Literatura uruguaya

A medio camino entre Montevideo, Aiguá y Minas: la nueva narrativa de Tamara Silva Bernaschina

Tras su comienzo en 2023 con Desastres naturales, llega Larvas, ahora publicado en España

Tamara Silva Bernaschina
Tamara Silva Bernaschina
(Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Ionatan Was
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“El futuro de la literatura uruguaya está en buenas manos”, dice la contratapa de Desastres naturales. Desde entonces pasaron ya un par de años de esa suerte de ópera prima de la joven Tamara Silva Bernaschina (Minas, 2000) con la que ganó no solo unos cuantos reconocimientos, sino sobre todo hacerse un espacio en la narrativa local. A Desastres naturales le seguiría Temporada de ballenas, como para confirmar el surgir de una pluma nueva y genuina. Y este año, además, salió Larvas, editado en marzo en España y ya disponible en diversos países de América Latina.

Encantadora sencillez. En Desastres naturales hay una mezcla variopinta de ambientes y paisajes, un poco como es el mundo de la autora, a medio camino entre Montevideo, Aiguá y su Minas natal, con cierta prevalencia de lo rural. Hay una oralidad muy de tierra adentro en la que no faltará el tuteo. Y por sobre todo se genera con el lector un cierto coqueteo, una seducción permanente, una destreza poética para contar cada cosa desde el detalle más nimio, hasta que las imágenes se vuelven poderosas, envolventes, aunque también, por momentos, duras y paralizantes.

El título Desastres naturales no es un capricho. Algo de eso hay, esparcido con buen disimulo en la centena y pico de páginas. Como si las desgracias y todos esos infortunios fueran parte de una cotidianeidad para nada ajena, muy de por acá, que debiera rozarnos de alguna forma. Incluso se hace cotidiana la propia muerte, a veces prematura, con sus disparos de escopeta, con su sangre chorreando por todas partes, con ese “aire denso de la muerte”.

El libro está compuesto por catorce cuentos que se pasan volando. Son tres o cuatro personajes sencillos para hacer un micro relato igual de sencillo, y lo mismo el vocabulario. Pero ni esta sencillez —encantadora sencillez— ni la economía de palabras van en desmedro del torrente cáustico de la lectura. De eso se trata, y no tanto de mensajes encriptados ni dobles sentidos. Cada palabra y cada frase parecen estar calibradas, estudiadas, como un montón de piezas entrando justo en un cuadro de puzzle, para así armar un relato eficaz, resonante, con una prosa particular según la necesidad y el contexto, desde la primera persona al narrador omnisciente, en tiempo presente o pasado, o hasta un pasado continuo (pretérito imperfecto) sin principio ni fin: “De a poco, el viejo estaba dejando de hablar” empieza, para seguir con el mismo tono.

Entre placeres. Aunque por unos meses, en términos cronológicos, Tamara es lo que hoy se dice una millenial, no parecería un detalle relevante aunque sí ayuda a entender una mirada, esa letra chica colándose en los relatos. Que a su modo son relatos que también están en la siguiente, Temporada de ballenas, que abreva en un estilo ya marcado en la obra anterior.

Los escenarios son muy parecidos, en especial por la omnipresencia de la ciudad de Minas, que aun cuando no está parece siempre asomar en el horizonte. Pero aquí hay un agregado: el agua. Es el agua por todas partes. Mas otros pequeños detalles, como las hojas de celulosa que parecen seda despidiendo un aroma propio, la letra color azul, y hasta los pincelazos también azules decorando páginas en duplicado. Este combo no es contenido, pero sí que suma; no en vano Temporada de ballenas anda ya por la cuarta edición.

Otra diferencia importante con la anterior: aquí no son cuentos, pero casi. Son como las manchas azules, pantallazos, recuerdos de un pasado reciente. Son piezas algo desordenadas, de forma poética, formando un puzzle primoroso que el lector irá componiendo a su manera. Hay sí una trama, un contexto, un origen que explica muchas cosas. Sin embargo, más que entender el detalle, Temporada de ballenas atrapa por unas cuantas frases sueltas, el placer de la lectura en sí misma, ese gorjeo musical de palabras que hace volar la imaginación.

La fórmula es clara y sencilla (pero no sencilla de ejecutar, vale decir). Empezando porque la narradora es también la autora, o un alter ego, como queda claro mirando alguna foto: “Soy un poco más de ciento cincuenta centímetros de persona. Pienso que podría caber dentro de una ballena azul”. Y sigue, porque son tantas las cosas remiten a la ciudad de Minas con sus aledaños.

Tamara Silva es en realidad la niña Tamara Silva, y más tarde (o temprano, da igual) una adolescente inquieta, pues aparece la escuela y también el liceo. Es la niña que cuenta tantas cosas. Una mirada infantil del mundo de los adultos, pero con la perspectiva de una joven ya formada. Por ahí se cuelan las canteras con sus barrenos (sus muchos barrenos) y su contaminación, el asma que sufre el novio de la madre, la operación inevitable.

Un mar lejano. Algún lector recordará la película uruguaya El viaje hacia el mar (2003), la historia de unos hombres con un deseo común y ferviente: ver el agua infinita, por primera vez. Los hombres, todos ellos residentes de Minas, al igual que el autor del cuento inspirador de Juan José Morosoli, que de alguna manera replica ahora Tamara Silva. El viaje desde Minas hasta Piriápolis, aunque corto (unos sesenta kilómetros) es en realidad largo, muy largo, y tan pintoresco que al final ya nadie se acuerda del ansiado mar.

