Cartografías sospechosas

Los viajeros, grandes mentirosos, exageraban datos e inventaban mundos tan improbables como fantasiosos

Roger Chartier recopila los mapas en obras de ficción que satirizan a esos viajeros, como el de "Don Quijote" de 1780. El poeta José María Cumbreño, a su vez, hace poesía con las paradojas cartográficas.

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Roger Chartier

por László Erdélyi
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En la era del Waze y del Google Maps los mapas son para muchos sinónimo de precisión. No siempre fue así. Antes tenían errores, fabulación e incluso exageración, a veces a una escala inaudita. Pero llenaban esos mapas con referencias eruditas y notas para reforzar la verosimilitud. Así, el género de relatos de viajes llegó a inventar mundos muy fantasiosos, porque los viajeros eran grandes mentirosos.

La novela se burló de ellos. Don Quijote o Viajes de Gulliver, por ejemplo, agregaron mapas dentro de las ediciones donde se muestra el derrotero de los personajes de la novela. Mapas muy reales porque mostraban ríos o ciudades auténticas que existen en la realidad. Todo para dar mayor verosimilitud a la historia contada en la ficción. Esa genealogía de mapas antiguos en novelas, sátiras, utopías y distopías ha sido recopilada en Cartografías imaginarias (siglos XVI-XVIII) por uno de los más eruditos historiadores del libro, Roger Chartier, cuyo texto inédito hasta ahora en español recoge destacados ejemplos, con los mapas impresos a color.

Pero siempre hay escépticos. “No está en ningún mapa; los sitios de verdad no lo están nunca” escribe Herman Melville, citado en un epígrafe del poemario Los mapas transparentes de José María Cumbreño, el otro libro reseñado aquí. El poeta español nacido en Cáceres (n. 1972), de larga trayectoria, explora las muchas paradojas que hoy plantean los mapas, su uso, vigencia, y cómo se instalan —o provocan— la imaginación del lector.

Errores de Cervantes. El mapa en Don Quijote (1605) no llegó en vida de Cervantes, sino que recién fue incluido en 1780 por Joaquín Ibarra en una nueva edición para la Real Academia Española, casi 200 años después. El mapa desplegable ilustrado por Tomás López, cartógrafo del Rey Carlos III, mostraba los sitios de las aventuras de Don Quijote. Era una novedad espectacular que buscaba fortalecer el impacto de la historia contada en la novela, pues intensificaba “los efectos de realidad del texto” escribe Chartier. Pero hay trampa. Al comparar lo que se narra en la novela y lo que dice el mapa, el lector descubre que Cervantes comete errores de geografía, por ejemplo asigna poco tiempo a ciertas distancias recorridas por el héroe. Eso no atenta, sin embargo, contra la verosimilitud de la historia, ni contra las imágenes que ésta provoca en la cabeza del lector. Al contrario, “las incoherencias o contradicciones de las localizaciones geográficas que existen entre el relato y los mapas no podían sino acrecentar la ironía de la novela” escribe Chartier. Esto sucede también con los mapas incluidos en Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift, convirtiéndose, al igual que Don Quijote, en “una parodia de los relatos de viaje de la época”.

En la genealogía inglesa Viajes de Gulliver no fue el primero en incluir mapas, sino que lo hereda del Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Que no tuvo mapas en sus primeras tres ediciones (abril, mayo y junio de 1719) sino recién en la cuarta de ese año. El mapa incluido es un planisferio realizado por Herman Moll, parte de un atlas ya publicado en 1709 pero que en Robinson Crusoe muestra el itinerario del héroe de ficción. Luego Defoe publica, cuatro meses después, la continuación de esta novela con el título Las nuevas aventuras de Robinson Crusoe (1720), pues el marino que sobrevivió 28 años en una solitaria isla ya anda libre por el mundo, dándose la gran vida y visitando diversos destinos de Brasil a Madagascar. El libro tiene un mapa inserto al comienzo dirigido a un lector que ya ha leído la primera novela. Es un mapa narrativo que muestra varias acciones en la isla sobre diversos episodios del libro original, por ejemplo los tres desembarcos de indios en diferentes puntos mientras realizaban sus festines caníbales, y en uno de ellos con “Viernes” huyendo. Las escenas de canibalismo son poco explícitas.

Otro libro con mapas que Chartier registra es Mundus Alter et Idem (1605), una suerte de utopía invertida de glotones, borrachos, ladrones, locos y ¡mujeres!, “una sátira que se burla del género de los relatos de viaje”. También están, entre otros, Utopía de Tomás Moro (1516), o el muy curioso Mapa del país de Jansenio dentro de una breve obra publicada en París en 1660 que alentaba a señalar a los malvados y abominables calvinistas cuando todavía no se habían enfriado los ánimos por las masacres contra los calvinistas hugonotes.

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José María Cumbreño

Transparentes. José María Cumbreño divide su poemario Los mapas transparentes en cinco secciones o largos poemas. Del primero, “Mapa mudo”, sobre las derivaciones de ciertos topónimos y su curiosa vida, va esta cita,
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Alrededor de 1930, la General Drafting Company
elaboró una guía de carreteras de Estados Unidos
En una intersección en la que se cruzaban
dos pistas sin asfaltar,
consignaron el nombre
de un pueblo inexistente.
Así, si alguien incluía ese lugar en otros mapas,
podrían demandarlo por copiarles
sin haber pagado antes
los correspondientes derechos de autor.
Lo llamaron Agloe.
En la década de 1950, se construyó en ese punto
Una especie de almacén de todo tipo de productos:
Agloe General Store.
A fin de cuentas, ese era el topónimo
que aparecía en los planos de carreteras de la petrolera Esso.
Unos años más tarde, la tienda cerró,
aunque Agloe aparecía en todos los mapas hasta 1990.
Para Google Maps, hasta marzo de 2014 seguía existiendo.

Si el pasado es un territorio que nadie puede poseer, la nomenclatura soviética entendió que, por razones de seguridad, los propios soviéticos también debían desconocer su territorio. Va este extracto de “Mapa político”, segunda parte de Los mapas transparentes,
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Después de más de medio siglo, el KGB ordenó a los cartógrafos de la Unión Soviética que falsearan cuando mapa y plano de uso público produjesen. El objetivo, al parecer, era confundir al enemigo y protegerse de hipotéticos bombardeos. Eso sí, tuvo como consecuencia que los autóctonos, lógico, se quejasen constantemente, porque no había forma de encontrar nada. Y que los pocos turistas que visitaban la URSS se perdiesen de continuo. De hecho, los diplomáticos y periodistas estadounidenses que trabajaban en Moscú usaban los planos que elaboraba la CIA, donde todas las calles aparecían donde estaban en realidad.

En tierra o mar, con datos reales o imaginarios, siempre hay que dudar y tener presente otras referencias de fuera del mapa. Pues como escribe Cumbreño a modo de advertencia para navegantes en el poema de la sección “Mapa político”, “Lo fundamental es no perder nunca de vista la costa”. Aunque, como dice Jorge Wagensberg, la realidad no sea más que una hipótesis de nuestro pensamiento.

CARTOGRAFÍAS IMAGINARIAS, de Roger Chartier. Ampersand, 2022. Buenos Aires, 166 págs. Traducción de Horacio Pons.
LOS MAPAS TRANSPARENTES, de José María Cumbreño. Pre-Textos, 2023. Valencia, 70 págs.

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