Facundo Arana regresa a Uruguay para presentar un encuentro en vivo donde hablará de teatro, montañas, emociones y sentido de vida. Lejos de cualquier personaje y más cerca de sí mismo, el actor reflexiona desde Nepal sobre la fama, la fragilidad, el paso del tiempo y el mundo que les estamos dejando a los hijos: “Las heridas se convierten en recuerdos que ya no duelen”.
—No vendrás a interpretar un personaje, sino a mostrarte vos. ¿Eso da más vértigo?
—Sí, voy a mostrarme a mí, pero el formato es un entre, un en el camino, un durante la marcha. Tiene que ver con una conversación en vivo, donde hay cosas del teatro tradicional también.
—¿Qué tiene una conversación en vivo que no te da la televisión o el teatro tradicional?
—Tiene esto del viaje compartido. Lo que pasa en vivo es irrepetible. Es durante la marcha, durante el encuentro con la gente.
—¿Te interesa más emocionar, entretener o dejar pensando?
—La verdad es que me gusta mucho todo. Me gusta el material que te hace emocionar, el que te hace reír a carcajadas y también el que te deja pensando cuando te vas a dormir.
—¿Qué encontraste arriba de una montaña que nunca encontraste en un set?
—No diría eso. Encuentro arriba de una montaña lo mismo que encuentro haciendo una linda obra de teatro, dibujando, escribiendo, tocando el saxo o cantando. Hay muchas cosas que me apasionan porque tuve la gran suerte de ser un buscador de mis propios sueños, de mis propias utopías. Yo soy de ir atrás de los sueños.
—Escalar suele asociarse al desafío físico, pero muchos hablan del silencio. ¿Qué te pasa ahí arriba?
—Pasan mil cosas. Te da tiempo para pensar, pensar sin velocidad. Acá en Nepal, por ejemplo, la gente en la montaña no pelea, no discute. Si tienen intercambio de opiniones, encuentran soluciones. Acá la gente es extraordinaria. En el silencio encontrás respuestas a pensamientos que a veces están desordenados, como un nudo. Y en la montaña, ese nudo se deshace solo y te deja las cosas claras. La montaña está ahí siempre y te devuelve lo que le das.
—¿Sos competitivo contigo mismo?
—No. Creo que a esta edad la competencia conmigo mismo ya dio paso a la sonrisa y a saber que hay un momento en la vida para todo. Cuando competís con vos mismo no estás mirando al lado. Sí me preocupo por mis cosas, ser el mejor actor posible, el mejor saxofonista posible, el mejor escalador posible, el mejor padre y el mejor marido posible. Hay muchas cosas que me gustan mucho, trato de mejorarme a mí mismo, más que competir.
—¿Qué aprendiste del miedo en situaciones extremas?
—Qué linda pregunta. En situaciones extremas no hay miedo, hay concentración absoluta. Cuando aprendés a gestionarlo, deja de ser terror y se convierte en atención absoluta. Hoy, a esta altura de mi vida, miedo me da la salud de los niños. El resto, no.
—Con tantas experiencias intensas vividas, ¿qué cosas cotidianas todavía te emocionan?
—Todo. Soy un emocional absoluto. Me gusta que me emocione todo, riéndome, contemplando algo lindo, viendo una obra de teatro o incluso una muestra de alumnos de primer año de teatro. Me gusta sentir que todavía me emocionan las cosas cotidianas.
—¿Sentís responsabilidad por la visibilidad que tenés?
—Trato de hacer de mi camino en la visibilidad, cosas que sirvan. Ahora, por ejemplo, estoy con la bandera de Donar sangre salva vidas acá en el Himalaya. Lo fui contando en historias destacadas de Instagram, para que la gente se de una vuelta por ahí y lo vea. Y sí, me siento recontra responsable por la visibilidad que tengo.
—¿Qué te duele especialmente de la realidad actual?
—Hay mucho para decir. Puedo ver al mundo entrando a una guerra mundial. Hay madres mandando a sus hijos a la guerra. Eso me duele muchísimo. Me preocupa mucho el mundo que les estamos dejando a nuestros hijos. También hay realidades cotidianas que me hacen sentir que la cosa no está perdida y trato de verlas.