Es que Temporada de ballenas hace recordar en algún punto a la película, con el mar como metáfora, un lugar inalcanzable. Al principio es un poco fábula: “En el viaje de vuelta le cuento a mi bisabuela Pocha sobre el mar. Ella me dice que ese no es el mar, que es el Río de la Plata. Le explico que igual tenía mucha agua, que no era como un río chiquito, que no se veía para el otro lado. La abuela Ana escucha y me habla de un estuario, de agua dulce y salada, de cosas que no entiendo mucho porque el ómnibus se agita y el traqueteo me desborda los oídos… Mi primera idea de mar es una extensión de agua tan vasta que no se puede ver hacia el otro lado, una playa de arena fina, mi abuelo diciéndome que le hunda el dedo a una medusa encallada, yo haciéndolo, atravesando con el índice esa sustancia rara de la que están hechas las cosas que existen hace más de quinientos millones de años, risas, viento y mucho, mucho frío”.

Mientras el mar no llega, porque está lejos, siempre anda brotando el agua de alguna parte. Agua que puede ser muchas cosas, cada una con su propio cuento. Un arroyo, una simple cañada, hasta una canilla del baño. Una cascada imposible de detener, los recuerdos de un cuerpo de naufragio, una bandada de peces. O la ballena azul, cuya temporada está por arrancar. O la sirena que anhela ser la hermana y que la madre le dice que no, que no puede ser sirena ahí donde viven, “una ciudad hundida entre los cerros que queda tan lejos del mar”.

También, cosa seria. El libro tiene sus circularidades y sus retornos, ese pulso que va y que vuelve como la corriente de mar. No solo por el agua ingobernable; también están los barrenos, que hacen ruido, y acaso, sabrá la autora, hacen un cierto mal. Porque aun con ese lenguaje simple, inocente, también habrá espacio para la reflexión y hasta cierta crítica.

Ya no son los recuerdos pueriles de la Tamara niña. Es más bien la voz de una joven con juicio propio, una conciencia colectiva desde el nosotros traspasando por mucho el interés personal. Siempre con la mira puesta en eso tan puro que es el agua. Esa que corre por el cuerpo y que hemos de beber. El agua que viene de los ríos y los lagos, en esa cadena imprescindible de la cual mejor no decir más.

Y mientras tanto, habrá pasado el tiempo, un largo tiempo. Como la visita a Montevideo, hasta que entierran a la bisabuela “y se acaban las consultas del corazón y la ciudad infinita y las papas fritas (…) y la posibilidad de ver el mar”. Así nomás, como un triste adiós, o como dice la frase ocupando la página entera, “El mar a veces queda demasiado lejos”.

Otro tono. El libro más reciente de la saga, Larvas, es un compilado de cuentos que a decir de la autora germinó unos años atrás, incluso antes que Desastres naturales. Aun así se palpa esa “madurez precoz” mencionada, no solo por la edad, sino por la audacia de afrontar nuevos retos, salirse de la zona de confort. A propósito, Tamara el año pasado visitó México como representante de Uruguay en la Feria del Libro de Guadalajara, la más importante de las de habla hispana, y este 2025 lo hizo a España para presentar Larvas.

Los viajes al exterior vendrían a ser como los últimos cuentos: un escape de las lindes conocidas. Esos cuentos, ocho en total, breves y muy diversos, están planteados en tiempo presente a través de un narrador que puede ser varón o mujer, o hasta la figura omnisciente. Ya no es la mirada infantil y naif, sino otra muy distinta, más adulta, juiciosa. Aunque sí hay niños. Y agua. Y animales. Muchos animales. Larvas y piojos que se diseccionan (literalmente) parte por parte. Y otros tantos, de todo tipo y color, vivos y muertos, y aquellos otros que matan, como en ese cuento de los perros a puro suspenso de principio a fin, con un montón de frases cortas, estocadas que un poco acalambran: “Un perro grande se levanta, agarra al recién nacido y se lo come. Dos mordiscos. Sangre, poca. Mastica la carne tierna y se va. La perra negra lo mira. Llega una nueva contracción. Son nueve los cachorros muertos, malformados, que nacen. No duran mucho en el suelo. Los nueve son comidos por la perrada. La perra negra queda exhausta. La placenta sale dos horas después. Ya no queda nadie para comerla así que se encarga ella, sola, de desaparecer ese rastro”.

Quizás el lector que venga de los libros anteriores y siga con Larvas pueda sentir cierta nostalgia. Porque si acaso ya no está esa magia, ni esas frases aterciopeladas, y porque en Temporada de Ballenas hasta la hoja de celulosa y el tipo de letra luce mejor que en la edición de Larvas, más terrenal en todo sentido. Pero así y todo, paciencia mediante, Larvas se reserva lo bueno pasando la mitad, cuando venga por ejemplo ese misterio aterrador, la intimidad escatológica, el agua corriendo infinitamente, como un guiño a ese otro pueblo que habita la autora, mas el erotismo tenue de una noche fría en las sierras.

Los tres libros son como un viaje, que bien pueden leerse —o devorarse— en unas pocas horas, a lo largo de una carretera quizá, mirando toda esa misma naturaleza campestre y muy uruguaya. Se lamenta en Larvas algún error de ortografía que para nada empaña la magnitud de la obra.

DESASTRES NATURALES, de Tamara Silva Bernaschina. Estuario, 2023 Montevideo, 111 págs.
TEMPORADA DE BALLENAS, de Tamara Silva Bernaschina. Estuario, 2024. Montevideo, 121 págs.
LARVAS, de Tamara Silva Bernaschina. 2025, Páginas de Espuma, 2025. Madrid, 101 págs.

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