por Mercedes Estramil
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Lucie Georgette Almansor fue una bailarina y cantante francesa que murió el 8 de noviembre de 2019 a la edad de 107 años, un dato fuerte si el tema aquí fuera la longevidad. El caso es que el mundo no la recuerda por ese nombre ni por esas profesiones ni por su larga vida, sino por haber sido la tercera y última esposa de Céline, de quien apenas se precisa mencionar el nombre, Louis Ferdinand, o el apellido original, Destouches. Con él, Lucie pasó a ser Lucette Destouches, heredera que lo sobrevivió más de medio siglo. Céline (apellido que tomó del nombre de su madre y de su abuela) había nacido en 1894 y muerto en 1961, de un aneurisma cerebral. Su vida fue un subibaja de eventos contradictorios: héroe de la Primera Guerra Mundial, colaborador de la Gestapo en la Segunda, prisionero en el exilio, médico de pobres, autor de panfletos antisemitas, escritor excepcional que dio un giro sin retorno a la literatura francesa ya desde su primera gran novela, Viaje al fin de la noche (1932), una inmersión en el delirio bélico que tenía mucho de autoficción. A seis décadas de su muerte, la guerra y la autoficción regresan para el lector en un título inédito, Guerra.
Carne trémula. En 1934, en carta a su editor Robert Denoël, Céline mencionó su deseo de publicar ese año Muerte a crédito (saldría en 1936) y al año siguiente la trilogía Infancia, Guerra y Londres, de la que tenía un volumen importante de manuscritos. Al fin de la Segunda Guerra, cuando París es liberada y Céline y su mujer huyen a la Alemania nazi, su piso en Montmartre es asaltado y los manuscritos robados. Amnistiado en 1951, Céline regresa a Francia y denuncia el robo, pero recién después de su muerte un donador anónimo los restituye al crítico Jean-Pierre Thibaudat, con la condición de que no se publiquen sino luego de la muerte de Lucette. Aunque el episodio es raro y huele a folclore oportunista, se sabe que las creaciones póstumas facturan dividendos no solo económicos, y desde Francia se asegura que los manuscritos son auténticos. En ellos, Céline contó, modificada y en su estilo exasperado y lírico, su experiencia de guerra.
El 27 de octubre de 1914, en el marco de una misión voluntaria bajo fuego en Poelkapelle, Céline fue herido de bala en un brazo y arrojado contra un árbol por el estallido de un obús, recorrió kilómetros a pie hasta ser atendido en Hazebrouk y quedó con secuelas permanentes, que incluyeron una cefalea vitalicia y una sordera ruidosa. Las dos condecoraciones que recibió —la Legión de Honor de los suboficiales y soldados de tropa, y la Cruz de Guerra— no mitigaron la causa de una de sus frases imborrables: “atrapé la guerra en la cabeza”. En el hospital hizo amistad con la enfermera cristiana Alice David, veinte años mayor que él, y el dato de que tuvieron un romance y una hija no ha sido confirmado nunca.
En Guerra, Hazebrouk se convierte en Peurdu-sur-la-Lys, Alice se convierte en Aline L’Espinasse, él en el soldado Ferdinand, y el nombre de su gato más famoso (Bébert) bautiza a un compañero de sección, al que también llama Cascade, que es algo así como su opuesto en valor: se hiere en un pie para zafar del frente, prostituye a su esposa y termina fusilado sin honores. Céline no muestra las heroicidades del combate sino sus consecuencias en la carne y el espíritu. No le interesa el análisis racional, ni los grandes nombres, ni las fraudulentas razones de los bandos en pugna. La narrativa de Céline va por otro lado; traslada a la palabra la confusión, la adrenalina, el cansancio y la locura de jugar con la muerte. En una entrevista radial hoy histórica de 1955 para Radio Suiza Romanda, Céline definió en qué consistía su trabajo literario: “deformar el estilo para captar la emoción”. Antiacadémico total y partidario de una tecnicidad funcional, Céline arrasó con la narrativa engolada y preciosista para entregar en cambio un material en bruto (es decir: trabajadamente en bruto) hecho de oralidad soez, ira exclamativa, descripciones crudas y un desprecio por cuestiones normativas como la concordancia verbal, por ejemplo, que no respeta nunca.
Bella literatura. Lo que cuenta Guerra es simple: el narrador Ferdinand está convaleciente en un hospital junto a su amigo Bébert/Cascade, con el que suele escapar a la ciudad ante la mirada cómplice de la enfermera L’Espinasse, cuyo trabajo consiste en “sondar” a los pacientes y tener algún tipo de sexo con ellos, vivos o muertos. La llegada de la esposa de Bébert arma una geometría de polisexualidad casi cómica, y la novela termina en la inminencia de la partida de ella y Ferdinand a Londres (motivo disparador de la siguiente novela póstuma).
Para el Ferdinand/Céline de Guerra, el escenario sexual, aun promiscuo y devaluado, alivia la existencia ante el verdadero terror: la imagen espeluznante de los cuerpos mutilados y la imposibilidad de entender nada en este mundo. “Muertos por todas partes. El tipo de los morrales había reventado como una granada, nunca mejor dicho, desde el cuello hasta la mitad del pantalón. En la panza ya tenía dos ratas bien gordas que se zampaban su morral de tronchos resecos”, escribe Céline. Cada tanto, también resume poéticamente el nihilismo que lo envolvió: “No le debía nada a la humanidad, al menos a aquella en la que uno cree cuando tiene veinte años y está cargado de escrúpulos grandes como cucarachas que merodean entre los espíritus y las cosas”.
Leer a Céline nunca fue fácil y esto es más de su encantadora repulsión. Coloca a algunos lectores en un lugar incómodo porque no ofrece buenismo, ni belleza convencional, ni explicaciones ni una estructura de apariencia habitable. Su narrativa está hecha de escombros, estallidos, llanto cínico, lubricidad y lucidez. La voz de Ferdinand/Céline dice lo que ya se sabe y han dicho muchos (de Homero a Tolstoi, de Hemingway a Fogwill, de Remarque a Dalton Trumbo), que la guerra es un matadero. Pero lo dice de un modo que es solo suyo, inimitable, reconocible al punto de que no hay modo de no ver, en sus textos, al hombre polémico que fue, honesto en sus contradicciones, traumatizado en su experiencia y orejano de fábrica.
GUERRA, de Louis-Ferdinand Céline. Anagrama, 2023. Barcelona, 155 págs. Traducción de Emilio Manzano.