—Siempre proyectaste una imagen muy asociada a la fortaleza. ¿Te costó mostrar fragilidad?
—No. Creo que la verdadera fortaleza está justamente en poder decir “no puedo”, “no entiendo”, “quiero aprender”. La fragilidad la vivo más en lo íntimo, pero cuando hay que mostrarla, la muestro sin miedo. Me parece necesario que uno pueda mostrarse frágil.
—¿Los hombres de hoy están aprendiendo a hablar más de sus emociones o todavía cuesta?
—No sé, habría que preguntarle a cada hombre. A mí nunca me costó hablar de mis emociones, sé que no me costó hablar de mis emociones. Pero los que tenemos más de 50 venimos con una mochila llena de mandatos. De eso también hay que deconstruirse y seguir aprendiendo.
—¿Qué cosas ya no estás dispuesto a demostrarle a nadie?
—Nunca viví tratando de demostrarle nada a nadie. Lo único que quiero para mis hijos es que vivan, que no sientan un día que se les pasó la vida. Yo trato de vivir cada momento con la más absoluta naturalidad y tranquilidad.
—Fuiste uno de los galanes más populares de una generación. ¿Cómo convivís con eso?
—Hay que estar agradecido de haber vivido todo aquello. “Chiquititas”, Muñeca brava, Yago, Padre Coraje, Sos mi vida, Vidas robadas… fueron bombazos extraordinarios. Convivo bien con eso. Es lindo que la gente te salude en la calle y te venga a ver al teatro.
—¿Qué te dio la fama y qué te quitó?
—La fama es efímera. Me dio la posibilidad de vivir de lo que amo. Me quitó intimidad en algunos momentos importantes de mi vida. También entendí que si elegiste esto —y te fue bien— viene acompañado de la fama. Y ahí aparece una responsabilidad: si te piden una foto y vos le dedicás 30 segundos a alguien, eso puede cambiarle el día a una persona que se va con una sonrisa por ese momento ameno.
—¿Sentís que hoy estás en una etapa más libre?
—Más libre, sí. Pero sobre todo más sabia. Igual, nunca me sentí no libre.
—¿Qué mirada tenés sobre el envejecimiento en un medio obsesionado con la juventud?
—El medio siempre estuvo obsesionado con la juventud. Pero yo estoy en una etapa muy linda de mi vida y no tengo cuentas pendientes conmigo. Eso es espectacular. Esas cosas te las da la edad.
—Si pudieras hablar con aquel chico que recién empezaba, ¿qué le dirías?
—A ese chico de 15 que empezaba a tomar clases de teatro, le diría: “Seguí derecho por donde venís, porque vas a ser muy feliz”.
—¿Qué fue lo más duro que atravesaste lejos de cámaras?
—Puedo hacer una lista grande. Prefiero contar lo que me enloqueció de felicidad. Escuchar el latido de mis hijos cuando estaban en la panza de su madre, la expresión de la mujer que acaba de tener a tu hijo, verlo nacer, estas cosas no tienen comparación. Y las heridas se convierten en recuerdos que ya no duelen.
—¿Qué te enseñó la enfermedad sobre el tiempo?
—Que somos efímeros. Eso lo enseña la realidad, pero cuando te lo enseña una enfermedad queda marcado en el alma para siempre. El recuerdo queda ahí, acompañándote, como la felicidad.
—Después de tantos escenarios, viajes y aventuras, ¿qué sigue sorprendiéndote de la vida?
—Todo, todo. Y cuando siento que algo ya no me sorprende, hago fuerza para sorprenderme igual. Me parece una de las cosas más lindas de la vida.
—Cuando la gente salga del teatro, ¿qué te gustaría se lleve?
—Una sonrisa. Que diga: “qué bueno lo que acabo de ver”, “lo volvería a ver”, “qué buena historia”. Eso es lo que logra el teatro cuando pasa algo verdadero.
En este formato de teatro -creado por Mer espectáculos- lo que sucede no está previamente definido, sino que se construye en el momento. Facundo Arana, se presentará con Nuestras vidas.
Funciones:
Jueves 18 de junio, 21 horas, Teatro Stella, Montevideo.
Viernes 19 de Junio, 20.00 horas, Teatro Larrañaga, Salto
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