (2014) y Delmira Agustini. Grafías y biografías (2022), entre otros trabajos sobre autores canónicos como Julio Herrera y Reissig, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti.

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