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Caminos de encuentro

El fin de semana pasado tuvo lugar el congreso del M.P.P. La finalidad concreta de esa reunión partidaria era la proclamación de Orsi como candidato presidencial por ese sector. El acto se llevó a cabo con la fanfarria correspondiente. También, como corresponde, habló Mujica. Lo que salió de lo previsible fue que Mujica destinara una parte importante de su discurso a advertir sobre los daños que generan los enfrentamientos políticos desmedidos. Mujica, dirigiéndose a su gente habló contra el odio y de la necesidad de restablecer pautas de convivencia. “Tanto si ganamos nosotros como si ganan otros” dijo literalmente.

Los medios de prensa que informaron del congreso no levantaron esa parte del discurso, los compañeros de Mujica en el MPP o en el Frente no se dieron por aludidos y los contrincantes políticos: colorados, cabildantes o de mi partido, guardaron silencio. Elocuente y lamentable silencio.

El domingo 5 de marzo publiqué acá una columna recogiendo algo de lo que A. Garcé había publicado el 23 de febrero en Búsqueda bajo el título “Mujica la guerra y la paz”. Excelente columna aquella y certera visión la de Garcé distinguiendo los temas que importan a la república de aquellos que solo atruenan.

El tema de mi columna pasada y de esta es volver sobre la urgencia de subrayar los daños a la convivencia cívica que se están instalando como definitivos a causa del deterioro del nivel de la discusión política. También pretendía reconocer a aquellos actores políticos, en este caso Mujica, que comparten esa preocupación y convocan a un sentimiento de nación y al comportamiento necesario para sustentarlo.

Muchas voces se han levantado señalando que Mujica no tiene autoridad moral para hablar de diálogo o de respeto, en virtud de su pasado guerrillero. La recomposición del nivel político lleva a reconocer en el adversario los puntos de acierto que pueda tener.

Acudo a un viejo discurso de Mujica, aquel pronunciado en la base de Durazno ante todos los mandos militares en los primeros días de su presidencia: “La unidad nacional la empezamos a plantear la noche misma del cierre electoral. Dijimos: ni vencidos ni vencedores aunque, como cualquier cosa, debió haber gente que no le gustó. La unidad nacional solo será posible si se presta un enorme respeto a lo diverso. Por eso estoy aquí y me hago cargo de una causa común”.

Muchos, muchísimos, podríamos contestar que Mujica no cumplió con todo lo que dijo. Y ¿qué ganamos ahora con recordarlo? ¿Qué estamos buscando: un ajuste en los prontuarios o un camino de recomposición de un sentido nacional?

Nuestro país no tiene que irse fuera de fronteras para encontrar modelos de unificación nacional. La Paz de Abril es el faro iluminador. Allí las dos partes, que se habían enfrentado armas en mano, suscriben un acuerdo para legitimar las discrepancias, para reconocer expresamente y por escrito que el adversario es tenido en cuenta y que el futuro del país no será una dialéctica de capitulación o victoria sino una política de coexistencia. Y la razón o el motivo que dio fundamento sólido a esto, más allá de cualquier teoría, fue la evidencia de que cada uno de los dos tenía medio Uruguay detrás.

Hoy las dos partes enfrentadas tienen el mismo motivo y las mismas bases: hay mucho Uruguay detrás de cada una de ellas.

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